Una muela con incrustación de jadeíta confirma que la odontología de lujo maya pudo ir más allá de la estética… ¿una posible intervención terapéutica?

E. Mata-Castillo et al. 2026
Sarah Romero / Historia National Geographic
Un molar escondido al fondo de la boca con un incruste verde perfectamente encajado en la superficie de masticación. No es una joya moderna ni un capricho reciente. Es prehispánico. Y, según el equipo de investigadores, se trata del primer caso documentado de una piedra preciosa insertada en un diente posterior entre los antiguos mayas.
El hallazgo, publicado la revista en Journal of Archaeological Science: Reports (2026), obliga a replantearse que las modificaciones dentales mayas eran, casi siempre, ornamentales y reservadas a los dientes frontales. En esta ocasión, la intervención se hizo donde nadie la vería. Y esto puede que lo cambie todo.
Una muela con un secreto
La pieza procede de la colección osteológica del Museo Popol Vuh de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Es un diente aislado, descontextualizado, porque no se conserva la mandíbula ni el resto del esqueleto, y se desconoce el yacimiento exacto del área maya del que provino. Esta falta de contexto arqueológico impide saber el sexo, el estatus social o la cronología precisa del individuo en cuestión.
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Aun así, se pueden extraer datos. Sus medidas y, sobre todo, el desgaste de la superficie oclusal (la zona de masticación) permiten estimar que perteneció a un adulto joven, de 24 a 30 años aproximadamente. La muela, un primer molar inferior izquierdo, presenta varias cúspides y un desgaste plano típico de dietas abrasivas, con pequeñas exposiciones de dentina en los puntos de contacto masticatorio.
Y justo en el centro geométrico de esa superficie, aparece lo extraordinario: una incrustación de color verdoso, identificada como jadeíta o un material similar, fijada con un cemento. La piedra está completamente al ras, es decir, no sobresale y no molesta al morder. Quien la colocó ahí y de esa forma, sabía perfectamente lo que hacía.
¿Se hizo en vida o después de la muerte?
Esta diferencia es importantísima en arqueología, por eso el equipo recurrió a una técnica concreta, la tomografía computarizada de haz cónico (CBCT), que permite ver el interior del diente sin dañarlo. Lo que vieron fue que bajo la cavidad tallada para alojar la piedra, existían calcificaciones distróficas extensas en la cámara pulpar, lo que significa que había depósitos minerales producidos por la pulpa dental como respuesta al estrés y esta reacción biológica es imposible que ocurra en un diente ya ‘muerto’, de ahí que los autores hayan concluido que la incrustación se realizó cuando la persona aún vivía.

Una piedra con forma de clavo
Otro detalle llamativo es la morfología de la incrustación. La piedra no es una simple placa; tiene forma de clavo, con una cabeza más ancha y un cuerpo corto cónico que encaja en el hueco tallado. Entre la piedra y las paredes aparece un material cementante radiolúcido. Y en las paredes internas se aprecian irregularidades y surcos radiales, interpretados como marcas de los instrumentos usados para perforar. Esa ‘firma’ técnica es indudable con respecto a lo que ya se sabía sobre los artesanos dentales mayas que eran especialistas capaces de taladrar esmalte con herramientas líticas y sellar incrustaciones con cementos orgánicos.
Pero… los mayas ya usaban jade en los dientes, ¿en qué se diferencia este hallazgo?
Aquí está la clave. Si bien sabemos que los mayas se decoraban los dientes desde hace siglos, sobre todo durante los periodos Clásico y Posclásico, mediante incrustaciones, limados y grabados, se hacía normalmente en incisivos y caninos visibles como marcador de identidad, estatus o belleza.
La diferencia aquí es que esta intervención es en una muela que no se ve. Un diente posterior. Y esta localización descarta la finalidad de exhibición social, porque ni al sonreír ni al hablar se habría visto.
Así que la pieza plantea un dilema sustancial. ¿Por qué invertir habilidad y tiempo en una joya dental que nadie verá? Los autores proponen dos explicaciones principales:
- Un empaste terapéutico (odontología funcional): La cavidad donde se insertó la piedra es irregular, sobre todo en su lado distal; esto sugiere que el tallado pudo hacerse sobre una lesión previa, quizá una caries, por lo que se habría eliminado tejido dañado y luego se habría sellado el hueco. El problema es que la tomografía no muestra un patrón de caries activa.
- Una decisión personal o simbólica: La segunda hipótesis es menos cómoda, pero realista; que fuera una elección individual, un gesto ritual o privado, sin función terapéutica clara ni significado compartido. Y con un solo diente aislado, sin contexto, lo cierto es que es imposible demostrarlo.
Los investigadores apuntan que si aparecen más casos, entenderemos si estamos ante una práctica nueva dentro del repertorio maya o se trata de una simple curiosidad extraordinaria.