Juana de Austria, hija de Carlos V y hermana de Felipe II, fue reina regente y fundadora del monasterio de las Descalzas Reales, en Madrid, pero poco se sabe de su misterioso ingreso en la Compañía de Jesús, una orden exclusivamente de hombres.

José Antonio Guerrero / ABC
Madrid
En el corazón del Madrid más bullicioso, entre acalorados turistas, tiendas de imanes por doquier y el ritmo frenético de las calles cercanas a la Puerta del Sol, se erige un santuario que vive ajeno al vértigo de la ciudad, el monasterio de las Descalzas Reales, donde, intramuros, Patrimonio Nacional restaura tres capillas históricas (la de la Dormición, la del Milagro y la Casa de Nazaret) que este otoño volverán a recibir visitas tras casi cincuenta años ocultas al público. La recuperación de estos espacios monumentales («tres bombas artísticas de primer nivel», como gráficamente los describe la conservadora del monasterio, Ana García Sanz) ofrece la oportunidad de redescubrir la figura de la fundadora de este lugar, el también llamado ‘Escorial femenino’. Hablamos de Juana de Austria (1535-1573), una mujer fascinante que, como reina regente, gobernó un imperio en bancarrota y que, por su mentalidad, rompió moldes para la época («bastante viril en cuanto a la voluntad», en palabras de un embajador) hasta el punto de convertirse en la única fémina admitida en la muy masculina Compañía de Jesús; eso sí, bajo una secreta identidad, la de Mateo Sánchez.
Nieta de la reina Juana I de Castilla (Juana la Loca), hija del emperador Carlos V y de Isabel de Portugal, hermana pequeña de Felipe II y de María de Austria –futura esposa del emperador Maximiliano II– y madre del rey Sebastián de Portugal, Juana de Austria reinó como regente entre 1554 y 1559, pero su vida también acabaría marcada por el sacrificio familiar y el misterio.
La relación de Juana con las Descalzas comienza desde su primer aliento de vida al venir al mundo sobre el mismo suelo donde se asienta el emblemático monasterio de la villa y corte, que en la actualidad acoge a 17 monjas clarisas de clausura. Juana nació la noche de San Juan de 1535 (de ahí su nombre, también en honor a su abuela) en la casa palaciega de Alonso Gutiérrez, el tesorero de su padre.

El emperador y su mujer recurrieron a esta residencia particular por ofrecer a la parturienta aposentos más cómodos y frescos (se encontraba en una zona de huertas, en los arrabales de Madrid) que los del viejo y caluroso Alcázar Real. Décadas después, Juana compró a los herederos de Alonso Gutiérrez el palacio para transformarlo en el convento de las Descalzas Reales.
Desde niña, la pequeña Juana destacó por una inteligencia poco común. Sus maestros decían que era brillante en las letras y «muy entendida» para la música
Desde niña, la pequeña Austria destacó por una inteligencia poco común. Sus maestros aseguraban que era brillante en las letras y extraordinaria para la música, «de la que era muy entendida». Creció en un ambiente portugués y rodeada de las damas lusas que acompañaban a su madre, de quien heredó su inteligencia y belleza. A los 17 años se casó por poderes con su primo Juan Manuel de Portugal, delfín de la Corona portuguesa, pero el matrimonio, «que fue muy feliz», apenas duró un par de años. Juan Manuel murió prematuramente de diabetes en 1554 mientras Juana esperaba un hijo. Solo veinte días después de enviudar nacía Sebastián, futuro rey de Portugal. Pero entonces la razón de Estado se cruzó en la vida de la princesa. Su hermano Felipe II marchó a Inglaterra para casarse con María Tudor y necesitaba a alguien de absoluta confianza al frente de los reinos españoles. Ella fue la elegida.
El jesuita clandestino
Con 19 años regresó a Castilla, dejando en Lisboa a su hijo recién nacido. Nunca más lo volvería a ver. Una dolorosa separación que la joven madre aceptó por deber dinástico. Mientras Felipe II intentaba consolidar la alianza inglesa, Juana asumió la regencia de España en un momento crucial del imperio.
Cuentan los cronistas que, lejos de ser una figura decorativa, gobernó con determinación y carácter. No se escondió ante los problemas económicos (trató de sanear la Hacienda declarando oficialmente la suspensión de pagos, negociando la deuda con los banqueros genoveses y alemanes, y arrendando territorios en América) e hizo frente a las tensiones religiosas y los conflictos internos en Castilla. Los diplomáticos de la época quedaron sorprendidos por la firmeza de aquella viuda en la flor de la vida que tomaba decisiones con rapidez y la autoridad de un gobernante curtido en mil batallas. Pero mientras ejercía el poder desde la corte, su vida espiritual se acrecentaba y en su interior latía con fuerza un anhelo que rozaba casi lo subversivo: ingresar en la Compañía de Jesús, una orden religiosa exclusivamente de varones.

Profundamente influida por su guía espiritual, Francisco de Borja –uno de los grandes santos de la Compañía de Jesús–, Juana pidió (seguramente exigió) formar parte de la congregación fundada en 1540 por Ignacio de Loyola. Quería ser jesuita a toda costa. Pero los jesuitas no admitían mujeres bajo ningún concepto. Tras no pocas resistencias, en octubre de 1554, Ignacio de Loyola consintió que se incorporara a la orden… clandestinamente.
Juana murió con solo 38 años en El Escorial por un cáncer de útero, pero quiso descansar para siempre en las Descalzas Reales, su obra más personal
El poder y el altísimo rango de Juana obraron seguramente muy a su favor, pero aun así solo pudo ingresar bajo seudónimo: el nada aristocrático nombre de Mateo Sánchez. Todo debía mantenerse en el más absoluto secreto y sin levantar sospechas. Las cartas conservadas entre Ignacio de Loyola y Francisco de Borja son explícitas: el espinoso asunto debía tratarse «bajo sigilo y como confesión». Juana o, mejor dicho, Mateo profesó votos de pobreza, castidad y obediencia, pero no vestiría la sotana negra jesuita ni abandonaría la corte; bastaba, escribían, «que lo tenga entre sí y Dios». Nunca antes ni después una mujer ha pertenecido oficialmente a la Compañía de Jesús. Ella ha sido la primera y la única en sus cerca de quinientos años de historia.
A los jesuitas la jugada no les vino mal. Desde esa posición confidencial, Juana se convirtió en una de sus grandes protectoras. Intervino en las persecuciones que sufrían, los defendió frente a los furibundos ataques del dominico Melchor Cano y favoreció su expansión por los territorios del imperio, incluido Flandes, con la creación de colegios y seminarios.

En 1557, aún siendo regente por ausencia de su hermano, Juana decidió fundar el convento de Nuestra Señora de la Consolación, conocido como las Descalzas Reales: ‘reales’ por su origen regio y ‘descalzas’ porque las clarisas que lo habitan calzan unas sencillas sandalias sea verano o invierno. Lo hizo precisamente sobre el palacio donde había nacido. El lugar fue concebido como un gran complejo religioso vinculado a la monarquía hispánica, con un monasterio de clausura, una iglesia, aposentos reales, casas para los capellanes, vaquerías, un colegio e incluso un hospital para menesterosos, en cuyo solar hoy, ironías del destino, se levanta El Corte Inglés de la calle Preciados. En la actualidad, de aquel ‘Escorial femenino’ queda poco más que el monasterio y la iglesia.
Enterrada junto al altar mayor
Juana de Austria murió en 1573 en El Escorial, con solo 38 años. Se cree que de un tumor de útero. Sin embargo, quiso descansar para siempre en las Descalzas Reales, el lugar que mejor representaba su vida: una mezcla de poder y espiritualidad. «Es su obra personal y ella quería estar allí sepultada. De hecho, da instrucciones sobre su capilla funeraria, que debía ubicarse en el altar mayor de la iglesia conventual, en el mismo lugar donde acostumbraba a rezar», explica Ana García Sanz. «Además, quiere estar enterrada sola, no en un panteón familiar», añade la conservadora del monasterio real.
La regente encomendó el diseño y decoración de su tumba a tres fuera de serie: Juan de Herrera, Pompeo Leoni y Jacome da Trezzo, que luego trabajarían en El Escorial, la obra cumbre de la monarquía hispánica en su época de mayor esplendor. Pese a su enorme valor artístico, el sepulcro con la famosa escultura de Juana orante en mármol blanco de Carrara, firmada por Leoni, no se puede visitar. «Es un sitio muy chiquitito, donde apenas caben cinco o seis personas», justifica García Sanz. A unos metros, en el coro del monasterio (que sí es visitable), yace enterrada la emperatriz María de Austria, que tras quedarse viuda se retiró al lugar que su hermana pequeña había fundado.
Tras cuatro años de intervención, la reapertura este otoño de las tres capillas históricas del monasterio, excepcionales ejemplos de arte barroco, devuelve a la luz un espacio monumental que lleva medio siglo sin ser contemplado. Y de paso nos permite rescatar la figura de la fundadora, Juana de Austria, serenísima infanta de España, princesa de Portugal y una mujer capaz de gobernar un imperio y esconder uno de los secretos más curiosos del catolicismo: el jesuita Mateo Sánchez.
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- UNA ENFERMERA TRANS EN EL SIGLO XVI | Pastor, costurero, soldado, sastre y primer enfermero trans de la historia, Elena de Céspedes (Alhama de Granada, 1545) nació de la relación de un comerciante y su esclava negra morisca. Tras adoptar una identidad masculina y vivir como Eleno, logró obtener los títulos oficiales de sangrador y cirujano, convirtiéndose en el primer sanitario trans del que se tiene constancia, aunque entonces tal concepto no existiera. Se casó con 15 años como mujer y a los 40 como hombre: los médicos certificaron que «tenía unos genitales de excelente tamaño», aunque se cree que se los cosió. La Inquisición lo condenó a azotes y a diez años de trabajo sin sueldo en un hospital de Toledo. Su fama como enfermero provocó verdaderas peregrinaciones de gentes que buscaban sus cuidados.