La matanza de 1890 selló el final de los pueblos indígenas en el imaginario estadounidense. El escritor ojibwe David Treuer dedica El latido de Wounded Knee (Capitán Swing) a desarmar ese epitafio y a narrar las luchas por la supervivencia que vinieron después de la nieve y los cadáveres

Daniel Arjona / La Lectura
La ventisca arreció durante tres días sobre la cañada de Wounded Knee, en Dakota del Sur, y cubrió de nieve los cuerpos antes de que nadie pudiera contarlos. Cuando el temporal amainó, a finales de diciembre de 1890, el general Nelson Miles recorrió el escenario y encontró a mujeres y niños abatidos a tres kilómetros del campamento, allí donde la caballería les había dado caza. «¿Quién podría explicar tan inmisericorde desprecio a la vida?», escribió. Cuatro días después de la matanza, alguien descubrió entre los muertos a una niña lakota helada y hambrienta, todavía viva, acurrucada en los brazos del cadáver de su madre. La llamaban Zintkala Nuni, Pájaro Perdido. Durante cuatro semanas pasó de soldado en soldado como una suerte de souvenir viviente, hasta que un general decidió adoptarla. Murió en 1920, en la más abyecta pobreza, durante la pandemia de la llamada gripe española.
Al menos 150 lakotas fueron asesinados aquella mañana del 29 de diciembre, aunque algunos cálculos elevan la cifra por encima de los 300. Más de la mitad eran mujeres y niños. Pero casi de la noche a la mañana, Wounded Knee dejó de ser una matanza concreta para convertirse en un símbolo, el del cierre de la frontera y el final de la llamada «era india», el remate de un pasado salvaje y el arranque de los Estados Unidos modernos. En 1893, ante la Exposición Mundial Colombina de Chicago, el historiador Frederick Jackson Turner lo expuso de la siguiente manera: el país empezaba con el indio y el cazador y terminaba con la fábrica y la ciudad. La coexistencia resultaba impensable. El indio había muerto y su cadáver forjaba el cimiento del mito estadounidense contemporáneo.
Un superviviente, el jefe Caballo Americano, dejó constancia de lo que vio: «Se disparó a una madre con un niño de pecho, y el bebé, cuya corta edad le hacía ignorar la muerte, siguió mamando». La prensa de la época osciló entre la compasión y la sed de sangre. En el Saturday Pioneer de Aberdeen, un joven director de periódico llamado L. Frank Baum, que años después firmaría El maravilloso mago de Oz, reclamó por escrito «borrar a esas criaturas indómitas e indomables de la faz de la tierra».
Contra ese epitafio escribe David Treuer (Washington, 1970). Novelista y antropólogo nacido en la reserva del lago Leech, en el norte de Minnesota, indio ojibwe por parte de madre, empezó a escribir El latido de Wounded Knee (Capitán Swing) en el invierno de 2016, la semana en que murió su padre. Treuer emplea a conciencia y sin disculparse la palabra «indio», y propone a los no iniciados una regla sencilla: preguntar a los nativos cómo prefieren que se les llame. El libro entrelaza la historia, el reportaje y las memorias, y persigue algo tan terco como sencillo: contar la vida de los indios, no su muerte. «Las víctimas de Wounded Knee han muerto doblemente», afirma, «la primera vez, bajo el fuego letal de los cañones, y la segunda, enterrados por la tinta falsa de los comentaristas y opinadores».
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Este epitafio ya contaba con un libro mayúsculo a su servicio. En 1970, 80 años después de la matanza, Dee Brown publicó Enterrad mi corazón en Wounded Knee: cuatro millones de ejemplares, 17 idiomas, jamás descatalogado. Brown denunciaba el expolio del Oeste con una fuerza inédita, pero reanimaba la vieja historia triste, la del indio reducido a una lista de tragedias superadas sin haber tenido nunca una vida propia. Treuer leyó esas páginas en 1991, siendo estudiante en Princeton, y quedó doblemente consternado. Echaba de menos su reserva, sus bosques septentrionales, el Misisipi minúsculo que la cruzaba apenas más ancho que un riachuelo, y en aquella añoranza no encontraba ni miseria ni desesperanza. Le humillaba, además, que un autor blanco les explicara a los indios la realidad del mundo con una autoridad que él entonces no podía igualar.
Durante años, el propio Treuer había creído ese relato. Veía su reserva como un «no lugar» donde nunca pasaba nada y donde las buenas ideas iban a expirar, y tenía alrededor cuanto parecía probarlo: un tío brillante muerto de sobredosis, un primo acribillado por la policía, el presidente del consejo tribal investigado por asaltar el casino a punta de pistola. Marcharse de allí le devolvió la otra mitad de la historia.

Desde la distancia comprendió la valía de su madre, que estudió Enfermería y luego Derecho para volver a ejercer la abogacía en la reserva, a una manzana del instituto que tan pobre idea se había hecho de ella. Para la mayoría de sus clientes, era la primera vez que se sentaban en un banquillo con un abogado indio al lado. Y entendió a su padre, un judío que había sobrevivido a duras penas al Holocausto y había hecho suyas las causas indias. «Yo era un refugiado, un superviviente, un marginado», le explicó. «Durante toda mi vida, me habían inculcado la idea de que no daba la talla. En cuanto llegué aquí me sentí aceptado».
Tenacidad vs. Avaricia
La memoria india empieza mucho antes del duelo. Cuando los europeos llegaron, hacia 1500, vivían en Norteamérica cerca de cinco millones de personas repartidas en más de 500 tribus. Algunos pueblos levantaron ciudades que todavía siguen en pie en los desiertos del suroeste y la costa este estuvo densamente poblada de Florida a Terranova. En la confluencia del Misuri y el Misisipi, donde hoy se levanta San Luis, la ciudad de Cahokia llegó a albergar a unos 30.000 habitantes. Cuatro siglos de guerras, enfermedades y hambrunas pasaron una factura atroz. El censo de 1900 enumeró 237.000 indios, dueños apenas del 3% del territorio. El exterminio de los bisontes, que llegó a alcanzar los 5.000 animales muertos al día a finales de la década de 1870, funcionó como un arma deliberada contra las tribus de las praderas. Pero Treuer se niega a leer ese desplome con la lente siniestra de la extinción. Él rastrea adaptación e ingenio, las muchas sendas que los indios abrieron cada vez que les cerraban las antiguas.
El siglo XX inauguró otra guerra. Sus armas, escribe Treuer, fueron la avaricia y el fraude. La de los indios, la tenacidad. En 1924, 300.000 indios recibieron de golpe la ciudadanía estadounidense sin perder la tribal, y se convirtieron en una figura jurídica singular, indios y norteamericanos a la vez. Tres décadas más tarde, las leyes de «punto final» y la Norma Pública 280 desmontaron buena parte de aquella soberanía y entregaron a varios estados la jurisdicción sobre las reservas. Mientras tanto, generaciones de niños arrancados a sus familias pasaban por los internados, lejos de casa, llevando los ecos tribales en el corazón. Esa soberanía discreta, perpetuamente amenazada, recorre el libro entero.
«Los indios de Wounded Knee han muerto doblemente: bajo el fuego de los cañones y enterrados por la tinta falsa de opinadores»
En 1969, estudiantes y activistas ocuparon Alcatraz. En 1972, la Caravana de los Tratados Rotos tomó la sede del Gabinete de Asuntos Indios en Washington. Y en febrero de 1973, militantes del Movimiento Indio Norteamericano reocuparon el propio escenario de la masacre. Durante 71 días, Russell Means, Dennis Banks y los suyos resistieron en Wounded Knee, cercados por el FBI y por los matones del presidente tribal Dick Wilson, hasta declarar allí mismo una «nación oglala independiente». Murieron dos hombres: Frank Clearwater, de un tiro en la cabeza mientras dormía, y Buddy Lamont, veterano de Vietnam, abatido por un francotirador. Treuer narra el episodio sin rastro de romanticismo, atento a la violencia y a las luchas internas del movimiento.
El 17 de marzo de 2012, en el casino Northern Lights de la reserva del lago Leech, Treuer asistió a una velada de boxeo. Vio a púgiles indios subir al cuadrilátero y derribar a sus rivales blancos ante un público que rugía de placer en un local abarrotado, haciendo justo lo que durante siglos se les había prohibido. Entre los boxeadores estaba su primo Sam Cleveland, capaz de tumbar a rivales mucho más corpulentos que él. Aquellos hombres peleaban contra algo más que un contrincante. Combatían, escribe, contra «esa íntima convicción de haber perdido, de haber salido siempre perdedores, de que ya lo hemos perdido todo».
En 2016, la tribu sioux de Standing Rock levantó un campamento contra el oleoducto Dakota Access, y en sus alrededores se congregó la mayor reunión de nativos desde los ejércitos tribales que derrotaron a la caballería en Little Bighorn. Bajo el lema «Mni Wiconi» (el agua es sagrada), los manifestantes defendieron el agua potable y los lugares sagrados sin un líder visible y con un número inédito de mujeres al frente. Tribus de México enviaron danzantes y los maoríes mandaron hakas de desafío por Facebook. Donald Trump reactivó las obras a los pocos días de tomar posesión, y el oleoducto se terminó. Fue una derrota, admite con cierto pesar Treuer, pero una derrota que cambió la mirada: «Lo que parecía un problema indio se reveló como un dilema de toda la sociedad estadounidense. La próxima vez las autoridades no lo tendrán tan fácil», advierte.
Mirar hacia el futuro
El libro se cierra con Alce Negro. Nacido en 1863 a orillas del río Powder, tuvo a los nueve años, ardiendo de fiebre, una visión larguísima en la que contempló el aro sagrado de su pueblo dentro del gran círculo del universo. Combatió en Little Bighorn, recorrió Europa como figurante del espectáculo de Buffalo Bill y estuvo en Wounded Knee aquel 29 de diciembre, donde cargó contra los soldados armado solo con un arco sin flechas y puso a salvo a una niña huérfana antes de recibir, al día siguiente, un balazo que le cruzó el vientre de lado a lado. Más tarde se convirtió al catolicismo y enseñó el catecismo en Pine Ridge. Muchos indios leen esa conversión como una rendición. Treuer la lee de otro modo, como la prueba de que Alce Negro «estaba decidido a vivir y a adaptarse». Y eso, sostiene, «en lugar de rebajar su condición de indio, la ensancha».
«La lucha del oleoducto de 2016 fue una derrota, pero cambió la mirada. Lo que parecía un problema indio se reveló como un dilema de la sociedad»
Bajo la crónica late una convicción casi vertiginosa de que los relatos moldean el mundo. «Las narrativas mismas que empleamos para referir la historia de lo que somos», dice Treuer, «son las que configuran la propia realidad de nuestras vidas». Si los indios cuentan su pasado como tragedia, se condenan a un futuro de calamidades. Y si solo truenan contra su dependencia de Estados Unidos, olvidan que también ellos han moldeado el país. «Los indios mueren», dice, «además de bajo las balas, en su propia mente, y esa es quizá la desaparición más triste de todas».
Para nombrar esa apuesta, Treuer convoca a Walter Benjamin. «Articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal como realmente fue», escribió el filósofo alemán, «significa apropiarse de la memoria que relumbra en un instante de peligro». Ni siquiera los muertos estarán a salvo si el enemigo vence. El latido de Wounded Knee quiere arrancar a esos muertos de las manos del enemigo. Por eso su autor pide mirar más allá de la cañada helada, más allá del corazón indio enterrado en el frío suelo de Dakota del Sur, hacia «el ardiente pulso que se deja sentir, segundo a segundo y día tras día» entre los dakotas, los ojibwes, los comanches y las demás tribus del país. Bajo la nieve que cubrió a Pájaro Perdido y a su madre, dice el libro, nunca dejó de latir un corazón. Y todavía lo hace.
Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2026/07/09/6a3e9483fc6c8399058b4585.html