La obra maestra de Coppola narra la corrupción moral de una familia, los Corleone, marcada por el signo de Caín. De la refinada maldad de don Vito a la degradación sin límites de Michael, pasando por la vileza de Fredo y los arrebatos coléricos de Sonny. Aun así, nos fascina.

Esther Peñas / ethic
«Le haré una oferta que no podrá rechazar». Tan sugerente como tentador, este enunciado, propio del mismísimo Lucifer (recordemos sus modales exquisitos cuando fue interpretado por Robert De Niro en El corazón del ángel), es una de las máximas que pronuncia Vito Corleone en El Padrino, la película de Francis Ford Coppola basada en la novela homónima de Mario Puzo, quien participó asimismo en el guion. Esta trilogía despliega una hipnótica genealogía del mal a través de una ética envilecida, una familia paradójica (refugio incondicional al tiempo que estrecha jaula) y una lealtad corrompida.
El profundo respeto que procura don Vito, un hombre de palabra, la fascinación que provocan sus maneras, sus silencios, su acato al honor, sus particulares principios (con escrúpulos suficientes para rechazar el negocio de la droga), su deseo de trasladar su considerable reinado al territorio de la legalidad, opacan el hecho de que su feudo se sustenta en la extorsión, el fraude, el contrabando, el control de los sindicatos y el crimen como habitual recurso ante cualquier traba o inconveniente. Encarna el mal, del mismo modo que Brando encarna el papel. De una manera exquisita y perturbadora.
Don Vito es el cabeza de una estirpe marcada por el signo de Caín. Una de las cinco familias que controlan los beneficios ilícitos en Nueva York y Las Vegas. La historia comienza en el verano de 1945, durante la boda de su hija Connie. Michael Corleone (Al Pacino) pareciera haber escapado de esa influencia. Marine condecorado por su participación en la Segunda Guerra Mundial, está enamorado de una encantadora Diane Keaton (Kay Adams). Sonny Corleone (James Caan), impulsivo, fatuo, temperamental, adúltero. Fredo Corleone (John Cazale), pusilánime, resentido, envidioso, encargado del negocio familiar en Cuba. Tom Hagen (Robert Duvall), abogado, il consigliere, fue rescatado de las calles cuando era un niño, y ya es uno más de la familia (de él la amenaza en forma de cabeza de caballo —de 600.000 dólares— bajo las sábanas), lo mismo que Clemenza (Richard Salvatore Castellano), que se ocupa de los trabajos sucios, come y bebe de manera pantagruélica, mata a sangre fríe y prepara una deliciosa salsa de tomate.
La violencia de ‘El Padrino’ se sintetiza en la capacidad de corrupción del ser humano
La violencia se desliza silenciosamente en El Padrino, ocupa esas habitaciones en penumbra o la oscuridad del despacho donde se analiza pausada, racionalmente cada situación, por fatídica o trágica que sea, y se toman decisiones rubricadas con sangre (no siempre ajena). La violencia de El Padrino se sintetiza en la capacidad de corrupción del ser humano. La que ejerce y la que soporta. El poder se organiza con una sutileza endiablada: quién puede hablar y quién no, quién puede sentarse y quién no, quién queda al margen de una conversación, quién besa y dónde, quién decide la proporcionalidad del castigo, qué precio tiene cada favor, quién puede ser adúltero y quien paga el adulterio con su vida…
La transformación de Michael
Estrenada en 1972, con música de Nino Rota y sin mencionar en ningún momento la palabra mafia, El Padrino narra una estructura de códigos y afectos con escenas de crímenes de los que la cámara se retira tras el suceso de manera inmediata, sin recreación alguna, acaso para limpiar el rastro inculpatorio.
Si don Vito se nos presenta desde el inicio como un capo mefistofélico pero refinado y cautivador (un Hannibal Lecter de la Cosa Nostra), mucho más complejo es el caso de Michael, quien ve interrumpida su honorable vida cuando acude al hospital a ver a su moribundo padre, acribillado víctima de una emboscada. Es entonces cuando asistimos a su transformación. Como en una anagnórisis de tragedia griega, asume su destino y toma las riendas de la familia. Consigue que los clanes rivales no culminen su propósito de matar a don Vito. Mientras Sonny ordena el asesinato del preboste rival, los Tattaglia, Michael mata él mismo al jefe de policía corrupto y al traficante de heroína implicados. Pero Sonny muerde el anzuelo de su cuñado y es tiroteado en un peaje.
Don Vito, ya recuperado, organiza una reunión de las cinco familias para anunciar que renuncia a la venganza por la muerte de su hijo Sonny: «¿De qué me serviría reanudar las hostilidades, la violencia? Mi hijo está muerto, y su muerte es una desgracia que debo soportar. ¿Por qué tendría que hacer que el mundo sufriera conmigo?». Delega su poder en Michael y se retira al campo, donde muere jugando con su nieto a causa de un infarto (su muerte, en la tranquilidad del hogar, por causas naturales, bien podría interpretarse como una suerte de redención).
Sin la contención de don Vito, Michael planifica con éxito la ejecución de los cabezas de las familias rivales (mientras están siendo asesinados, asiste al bautizo de su sobrino, en la catedral de San Patricio, y como padrino del bebé, el sacerdote le pide que renuncie a Satanás). Con el mismo cinismo que muestra en la ceremonia religiosa, miente a su esposa cuando le pregunta si ha tenido algo que con los brutales asesinatos. El de Michel, en el decir de Conrad, ya es un corazón de las tinieblas.
Su esposa se niega a darle más hijos, le repugna tanta maldad, y en un arrebato le confiesa que el aborto que tuvo no fue espontáneo sino premeditado. Michael —no es metáfora— le cierra la puerta en las narices. Punto final de su matrimonio. Sin la sensatez de su padre ni la luminosidad de su esposa, Michael no tiene anclaje alguno que le rescate de la degradación moral. De hecho, duda que haya redención posible para él.
Así como Judas entregó al Maestro con un beso en la mejilla, Michael, celebrando en Cuba la fiesta de Año Nuevo, besa a su hermano, condenándolo a pena capital. «Sé que fuiste tú, Fredo. Me rompiste el corazón. ¡Me rompiste el corazón!». La envidia empujó a Fredo a traicionar a su familia facilitando una información que podía haberle costado la vida a Michael.
Años después, tras la representación de la ópera Cavalleria rusticana, de Mascagni (y cuya acción transcurre en Domingo de Pascua), en las escaleras del Teatro Massimo en Palermo, Michael ve cómo su hija Mary muere de un tiro que iba dirigido a él. La trilogía se cierra con la muerte de un avejentado, triste y diabético Michael sentado en una silla, al aire libre. Estaba solo.