“Es una forma de sublimar nuestra condición humana”

Por Cecilia Casero y Eva Blanco Medina Fotografía de Pablo Zamora Estilismo de Helena Contreras / Vogue
El 16 de noviembre se cumplen 15 años desde que la UNESCO declarara el flamenco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, una fecha que nuestra cabecera conmemora con una reunión histórica de 28 mujeres que, con su infinito talento, nutren a diario este arte.

Claudia ‘La Debla’
Nació en Barcelona, pero con solo seis meses se fue a vivir a Granada con su familia. Un traslado que, según cuenta Claudia ‘La Debla’ (2005), lejos de ser anecdótico ha cimentado por completo su identidad artística como bailaora. “Aunque sea muy jovencita, llevo desde los seis años curtiéndome en las cuevas del Sacromonte. Al lado de la Alhambra, se respira otro aire. Hay mucha fuerza bailando y los tangos son más lentos, tienen un sabor diferente. Es muy bonito llevar esa singularidad de tu tierra por todos lados”, comenta, a la par que reconoce encontrarse en el arranque una etapa cargada de posibilidades. “Me he mudado a Sevilla y estoy en un proceso de autodescubrimiento. Ya no soy una niña, ahora estoy empezando a ser una mujer. Quiero confiar en mí y ver de lo que soy capaz”, dice la joven integrante del Ballet Flamenco de Andalucía, dirigido por su admirada Patricia Guerrero. ¿De dónde viene ‘La Debla’? “Me lo puso Curro Albaicín, que es una eminencia. La debla es un palo del flamenco que tiene sus orígenes en la toná; en caló, además, significa diosa. Pero para mí lo importante es que me lo pusiera una persona tan querida y que tanto ha hecho por defender el flamenco granadino”.

Manuela Carrasco
Viene de actuar junto al cantaor Manuel Moreno ‘El Pele’ en Ámsterdam, en la décima edición de la Bienal de Flamenco de los Países Bajos. Antes, en agosto, había protagonizado un espectáculo en Tokio junto a Juan Villar, Pedro Sierra y Enrique ‘El Extremeño’. “No me puedo encerrar en mi casa, porque me he quedado viuda y tengo que mantener la cabeza ocupada. Anímicamente, he estado por los suelos. Él [el guitarrista Joaquín Amador] es el que hacía mi música. En 45 años no nos hemos separado jamás. Estoy aprendiendo a vivir una nueva vida”, dice la renombrada bailaora Manuela Carrasco (Sevilla, 1958), que cuenta en su haber con el Premio Nacional de Danza (2007); la Medalla de Andalucía (2008) y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2018). “Si te soy sincera, empecé en esto por necesidad. Vengo de una familia humilde. Soy la mayor de cinco hermanos”, dice la trianera, que debutó a los diez años en un tablao de Torremolinos y es hija del bailaor José Carrasco ‘El Sordo’. “Pero pronto entendí que también bailaba porque lo amaba, porque no puedo vivir sin ello. Todavía hoy, mi meta es seguir trabajando con la misma garra. Y en el momento en que vea que no puedo bailar como yo bailo, yo seré la primera en decir que me tengo que ir”, sentencia.

Esperanza Fernández
El 16 de noviembre de 2010, el día en que la UNESCO incluyó al flamenco en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, la cantaora Esperanza Fernández (Sevilla, 1966) se encontraba impartiendo una masterclass en el Instituto Andaluz de Flamenco y asegura que aquello fue “una celebración increíble”. Un motivo de jolgorio que ahora captura este encuentro intergeneracional organizado por Vogue España. “Venía supercontenta porque hacía mucho que no veía a mis compañeras, y poder reunirme con ellas, verlas con estos estilismos tan maravillosos, ha sido de verdad muy emocionante”, comenta la artista trianera y de conocida cuna gitana, que desde que debutara a los 16 años ha compartido escenario con figuras de la dimensión de Paco de Lucía, Camarón de la Isla o Enrique Morente. “El flamenco es la carrera más larga que hay, nunca se deja de aprender. Lucho a diario por mi arte y por seguir haciendo mil cosas más. Tengo 59 años y cada vez me siento mejor con mi cuerpo. Estoy fantástica”, ríe.
Teresa Hernández
Cantaora, guitarrista y compositora, Teresa Hernández (La Línea, 1992) ha estrenado este otoño Romance de la voz herida, en la XX edición de Suma Flamenca, un recital de corte clásico; al tiempo que se prepara para grabar su primer disco. El suyo es, al menos por ahora, un acercamiento más ortodoxo al flamenco puro. Quizá porque empezó en el terreno de la rumba y no lleva mucho tiempo en el cante –concretamente desde que llegó a Madrid, hace siete años–, Hernández ha decidido arrancar con los estilos más tradicionales y, aunque no ha dejado de estudiar y formarse desde entonces, lo cierto es que cuando da un recital es de las que se dejan llevar. “Siempre priman las vísceras, la búsqueda del duende, técnica hay poca [se ríe]. Ahora en serio, tiene que haber una técnica –estudiamos en casa y después se echa–, pero creo que a la hora de cantar o de tocar siempre tiene que prevalecer esa búsqueda de la intuición y de lo que de verdad te sale de dentro. Si no, estaría mintiendo”, reflexiona.
Gema Carrasco
Estar emparentada con el linaje de Los Moneo no hizo que Gema Carrasco (Jerez de la Frontera, 1999) se durmiera en los laureles, sino todo lo contrario. La cantaora se graduó en Cante Flamenco por el Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco de Córdoba. “De hecho, soy la primera mujer gitana licenciada en Cante Flamenco. Y me parece bonito poder conjugar algo que aprendí de la familia con algo más académico”, confiesa. Y aunque entre sus referentes menciona a La Macanita –con la que comparte hoy sesión de fotos– o La Paquera, oriundas de la misma localidad gaditana que ella, las voces femeninas no estuvieron siempre tan a mano. “Una siempre busca escuchar a más mujeres, en qué tesitura hacen los cantes, qué tipo de letra… En esto último las mujeres lo tenemos un poco más complicado porque el flamenco también se ha conformado de letras muy masculinas y, a veces, un poco machistas. Hoy en día nosotras también cuidamos eso”.

La Fabi
A los 11 años La Fabi (Arcos de la Frontera, 1982) comenzó a participar en peñas flamencas y festivales. Desde entonces ha cantado para grandes figuras del baile y ha pisado escenarios de todo el mundo, de China a Estados Unidos pasando por Holanda o Alemania. Una situación privilegiada que, sin embargo, no le impide ver lo dura que a veces puede ser su carrera. “Me gustaría que las que cantaran flamenco bien de verdad estuvieran millonarias. Porque esto que hacemos no está pagado con nada y es un arte muy difícil. Te puedo decir que muchas buenas artistas han muerto enmayás [expresión coloquial andaluza que significa tener mucha hambre] y eso no es justo porque nos dedicamos a esto prácticamente desde que nacemos. Es una cosa que no se puede evitar: aunque tú tengas una pena muy grande, te sale el cante. Tengo compañeras mías que cantan tan bien, que cada vez que las veo les digo: ‘Tú deberías ser millonaria y tener cuatro chalés, uno en cada puerto’. Pero por desgracia está todo al revés”, explica la gaditana sobre la precariedad que a veces se da en este ámbito a pesar de la intensa dedicación de las artistas.


Encarnación Fernández
Si hay una figura clave en el devenir de la cantaora Encarnación Fernández (Torrevieja, 1951) es la de su padre, el célebre tocaor murciano Antonio Fernández. Con él se inició en el flamenco siendo una niña y actuó de mentor y profesor, formándola durante toda su carrera. “Con 15 años me presentaron a un festival y nada más que había hombres cantando. Y la única niña, yo. Pero no me daba corte porque siempre he querido cantar y me sentía muy bien haciéndolo”, recuerda. Años más tarde llegaría el mayor logro de su carrera: la artista ganó en dos ocasiones consecutivas, en 1979 y en 1980, la Lámpara Minera, el máximo reconocimiento en el Festival del Cante de las Minas. Aunque sigue subiéndose a los escenarios, lo que mayor placer le procura ahora es la enseñanza, sobre todo de los Cantes de Levante, un estilo en el que Fernández ha brillado siempre: “Tengo una escuela y viene muchísima gente a que les dé clase. A mis alumnos les gusta y a mí todavía más porque me siento más joven. El flamenco es mi vida”, reconoce.

Leonor Leal
Al contrario que muchas de sus compañeras de profesión, la puerta de entrada de Leonor Leal (Jerez de la Frontera, 1980) al flamenco fue a través de la danza clásica y española, una circunstancia que ha dotado su arte de una profundidad poliédrica que bebe de distintas fuentes. “Nos hemos quedado con una imagen del flamenco que está más centrada en la posguerra porque se utilizó muchísimo como reclamo turístico. Pero antes de la guerra, los flamencos eran muchísimo más porosos al arte que se estaba moviendo, y esos son mis referentes. Por eso cuando me dicen: ‘tú eres muy moderna’, respondo: ‘¿Yo? Yo no’”, reconoce. Con una carrera cuajada de exitosas piezas como El verbo en tu boca (2014), Naranja amarga (2013), J.R.T. pintor y flamenco (2016), Nocturno (2018), En talleres (2019) o LOXA (2020), entre otras, Leal ha ampliado su trayectoria hacia lugares como la investigación y la docencia que la han dotado de una especial sensibilidad, híbrida y maleable, para el formato escénico. “El mundo estético del flamenco es muy grande, no hay edades, nadie te exige que seas una sílfide. La idea de belleza en el flamenco es muy amplia, de hecho para mucha gente puede ser grotesca, eso me gusta. No es para unos elegidos, los que tienen arte lo tienen y punto”, afirma.


Carmen Ledesma
Admiradora de Trini España, Matilde Coral y Enrique El Cojo, entre muchos otros, Carmen Ledesma (Sevilla, 1956) se inició tempranamente en el baile flamenco de manera autodidacta: a los cuatro años obtuvo el premio de Galas juveniles; y poco después de debutar profesionalmente, siendo aún adolescente, empezó a viajar por todo el mundo. Un espíritu viajero que la ha acompañado desde entonces. Y aunque Ledesma cree que nunca antes ha habido tanto talento y tan bien preparado como ahora, también detecta una grieta propia de los tiempos en los que vivimos. “El flamenco le gusta a todo el mundo. Hay personas que lloran cuando bailas por soleá o por seguiriyas, eso quiere decir que te llega al estómago. En nuestra época nosotros veíamos a la gente cantar y bailar en las fiestas y en las casas de los vecinos, y aprendíamos algo todos los días. La gente joven ahora no tiene eso, con lo cual es muy complicado. Están echando mano de la técnica, que es maravillosa, pero no pueden improvisar en el escenario”, lamenta. Y, sin embargo, abre de par en par la puerta a la mezcla sin complejos: “El flamenco es como la madre que todo lo recibe y todo lo acopla a sus entrañas”.
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Aurora Vargas
Cante, baile y mucha comía. Así describe Aurora Vargas (Sevilla, 1956) el bullicioso entorno familiar en el que ha crecido. “Nosotros los gitanos somos corazón, somos nobleza y somos pureza”, dice la prestigiosa cantaora y bailaora, nacida en el popular barrio de La Macarena. Aunque lleva dando muestras de su arte desde que era niña, debutó profesionalmente a mediados de los ochenta en tablaos tan conocidos como el madrileño Los Canasteros y el sevillano Los Gallos. Una larguísima trayectoria que incluye también cine y que, en 2014, la hizo merecedora de la Medalla de la Ciudad de Sevilla. “Siempre tengo miedo y nervios a la hora de salir al escenario: eso no se me quita nunca. Pero bueno, benditos nervios, porque quieren decir que, por mucha experiencia que tengas, sientes una gran responsabilidad hacia el público que ha venido a verte”, comenta Vargas, que, al igual que le ocurre a varias compañeras de profesión, también se enfrenta ahora al duelo. En su caso, por la pérdida de su pareja, el cantaor conocido como Pansequito, fallecido en 2023. “Estoy en un momentito de lucha y de salir adelante, de dejar las penas un poco aparcadas, aunque los recuerdos siempre van a estar ahí. A la vida hay que agarrarse. Y este encuentro de hoy me parece una ocasión maravillosa”, sonríe.

Remedios Amaya
Leyenda viva del flamenco, Remedios Amaya (Sevilla, 1962) pasará a la historia por muchas cosas, pero sobre todo por haber sido la primera gitana en participar en Eurovisión. Ocurrió en 1983 y aquel hito cambió para siempre su carrera. “Era lo que yo quería: darme a conocer al mundo entero. Se me presentó la oportunidad más grande de mi vida, aunque no me trataron muy bien”, recuerda. Sin embargo, el balance que hace de la experiencia es muy dulce: “No sabes la alegría que me entró cuando llegué a España y vi la cantidad de gente que me estaba esperando en el aeropuerto con pancartas. Se me cayeron dos lágrimas”. Amaya no rehúye el tema del racismo, una lacra que sintió durante su paso por el festival, pero también mucho antes, cuando solo era una niña. “Le dijeron a mi gente que no podía entrar en el colegio porque era gitana. Como estábamos necesitados, tenía que buscarme las habichuelas para ayudar en mi casa. Se me hizo muy complicado. Sé leer y escribir un poquito nada más, porque me dediqué a ayudar a mi familia, pero estoy orgullosa de haber tenido unos padres como los que tengo. Y de mí”.

Rocío Luna
La conexión con el flamenco de Rocío Luna (Cañada del Rabadán, Córdoba, 1998) vino de un encantamiento cuando era solo una niña. “Recuerdo estar en mi habitación escuchando unos discos que había en mi casa y también las primeras veces que mis padres me llevaban a la peña flamenca de mi pueblo”. A los siete años, cuando se subió por primera vez a un escenario para cantar, algo cambió para siempre. Graduada en Cante Flamenco por el Conservatorio Superior de Música de Córdoba, Luna se alzó con la Lámpara Minera en el Concurso Internacional del Cante de las Minas en 2023 y se ha convertido en una de las voces más prometedoras del flamenco actual. El día que se hizo la sesión de fotos que acompañan estas páginas, la cantaora no podía esconder la emoción: “Cuando trabajo con mujeres, siento una energía especial, tranquila y muy bonita. Se nota esa unión y esa comprensión entre nosotras”.

Lori ‘La Armenia’
“El flamenco es una forma de sublimar nuestra condición humana”, arranca diciendo Lori ‘La Armenia’ (París, 1980). Esta bailaora francesa de origen armeniolibanés asegura que nada la destinaba a ser flamenca, pero la fascinación que le producía el cante jondo hizo que, al cumplir la mayoría de edad, no dudase en coger su mochila y poner rumbo a Jerez. “Quería seguir aprendiendo, impregnarme de la cultura desde dentro. Vivir las fiestas, los bautizos, las bodas… Trabé amistad con mucha gente”, cuenta. A los pocos años, teniendo a Manuela Carpio como maestra, le empezaron a salir sus primeros bolos. “Y cuando ya estaba aquí totalmente afincada, en 2009, me cogieron en la prestigiosa compañía de Irina Brook en París. Estuve con ellos seis años”, relata la artista, que desde entonces no ha parado. En 2026, de hecho, estará de gira mundial con el espectáculo teatral La Salida, del cordobés Rubén Molina. Una etapa que afronta con una sensibilidad de lo más aterrizada: “Entre la maternidad y la madurez del cuerpo, cambia tu forma de bailar. Vuelves a lo esencial. Ya no estás tanto en el virtuosismo. Tienes que ser alquimista para transformar las taras y los dolores. Haces cada vez menos, pero con más peso y más sabiduría”.
Irene Olvera
Con solo 12 años, la bailaora Irene Olvera (Granada, 2008) actuó en el Grimaldi Fórum de Montecarlo ante la atenta mirada de Alberto II de Mónaco y la princesa Carolina de Hannover. Un hito al que han seguido muchos otros en el meteórico ascenso de la benjamina del amplio grupo de mujeres reunidas en Sevilla por Vogue España. A pesar de haber pisado ya un sinfín de escenarios emblemáticos, es bonito constatar cómo la emoción que siente por formar parte de este reportaje se cuela en forma de una inocente risa nerviosa al final de sus respuestas. “Estas experiencias hacen que mi adolescencia sea algo mágico. Estoy agradecida de que mis padres me permitan estar aquí. Y disfrutar también con ellos”, dice mientras les dirige una mirada cariñosa a sus progenitores, que la han acompañado a la cita. La joven, que descubrió el flamenco a los nueve años “como una actividad extraescolar”, se ha formado con maestros de la talla de ‘Manolete’, Antonio Canales, Juan Andrés Maya o ‘Farruquito’. “La técnica es muy necesaria, constituye la base desde la que luego haces tuyas las cosas”, dice esta estudiante de segundo de bachillerato, que quiere cursar un grado universitario (aunque todavía no sabe cuál). “Me encanta escribir, dibujar, escuchar música…¡y me puedo pasar horas leyendo las novelas de fantasía romántica de Sarah J. Maas! Mi favorita es la segunda de la saga, A Court of Mist and Fury”, confiesa entre risas.

Encarna Anillo
“Cuando era pequeña, el escenario era para mí como el parque de bolas ahora para los niños”, dice dejando escapar la risa la cantaora Encarna Anillo (Cádiz, 1983). Una afirmación que no parece exagerada a la luz de su temprana vocación: con cuatro años su abuela paterna vio algo en ella y le enseñó a dar sus primeros pasos por bulerías. La rica escena flamenca de su ciudad natal, vibrante y callejera, hizo el resto. Desde el año 2007 emprende su carrera definitiva en solitario gracias al éxito cosechado con su primer álbum, Barcas de plata, abonando una trayectoria que no ha parado de crecer. Desde esa experiencia, Anillo se permite un consejo para todas las nuevas voces que vienen a coger el testigo: “Que no se pierdan los cimientos. El flamenco es la expresión de un pueblo, de todas las emociones del ser humano a través del cante o del baile. Ese es su origen y a veces, cuando entra la industria, se diluye. Si este arte es tan grande es porque la conexión con la emoción es brutal. En Alemania no saben hablar español, pero les llega una soleá”, concede.
Pepa Montes
Tiene Pepa Montes (Las Cabezas de San Juan, Sevilla, 1954) una manera muy poética de rememorar sus inicios. “A mí me han salido los dientes en esto, porque la primera vez que bailé en un escenario tenía siete años. Todo lo que he aprendido en esta vida me lo ha dado el flamenco. Mi felicidad familiar también, porque llevo 50 años casada con el guitarrista trianero Ricardo Miño. Si yo me hubiera dedicado a otra cosa, quizá no le hubiera conocido y no hubiéramos tenido a nuestro hijo, Pedro Ricardo”, comenta la reconocida bailaora, que inició su carrera en solitario a mediados de los setenta. La también invitada permanente de la Bienal de Flamenco de Sevilla se muestra de lo más receptiva a la innovación técnica dentro del género y las voces emergentes que lo habitan. “La vida avanza y todo debe avanzar con ella. Hoy en día hay una gran riqueza creativa y esto va a hacer que, dentro de unos añitos, haya un gran abanico de propuestas entre las que cada uno pueda elegir la que más le llegue. ¿Qué hablamos de María Terremoto? ¿Qué decimos de Remedios Amaya o de Aurora Vargas? Me acabo de cruzar con ellas en el camerino y todas, cada una a su manera, te llevan a otra dimensión”, argumenta.

María Marín
“Me considero un perfil bastante híbrido, porque soy guitarrista formada en música clásica, pero también soy cantaora. En la mayoría de los proyectos que tengo a día de hoy, recurro a ambos registros. Pero también he hecho colaboraciones con músicos de jazz o sinergias más orquestales”, comienza aclarando María Marín (Utrera, 1987). La andaluza prepara, para la primavera de 2026, el que será su segundo álbum: un trabajo en el que viaja de lo popular a lo contemporáneo haciendo gala de su sello experimental (y en el que se ha planteado incluir versiones de artistas tan diferentes entre sí como Tom Waits o Los Chichos). “Hace unos años, esto de adoptar esta pose con las piernas abiertas para poder tocar y cantar, quizá no era tan bien recibido como ahora. Creo que nos faltan referentes femeninas, como Rosario La Tremendita o la pionera Mercedes Fernández Vargas ‘La Serneta’, que también se acompañaba a sí misma tocando”, reivindica Marín, que ha pasado más de una década cursando estudios superiores en el extranjero, en instituciones como el Real Conservatorio de La Haya (Países Bajos). “Al final, todos estamos conectados por las mismas emociones”, remata.

Gema Moneo
En 2024 fue madre de su segundo hijo y asegura estar “volviendo a la vida” después de un pequeño paréntesis. Por eso, el 2026 de la bailaora Gema Moneo (Jerez de la Frontera, 1991) se presenta especialmente prometedor en lo que se refiere a esa reincorporación paulatina a la actividad laboral. “Estamos a punto de estrenar un espectáculo que se llama Flores nuevas y el año que viene esperamos estar con él en los principales festivales de flamenco del mundo, de Jerez a Querétaro o Albuquerque, donde solemos presentar estas propuestas”, dice optimista sobre todo el frenesí que se vislumbra para ella en el horizonte. “Esta vez lo llevo mejor, como madre primeriza tenía muchos más miedos. Yo sola me limitaba. Por eso, ahora intento disfrutarlo todo: tanto mi espacio personal como el profesional y artístico”, dice la andaluza, que dio el salto a los escenarios a los 13 años, después de haberse formado al abrigo de grandes figuras como Manuela Carpio, La Yerbabuena o Patricia Ibáñez. “Me siento en el mejor momento de mi carrera, porque empecé muy joven y todo ocurrió muy rápido. Hay veces que no te da ni tiempo a saborear las cosas. Pero ahora procuro paladearlo todo gota a gota”, sentencia la heredera de la saga de Los Moneo.
Lela Soto
El título de su primer álbum, El fuego que llevo dentro, que vio la luz en febrero de 2025, parece explicar mucho sobre el legado artístico familiar que se concentra en Lela Soto (Madrid, 1992). Hija del cantaor Vicente Soto ‘Sordera’ y de la bailaora Luisa Heredia, esta emergente voz flamenca se presenta a sí misma como un puente entre el respeto a la tradición y la necesidad de aires renovadores. “Soy una chica joven y, además del flamenco que he bebido en mi casa, todo lo que he escuchado ha sido música de los noventa y los dosmiles. Ese es un terreno muy fértil para la fusión. Me encanta el R&B, la bossa nova y la música clásica, me considero bastante melómana”, introduce Soto, que empezó a rodar por escenarios acompañando en giras a Alejandro Sanz, Pitingo o Niña Pastori. “Me gusta reivindicar lo que yo soy, y lo que somos muchas de nosotras: mujeres gitanas, flamencas y luchadoras. Lo más importante es que podamos derribar muros de opresión y seguir tirando p’alante”.

Zaira Prudencio
El primer contacto de Zaira Prudencio (Badajoz, 2004) con el mundo del flamenco vino casi por casualidad. “Con cuatro años mi madre me apuntó a una academia. Yo todavía no sabía que me gustaba, era más una forma de pasar el tiempo con mis amigas”, confiesa la artista. Antes de cumplir los 18 años, consiguió una beca para ingresar en la Fundación Cristina Heeren, institución donde ha consolidado su carrera como bailaora. Prudencio forma parte de una nueva hornada de jóvenes que están llamadas a revolucionar el baile. Con un abanico de referentes que abarcan desde Carmen Amaya a Michael Jackson –“Nunca me canso de verlo. Muchas noches me lo pongo y sus movimientos me inspiran”, confiesa–, la pacense vive con ilusión el sentimiento de comunidad que se ha generado entre las de su generación: “Tenemos la suerte de que el mundo del flamenco es muy chiquitito y nos apoyamos un montón entre todas de una manera muy bonita. Y creo que cada vez más”, confirma. “Hay mucho talento, mucha ambición y mucho compañerismo”.
Águeda Saavedra
Acaba de cumplir 30 años, pero Águeda Saavedra (Nerja, 1995) asegura que la famosa crisis vital que normalmente se vincula con esa edad ya la había atravesado antes. “La pandemia me pegó fuerte a nivel emocional. Estaba recién instalada en Sevilla, después de haberme ido con 15 años a Madrid. Tuve que volver a casa de mis padres durante tres meses. Fue un reencuentro bonito, pero duro”, cuenta la bailaora, que por ese entonces también empezó a formar parte del Ballet Flamenco de Andalucía. Durante el tiempo que residió en Madrid, y tras terminar sus estudios de Danza Española y Flamenco en el Conservatorio Profesional Carmen Amaya, Saavedra empezó su rodaje por los tablaos más prestigiosos de la capital. ¿Quiénes son tus referencias? “Pues aquí hoy hay unas cuantas. Por el planteamiento actual de la profesión, es muy difícil compartir el escenario con otras generaciones. Así que estoy muy agradecida de estar al lado de Aurora, Manuela o Remedios, entre otras. Las miro con mucho amor y respeto”, concluye y añade: “En el momento en el que consigues aceptar dónde estás tú, no deseas nada de lo que tiene el otro”.

Florencia Oz
Los caminos que conducen al flamenco son inescrutables y también hay espacio para otras conexiones que nada tienen que ver con el arraigo y el linaje. Es el caso de Florencia Oz (Santiago de Chile, 1987), que empezó a bailar casi de manera accidental en su ciudad natal y terminó enganchándose para siempre. “El flamenco trabaja directamente con las emociones y yo creo que eso le toca a cualquier ser humano. No tienes que haber nacido aquí necesariamente para aficionarte”, explica. Tras estudiar danza contemporánea en el Conservatorio de la Universidad de Chile, Oz se trasladó a Sevilla en 2007 para continuar su formación y su carrera. Desde entonces ha fraguado una trayectoria sólida jalonada de hitos: en mayo de 2021 estrenó Antípodas, su primer proyecto en solitario, en el XXV Festival de Jerez, donde fue galardonada con el premio Artista Revelación, por mencionar uno de ellos. La bailaora, que suele colaborar con su hermana, la violonchelista Isidora O’Ryan y que cita entre sus referentes a Andréi Tarkovski, Miles Davis o Björk, arrancará 2026 llevando el espectáculo Parcas. La voz, el ojo, la carne, a la localidad que la vio nacer, tras su paso por Madrid.
Concha Vargas
“Esto lo ha conseguido la Vogue”, dice Concha Vargas (Lebrija, 1956) cuando le preguntamos si es frecuente que coincidan tantas figuras del flamenco a la vez como el día en que tuvo lugar la sesión de fotos que ilustra este reportaje. La bailaora conversa sin parar con sus compañeras, sobre todo con aquellas de su misma generación. Se nota que el flamenco es hogar para todas. En el caso de Vargas esto ha sido así desde su más tierna infancia: su padre, gran aficionado, organizaba fiestas en su casa –“Algunas duraban dos días”, confiesa– a las que acudían nombres como Antonio Mairena, Juan Talega o Agujetas [Manuel de los Santos Pastor]. Sin embargo, Vargas, leyenda viva del baile, ve con buenos ojos la nueva ola que busca imprimir otros aires al flamenco, entre otras cosas, porque lo tiene en casa: “Mi hijo el mayor [Quentin Gas] hace rock flamenco. Y ahora ha hecho la banda sonora de un documental, Pendaripen, narrado por Lolita Flores, que se va a presentar en el festival de Valladolid [Seminci]”, explica. Una vivencia de primera mano que también le da carta blanca para dedicar un consejo a las nuevas generaciones: “Que se olviden un poquito de la técnica y que bailen con mucha flamenquería y gitanería. Y que miren nuestros vídeos un poquito más”.
Rocío Molina
Lo que hipnotiza al público de un espectáculo flamenco es el misterio. En esos inesperados términos lo defiende Rocío Molina (Málaga, 1984), una de las bailaoras más laureadas de las últimas dos décadas tanto dentro como fuera de nuestras fronteras –en 2010 obtuvo el Premio Nacional de Danza en la modalidad de Interpretación y, en 2022, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes–. Distinciones que siempre subrayan su pulsión renovadora, la versatilidad de su práctica, su fuerza y su sed de vanguardia. “El aprendizaje siempre es un foco de desplazamiento e interés para mí. El echar de menos el flamenco anterior se mezcla con las ganas de experimentar el flamenco futuro. Y en este ir y venir se establece una relación melancólica. Un zarandeo que me inquieta, me divierte y me hace sentir viva. Curiosamente, la incomodidad es mi lugar cómodo”, dice la malagueña, que en 2026 estará de gira con su nueva obra, Calentamiento. “Igual que dedico tiempo a elegir los cantes, también hago una investigación sobre la escena para poder incluirla como un instrumento que nos posibilite hablar de esas cosas de las que el flamenco no suele hablar. Todo se resume en darte permiso para subvertir los códigos”, concede.

Cristina Hoyos
No es un reto sencillo tratar de condensar una trayectoria tan rica como la de la multilaureada Cristina Hoyos (Sevilla, 1946). La bailaora y coreógrafa cuenta con hitos como el de haber sido pareja artística de Antonio Gades durante dos décadas (“Recorrimos medio mundo, ¡y por aquel entonces el autobús no iba tan rápido como ahora!”, bromea) o el de haber formado su propia compañía en 1989. Con este proyecto, que lideró durante 15 años, conquistó teatros como el de la Ópera de París –siendo el suyo el primer ballet flamenco en actuar en este emblemático lugar–: “Estuvimos allí una semana y aquello fue maravilloso, estaba lleno todos los días”, dice la artista, que además de tener en su palmarés todas las mayores distinciones patrias, también ha sido nombrada Caballero de la Orden de las Artes y las Letras del Gobierno Francés. Aunque ya no sigue activa sobre los escenarios, Hoyos está más que presente en el gremio: “¡Siempre estoy haciendo alguna cosilla!”, ríe.

Inés Bacán
Uno de los grandes rasgos diferenciadores del cante de la venerada Inés Bacán (Lebrija, 1952) es su profundidad. “Empecé un poquillo tarde. Me descubrió mi hermano [el guitarrista Pedro Bacán, fallecido en 1997] al escucharme cantar en una fiesta con amigos, y ya nunca me soltó”, rememora, a la par que alude al duro duelo que atravesó tras la pérdida del que había sido su compañero artístico. Ambos viajaron con mucha frecuencia en los noventa a Francia, un periodo que Bacán recuerda con enorme cariño. “El oído del francés está muy afinado. Estudian música desde niños. Nosotros hacíamos del escenario una fiesta de verdad, no estábamos actuando”, cuenta la cantaora, que también ha trabajado estrechamente con el coreógrafo sevillano Israel Galván. Aunque actualmente la salud no le permite estar muy activa, no renuncia a la que ha sido la gran pasión de una vida en la que también ha tenido que sobreponerse a la viudedad y la muerte de uno de sus cuatro hijos. “Todas las penas que yo tenía, las echaba cantando. Para mí, es como respirar”, dice.

María Terremoto
Este 2025 ha marcado un antes y un después en la carrera de María Terremoto (Jerez de la Frontera, 1999). En enero presentó Manifiesto, su rotundo primer álbum de estudio: un trabajo inspirado en el largo duelo que le produjo la muerte de su padre, el cantaor Fernando Terremoto, fallecido en 2010. Dignísima heredera de una reputada saga flamenca jerezana, la artista siente que por fin –tras haber sido madre en dos ocasiones en el último lustro– está en el camino creativo en el que quiere estar. “Me planteé en un momento dejar la música y mis hijos han sido los que me han dado la fuerza para seguir luchando y reivindicándome”, cuenta Terremoto, que en septiembre actuó en el palacio de Liria, junto a Raül Refree, en la cena organizada por Carolina Herrera antes del mediático desfile de la firma en Madrid. “También he colaborado con Faenna, que es una rapera malagueña, algo que hizo que recibiera mucho hate de gente que decía: ‘Otra que se nos va a la música de mierda’, ‘Otra que se nos mete en la industria’. Pero están muy equivocados. Lo que yo hago es jugar. Sentirme libre, que es lo más importante”, sentencia.

La Macanita
Estrella viva del cante gitano, Tomasa Guerrero Carrasco (Jerez de la Frontera, 1969), adoptó ese sobrenombre de su padre, el palmero y acompañante El Macano. El suyo fue un talento temprano: “De pequeñita me ponía en la puerta de mi casa y cantaba, no se me entendía pero ya cantaba. Y lo de Rito y geografía del cante fue una cosa preciosa que vio muchísima gente. Muchos compañeros me han dicho: ‘Hay que ver el vídeo ese tuyo Tomasa, por Dios, tan chiquitita y ya sonabas”, recuerda. La Macanita alude a la conocida serie documental sobre flamenco emitida por TVE2 entre 1971 y 1973, donde salió cantando y bailando por bulerías con apenas cuatro años. Ligada a figuras como Manuel Morao y Manolo Sanlúcar, la cantaora participó en la película Flamenco, de Carlos Saura, y en 2016 recibió el reconocimiento a la mujer gitana que otorga la Fundación Secretariado Gitano. “Artista se nace. Luego tienes que preocuparte y formarte, pero el cante no se aprende, el cante nace de tus entrañas, de tu vida y de tu fatiga”, afirma. Bien lo sabe ella.
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Créditos de equipo:
- Dirección Artística: A Flamenco Catharsis.
- Maquillaje: Vicent Guijarro. Peluquería: Fernando Torrent (Another Agency) para Hair By Sam McKnight.
- Ayudantes de estilismo: Paloma Gutiérrez y Carmen Cruz.
- Producción: Sample. Agradecimientos:
- Casa de Pilatos y Fundación Casa: Ducal de Medinaceli
Fuente: https://www.vogue.es/articulos/mujeres-flamenco-portada-numero-especial-diciembre-2025-vogue-espana