Durante demasiado tiempo hemos confundido sexualidad con rendimiento. Pero la salud sexual no se calcula por frecuencia, duración u orgasmos. Se reconoce en algo más profundo, como presencia, deseo, libertad y bienestar.

- ANA SIERRA / Yo Dona
Hemos aprendido a hablar de sexualidad como si revisáramos una analítica: ¿Cuántas veces tienes sexo?, ¿cuánto dura?, ¿llegas al orgasmo?, ¿deseas lo suficiente? Pero, cuando el placer se convierte en examen, deja de ser placentero.
Hasta La revuelta ha convertido el número de relaciones sexuales en un marcador casi social; pero no sólo contamos los encuentros, también los jerarquizamos. Parece que un coito vale más que otras prácticas y que acumular experiencias concede poder o estatus. Es la lógica del rendimiento, muy ligada a la masculinidad normativa, aplicada a la intimidad. Mientras sumamos puntos y nos comparamos, olvidamos la pregunta importante. ¿Realmente nos ha gustado?
La trampa de confundir conducta con bienestar
Una de las grandes confusiones en sexualidad es creer que lo que una persona hace explica cómo lo vive. Desde fuera vemos frecuencia, prácticas, juguetes, orgasmos o deseo aparente. Pero la salud sexual no está solo en lo que hacemos, sino en desde dónde lo hacemos.
Puede haber mucho sexo vivido desde la desconexión y menos encuentros vividos con más libertad y deseo real. También puede haber orgasmos sin disfrute profundo y experiencias placenteras sin orgasmo. Es importante que podamos pedir, parar, decir que sí, sin culpa, y que no sin miedo.
El orgasmo no debería ser una prueba
Durante décadas, el placer femenino ha sido ignorado o colocado en un lugar secundario y la sexualidad se ha narrado desde un guion estrecho. Deseo, penetración, orgasmo masculino y final; Mientras lo demás quedaba como preliminar o complemento.
Pero el orgasmo femenino carga con una paradoja. Durante mucho tiempo fue silenciado, y ahora, en algunos discursos, parece una nueva obligación. Antes muchas mujeres sentían que debían fingir. Ahora algunas sienten que deben llegar y disfrutar con naturalidad.
Y es que cambiar el mandato no es lo mismo que liberarse de él. Porque el placer no necesita otra exigencia, pero sí darse el permiso.
La tecnología también ha abierto una conversación
La película El placer es mío, inspirada en la historia de Michael y Brigitte Lenke, creadores del primer estimulador de clítoris mediante ondas de presión de aire o Pleasure Air, recuerda un hito en la historia del placer femenino; la creación del primer succionador de clítoris, aun sin succionarlo, ni tocarlo directamente. La tecnología que dio origen a Womanizer no solo introdujo una nueva forma de estimulación, también ayudó a situar en el centro al clítoris, órgano central del placer femenino, y durante demasiado tiempo, ignorado por el guion tradicional.
Actualmente, existe una amplia gama de juguetería sexual, y aunque la tecnología íntima no resuelve por sí sola nuestra escasa educación sexual, puede ayudarnos a conocernos, ampliar posibilidades y vivir el placer con autonomía.
También puede ser divertido jugar con la frecuencia o buscar nuevas intensidades, pero el problema aparece cuando confundimos el juego, con una medida de calidad. Ni el número de relaciones sexuales, ni la rapidez con la que llega un orgasmo, nos dicen si hubo deseo, conexión o placer real.
El derecho al placer también es salud
Hablar de placer no es hablar de frivolidad, es hablar de salud sexual. Y esta no consiste solo en ausencia de dolor o disfunciones, pues implica vivir la sexualidad de forma segura, libre, consentida, consciente y satisfactoria.
Muchas mujeres llegan a la vida adulta sabiendo cuidar el deseo del otro, pero con poca práctica en preguntarse qué quieren ellas. Se nos ha educado más para complacer o resultar deseables, que para sentirnos deseantes. Al igual que para vigilar cómo se ve nuestro cuerpo, en lugar de cómo me siento en él y en cada situación.
Pasar de objeto de deseo a sujeto no es solo una frase bonita, es una revolución íntima.
De tener sexo a estar en el sexo
Cuando hablo de Mindfulsex®, no hablo de hacer sexo lento, bonito o perfecto; sino de presencia. De estar dentro de la experiencia en lugar de evaluarla desde fuera.
Porque muchas dificultades sexuales no empiezan en el cuerpo, sino en la mirada que ponemos sobre él. La mente se coloca como espectadora, juzgando si lo estaré haciendo bien, le gustará o cuestionando si mi cuerpo se verá raro. Y mientras la cabeza examina, el cuerpo se aleja cada vez más del presente; de mi placer.
Es cierto que la presencia no garantiza el placer, pero sí puede crear las condiciones para que pueda aparecer. Cuando estoy presente, en mindfulness, puedo notar si hay deseo o sólo inercia, darme permiso para cambiar el ritmo, o no convertir cada encuentro en una prueba.
La sexualidad mejora cuando dejamos de vivirla desde el miedo, la obligación, la prisa o la comparación; pero también cuando dejamos de perseguir el orgasmo, como única prueba de que algo ha merecido la pena.
El orgasmo puede ser maravilloso, pero no debería funcionar como un sello de calidad. Además, reducir el placer al orgasmo es como reducir una conversación a la última frase.
Quizá necesitamos una conversación sexual menos obsesionada con los números y más atenta a la experiencia. Más interesada en poder ser coherente con lo que siento y soy; en escucharme, en elegir, en reconocer la seguridad y su ausencia, en consentir, de verdad, y sin miedo.
Nunca el placer debería servir para demostrar nada; es solo una forma de estar en el cuerpo. Sin duda, la mejor de todas.
Pero el placer, cuando es de verdad, no se mide. Se vive.
Fuente: https://www.elmundo.es/yodona/vida-saludable/2026/08/04/6a6c7771fc6c834b758b4579.html