Francisco Carrera ha puesto sus agujas al servicio de las hermandades más señeras y también de la alta costura y ha logrado unir a su gremio, tras siglos, para dignificar el oficio

Chema Rodríguez / CRÓNICA
Sevilla
Cada vez que Paquili da una puntada, lo hace con un alma de seda recubierta de plata de ley y bañada con oro de 22 kilates. Puntada a puntada, Francisco Carrera ha tejido parte de la historia, del alma, de la Semana Santa de Sevilla (y de otras capitales cofrades) desde su pequeño gran taller a la espalda de la iglesia de San Isidoro, en pleno centro de la capital andaluza. Mantos, sayas, faldones… En más de medio siglo, de sus manos ha salido arte con mayúsculas y realce, que así se llama, de realce, el bordado que nació en el sur de España alrededor del siglo XV a partir de la tradición bizantina que llegó en galera desde el otro lado del Mediterráneo.
Queda poco más de una semana para que la primera cofradía se eche a la calle en la muy fervorosa ciudad de Sevilla y en el taller de Paquili las agujas no cesan de bailar una coreografía que sale de su cabeza entre terciopelos y sedas. El gran bordador de la Semana Santa sevillana cuenta con un equipo de entre seis y nueve profesionales a los que él mismo ha formado y que se afanan ya en los encargos para el año que viene. Hace tiempo que Paquili tiene repleta la agenda de pedidos para los próximos años y hasta se ve obligado a rechazar nuevos trabajos.
Las bambalinas de la Hermandad Sacramental de Pasión de Huelva son, probablemente, la mayor obra que tiene ahora entre sus agujas, por las que han pasado, por citar algunos ejemplos, los faldones de la Hermandad del Cachorro (una de las cofradías más populares de Sevilla) o la saya de la Virgen de la Estrella, también sevillana. Aunque sus puntadas van mucho más allá de esta ciudad y para llegar a países como Guatemala, Venezuela o México.
Pero, hoy por hoy, las puntadas que tienen más preocupado a Paquili no son las que tienen alma de seda y lámina de plata bañada en oro de 22 kilates.
Hace unos años logró lo que parecía imposible, unir a su gremio en la Asociación Gremial de Arte Sacro de Sevilla, la primera de su especie y que recibió el año pasado la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Su gran encargo ha sido que se reconozca el arte sacro como arte con mayúsculas, como profesión y como actividad económica. Sí, actividad económica.
Por si no lo saben, el Ministerio de Hacienda tiene recogidas en un listado todas las profesiones para declarar las correspondientes actividades económicas. Es el CNAE, la Clasificación Nacional de Actividades Económicas, y, en realidad, no están todas las profesiones ni todos los oficios.
Lo cierto es que faltan muchos. Como el de bordador.
De hecho, el taller de Paquili está registrado en la Agencia Tributaria con el epígrafe de empresa de zurcido de medias. No solo no está recogida la profesión de bordador, tampoco lo está la de bolillero, borlero o la de orfebre, esta última encuadrada en las empresas de metalurgia.
«Una cuestión de dignidad»
No es una cuestión de reconocimiento o no solo es una cuestión de reconocimiento. «Es una cuestión de dignidad», dice este maestro del bordado con más de medio siglo de trayectoria y que ha llevado este arte más allá de la Semana Santa bordando para marcas de alta costura como Loewe o para una colección homenaje a Balenciaga.
También es una cuestión económica, empresarial, puesto que ahora mismo su actividad está gravada con un 21% de IVA -con la excepción de los mantos, con un 10%- y sufre la competencia, desleal, de quienes operan en la clandestinidad de la ausencia de regulación y el mercado negro.
Lo peor, se lamenta, es que llegaron a tocar con las manos, y con las agujas, ese sueño tan perseguido. Durante dos semanas, la quincena de disciplinas en las que se divide el arte sacro estuvieron, todas y cada una de ellas, en el registro oficial de Hacienda. Pero aquel sueño, que llegó al Boletín Oficial del Estado (BOE), acabó deshaciéndose como una puntada suelta cuando se tira de ella.
El reconocimiento del arte sacro en el CNAE, y la reducción del IVA al 10%, eran parte de esa amalgama de medidas que el Gobierno de Pedro Sánchez aprobó en el llamado decreto ómnibus que el Congreso de los Diputados tumbó a finales del mes de enero y que tenía, como iniciativa estrella, la revalorización de las pensiones. En el arte sacro nadie se fijó, pero estaba ahí y luego ya no entró en el decreto reducido que sí pasó el corte del Congreso.
«No te puedes hacer una idea de la desilusión que fue, de las tremendas expectativas que se generaron tras verlo en el BOE, después de tantos siglos», se lamenta Paquili, quien no elude la autocrítica y culpa al propio gremio de no haberse unido antes para reivindicar su lugar.
Paquili es dicharachero, apasionado cuando habla de lo suyo, de lo que entiende y ama, de «mi alma, mi esencia». Pero se pone muy serio cuando clava la aguja en la política y no se rinde. Quiere que la vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, mantenga el compromiso al que llegó con el gremio del arte sacro y quiere que los demás partidos lo apoyen. Aunque sabe «que no es fácil cambiar las leyes» y que la vía más rápida y segura, la de un decreto específico, es una costura compleja.
Entretanto, Paquili mantiene a los suyos en tensión y trata de fortalecer la unidad de la profesión con un proyecto para federar las asociaciones que están surgiendo en la mayoría de las provincias andaluzas. Y hace pedagogía abriendo su propio taller a visitas de turistas a los que cuenta aquello del alma de seda de su hilo de oro y recibe a profesionales, como los diseñadores de Inditex a los que hace unas semanas asombró con sus puntadas. Aquellas que aprendió de Fidela Velázquez, la vecina de El Cerro del Águila que le abrió las puertas de su casa y del ARTE SACRO. Así, con mayúsculas.
Fuente: https://www.elmundo.es/cronica/2025/04/17/67f6492cfc6c83c72e8b45a9.html