Este tesoro tropical enamoró a los exploradores del Nuevo Mundo gracias al Intercambio Colombino.

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Sarah Romero / Historia National geographic
Cuando Cristóbal Colón pisó el Nuevo Mundo, navegando bajo la bandera de España en nombre de Isabel I de Castilla y su esposo Fernando II de Aragón, se topó con un sinfín de maravillas que desafiaban la imaginación europea. Sin embargo, entre el oro, las especias y la exuberante flora, hubo un manjar que cautivó profundamente al explorador genovés. Al probar su pulpa dulce, mantecosa y de un espectacular color anaranjado, Colón no dudó en bautizarla con un nombre que pasaría a la historia: la «fruta de los ángeles».
Hablamos de la papaya (Carica papaya), un tesoro tropical originario del sur de México y Centroamérica que, más de cinco siglos después, sigue reinando como uno de los alimentos más sabrosos y saludables de nuestro planeta.
El viaje transatlántico: de Mesoamérica a las mesas del mundo
Antes de la llegada de los europeos, las culturas precolombinas ya veneraban la papaya no solo por su sabor, sino por sus propiedades curativas. En la antigua civilización maya, veneraban al papayo y lo llamaban el «Árbol de la Vida»; de hecho, la utilizaban en forma de pasta para curar erupciones cutáneas y otros problemas de la piel.

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Tras el flechazo de Colón, los exploradores del Imperio español y los portugueses llenaron las bodegas de sus barcos con sus semillas, llevándolas de vuelta a España y, posteriormente, expandiendo su cultivo a Filipinas, India y diversas regiones de África. La fruta favorita de Cristóbal Colón puede que ganase su sobrenombre, el de fruta de los ángeles, tras haber tomado un banquete muy copioso en América que les habría provocado problemas estomacales y gracias a la papaya cruda, se encontraron otra vez a pleno rendimiento. En la medicina popular era muy habitual utilizar la papaya cruda para cualquier dolencia del sistema digestivo y las hojas verdes de la fruta para preparar té que se creía tenía dotes curativas.
Sea como fuere, hoy en día, la papaya es ciudadana del mundo. Se cultiva en casi cualquier clima tropical y subtropical, siendo países como India, Brasil y México sus mayores productores. Lo que comenzó como una rareza botánica en las cortes europeas, es hoy un pilar de la nutrición global. Este intercambio colombino, término acuñado por Alfred Crosby en 1972, se aceleró con la colonización europea de las Américas y la papaya es buena prueba de ello.

Su secreto nutricional está en la papaína
El verdadero superpoder de la papaya -que, además, crece en cualquier estación del año aunque las plantas de papaya no sobreviven al frío, los vientos fuertes, la sombra ni las inundaciones, por lo que se considera una planta exclusivamente tropical- es que da muchísimos frutos y cuenta con una enzima proteolítica exclusiva de esta fruta: la papaína.
Esta enzima tiene la asombrosa capacidad de romper los enlaces peptídicos de las proteínas complejas, descomponiéndolas en aminoácidos más simples, lo que la convierten en el mejor aliado natural para una digestión impecable. De hecho, la papaína es tan potente que la industria alimentaria la utiliza desde hace siglos como ablandador natural de carnes. Además, su altísimo contenido en fibra y agua previene el estreñimiento, promoviendo la regularidad intestinal. Es rica en vitamina C (incluso más que una naranja), por lo que ayuda a fortalecer las defensas del organismo ayudando al cuerpo a combatir infecciones y a estar fuerte y sano.
El curioso caso de sus tres sexos y sus semillas picantes
Desde el punto de vista botánico, el árbol de la papaya es una rareza en toda regla. A diferencia de la mayoría de las plantas, se presenta en tres «sexos» distintos: macho, hembra y hermafrodita. Los agricultores comerciales cultivan casi exclusivamente las plantas hermafroditas, ya que poseen tanto las partes masculinas como femeninas necesarias para autopolinizarse y garantizar la producción de la fruta carnosa que todos conocemos.