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La lengua dulce: cómo los Andes ecuatorianos crearon un idioma propio | NYT

En la Sierra ecuatoriana, una mezcla de kichwa y español da lugar a una lengua que desafía las reglas gramaticales del español, añade melodía y pasa desapercibida para muchos de sus hablantes.

El mercado de San Roque en Quito, la capital de Ecuador, es un punto de encuentro clave entre el kichwa y el español. Estas lenguas llevan mucho tiempo entrelazándose a través de los intercambios en los mercados y las plazas públicas de la ciudad. Foto Johanna Alarcón.

Reporting from Quito, Ecuador

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En una pequeña cafetería de Quito, la capital de Ecuador, una mujer removía su té con los ojos hinchados de tanto llorar. Frente a ella, un hombre sollozaba en silencio. Me senté en una mesa cercana, tan cerca que era imposible no escuchar su conversación.

Ella lo tomó de las manos y le preguntó en voz baja, en español: “¿Qué quieres hacer?”.

Él la miró a los ojos y dijo: “Wawita, solo vamos a changarnos”.

La frase, traducida de forma aproximada, significa: “Cariño, solo vamos a abrazarnos con las piernas”. Pero la mayoría de los hispanohablantes —incluso muchos ecuatorianos— no la entenderían del todo. Para los traductores sería un acertijo, por no decir una pesadilla.

Two people stand nearly kissing with buildings light up, including one mostly in white, behind them.
“Ven aquí, te voy a dar una mucha”, dijo Daniel Pérez a María José Mecías en un restaurante de Quito. “Mucha” es la palabra kichwa para “beso”.

La frase fue dicha en el español característico de la región andina de Ecuador, una lengua entremezclada con el kichwa, un idioma indígena que se habla desde que los incas se asentaron en las laderas del volcán Pichincha, 60 años antes de que llegaran los conquistadores en 1534.

Hace años me mudé a Quito desde Guayaquil, en la costa del Pacífico ecuatoriano, y comencé a recopilar fragmentos de conversaciones que escuchaba por casualidad, en fiestas, cenas o en oficinas, fascinado por esta forma particular del español.

En kichwa, “changa” significa “pierna”. Y en esta lengua híbrida, indígena y española, “changar” significa entrelazar las piernas con las de otra persona: un acto de intimidad que comparten amantes, hermanos, padres o amigos cercanos. No es algo que se haría con alguien con quien se tiene una mala relación.

Se ven los pies descalzos de una persona y de un niño, acurrucados en una cama de color marrón. Sobre la cama hay un peluche de mantarraya con manchas azules y blancas.
Bárbara Bravo y su hijo, Juan Davi, “changan” en la cama de su casa: un gesto de entrelazar las piernas que tiene su origen en la palabra kichwa “changa” y se usa habitualmente en el español andino para expresar cariño.

El kichwa es el idioma indígena más extendido de Ecuador; según datos oficiales, lo hablan aproximadamente medio millón de los 18 millones de habitantes que tiene el país. Forma parte de la misma familia lingüística que el quechua, el cual se habla en otras partes de Sudamérica.

Durante la época colonial y los años posteriores a la independencia, a principios del siglo XIX, se desarrolló en Ecuador un español repleto de palabras kichwa como lengua de uso cotidiano.

“El capataz le hablaba a los peones en kichwa y español”, explicó Gonzalo Ortiz, historiador y miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. “Las ‘wasikamas’ —las niñeras indígenas que criaban a los niños de los señores feudales— también. Así nació este idioma”.

Cinco siglos después, esa misma lengua —evolucionada, pero aún arraigada en dicha fusión— se hablaba en la mesa de dos enamorados, y suavizaba las secuelas de una pelea.

Gonzalo Ortiz, a historian, demonstrating the distinctive Spanish of Ecuador’s Andes, a language interwoven with Kichwa.

“El kichwa es una lengua muy amable, muy dulce”, dijo Silvana Cárate, lingüista de la Universidad de York, en Inglaterra. “De hecho, le dicen ‘Mishki Shimi’: lengua dulce”.

Esta forma única del español es melódica y suave, y recurre a los diminutivos “-ito” e “-ita”, ambos heredados directamente del kichwa, para transmitir ternura y cortesía.

También altera la gramática mediante lo que los académicos llaman “préstamo de traducción”. “Es copiar la estructura gramatical de una lengua y transponerla en otra”, explicó Cárate.

En este tipo de español regional, las órdenes también se suavizan con expresiones propias del kichwa. En lugar de ordenar, por ejemplo, que alguien te pase la sal —diciendo “dame la sal”—, los ecuatorianos de los Andes dirán “dame pasando la sal”. Esto equivaldría más o menos a “¿podrías pasarme la sal?” en español estándar.

A large gathering of people in a dark room, many faces partially illuminated. Several individuals look upward, others gaze downward.
Fieles al salir de misa en la iglesia de San Francisco, uno de los lugares históricos de Quito donde las comunidades indígenas y mestizas han convivido durante mucho tiempo.

“El español colonial llegó con un tono tajante, como los mandamientos: ‘no matarás’”, dijo Marleen Haboud, lingüista y miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. El kichwa toma esa estructura del español, pero le infunde su propio toque de amabilidad y cortesía.

En Quito, es imposible evitar las innumerables conversaciones en esta lengua mestiza.

“Mi abuela tenía unas changotas”, dijo Karen Menéndez, publicista de 34 años, en una cena a la que me habían invitado, en una referencia cariñosa a las piernas bien torneadas de su abuela.

“A mí no me gusta andar a pata llucha”, dijo Bárbara Bravo, politóloga de 32 años, en otra fiesta. “Llucha” significa “desnuda” en kichwa, y la frase completa quiere decir que a Bravo no le gusta caminar descalza.

A person in a purple jacket stands with a bicycle on a paved path in a park. Other people walk with dogs in the background.
Diana Barragán, integrante de un colectivo ciclista llamado “Karishinas en bici”.

Un colectivo de ciclistas feminista de Quito se llama “Karishinas en bici”. “Kari” significa “hombre” y “shina” significa “como, semejante”. “Karishina” es una mujer que desafía los roles de género tradicionales. Aunque antes se usaba de forma peyorativa, las ciclistas se han reapropiado del término.

En las empinadas calles de San Roque, un barrio de Quito cerca de una colina conocida como El Panecillo —donde alguna vez se alzó una ciudad inca—, dos niños se abrían paso a toda prisa entre el tráfico. “¡Wawas irki, los van a atropellar!”, oí gritar a una mujer un domingo por la mañana. “Wawas” significa “niños” e “irki” significa “rebeldes”. En español estándar, sería: “¡Niños desobedientes, los van a atropellar!”.

Two adults and a child walk on a wet, paved path with a decorative railing overlooking a misty city.
Una familia que visita el monumento de El Panecillo, usando la expresión “achachay” —que en kichwa significa “hace frío”— para describir el tiempo fresco.

Aunque está por todas partes, el kichwa suele resultar desconocido incluso para quienes usan sus palabras. “¿Entonces, ‘muchar’ no es una palabra en español?”, preguntó Doménica Escalante, una gestora de proyectos de 24 años, durante una charla con sus compañeros de trabajo que escuché por casualidad en el ascensor de un edificio de oficinas. “Mucha” significa “beso” en kichwa. En esta mezcla de idiomas, “muchar” significa “besar”.

Gonzalo García-Saardá, un ejecutivo de 41 años de la ciudad costera de Guayaquil, dijo: “Creo que es un tipo de papa”, cuando le pregunté si sabía qué significaba la palabra “chaucha”.

“La verdad, no tengo la más remota idea”, admitió.

“Chaucha”, que viene del kichwa “chawcha” (fréjol o frijol), se convirtió en argot para referirse a las monedas de poco valor a principios del siglo XIX, según Ortiz, el historiador.

Three people working on a counter with bread on it. One person wears an oven mitt.
Ana Villota, chef, y sus ayudantes preparando pan en su restaurante. Villota usa la expresión “Dame trayendo ese pancito”, una frase con influencia kichwa que se usa habitualmente en el español andino para pedir cortésmente que alguien pase el pan.

Más tarde, el término pasó a referirse a un trabajo independiente, o freelance. “No puedo vernos, me salió una chaucha”, me dijo Vanessa Terán Collantes, una artista visual de 33 años.

García-Saardá no estaba del todo equivocado. Hay una papa llamada “chaucha”, pequeña, redonda, de color marrón claro, y que sí que se parece a un fréjol.

Muchas palabras kichwa que se usan en el habla cotidiana tienen sonidos que parecen evocar su significado. En los Andes ecuatorianos, la gente dice “achachay” para decir “hace frío” y “arraray” cuando algo está caliente.

A vendor at San Roque market using the word achachay — the Kichwa expression for “it’s cold” — to describe the weather.

También hay frases características que dejarían perplejo a un profesor de gramática de Madrid o Ciudad de México, como “Se fue a volver” —se fue pero regresará pronto—, una forma de explicar una ausencia breve en las montañas de Ecuador.

Las conjugaciones verbales que los puristas del español considerarían incorrectas son “marcadores de identidad”, dijo Lucía Durán, directora de la Casa del Alabado, un museo de arte precolombino en Quito.

Haboud, la lingüista, añadió: “Nuestro español andino nos permite acercarnos a nuestra propia historia. Nos muestra cómo las lenguas pueden derribar fronteras sociales, culturales y políticas”.

Una persona está de pie frente a un escaparate con paredes de vidrio en el que se exhiben diversos objetos.
Lucía Durán, directora de un museo de arte precolombino en Quito, dijo que las formas verbales mezcladas y las expresiones comunes en el español andino de Quito son “marcadores de identidad”, que revelan cómo el lenguaje conserva siglos de historia indígena y continuidad cultural.

Fuente: https://www.nytimes.com/es/2026/06/17/espanol/america-latina/ecuador-kichwa-andes-espanol.html

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