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Kylian Mbappé: “Es difícil estar en una situación como la nuestra, en la que todo el mundo espera que hagamos milagros” | Vanity Fair


Fue coronado como el futuro rey del fútbol cuando apenas era un adolescente, pero para Kylian Mbappé estos son tiempos más turbulentos. El capitán de Francia ha soportado ataques a su identidad mientras ejercía como principal embajador de su nación. Ha soportado críticas a su juego mientras seguía marcando goles a montones. Está en la cima del mundo… y bajo una presión inimaginable. Todo está en juego en el Mundial de este verano.

LIBERTÉ, ÉGALITÉ, MBAPPÉ “De verdad intentamos luchar contra esa idea de que un futbolista debe callarse y limitarse a jugar”. Camisa y vaquero de Dior y reloj de Hublot.

Por Aidan McLaughlin / Fotografía de Annie Leibovitz / Traducido y adaptado por Beatriz Castro Cortiñas / Vanity Fair

El embajador de Francia ante el mundo se encuentra sentado en una suite de hotel, rodeado por un batallón de representantes, asistentes y guardias de seguridad de complexión robusta. Este joven de 27 años se ha convertido en parte del imaginario nacional, a la altura de Veuve Clicquot y las huelgas obreras, y todo este sistema de apoyo que lo rodea coordina cada uno de sus movimientos. Justo antes de que comience nuestra entrevista, un representante de relaciones públicas saca un cronómetro y lo pone en marcha. A Kylian Mbappé se le ilumina el rostro y a continuación ofrece una valoración digna de un estadista sobre la inminente Copa del Mundo, una que podría catapultarlo al panteón del fútbol.

“No hay nada mejor que representar a tu país”, afirma. “Entras a formar parte de la élite de los futbolistas internacionales”. Mbappé se encuentra en Estados Unidos para disputar varios partidos amistosos con la selección francesa, pero hoy, en teoría, es su día libre, así que está aquí sentado conmigo en una suite de hotel, rodeado de su pequeño séquito, vestido con un jersey de Marine Serre, pantalones de chándal, zapatillas de Dior, una pulsera de diamantes pavé y un reloj de Hublot. Francia es una de las favoritas este verano, y él está valorando el reto. “Es difícil estar en una situación como la nuestra, en la que todo el mundo espera que hagamos milagros”, afirma. “Pero los milagros solo ocurren en el campo; no hace falta jugar el partido antes del partido”.

En todo momento se muestra imperturbable. A medida que voy llevando la entrevista hacia temas más espinosos —y me cuesta un poco plantearle al niño prodigio francés cuestiones como el racismo en el fútbol y la inquietud por el clima político en Estados Unidos—, Mbappé se mantiene obstinadamente tranquilo. Imperturbable. Habla francés y español, y bastante bien inglés, pero estamos charlando en su lengua materna.

Kylian Mbapp “Es difícil estar en una situación como la nuestra en la que todo el mundo espera que hagamos milagros”

De repente, el tiempo se acaba. La entrevista termina y a Mbappé le entregan rápidamente un montón de camisetas del Real Madrid para que las firme. A continuación, se lo llevan apresuradamente a otra suite para hacer una sesión de fotos con Annie Leibovitz antes de bajar en ascensor al vestíbulo, donde graba un vídeo para las redes sociales de Vanity Fair. Se supone que debe hacer malabares con el balón mientras responde a preguntas desenfadadas sobre su vida, pero la gran hebilla dorada de sus mocasines Dior nos impide apreciar el verdadero alcance de su habilidad mundialmente reconocida. A continuación, sale corriendo a almorzar con Les Bleus, la selección francesa, de la que ahora es capitán.

Prodigio del fútbol desde que era apenas un adolescente, Mbappé se convirtió rápidamente en una superestrella mundial. Sin embargo, cuando nos reunimos, su brillante carrera se encuentra en un momento crítico. En su día, parecía un hecho que sucedería a Lionel Messi y a Cristiano Ronaldo como el mejor jugador del mundo. Durante un tiempo, quizá lo fue. Pero los últimos años han sido —según sus propios y elevados estándares— más complicados.

Han pasado ocho años desde que Mbappé debutó en el Mundial como un veloz extremo que marcó cuatro goles en siete partidos, contribuyendo a que Francia ganara el torneo por segunda vez en 88 años. Tenía 19 años. Cuatro años más tarde, en Catar, Mbappé volvió a dar una lección magistral y ayudó a Francia a llegar a la final, donde se enfrentó a la Argentina de Messi. Algunos consideran ese partido como el mejor de la historia de la Copa Mundial de Fútbol. Durante la mayor parte del partido, Mbappé pasó desapercibido. Argentina marcó dos goles y se puso con una cómoda ventaja. Francia estaba acabada.

“Puedes ser futbolista, puedes ser una estrella internacional, pero, por encima de todo eso, eres un ciudadano», dice Mbappé. «No estamos desconectados del mundo”

Entonces, la redención llegó en el minuto 80. Mbappé marcó un penalti, seguido, 94 segundos después, de una jugada espectacular. Remató de cabeza un balón en profundidad hacia el francés Marcus Thuram, quien lo levantó por encima de un defensa para dejárselo de nuevo a Mbappé, ahora a unos 20 metros de la portería, quien se lanzó en voltereta para rematar de volea y enviar el balón, a toda velocidad, más allá del portero argentino, al fondo de la red. “¡Oh, guau!”, gritó el comentarista deportivo británico Peter Drury mientras Mbappé corría hacia la grada dando gritos de victoria. “¡Es una fuerza de la naturaleza impresionante!”. Recuerdo haber visto la final en un bar francés de Nueva York. Mi primo, que es parisino, lloraba.

Francia perdió la final en los penaltis, pero Mbappé marcó un  triplete en una actuación sobrehumana que consolidó su legado como leyenda del Mundial. “La forma en que se adueñó del escenario como el coloso que es… fue, como muestra de humanidad, sencillamente extraordinaria”, afirma Drury en una entrevista. “La serenidad con la que estuvo a la altura de las expectativas fue impresionante”. L’Equipe, que tras la victoria de 2018 puso a la selección francesa en portada, esta vez publicó una foto en solitario de Mbappé. El titular: “Un rey sin corona”.

Cuatro años después, trata de no pensar demasiado en aquella derrota. “Hay que seguir adelante”, afirma. “No se puede volver atrás. Tenemos que aprovechar esa decepción y convertirla en motivación para procurar cambiar de verdad el curso de la historia y darnos la oportunidad de llegar a otra final —lo cual será extremadamente difícil— e intentar llevarnos a casa la tercera estrella”.

Ganar un Mundial —lo que le da a la selección nacional una estrella en la camiseta, encima del escudo— requiere algo más que habilidad. Incluso los favoritos necesitan un poco de suerte. Como capitán, las expectativas que se depositan en Mbappé en particular son enormes. “Esta vez es él quien sale primero al campo con el brazalete”, afirma Julien Laurens, periodista deportivo francés y autor de una nueva biografía, Kylian Mbappé. “En casa esperamos que lleve a este equipo hasta el final. Y esa es también la expectativa que él mismo tiene”.

En el campo, Mbappé hace gala de una combinación sublime de potencia y elegancia. Siempre inclinado hacia delante, parece que fuera a caer de bruces si no fuera por la impresionante fuerza de sus piernas. Le gusta situarse justo fuera del área, llevar el balón al pie derecho, levantar la vista hacia la portería y, a continuación, lanzar un tiro con efecto que supera la mano extendida del portero y se cuela por la escuadra. Le gusta lanzarse directamente contra los defensas, utilizando su velocidad explosiva para abrirse paso entre la defensa rival como una Ducati que se abre paso entre el tráfico.

“Tiene un físico extraordinario”, afirma Drury. “Es un atleta casi perfecto, en el sentido de que es tremendamente fuerte, pero, por otro lado, también hay algo de bailarín en él. Tiene una gran ligereza de movimientos. Hay una especie de destreza y sutileza en su forma de moverse”.

A pesar de ser un joven con un talento y unos logros sin precedentes en su generación, Mbappé ha destacado a lo largo de su carrera por su cautivador encanto y su madurez. Hay detractores, aquellos que dicen que juega de forma egoísta y que tiende a quejarse cuando no se sale con la suya. Es una crítica a la que se ha enfrentado toda su vida, desde que era un niño en el Mónaco y mostraba poco interés en retroceder para defender.

En el Real Madrid, club al que Mbappé ahora llama hogar, se ha ganado una reputación complicada entre algunos aficionados —y entre la prensa local, conocida por su falta de piedad— por ser una figura autoritaria en la plantilla. En la escena internacional, cada uno de sus movimientos es objeto de un escrutinio minucioso. Cuando le pidió el brazalete de capitán al centrocampista francés N’Golo Kanté durante un reciente partido amistoso internacional, los vídeos de ese momento se hicieron virales. Ese y otros incidentes similares han alimentado el meme del “Dictador Mbappé”, en el que el capitán de Francia es retratado como un hombre fuerte despiadado que elimina a sus rivales y dirige los equipos con mano de hierro.

“Algunos podrían decir que a veces es un poco arrogante”, afirma Laurens. “Yo creo que simplemente es un ganador nato que tiene mucha confianza en sus propias capacidades”. Drury está de acuerdo: “Es esa seguridad extraordinaria, esa serenidad que tiene, como si simplemente supiera que ese es su lugar”.


En el trayecto desde el aeropuerto Charles de Gaulle hacia París, justo al salir de la autopista, hay un imponente mural de Mbappé. Es una señal de que estás pasando por Bondy, el barrio periférico de la capital situado en el departamento de Seine-Saint-Denis donde se crio. Muchas estrellas francesas proceden de esta región concreta de Francia, conocida por ser la más pobre del país.

Mbappé disfrutó de una infancia tranquila gracias a una familia numerosa y unida que lo introdujo en el mundo del deporte. Su madre, Fayza, criada en Bondy por padres inmigrantes argelinos, fue jugadora de balonmano de alto nivel. Su padre, Wilfrid, inmigrante de Camerún, era entrenador en el club de fútbol local, el AS Bondy. Vivían en un modesto apartamento frente al estadio, donde Mbappé, cuando apenas había dejado los pañales, seguía a su padre con un balón.

Fue una infancia con un único objetivo. “Dondequiera que estuviera, tenía que jugar”, cuenta Laurens. “Era casi algo visceral. No era solo una obsesión, era una necesidad”. Idolatraba a Zinedine Zidane, el maestro francés que llevó al equipo a la gloria en el Mundial de 1998, el año en que nació Mbappé. Según cuenta la tradición familiar, cuando era niño le pidió al peluquero el corte de pelo de Zidane —calvo por arriba y rapado por los lados— porque era demasiado pequeño para comprender que Zizou no estaba calvo por elección propia. “¡Era muy pequeño!”, protesta cuando le saco el tema. “Es gracioso, pero también muestra la inocencia de un niño que no entiende que un hombre tan famoso y tan fuerte pueda perder el pelo”.

Mbappé ya jugaba en el Bondy con seis años. Cuando cumplió los 12, ya se había corrido la voz entre los ojeadores de toda Europa sobre este niño mágico de los suburbios de París. Pronto recibió ofertas para hacer pruebas en grandes clubes, entre ellos el Chelsea y el Paris Saint-Germain. Zidane llevó a su familia a la capital española, donde trabajaba para el Real Madrid, en un intento por convencerlo de que se uniera al equipo. Sus padres gestionaron con cautela su incipiente carrera y rechazaron las ofertas de los clubes más importantes para permitirle un comienzo más pausado cerca de casa.

“Creo que fue una infancia normal”, afirma, y describe a sus padres como “cariñosos y atentos”. Se marchó de casa muy joven y se mudó a Mónaco a los 14 años. “En realidad, no he convivido mucho con mis padres”, dice. “Es algo diferente, pero es lo que yo quería”.

Mbappé nunca dudó de lo que le depararía el futuro. Cuando tenía seis años, le decía a todo el que quisiera escucharlo que jugaría en el PSG y en el Real Madrid, que se haría con un Balón de Oro —el premio al mejor jugador del mundo— y que ganaría el Mundial con Francia. A los 19 años, ya había cumplido dos de esos objetivos.

Tras llevar al Mónaco a su primer título de la Ligue 1 en 17 años, fichó por el PSG en una operación de 180 millones de euros que lo convirtió en el adolescente más caro de la historia. En París, Mbappé contó con el respaldo del presidente francés Emmanuel Macron y se ganó el cariño de la ciudad como un héroe local que devolvió la gloria a Francia y llevó el título de la liga a la capital como si fuera algo habitual. Pero tras cinco años, decidió que estaba listo para seguir adelante. El PSG luchó por retenerlo y el acuerdo se convirtió en un asunto de interés nacional: Macron y uno de sus predecesores, Nicolas Sarkozy, hicieron llamamientos personales para que Mbappé se quedara en París, y así lo hizo, durante dos años más.

Pero en 2024, finalmente se marchó al Real Madrid tras una salida muy conflictiva del PSG. Demandó al club por salarios impagados y, posteriormente, un juez condenó al PSG a pagar a su exjugador 60 millones de euros. Desde su llegada a España, ha sido el máximo goleador de la Liga durante dos temporadas consecutivas, pero el equipo no ha conseguido ganar ninguno de los grandes títulos y ha sido objeto de críticas en la prensa —en particular en los implacables periódicos españoles—, que lo acusa de ser un jugador demasiado individualista. En su primera temporada en el club, tras fallar dos penaltis seguidos, afirmó que su carrera estaba “tocando fondo”. Y aunque sigue marcando goles con asombrosa facilidad, dos de sus objetivos de la infancia —la Liga de Campeones y el Balón de Oro— siguen obstinadamente fuera de su alcance. Y sus detractores no tardan en señalar que el PSG acabó ganando la Liga de Campeones precisamente en la primera temporada tras su marcha. Este año, están a un partido de conquistar el máximo trofeo europeo por segunda vez consecutiva con un equipo repleto de jóvenes promesas, una posibilidad que seguro que le escuece a este hombre de las afueras de París.

A estas alturas, nadie duda de la capacidad goleadora de Mbappé. Ha marcado 41 goles en 41 partidos con el Real Madrid esta temporada y, mientras se prepara para su tercera Copa del Mundo, está encaminado a romper el récord histórico de goles en el escenario más grande del fútbol. Pero al mismo tiempo que se enfrenta a un acalorado debate sobre si su espectacular talento individual ha alterado la delicada química del Madrid, la pregunta es si podrá llevar a la selección francesa a la gloria como estrella ofensiva y joven capitán.


Tres años después del Mundial de 2018, Mbappé falló un penalti decisivo en la Eurocopa. Francia quedó eliminada. Los insultos racistas que tuvo que soportar después fueron tan graves que llegó a plantearse abandonar la selección nacional. Es una dinámica a la que se enfrentan con frecuencia en Francia los jugadores de origen mestizo: cuando ganan, son héroes, símbolos del orgullo galo; cuando pierden, se los tacha de africanos que no tienen derecho a representar al país.

Algo a lo que la selección francesa tuvo que hacer frente incluso mientras se alzaba con la victoria en 1998. Jean-Marie Le Pen, entonces líder de la extrema derecha francesa, se quejó de que el equipo contara con jugadores de ascendencia africana. Zidane, criado en un conflictivo barrio de viviendas sociales de Marsella por unos padres de origen argelino, era blanco habitual de este tipo de sentimientos, a pesar de que la victoria de 1998 prometía el amanecer de una nueva Francia multicultural. Hoy en día existe una nutrida lista de estrellas del fútbol nacidas de inmigrantes que llegaron a Francia procedentes de sus antiguas colonias. La selección que viajará a Norteamérica para disputar el Mundial cuenta con al menos una docena de jugadores que son franceses de segunda generación.

Como representante de Francia, Mbappé no ha dudado en pronunciarse sobre los temas políticos que están en el punto de mira del fútbol. Cuando le pregunto por los ataques que a veces reciben los jugadores por parte del público francés debido a sus orígenes, Mbappé se muestra diplomático: “Incluso antes de entrar en ese debate, creo que es simplemente una cuestión cultural”, afirma. “¡Somos franceses! A los franceses les encanta quejarse. A los franceses les encanta estar descontentos. Simplemente somos franceses. Así que: franceses juzgando a franceses… eso es lo que hay. Creo que un francés es más feliz cuando no es feliz. Porque es verdad: lo criticamos todo. ¡Y digo ‘nosotros’ porque yo también soy así!”.

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“Pero creo que las nuevas generaciones están intentando hacer evolucionar esta forma de pensar de una manera que realmente está empezando a cambiar”, continúa. “Y nuestro objetivo —como personas conocidas, como quienes mejor representan a Francia en todo el mundo— es intentar transmitir la mejor imagen posible de nuestro país. Porque estamos hablando de un aspecto algo más negativo, más oscuro, pero creo que somos un país fantástico que inspira al mundo y transmite enormes valores e inspira a través de su cultura. ¡Aunque es cierto que los franceses han intentado hundir a todos sus jugadores!”.

Esa franqueza es una cualidad que distingue a los deportistas franceses. Para los franceses, la tricolor representa ciertos valores que los jugadores de la selección nacional se sienten obligados a reafirmar públicamente. En vísperas de la Eurocopa de 2024, cuando la extrema derecha amenazaba con hacerse con el poder en las elecciones francesas, la selección alzó la voz. Marcus Thuram fue el más explícito, instando a la gente a “luchar a diario” contra el auge del partido de derecha Agrupación Nacional. Mbappé calificó el éxito del partido de “catastrófico” y advirtió: “Los extremos están llamando a las puertas del poder”.

“Fue algo que nos dejó consternados”, afirma Mbappé sobre las elecciones. “Somos ciudadanos y no podíamos quedarnos de brazos cruzados, decirnos a nosotros mismos que todo iba a salir bien e ir a jugar. “De verdad intentamos luchar contra esa idea de que un futbolista debe callarse y limitarse a jugar”.

Quizá fue una señal de progreso que, en respuesta, Jordan Bardella, el joven líder del Agrupación Nacional, no atacara al equipo por la identidad de sus jugadores, como hizo Le Pen, sino que, en cambio, los tachara de estar desconectados de la gente corriente. “Cuando tienes la suerte de cobrar un sueldo enorme, de ser multimillonario, de poder viajar en jet privado… Me molesta un poco ver a estas figuras del deporte dando lecciones a personas que… luchan por llegar a fin de mes”, declaró.

“Puedes ser futbolista, puedes ser una estrella internacional, pero, por encima de todo eso, eres un ciudadano”, me dice Mbappé. “No estamos desconectados del mundo. No estamos desconectados de lo que ocurre en nuestro país. La gente a veces piensa que, como tienes dinero, como eres famoso, ese tipo de problemas no te afectan. Pero a mí sí me afectan, porque sé lo que significan y qué tipo de consecuencias pueden tener para mi país cuando esa clase de personas toman el control. Así que somos ciudadanos. Tenemos derecho a dar nuestra opinión como cualquier otro”.

“A los franceses les encanta quejarse. Lo criticamos todo. Nuestro objetivo es transmitir la mejor
imagen posible de Francia”, afirma Mbappé

La tendencia de Mbappé a opinar sobre asuntos nacionales —y su habilidad para hacerlo— ha dotado de un poder extraordinario a la voz de un solo jugador. Cuando Noël Le Graët, presidente de la Federación Francesa de Fútbol, criticó a Zidane a principios de 2023, Mbappé reaccionó públicamente en Twitter: “Zidane es Francia. No se le falta al respeto a una leyenda así”. Esta breve declaración de desaprobación fue noticia y se consideró uno de los motivos que poco después llevaron a Le Graët a dimitir.

Al igual que Zidane antes que él, quien rompió con la percepción profundamente arraigada de lo que significaba ser magrebí en Francia, el ascenso de Mbappé trajo esperanza e inspiración a los suburbios de París, donde los jóvenes siguen estudiando su trayectoria desde los barrios marginales hasta la final del Mundial. Mbappé ha querido devolverle algo a la comunidad que vio nacer a una superestrella, colaborando a lo largo de los años con varias organizaciones benéficas y creando una fundación infantil llamada Inspired By KM. “Es algo que me permite dejar un legado mucho más importante que el de un simple jugador”, dice sobre la fundación. “Compasión. Solidaridad. Estos son valores que mis padres y las personas que he conocido a lo largo de mi vida han intentado inculcarme”.


Como embajador no solo de Francia, sino también de un grupo de marcas que han firmado lucrativos acuerdos con la joven estrella, Mbappé tiene mucha práctica. Cuando le pregunto dónde le gusta pasar las vacaciones, lo primero que dice, casi por reflejo, es: “Dondequiera que haya un Fairmont”. (La cadena hotelera es uno de los muchos “socios” de Mbappé. Firmó su primer contrato publicitario, con Nike, cuando tenía ocho años). Hay 131 millones de personas que siguen su cuenta de Instagram, que ofrece un vistazo selecto a su vida personal, celosamente guardada, en medio de un flujo interminable de patrocinios. Hay publicidad de una cafetera espresso de 1.800 euros, de botas Nike, de auriculares con cancelación de ruido, de Hublot, de gafas de sol Oakley, de los juegos de EA Sports, de Dior. El fútbol es un negocio, por supuesto, y Mbappé es una de las caras más comercializables de este deporte. Se estima que la marca Mbappé genera unos 25,5 millones de euros al año, además de su salario en el Madrid, que ronda los 13,6 millones de euros anuales, tras un bonus por fichaje de unos 138 millones de euros.

Este hombre apenas ha sabido lo que es vivir lejos de los focos. “Desde el primer día
—incluso cuando era muy joven— él supo que, si llegaba a ser el mejor, esa sería su vida”, afirma Laurens. “¿Le gustaría ir a comprar baguettes a la panadería un domingo por la mañana? Claro. Pero eso nunca volverá a suceder. Literalmente, provocaría el caos. No puede ir al cine a ver una película, porque se armaría un alboroto”.

Últimamente, los paparazzi lo han estado siguiendo por París en su Mini Cooper y en sus citas con su novia, la actriz Ester Expósito. A principios de mayo, mientras el Madrid luchaba por mantenerse a la altura frente a su eterno rival, el Barcelona, los fotógrafos captaron a Mbappé abrazando a Expósito en un yate frente a las costas de Cerdeña. Tenía una buena excusa: el equipo médico del Madrid lo autorizó a tomarse unos días de descanso mientras se recuperaba de una lesión en el músculo semitendinoso de la pierna izquierda. Pero las imágenes avivaron aún más las críticas de la afición merengue. Una petición en línea, en la que se pedía la salida de Mbappé del club —inicialmente dirigida a los fans del Madrid, aunque finalmente se hizo viral—, acumuló millones de firmas.

“Intentaré ser optimista”, dice Mbappé cuando le pregunto por cómo es la vida como celebridad internacional. “Está bien. Por supuesto, es difícil, porque tienes esa sensación de ya no pertenecer a ti mismo, sino a todo el mundo. Pero, al mismo tiempo, es una vida que elegimos. Quizá no hasta este punto, pero la elegimos de todos modos. Nos comprometimos a esto. Y es difícil centrarse en lo negativo cuando millones y millones y millones de personas expresan su gratitud, su reconocimiento y su cariño. Así que me parece un poco desagradecido quejarse”.

“No siempre he sabido manejar muy bien esta situación”, añade. “Me hice famoso muy joven. Por eso no tenía la madurez, la apertura mental ni la empatía necesarias para ponerme a veces en el lugar de los demás y comprender que, en ocasiones, solo me verán una vez; nunca volverán a hacerlo, salvo en la televisión. Así que ahora intento ser un poco más comprensivo, aunque a veces la gente se pase de la raya”.

El insaciable interés de la prensa sensacionalista podría explicar la elección de la residencia de Mbappé: una fortaleza de ocho dormitorios, que le vendió el exjugador del Real Madrid Gareth Bale, en el exclusivo y privado barrio madrileño de La Finca. La casa cuenta con un garaje para siete coches, pero cuando Mbappé compró la propiedad, no sabía conducir. Dice que todavía se pone nervioso al aparcar bajo la mirada atenta de los objetivos de los paparazzi.

“No puede ir al cine a ver una película, porque se armaría un alboroto”, dice Laurens

En Estados Unidos pasa más desapercibido. Las fotos que subió a su Instagram tras esta entrevista lo mostraban recorriendo Manhattan a toda velocidad en un patinete eléctrico, sin ningún revuelo a la vista. Eso podría cambiar este verano, cuando Mbappé regrese para el Mundial con la oportunidad de convertirse en un nombre muy conocido en estas tierras. Hay un cierto murmullo de inquietud en torno a este torneo, dado el clima político en Estados Unidos, que lo acoge junto con Canadá y México. Pero Mbappé no está preocupado; al fin y al cabo, nunca ha jugado un Mundial en un país anfitrión lastrado por cuestiones éticas. (Las dos últimas ediciones fueron en Catar y Rusia). “No sé lo que cuesta organizar un Mundial”, responde cuando le pregunto si hay inquietudes en la selección francesa por venir a Estados Unidos. “Si me pidieras que organizara un Mundial, probablemente no saldría bien”, dice riendo, y añade: “Si la FIFA decide que debe celebrarse en Estados Unidos, es porque considera que todo es manejable y que es posible que vengamos aquí”.

Francia llega al torneo en plena forma. En los partidos amistosos, se impuso a Brasil gracias, en parte, a un gol de Mbappé, quien en un momento dado superó en velocidad a la defensa brasileña antes de levantar el balón con sangre fría por encima del portero y enviarlo al fondo de la red. Días más tarde, en una agradable tarde en el estadio de los Washington Commanders, vi cómo el seleccionador Didier Deschamps alineaba un equipo de reserva que se impuso con facilidad a Colombia. El estadio estaba repleto de aficionados colombianos, que superaban con creces en número a los franceses, y el público enloqueció cuando los sudamericanos recortaron distancias con un gol que puso el 3-1 en el marcador. Pero la ovación más grande de la tarde, con diferencia, se produjo en el minuto 78, cuando Mbappé, capitán de Francia y embajador ante el mundo, saltó al campo para disputar los últimos minutos. Cada vez que el balón llegaba a sus pies, el público contenía la respiración, completamente hipnotizado. ¿Qué hará ahora?

Estilismo: Law Roach. Grooming: Melissa DeZarate para Kevin Murphy y SK-II. Sastrería: Alan Behar. Director de movimiento: Jorge Dorsinville. Diseño de set: Mary Howard. Producción local: AL Studios y DMV Productions. Localización: Fairmont, miembro de All Accor.

Fuente: https://www.revistavanityfair.es/articulos/kylian-mbappe-entrevista-seleccion-francesa-real-madrid-mundial

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