El paleontólogo presenta ‘La respuesta’, hasta ahora su obra más personal, en la que nos cuenta, por primera vez, la historia de la humanidad «tal y como me parece a mí»

José Manuel Nieves / ABC
Desde que, en 1998, escribió ‘La especie elegida’, Juan Luis Arsuaga ha dado a luz más de 50 libros. En ellos, solo o en compañía de otros, el célebre paleontólogo ha desenterrado nuestro pasado, formulado teorías apasionantes y escrito textos fundamentales para entender de dónde venimos. Sin embargo, su última obra, ‘La respuesta’ (Destino), es diferente. En sus páginas, el científico se despoja del corsé académico para sentarse a nuestro lado, adoptando el papel del ‘viejo de la tribu’ al calor del fuego, para contarnos el mayor de los relatos: la historia del ser humano. En esta obra, íntima y sin filtros, Arsuaga repasa los grandes hitos que forjaron nuestra anatomía (el bipedismo, el dominio del fuego, nuestra insólita demografía), recuerda a nuestros ‘primos’ los neandertales y se asoma al vértigo de la consciencia. En esta entrevista, casi una conversación entre viejos amigos, descubrimos que, después de toda una vida de ciencia, de esfuerzo y de preguntas, el sabio de la tribu no ha encontrado aún las respuestas que tanto buscaba.
—En este libro ha dejado de lado las citas bibliográficas para utilizar un lenguaje muchísimo más directo. ¿Por qué ha sentido la necesidad de contar nuestra historia como si estuviéramos sentados alrededor de una hoguera?
—Porque estoy acostumbrado al corsé del lenguaje académico, donde se le supone a uno una neutralidad ante las opiniones, y desde ahí es muy difícil construir una narrativa. Puedes explicar un problema o detallar unas relaciones químicas, pero no puedes ponerles pasión. La ciencia suele analizar los problemas desde diferentes puntos de vista, pero no puede armar un relato. Así que al final me he dicho: «Bueno, ahora lo voy a contar yo, tal y como me parece a mí».
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—Llama la atención que, entre todas las herramientas de comunicación actuales, haya elegido precisamente el relato, que es probablemente la más antigua de todas.
—Sí. Y a los científicos nos cuesta hacer eso porque se supone que nosotros no «contamos cuentos». Hay cierta alergia en las ciencias más duras a adoptar una estructura narrativa, porque el relato está mal visto. Pero la realidad biológica es que el cerebro es un órgano que consume relatos; es lo que más lo alimenta, más que la glucosa. El cerebro humano siempre te está pidiendo: «Cuéntame una historia». Y esto tiene que ver con nuestra naturaleza social. Lo que más nos gusta son los relatos, los cotilleos.
En la prehistoria, una vez que creamos un entorno social, ese medio se interpuso entre la naturaleza y el individuo. Y es ahí, en ese terreno, donde nos jugamos la vida, en un entorno social que es completamente imprevisible. Por eso triunfan los realities y, con más calidad literaria, por eso nos fascinan los dramas de Shakespeare. Hamlet es una historia que entiende cualquiera que haya tenido una experiencia familiar compleja.
Autoconsciencia
—En su libro, divide la materia en inanimada, animada, sintiente y autoconsciente (nosotros). ¿Esa autoconsciencia equivale al alma?
—No, al contrario, es la alternativa al pensamiento mágico. No creo en entidades inmateriales que se comunican con el cuerpo; eso es el dualismo de Descartes y la cosa no va por ahí. Es simplemente materia hecha de átomos que es consciente de su propia existencia. A mucha gente le parece que hay una brecha cualitativa enorme entre tener un «yo» y no tenerlo, pero es que el cerebro produce continuamente una realidad virtual. El mundo que estás viendo no está fuera, es una construcción de tu cerebro a partir de impulsos electroquímicos. Y si el cerebro es capaz de fabricar todo un mundo virtual para que habitemos en él y tomemos decisiones, no me cuesta demasiado imaginar que también pueda fabricar un «yo».
«La realidad biológica es que el cerebro es un órgano que consume relatos; es lo que más lo alimenta, más que la glucosa»
—¿Y esa es la gran frontera que nos separa de los animales?
—Sí, el «yo» y el hecho de hacernos preguntas. Los animales no se hacen preguntas de ninguna clase y su memoria es más inmediata; no elaboran recuerdos ni planifican de la forma en que nosotros lo hacemos. Viven el momento. Una manada de lobos cazando no ejecuta un plan preconcebido, sino que reacciona sobre la marcha según se mueve la presa. El cerebro humano es otra cosa, es extraordinario. En este libro me he quitado los complejos y lo digo claro: por supuesto que somos animales y productos de la evolución, pero somos algo único, un fenómeno cósmico excepcional. Tenemos el potencial de transformar el planeta, una capacidad que empezamos a ejercer hace 12.000 años. Decir que somos una especie corriente es no ver la realidad.
—Dice usted que se ha dedicado a preguntar a muchos científicos la definición de la complejidad. ¿Pero cuál es la suya?¿avanza la evolución hacia criaturas cada vez más complejas?
—La vida tiende a diversificarse y una de las direcciones posibles es evolucionar hacia la inteligencia. Es verdad que en este planeta hoy hay más neuronas que nunca debido al éxito de los mamíferos. Pero esto no es una tendencia general ineludible. Nosotros somos el producto del azar. Los primates, que somos los mamíferos con el cerebro más grande, no somos un grupo biológico al que le vaya especialmente bien, por cuestiones climáticas y ecológicas, desde las glaciaciones. De hecho, los grandes simios (orangutanes, gorilas, chimpancés) son un grupo en retroceso y con muy pocas especies. Ha dado la casualidad de que nuestra especie ha prosperado y ha salvado el honor del grupo, pero ahí veo más azar que tendencia.
Si acaso, la única tendencia que veo es que las especies sociales acaban siendo las dominantes, tanto en vertebrados como en invertebrados. El grupo es el siguiente nivel de organización: igual que nosotros estamos formados por miles de millones de células individuales, la sociedad compleja es un organismo formado por individuos.
Salto evolutivo
—En el libro liga nuestro origen al enfriamiento global que redujo las selvas africanas. Hoy vivimos otra crisis climática, esta vez provocada por nosotros. ¿Estamos a las puertas de otro gran salto evolutivo?
—Biológicamente diría que no, porque los saltos tecnológicos y sociales que estamos dando, como la supercomputación, requieren una cantidad de energía brutal que explota los recursos naturales. El cambio actual no vendrá de la lenta evolución biológica, sino de nuestra capacidad directa de diseñar nuestro propio futuro a través de la manipulación del genoma. Las herramientas de secuenciación genética actuales son formidables.
«Por supuesto que somos animales, pero somos un fenómeno cósmico excepcional. Y si el cerebro es capaz de fabricar todo un mundo virtual para que habitemos en él, no me cuesta imaginar que también pueda fabricar un yo»
—Pensando en que estamos cerca de ser una especie multiplanetaria, ¿cree que la evolución nos dividirá en especies diferentes tras muchas generaciones viviendo en la Luna o en Marte?
—La evolución natural es un proceso a escala geológica y no funciona en plazos muy cortos. Una adaptación rápida a entornos de baja gravedad solo se podría conseguir en un plazo razonable si el ser humano interviene modificando artificialmente su propio genoma. La información va de los genes hacia el cuerpo, no al revés; por mucho que vivas en la Luna y tus huesos se descalcifiquen por la falta de gravedad, tus genes no se van a enterar ni van a cambiar por eso. Lo realista y creíble es que nosotros decidamos diseñar un cuerpo específico para adaptarlo al planeta que sea. La selección natural de toda la vida funciona a costa de una espantosa mortalidad infantil para que solo se reproduzcan los que tienen los mejores genes adaptativos. La evolución biológica no es un proceso deseable.
—Apunta algo curioso sobre los neandertales: dice que tenían caras inexpresivas, pero aún así una gran empatía. ¿Qué perdimos cuando desaparecieron?
—No lo sé, yo creo que nada. Eran una especie humana cercana, pero la realidad no es que ellos fueran inexpresivos, es que Homo sapiens es una especie exageradamente expresiva. Somos tan sociales que nuestra musculatura facial está hecha para comunicarnos continuamente a través de gestos; la cara es el espejo del alma. Las caras de nuestros antepasados eran más un bloque, parecidas a una máscara, pero ellos eran los ‘normales’. Los raros y súper expresivos somos nosotros. Somos una especie única, no una variante más que ha tenido éxito. Con nosotros ocurrió algo muy gordo.
—Dice también que el éxito de la evolución consiste básicamente en «convertir energía en hijos». Pero en la sociedad occidental actual la natalidad se ha desplomado. ¿Estamos yendo en contra de nuestro propio mandato evolutivo?
—Somos la única especie capaz de sobreponerse a sus pulsiones biológicas gracias al uso de la razón; tenemos la capacidad de renunciar. Nuestros genes nos siguen pidiendo que nos reproduzcamos y por eso nos atrae el sexo, pero hemos inventado la píldora anticonceptiva. Los genes no se han enterado de este invento. Antes de la píldora, la población no crecía tanto porque, aunque la gente tuviera muchos hijos, la mitad moría por la altísima mortalidad infantil. Al reducirse esa mortalidad en el siglo XX, se produjo la explosión demográfica. Y ahora podemos separar el sexo de la reproducción. Seguimos siendo una especie monógama en nuestra estructura social fija, aunque sea una monogamia secuencial a lo largo de la vida, pero controlamos el imperativo biológico.
«Fuimos la generación que dio el gran salto en derechos humanos y, al mismo tiempo, la que destruyó el planeta y acabó con el mar»
—Hablemos del origen de la consciencia. ¿En qué momento o en qué especie concreta cree que se encendió por primera vez esa chispa de saber que existíamos?
—Apuesto por Homo erectus, hace un millón y medio de años. Ahora tendemos a ver a los australopitecos más bien como chimpancés, y es en Homo erectus donde se da el gran salto en volumen cerebral. Tener tanto cerebro para no ser consciente de uno mismo me parecería un absurdo. Pero insisto: una cosa es tener una representación del mundo real para sobrevivir, que es lo que hace un Homo erectus o una ardilla a su manera, y otra cosa es lo de Homo sapiens, que es delirante. Nosotros no nos contentamos con el mundo real: creamos mundos que no existen a través del arte, de la ficción, de la música. Esa mente capaz de imaginar lo irreal nos pertenece exclusivamente a nosotros.
—De ahí el título del libro, ‘La respuesta’. Si la naturaleza era la pregunta, nosotros somos la respuesta, ¿no es así?
—Sí, yo me he despojado de complejos y me da igual que me acusen de antropocentrismo. Somos, sin duda, el culmen de ese proceso.
La paradoja humana
—Imagine que dentro de 100.000 años otro «viejo de la tribu» cuenta la historia de lo que fue el Homo sapiens de nuestra época. ¿Cómo nos describiría?
—Diría que fuimos la generación que dio el gran salto en materia de derechos humanos, alfabetización e igualdad entre sexos, pero al mismo tiempo nos describiría como los seres que destruyeron el planeta y acabaron hasta con el mar. Es una paradoja tremenda. Y le digo más: no sé siquiera si habrá un viejo de la tribu en el futuro para contarlo. Al ritmo que vamos, la inteligencia artificial va a necesitar todo el hielo de los polos solo para refrigerarse.
«La política actual va hacia un tribalismo agotador de más tribus y más banderas. Sinceramente, creo que solo la búsqueda de lo bello puede salvarnos»
—En el epílogo cuenta que su amigo Jean Pierre le preguntó si había encontrado usted lo que buscaba, y le dijo que no. A estas alturas, ¿tiene alguna pista de qué es exactamente lo que busca?
—He encontrado muchos fósiles y muchas pequeñas respuestas, pero la gran respuesta aún se me resiste. Estoy empezando, por fin, mi etapa de reflexión. Como decía un premio Nobel, el gran problema de la vida académica y pública es que entre la burocracia, los viajes, los artículos científicos y los honores, uno no tiene tiempo para pensar. Este año he tenido más líos que nunca, pero ahora voy a empezar a sentarme a reflexionar, a ver si se me ocurre algo. El mero hecho de que siga buscando significa que no lo he encontrado. Y puede que si lo encuentro, se acabe la gracia. Mi sensación íntima es que la humanidad en su conjunto todavía tampoco sabe lo que busca.
—Después de escribir este libro tan íntimo, ¿qué es lo que más le asusta y lo que más te tranquiliza de nuestra especie?
—Lo que más me asusta y me desagrada es el tribalismo, las identidades. Son la causa de todas las guerras y de todos los conflictos. Además, es algo que me aburre soberanamente. La política actual va hacia un tribalismo agotador: cada vez más tribus y más banderas. A mí me gustan las sociedades diversas; soy un nostálgico de aquel Mediterráneo antiguo donde no existía la obsesión por la pureza cultural. Eso y la destrucción de la naturaleza, el acabar con la belleza del mundo como si fuéramos ratas, es algo que me horroriza. Parece que nos quieren dar de comer identidad y banderas para que nos olvidemos de los problemas verdaderos.
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¿Y lo que más me tranquiliza o me gusta? La capacidad humana de disfrutar de la belleza. Los animales no aprecian el arte, ni la música, ni un amanecer. Las flores tienen colores para atraer a los insectos polinizadores, no para que los ciervos disfruten del paisaje en primavera. Nosotros somos los únicos que tenemos el sentido de la belleza: Caravaggio, Mozart, Verdi… Yo soy muy epicúreo, creo en el refinamiento, en las cosas bellas de la vida, en un buen perfume, en un buen libro. Como me dijo una vez un pastor: «Poco, pero bueno». La sociedad actual es de «mucho, pero malo». Sinceramente, creo que solo la búsqueda de lo bello puede salvarnos.
Fuente: https://www.abc.es/ciencia/juan-luis-arsuaga-despues-vida-buscando-gran-20260522020629-nt.html