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Hay muchos tipos de infierno: una historia más allá del legado del cristianismo | El Confidencial

Las Almas del Purgatorio. Pintura. Iglesia San Nicolás de Véroce. (iStock)

Por George Minois / El Confidencial

La idea de infierno es un rasgo permanente de todas las civilizaciones. La encontramos en los textos más antiguos de la humanidad, vinculada a las primeras concepciones religiosas, e igualmente en los escritos ateos contemporáneos. Lugar siniestro situado en el más allá o situación de angustia existencial vivida en esta vida, el infierno es multiforme, capaz de adaptarse según los tipos de sociedades.

Tan antiguo como la humanidad consciente, está ligado a la condición humana, que proyecta en él sus sufrimientos, sus odios, sus contradicciones y su impotencia, así como el paraíso es la sublimación de sus esperanzas, sus alegrías y su voluntad de dicha.

Unido o no a la idea de castigo y de juicio, eterno o temporal, el infierno es el espejo de los fracasos de cada civilización a la hora de resolver sus problemas sociales, y es el revelador de la ambigüedad de la condición humana. Mientras el ser humano sea incapaz de resolver su propio enigma, imaginará un infierno.

‘Historia del infierno’, de Georges Minois. (Siruela)

De todos cuantos han sido elaborados desde los orígenes, el más completo, el más sistemático, el más desesperante, hasta el punto de haberse convertido en el arquetipo, es el infierno cristiano. Es sufrimiento absoluto, afecta al mismo tiempo a los cinco sentidos y a la mente, por el remordimiento y la conciencia de la eternidad de las penas. Construcción perfectamente racional dentro de una lógica neoplatónica, el infierno cristiano, exclusivo para los condenados, es la contrapartida de una religión de la salvación deseosa de respetar la libertad humana: corresponde al destino de quienes se separan de la fuente del bien absoluto. Ahí radican su originalidad y su fuerza.

Pero mucho antes del infierno cristiano, otros pensamientos religiosos imaginaron la vida en el más allá. En la mayor parte de los casos, no hacía sino continuar la vida terrenal en «otro lugar» indefinido, donde los desgraciados de esta tierra seguían sufriendo. En esos infiernos inclusivos no existía separación entre buenos y malos, sino una lúgubre prolongación de la situación de cada cual. Es el perfeccionamiento progresivo de la conciencia moral lo que lleva poco a poco a individualizar un infierno para los malvados, primeramente temporal, después eterno con el cristianismo.

Descenso a los infiernos (iStock)

La época contemporánea es en parte un regreso al concepto original. Por una parte, el declive de las creencias tradicionales y de la Iglesia provoca un cuestionamiento del infierno cristiano, cada vez más encubierto en las exposiciones oficiales de la fe, y por otra, la relativización de las nociones de bien y de mal borra las separaciones entre el infierno y el paraíso, que se ven reubicados en la tierra en una dialéctica de la ambigüedad. El infierno tiende a ser vivido como uno de los componentes de la existencia, resultado de la tensión entre las exigencias del individuo y las de la sociedad. Atrapado entre la necesidad de afirmarse y las imposiciones de la presión social, cada cual lleva dentro su infierno, objeto de estudio de los psicólogos, psicoanalistas, sociólogos y filósofos, después de haber sido exclusivo de los teólogos.

La historia del infierno es la historia del ser humano enfrentado a su propia existencia. Porque, como vislumbraron ciertas grandes mentes del pasado, el ser humano lleva dentro, potencialmente, ambos destinos contrarios, que actualiza alternativa o simultáneamente. Es lo que escribía Milton en el siglo XVII en El paraíso perdido: «La mente vive en sí misma, y en sí misma puede hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo».

Los infiernos de las civilizaciones orales

Contrariamente al purgatorio, creación consciente de la teología católica, cuya historia ha sido brillantemente rastreada por Jacques Le Goff, resulta imposible situar el nacimiento del infierno. Si bien los primeros textos que lo mencionan datan del segundo milenio antes de nuestra era, es probable que la época prehistórica no ignorase esta noción. Unos 50.000 años antes de Cristo, aparece la práctica de la inhumación de los cadáveres. Va, sin duda alguna, acompañada de una creencia en la supervivencia de los muertos, luego de un «infierno» en el sentido muy general de lugar donde prosiguen las actividades terrenales. Ninguna idea de retribución o castigo acompaña a esta creencia, por la probable ausencia de un código moral y del concepto de responsabilidad. Ningún indicio permite hasta el momento precisar la naturaleza de ese infierno prehistórico.

Mapa del Infierno, obra de Sandro Botticelli (1480-1490)

Sin embargo, más cerca de nuestra época, existen civilizaciones basadas en la oralidad que permiten captar ciertos rasgos de las creencias multiseculares sobre el infierno. Estas civilizaciones, muy alejadas entre sí, tanto en el tiempo como en el espacio, así como en sus estructuras sociales, tienen no obstante infiernos muy similares. Son lugares de estancia para todos, generalmente tristes, donde prosiguen las actividades terrenales de un modo fantasmal. El camino que lleva hasta ellos está plagado de trampas, en forma de pruebas iniciáticas. Los «réprobos» son quienes, durante su vida en la tierra o en el momento de su muerte, no respetaron los ritos, guardianes de la cohesión social, o quienes están marcados por una impureza. Estos quedan excluidos de la vida normal de los infiernos y son condenados a errar fuera de esa sociedad cuyas reglas no han respetado. Los demás, los que están integrados, han visto su destino determinado durante su vida terrenal y su condición no cambia en el infierno.

El África negra

Algunos ejemplos de pueblos de la sabana subsahariana confirman este esquema. El infierno de los sereres, en Senegal, está en Hunulu, en el centro de la Tierra, un lugar siniestro donde, tras la muerte, se van perdiendo las fuerzas poco a poco. En la misma región, los diolas tienen un concepto bastante original, más ligado a una idea moral: el ser humano se compone de tres partes: una buena, una mala y una excelente. Cuando muere, la parte mala se destruye, la parte excelente va a un paraíso y la parte buena se reencarna. El destino que espera al difunto depende de la proporción de estas tres partes: si la parte mala es demasiado importante, queda definitivamente destruido.

Los diolas tienen un concepto bastante original: el ser humano se compone de tres partes: buena, mala y excelente

Sin embargo, en la mayoría de los casos, la vida sigue en el infierno, como en un espejo de la vida en la tierra, en un fenómeno de inversión día/noche, derecha/izquierda. Se distingue un grupo de réprobos, que queda al margen sin llegar a sufrir castigo, los marginales de todas clases: locos, discapacitados físicos y mentales, brujos, asesinos, hombres muertos sin hijos o personas fallecidas en una situación anormal o impura: mujeres de parto, hombres jóvenes no iniciados, ahogados, suicidas, muertos por un rayo, desaparecidos. En Guinea, en el pueblo de los kisses, están todos en el «país de los malvados», en la oscuridad.

Así pues, la reprobación recae sobre todos aquellos que, de una forma u otra, están mal integrados en el grupo; ya marginados en la tierra, quedan excluidos de la estancia ordinaria entre los muertos, sin estar por ello sometidos a penas concretas.

Los infiernos chamánicos

Las prácticas chamánicas permiten conocer mejor el contenido de estos infiernos. Bien conocidas gracias a las obras de Mircea Eliade en particular, se encuentran en efecto en pueblos variados, en general seminómadas o montañeses, del Tíbet a Altái, de Nueva Guinea a Mongolia, de los pueblos indios de América del Norte a los tunguses y los yuraks de Siberia central.

En todos estos pueblos, un personaje tiene un conocimiento directo del infierno: el chamán, iniciado y dotado de poderes especiales que le permiten, durante una fase de éxtasis que puede durar tres días, descender en espíritu al reino de los muertos para acompañar al alma de un difunto y ayudarla a superar los obstáculos que se alzan en su camino. A su regreso, da cuenta de su viaje y comparte sus experiencias.

Sobre el libro y el autor

‘Historia del infierno’ (Siruela): Examina cómo este concepto va mucho más allá del dogma cristiano. Aunque, en sus inicios, la presión del pueblo obligó a la Iglesia a fijar una doctrina oficial respecto al averno, convirtiéndolo así en un arma de disuasión, en una prueba de la existencia de una justicia divina e implacable, sus llamas eternas hace tiempo que han dejado de aterrorizar a los fieles.

Georges Minois: Catedrático, doctor en Historia y Letras y miembro del Centro Internacional de Investigaciones y Estudios Transdisciplinarios (CIRET). Autor de numerosas obras en las que reflexiona sobre la espiritualidad y la trascendencia del individuo, se ha consolidado como uno de los grandes historiadores de las ideas y de los comportamientos colectivos de Occidente.

Así pues, sabemos que para estos pueblos el viaje infernal está plagado de trampas y, entre ellas, la más frecuente es el paso de un puente extremadamente estrecho, a veces de la anchura de un cabello, sobre un abismo en el que caen los no iniciados. El destino de quienes no superan los obstáculos es incierto. Entre los tártaros, sufren torturas infligidas por demonios. Pero no se trata de castigos morales: todo es cuestión de iniciación, y quienes se extravían son más desafortunados, torpes o ignorantes que malvados. Cada cual puede, por tanto, esperar llegar a los infiernos disponiendo de un buen guía, y fueron los propios dioses quienes enviaron al primer chamán para cumplir esa función. Entre los tibetanos y los mosuos de Yunnan, se despliega un mapa ante el difunto para mostrarle el camino a los infiernos, rodeado por nueve murallas separadas por puntos vigilados por los demonios. Luego, tras haber subido siete montañas de oro, se accede al árbol de la «medicina de inmortalidad».

Las pruebas del viaje pueden considerarse también como etapas de purificación. Para los pueblos de Altái, hay que cruzar enormes distancias, desiertos, montañas, océanos, estepas, antes de descender por un orificio que conduce a siete escaleras que son pudaks u obstáculos y tienen un carácter iniciático. Luego encontramos el famoso puente y, por último, el palacio de Erlik Khan, el rey de los infiernos, custodiado por perros. El mismo proceso se encuentra entre los aborígenes australianos, que representan en ciertos dibujos el viaje de las almas a lo largo de caminos plagados de obstáculos. Entre los yacutos, los mongoles y los turcos orientales, el viaje se facilita gracias al uso de alas por parte de los difuntos.

En todos estos pueblos, infiernos y paraísos se confunden. Quienes llegan a esos lugares subterráneos, estrictamente delimitados por poderosas murallas, prosiguen sus acciones terrenales y se respeta la jerarquía social. El estatus en el más allá se determina durante la vida terrenal: todo se decide en la tierra. En los infiernos, los poderosos siguen siendo los poderosos y entre los pueblos guerreros, como los mongoles, el difunto es servido por todos aquellos a los que mató en la tierra. De hecho, es una creencia común en todas las religiones que la eternidad se decide en la tierra. La diferencia está en los criterios de la selección de ultratumba. En todas las civilizaciones tradicionales, a menudo en situación económicamente precaria y amenazadas por toda clase de peligros externos, el elemento determinante es la cohesión del grupo. Solo los marginales, los que están mal integrados o que no contribuyen a la subsistencia del conjunto quedan excluidos.

Los suicidas, cuyo acto puede tener valor de sacrificio meritorio para la comunidad, van a un cielo superior con los héroes

Entre los esquimales, por ejemplo, los malos cazadores son enviados a un lugar subterráneo donde sufren hambruna, mientras que los suicidas, cuyo acto puede tener valor de sacrificio meritorio para la comunidad, van a un cielo superior con los héroes.

En cuanto al resto del grupo, se encuentra en ese lugar neutro que es el infierno, sin discriminación alguna. Esta creencia, muy antigua en los pueblos de Asia central, escandalizó a los primeros viajeros cristianos, como el franciscano Jean de Plan Carpin, que escribió en el siglo XIII:

«Sobre la vida eterna y la condenación perpetua no saben nada. Creen no obstante que después de este vivirán en otro mundo y que allí aumentarán sus rebaños y beberán y no harán nada más que lo mismo que hacen vivos estando en este mundo».

Fuente: https://www.elconfidencial.com/cultura/2026-06-28/infierno-religiones_4378726/

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