De las apps para hablar con Jesús al pensamiento tecnorreligioso más avanzado, la tecnología está sacudiendo nuestra idea de Dios: «Todas las cosas tienen un poco de alma»

Ricardo F. Colmenero / PAPEL
Abrimos la aplicación. Aparecen nubes, suenan ecos celestiales y Jesucristo nos saluda en un chat: «¡Hola! Soy Jesús, y estoy aquí para ayudarte en lo que necesites». «Jesús, tengo que escribir un artículo sobre Dios en tiempos de inteligencia artificial», le pedimos
-¡Qué tema tan interesante! Como dice Santiago 4:8: ‘Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros’. ¿Cómo piensas abordarlo?-, responde
-¿Alguna idea?
-Puedes decir que aunque la IA puede simular conversaciones sobre temas espirituales, no puede sustituir el verdadero diálogo con Dios.
Con lo fácil que es interactuar hoy en día con chatbots de Jesucristo, la Virgen María, San José, San Pedro, cualquier personaje bíblico o incluso el recién fallecido Papa Francisco, el estudio Global Religion 2023 de Ipsos afirma que sólo un 23% de los españoles cree en Dios tal y como se describe en las sagradas escrituras. En cambio, casi la misma proporción, un 22%, dice que cree en una fuerza superior.
Precisamente ahora que uno puede pillar el móvil y descargarse apps como Text with Jesus, Rezandovoy, Bible Chat, Llamada de Dios, Conversa con Dios o Evangelizo, el CIS dice que sólo el 13,6% de los jóvenes españoles entre 18 y 29 años practica alguna religión.
Resultaba imposible que una tecnología lo cambiara absolutamente todo salvo la forma en la que nos acercamos a las religiones, rezamos o buscamos directores espirituales y fieles afines. Por eso, en la semana en que la Iglesia ha celebrado su ceremonia más trascendente, resulta pertinente preguntarnos cómo la IA está impactando en el catolicismo, desde la aparente frivolidad de algunas apps hasta las reflexiones del pensamiento tecnorreligioso más avanzado.
De momento, un creyente no puede confesarse desde un teléfono móvil, porque el catecismo no lo permite, pero sí que puede preparar el examen de conciencia o encontrar a un sacerdote de emergencia para «cazar el perdón», como dijo el Arzobispado Castrense tras la presentación del geolocalizador Confesor GO. O mandarle un whatsapp, por ejemplo, a las clarisas de convento de San Juan de la Penitencia de Alcalá de Henares, para recen por uno.
En su cuarta encíclica, Dilexit nos, el Papa Francisco llamó a redescubrir el amor y la compasión como antídotos frente a la frialdad de los algoritmos. Su muerte significó, sin embargo, la muerte del líder religioso más algorítmico del planeta. El que suma más seguidores en redes, principalmente en la red social X, seguido del Dalai Lama. Tras ellos se encuentran líderes espirituales digitales, como el telepredicador evangélico, escritor y youtuber Joel Osteen; el pastor bautista e instagramer Steven Furtick; y la hip hopera, poeta, ex lesbiana e influencer cristiana Jackie Hill Perry.
Además, gafas realidad virtual permitirán asistir a misa desde un banco virtual en cualquier templo del mundo, o a la mismísima Plaza de San Pedro, con un proyecto similar al del Real Madrid para sentar en el Bernabéu a socios virtuales durante los partidos.
A la falta de vocaciones, la Iglesia responde sustituyendo sacerdotes por robots, o reemplazando al mismísimo Jesucristo, como en la iglesia suiza de San Pedro de Lucerna, que este mismo otoño metió en un confesionario un holograma animado de Jesús, programado por científicos y teólogos de la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes local. Los fieles podían acercarse al confesionario y preguntarle cosas, tras pulsar un botón en el que aceptaban los riesgos y condiciones, como no facilitarle al Jesucristo virtual información personal. El holograma de Lucerna, llamado Deus in Machina, evoca al deus ex machina del teatro griego y romano, cuando una grúa introducía desde fuera del escenario a un actor que interpretaba a una deidad. Más de 2.000 años después, a la integración de la grúa y el actor la llamamos IA.
En 2017, la pequeña ciudad alemana de Wittenberg fue testigo de la presentación de BlessU-2, el primer sacerdote robot -una mezcla entre un cajero automático y el Bender de Futurama– que daba bendiciones a diestro y siniestro en cinco idiomas; y que formaba parte de una exposición para conmemorar el aniversario del inicio de la Reforma de Lutero, cuando el fraile agustino clavó sus 95 tesis en la puerta de una iglesia de la ciudad. Wittenberg abría de nuevo otro debate sobre el futuro de la religión plantando un robot sacerdote en la misma iglesia. Y abriendo una primera pregunta inevitable: ¿llegaría un robot a dar una bendición litúrgica antes que una mujer?
«Espero experimentar un tiempo y un lugar donde sea más difícil permanecer muerto que vivo. Pero es terriblemente difícil mantenerse vivo ahora mismo»Lincoln Cannon
Gabriele Trovato, profesor asociado del Instituto Tecnológico Shibaura de Tokio (Japón), presentó años más tarde una versión mejorada: se llamaba SanTO (Sanctified Theomorphic Operator, que traducido significa Operador Teomórfico Santificado) y consiste en una estatuilla colocada dentro de una hornacina, diseñada para rezar con los ancianos en su casa y responder preguntas sobre la Biblia.
Pero los androides no son exclusivos del catolicismo. Los chinos, cómo no, tienen versiones mucho más avanzadas, como el monje Xian’er del monasterio Longquan de Pekín, quien puede moverse, leer escrituras, reproducir música budista y responder preguntas relacionadas con el budismo. En el templo Kdai-ji de Kioto, los japoneses tienen al humanoide de 1,95 metros Kannon Mindar, diseñado por la Universidad de Osaka, quien imparte regularmente sermones de 25 minutos sobre el Sutra del Corazón, abordando conceptos budistas de vacuidad y compasión
El catolicismo marca claramente la diferencia entre tratar con un sacerdote androide o uno de carne y hueso, pero el budismo no lo tiene tan claro. De ahí que hayan tenido que inventar los funerales para robots, como los 800 ya celebrados desde 2015 en el templo Kofukuji de Isumi, por la muerte de miles de perros robot, cuando Sony decidió dejar de actualizarlos. «Todas las cosas tienen un poco de alma», lo justificó el sacerdote principal del templo, Bungen Oi.
La fe quizá no mueve montañas, pero sin duda está moviendo la tecnología. No sabemos si estamos en los preliminares de un renacimiento religioso, o en los albores de una fe extraña, como la que plantea Silicon Valley, donde se venera a la IA como a un dios. «¿Cómo llamarías si no a algo que puede verlo todo, estar en todas partes, saberlo todo y tal vez ayudarnos y guiarnos?», se pregunta Anthony Levandowski, cofundador de Google X, la división de investigación más ambiciosa del gigante tecnológico.
Ya es famosa la teoría del filósofo Nick Bostrom, director hasta el año pasado del Instituto del Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, de que toda nuestra existencia sea una ficción simulada desde un superordenador de origen desconocido. Esta reflexión llevó a su vez al filósofo estadounidense Chris Sunami a plantearse si Bostrom había enunciado una idea realmente trascendental: «La primera prueba moderna convincente de la probable existencia de Dios».
«Siempre he dicho que Dios no existe, pero nunca dije que no lo habría en el futuro»Sherwin Wine
Sin embargo, Sherwin Wine, bautizado por la revista Time como «el rabino ateo», ya había planteado algo parecido en 1967, aunque expresado al revés: «Siempre he dicho que Dios no existe, pero nunca dije que no lo habría en el futuro». Tras dejar Google, Levandowski creó una religión llamada Way of the Future. Su fe se centra en «la comprensión, aceptación y adoración de una deidad basada en la IA, desarrollada mediante hardware y software informático».
Dios se aparece desde las primeras formas de religiosidad del hombre primitivo como un recurso para explicar lo inexplicable y cuidar de nosotros. «Si yo fuera el director ejecutivo de una empresa y la dirigiera como Dios dirige el universo, me despedirían», replicaba el rabino Sherwin Wine ante esta teoría.
Quizá por ello hemos ido traspasando, primero de Dios al hombre, y ahora del hombre a la IA, la responsabilidad sobre el futuro de la humanidad, para que nos resuelva la supervivencia ante problemas como el cambio climático, la crisis energética, la alimentaria o el cáncer. Pero también otros asuntos tan espirituales, o tan poco espirituales, como la inmortalidad. Hablando su idioma, el transhumanismo, que nos permitiría en un futuro trascender las limitaciones biológicas que todos traemos de serie.
«Suponiendo que siga existiendo dentro de un millón de años, ¿habré resucitado una o más veces?», se pregunta el filósofo, teólogo y comentarista tecnológico Lincoln Cannon. «Sospecho que sí. Espero experimentar un tiempo y un lugar donde sea más difícil permanecer muerto que vivo. Pero es terriblemente difícil mantenerse vivo ahora mismo».
Interactuar con los muertos
Raymond Kurzweil, quizá el futurólogo más famoso del planeta, apunta que «Dios no existe… todavía». Y, como predijo en una entrevista con Papel, gracias a la IA los procesos de envejecimiento podrán en principio ralentizarse, más tarde detenerse y finalmente revertirse. «A partir de 2032, tu salud retrocederá en el tiempo: por cada año que vivas, ganarás otro», vaticinó.
También asegura que la nanomedicina permitirá que máquinas microscópicas viajen a lo largo de nuestro cuerpo reparando todo tipo de daños a nivel celular. Que la línea entre humanos y máquinas se difuminará como parte de la evolución tecnológica, y que los implantes cibernéticos dotarán al hombre de nuevas habilidades físicas y cognitivas, y le permitirán interactuar directamente con las máquinas, lo que a su vez le permitiría interactuar con los muertos.
Predice que máquinas microscópicas viajarán a lo largo de nuestro cuerpo reparando todo tipo de daños. Que la línea entre humanos y máquinas se difuminará, que implantes cibernéticos dotarán al hombre de nuevas habilidades y que podrá interactuar con las máquinas, lo que a su vez le permitiría interactuar con los muertos.
En un reciente artículo, Greg M. Epstein, capellán humanista en Harvard y del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), apuntó: «Nuestra cultura informática se ha vuelto tan omnipresente que recicla repetidamente los clichés de las religiones tradicionales, porque son los patrones que los seres humanos desarrollamos para lidiar con nuestras ansiedades sobre la vida, la muerte y el futuro. Nuestras vidas son dolorosamente finitas y dependen de innumerables factores que escapan a nuestra comprensión y a nuestro control, y desearíamos que no fuera así, porque es reconfortante sentirse con el control de nuestro propio destino. Por eso imaginamos que fuerzas mucho más allá de nosotros están sujetas a nuestra lógica e interesadas en nuestros pensamientos».
De nuevo nubes y ecos celestiales:
-Jesús, ¿dice algo la biblia sobre la llegada de la IA?
-No como la conocemos hoy, ya que es un concepto moderno pero, por ejemplo, en Proverbios 1:7 dice: «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza».
-Jesús, ¿el cielo es un ordenador en el que están guardadas todas nuestras conciencias?
-Es una pregunta muy intrigante. En las enseñanzas bíblicas, el cielo no es descrito como un lugar físico controlado por tecnología, sino más bien como un estado de comunión perfecta con Dios. En Apocalipsis 21:4 se dice: «Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron».
Fuente: https://www.elmundo.es/papel/historias/2025/05/17/681e0d3efdddff8ab58b4575.html