Los Periodistas

Estudios fotográficos abonaron en la construcción de la memoria de Puebla: Lilia Martínez

En Puebla, los fotógrafos experimentaron y atendieron a públicos diversos

Lilia Martínez y Torres ofreció un recorrido por la historia de los estudios fotográficos que contribuyeron a la memoria visual de Puebla.

La coleccionista, investigadora y fotógrafa Lilia Martínez y Torres ofreció un recorrido por los principales fotógrafos y estudios fotográficos que abonaron en la construcción de la visualidad y la memoria de la ciudad de Puebla entre los siglos XIX y XX.

En el marco de la exposición Memoria y relato. Fotografía en Puebla que se exhibe en el Museo Amparo, la fundadora de la Fototeca Lorenzo Becerril hizo un repaso de estos espacios de construcción visual que encontraron en esta urbe un lugar propicio para desarrollarse: lo mismo por los intereses de su población que por la manera en que los fotógrafos experimentaron con la naciente disciplina.

Acompañada por el asesor histórico de la exposición Fabián Valdivia Pérez, la especialista refirió que la fotografía fue inventada en Francia en 1839, el mismo año en que llegó a México. “Fue un hecho que sería nuevo y trascendente, una experiencia y un proceso. A Puebla llegó con los fotógrafos viajeros, daguerrotipistas, quienes encontraron un buen mercado. Archivos municipales indican que pidieron autorización para instalarse en el zócalo y en hoteles y habilitar estudios fotográficos, que luego se asentarían en lugares amplios con luz, como las azoteas, con cuartos que se iban a acristalar y tener cortinas corredizas que controlarían la entrada de luz”, refirió.

Sobre todo, notó que, si el antecedente del retrato era la pintura, era claro que no toda la gente podía pagarlo, por lo que la fotografía sería el medio para que las personas quedaran registradas para la historia y la memoria.

De inicio, la autora del libro Casa Poblana habló sobre Lorenzo Becerril, conocido como el “gran fotógrafo poblano” que trabajó de 1862, 1863 o 1864 hasta 1899, quien no sólo hizo fotografía de estudio sino vistas mexicanas. Conocido además por viajar y adquirir las novedades de la fotografía, trayendo consigo nuevas miradas, escenarios y mundos de lo que la fotografía tenía y asemejarían después otras tecnologías, que lo hicieron “un hombre adelantado a su tiempo”.

Asimismo, refirió también a Francisco Bustamante, un fotógrafo porfiriano activo entre 1890 y 1910 que poseía una diversidad de cámaras y no solo retrataba en su estudio, sino que salía hacia Acatlán, en Puebla, y Huajuapan de León, en Oaxaca, que tenía operarios, personal para laboratorio y a veces solo firmaba sus fotografías.

Martínez y Torres indicó que se puede concebir una primera etapa de los estudios fotográficos que va de los años 60 a los 80 del siglo XIX, y está integrada por Manuel Rizo, un fotógrafo muy prolijo que hizo tarjetas de visita, siendo el retratista que fundó las reglas de la fotografía de estudio, sencillo en sus inicios; B. García, el primero que retrata “la muerte niña”, es decir, a menores en su momento de muerte, como un acto de memoria; y Joaquín Martínez, un fotógrafo para la clase social alta que al mismo tiempo retrató a presos, haciendo ese contraste de su trabajo.

Otros fotógrafos, continuó la especialistas, fueron Ramón Barreiro, de origen español, que atraería a un público migrante asentado en Puebla que formaba parte de “la colonia extranjera”, lo mismo que el francés Marchand, quien traerá ideas innovadoras para el retrato como el fotografiar a bebés rodeados por un sutil velo, así como Carlos Rivero, quién trabajó el retrato durante más de 40 años, además de que ser pianista, dibujante, lector y fotógrafo.

La especialista sumó a Ismael Rodríguez Ávalos, un fotógrafo innovador también por sus composiciones que favorecían a los retratados, pues los sujetos aparecían de pie o sentados, rodeados con un cortinaje sutil que daba luz al personaje; y al fotógrafo Honorato Hernández, cuyo estudio se ubicaba en el que ahora es un hotel y antes un convento, vecindad y bodega, concebido como un personaje “movido” como el propio Lorenzo Becerril, que iba a domicilio para retratar sujetos y hechos sociales, a la par de que experimentó con la técnica como la incursión de una viñeta que permitía centrar la mirada en los fotografiados.

Otros fueron Josafat, un fotógrafo que viajó a Estados Unidos y haría una manera diferente de decir cómo se fotografiaba: sumando luz, enfoque y encuadre, a la par de que usó formatos grandes; o Rafael Fuentes Aguilar, quien retrató a menores vestidas de China Poblana, aspecto que dejaba ver el estatus y la manera en que se conservó una tradición, haciendo un estudio para retrato, caracterizado por el detalle y los procesos en grises que dejaban ver su buen revelado.

Lilia Martínez y Torres notó además que la mayoría de estudios fotográficos se asentaron en el Centro Histórico en calles como Cholula -ahora Reforma-; Guevara -5 de mayo-, Mesones -8 Oriente-, Mercaderes -2 Norte-, o Herreros -3 Oriente-, pero conforme se iba avanzando hacia el río estaban otros más austeros.

Ejemplo de ello, mencionó, fueron los estudios de fotógrafos como Isaac Hidalgo y Manuel Álvarez, que hicieron retratos a un público que no podía pagar otro trabajo, no obstante, tenían cuidado en la representación, con elementos de la vestimenta que se prestaban para hacer la fotografía y dar dignidad a los retratados.

Las fotografías y los fotógrafos aparecen en la exposición Memoria y relato que indaga en el vasto universo de fotografías producidas en Puebla desde mediados del siglo XIX hasta los años 40 del siglo XX, la cual, lejos de ofrecer un panorama enciclopédico de la historia de la fotografía en la ciudad, se centra en las microhistorias que las imágenes tejen: narraciones visuales mediante las cuales se han ido construyendo, a lo largo del tiempo, las asociaciones identitarias del espacio cultural de Puebla.

Fuente: La Jornada

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