La riqueza más valiosa de la catedral de Oviedo logró escapar de persas, musulmanes y vikingos.

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Carlos Serrano Lorigados / Historia National Geographic
os orígenes del Reino de Asturias son oscuros a causa de las escasas fuentes documentales que poseemos sobre el periodo. Pero sabemos que muchos visigodos escaparon de la dominación islámica para refugiarse tras las montañas de la Cordillera Cantábrica llevando consigo sus tesoros.
Mientras que joyas como las encontradas en Guarrazar y Torredonjimeno fueron enterradas o escondidas en territorio musulmán, hubo otras riquezas que lograron guarecerse en el norte. Las más famosas son las reliquias depositadas en el Arca Santa de Oviedo, un relicario cuyo viaje comenzó en la lejana Jerusalén.
El periplo de las reliquias hasta el reino visigodo
El Arca Santa de Oviedo contiene valiosas reliquias de la pasión de Jesús de Nazaret como el Santo Sudario, una sandalia del pie derecho de San Pedro, un fragmento de la Vera Cruz, un clavo de la Corona de Espinas, pan de la Última Cena y una ampolla de la leche de la Virgen María.

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Sin entrar en discusión sobre la veracidad de tales reliquias, lo cierto es que los objetos contenidos en el Arca Santa ya se veneraban en Jerusalén a comienzos del siglo VII.
Sin embargo, el asedio de la Ciudad Santa por los persas sasánidas dirigidos por el general Sharvaraz en el año 614 puso en peligro cualquier riqueza cristiana existente entre sus muros. El Arca Santa fue sacada de la ciudad y se embarcó rumbo a Alejandría, donde los cristianos coptos se encargaron de su custodia.

Pero el peligro persa aún no había pasado. En 619, los persas conquistan Alejandría y el Arca Santa vuelve a ser embarcada para salvarla de los sasánidas.
Esta vez, no obstante, sus custodios deciden enviarla al lugar más alejado de Oriente que concebían en aquel momento: la Hispania visigoda.
La tradición cuenta que el Arca Santa llegó a Cartagena, recientemente arrebatada a los bizantinos por el rey Suintila, y que allí fue tomada por San Fulgencio, obispo de Écija. Este, a su vez, se la entregó a su hermano Isidoro, arzobispo de Sevilla, quien la llevó consigo a Toledo cuando fue ascendido al cargo de arzobispo metropolitano de Hispania.
Un nuevo viaje hacia las montañas del norte
El Arca Santa de Jerusalén y sus reliquias fueron custodiadas en la capital del reino visigodo durante un siglo, hasta que un nuevo peligro apareció en el horizonte para cambiar para siempre la historia.
La invasión musulmana del año 711 provocó la huida de los visigodos pertenecientes a la facción del rey Rodrigo hacia los territorios del lejano norte como Asturias y Cantabria; regiones que, desde la caída del Imperio Romano, habían mantenido un relativo nivel de independencia frente a las pretensiones de dominio visigodo.

Los antiguos territorios hostiles a Toledo se revelaron como el mejor lugar para esconderse de los musulmanes y custodiar los tesoros de catedrales, basílicas y monasterios. Los musulmanes buscaban las riquezas de la Iglesia y exigían severos pagos a cambio de respetar sus propiedades, por lo que el traslado del Arca Santa era necesario para salvaguardar sus reliquias.
Un escondite secreto en el monte sagrado de los astures
Según la tradición, el Arca Santa fue trasladada de Toledo a territorio astur entre los años 711 y 714. El lugar de su custodia fue el Monsacro, la montaña más sagrada de la Asturias romana que aún conserva los restos de un conjunto megalítico y dos ermitas románicas cuya fábrica se atribuye a los caballeros templarios.
La custodia del Arca Santa en el Monsacro enlaza con otra tradición respecto a su viaje hasta Asturias.

Según las fuentes medievales que nos hablan de la vida de Santo Toribio de Astorga, pudo ser el propio obispo quien, a mediados del siglo V, tomase las reliquias del Arca durante un viaje a Jerusalén y las escondiese en el Monsacro cuando se ganó la enemistad del rey visigodo Teodorico II.
Fuese como fuese, lo cierto es que la presencia de ermitas templarias y el propio nombre del Monsacro (Mons Sacrum, «montaña sagrada») indican que la cima de la montaña contenía algo más que tejos y un pequeño lago.
Oviedo: la nueva capital a imagen de toledo
Según la leyenda, el rey Alfonso II de Asturias (791-842) decidió sacar el Arca Santa del Monsacro cuando trasladó la capital del reino astur de Pravia a Oviedo y decidió brindarle un digno hogar con la construcción de la basílica y catedral de San Salvador.
Los reyes asturianos a partir de Alfonso II se esforzaron por presentarse como los dignos sucesores del reino visigodo de Toledo, y la presencia del Arca Santa tras las montañas de Asturias suponía un importante argumento para engrandecer su discurso.
De esta forma, la basílica de San Salvador se convirtió en lugar de peregrinaje y devoción en todo el norte, un lugar mucho más importante que Santiago de Compostela durante los siglos IX y X.
Durante aquella época, los reyes de Asturias temieron que musulmanes y vikingos pudiesen atacar Oviedo para llevarse el Arca Santa. Para custodiarla, el rey Alfonso III (866-910) edificó la Cámara Santa y construyó una torre anexa, la Torre Vieja de San Salvador, destinada a defender la catedral de cualquier enemigo.

Actualmente, el Arca Santa continúa guardándose en Oviedo a pesar de los daños sufridos durante la Revolución de Asturias. Los milicianos izquierdistas volaron la Cámara Santa la noche del 11 de octubre de 1934 y el Arca Santa, la Cruz de la Victoria y las reliquias sufrieron daños que tardaron años en ser restaurados.
Después de siglos escapando de toda clase de enemigos, fueron los propios españoles enfrentados entre sí quienes acabaron dañando el Arca Santa que había sobrevivido a persas, musulmanes y vikingos a lo largo de su historia.