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El síndrome de Dorian Grey de los padres de hoy | Vanity Fair

Consumimos cultura y ocio y vestimos como adolescentes. Y vamos a gimnasios como si fuéramos atletas profesionales. Por eso el fenotipo de padre contemporáneo se aleja mucho de las generaciones previas. ¿Son ya los 45 los nuevos 15?

Kenneth Branagh en plan ser o no ser. © Getty Images

Por Alberto Moreno / Vanity Fair

Recién duchado, en la terraza de este hotel y esperando a que se arregle el resto de la familia, observo un atardecer precioso reflejado en la cristalera. Llevo una camiseta de surf O’Neill, pese a que nunca he practicado ese deporte, unas bermudas por debajo de la rodilla de la misma marca y unas chanclas flip flop de inspiración brasileña. La gama cromática de mi atuendo oscila entre el gris marengo y el negro. Una especie de luto deportivo, como el de los árbitros en los 70 pero un poco más vaporoso. Veo también un bastón que perteneció a mi padre y antes que a él, a mi abuelo. Me lo he traído de vacaciones porque se me aflojó una rodilla el otro día y estoy a la espera de que el traumatólogo me mande pruebas. Como los retratos de cámara de las cortes vetustas, este reflejo de mi mediana edad podría ser una radiografía de mi alma, así que saco una foto con el móvil. Los niños aún siguen duchándose y generando —entre bromas y grititos festivos— una crispación de baja intensidad derivada de no encontrar el champú, de pelear por el champú y de echarse champú en los ojos. Quita el champú de la ecuación y aparecerán los piojos y un nuevo conflicto sobre el que intentar ejercer una pequeñísima hegemonía.

Son las 7 y media de la tarde, y en 15 minutos estaremos todos limpios y relucientes camino del bufet del hotel, pero ahora mismo que todos ellos están ocupados, tengo unos breves instantes que dedicarme —un me time poco habitual— que puede que cuenten como descompresión debida después de un curso de locos. Si no hubiera vacaciones de verano por convenio las acabaría prescribiendo el médico de cabecera. Siempre he tendido a irme lejos de la meseta en busca de agua –tampoco muy fría, que no somos esquimales ni gallegos— donde chapotear en una especie de purga santa, como en la segunda temporada de The Leftovers. Pocas sensaciones de pureza mayores que taparnos la nariz, echar la cabeza hacia atrás y conseguir el peinado más natural de la creación. Los mafiosos de Scorsese se lo procuraban con gomina en el día a día. Y también algunos calvos coquetos en los 80.

Ahora mismo, tras la ducha, llevo una media melena, símbolo de mi crisis de los 40, peinada de esa exacta manera. El pelo todavía húmedo y la barba, más larga de lo que suelo llevarla en la oficina, me dan un aspecto de actor secundario bohemio entre proyectos. Me observo además cuatro o cinco tatuajes que me hice hace casi 10 años y que ya no me representan, pero que tampoco me gastaría ni un par de euros en quitarme, ni siquiera si me prometieran un trance indoloro. No los veo si no me fijo bien, como tampoco veo las pequeñas y medianas imperfecciones que me alteraban hasta que cumplí los 30: la diastema, mi incisivo inferior algo torcido, la cicatriz de sarampión de mi pómulo izquierdo, el remolino que se me genera encima de la oreja izquierda por tenerla un poco más despegada y una ceja medio partida desde los 11 años. En algún momento pensé que esa lotería genética sería motivo de descarte cuando llegara mi interés amoroso preferido. Por suerte no fue así.

Y ahora que tengo esa paz mental y la sensación de deberes casi hechos, pienso en mi padre y en que dentro de dos días hará 13 años que murió y en que cada vez me acerco más a su edad —ahora solo me saca 15— y en que, si tengo suerte, alguna vez seré mayor que él. Yo lo veía adulto mucho antes de haber alcanzado esta edad mía de la foto. Por ejemplo, cuando podía pasar más de un mes sin pedirse un café fuera de casa para amortizar mejor la hipoteca; o cuando le observé, año tras año, hacer la declaración de la renta; cada vez que veía su estuche en la mesa del salón equipado con un par de portaminas baratos y pulcros, sus minas de recambio y una goma Milán blanca o rosa, que no sé cómo se las apañaba para conservarlas siempre limpias y enteras. También tenía un cuaderno azul de El Guerrero donde apuntaba las guardias y los días de vacaciones antes de que se democratizara el Excel. Vestía trajes de lana fría. O apenas el pantalón y una chaqueta de espiga. A veces llevaba bolígrafos en el bolsillo de la camisa, o puede que no los llevara, pero el efecto que me causaba era el mismo: el de un hombre eficiente que se tomaba las cosas en serio y que hacía lo que decía que iba a hacer. Mi padre nunca se puso una gorra de béisbol.

En los 90, cuando era un poco más joven que yo ahora, siguió luciendo bigote, y ahora muchos están de acuerdo con aquella tendencia que estuvo proscrita durante casi dos décadas. Pero el suyo no era un bigote irónico ni un bigote incipiente ni un bigote timorato de esos que te puedes fundir de un navajazo si has detectado un par de miradas de perplejidad camino del trabajo. Era un señor bigote de los de vestirse por los pies. Un bigote profundo y severo que convenía apurar con la servilleta de tela después de cada comida. Uno denso y voluminoso que nunca le vi arreglar frente al espejo —debía de ser una cosa de esas que se hacen con la puerta atrancada—, un bigote como nunca me ha salido a mí. Un bigote de padre que dio paso a la barba sin solución de continuidad cuando cumplió 50. Esa zona de la anatomía de mi padre, la piel de encima de su labio superior, como tantos secretos que se llevó, sigue siendo un misterio para mí.

En la edad madura le vi ahorrar tendencias poco saludables. Cuidaba más lo que comía y enfatizaba cada vez que pedía una cerveza sin alcohol, como si esa proclama pudiera generar una cierta simpatía entre los que nos preocupábamos por su colesterol. Mi padre entonces tenía cuerpo de padre y yo tengo cuerpo de muchacho en este selfie. Algo espigado y un poco underdressed con respecto a la gente de mi edad si una misión de servicio no me requiere etiqueta. Tanto que si nos encontráramos en agosto con mi outfit de vacaciones extremas podría usted confundirme con un erasmus, no porque yo busque la eterna juventud ni estar en un cajón que no me corresponde, sino porque, tal como resumió mi madre: “da igual la edad que tenga, yo sigo pensando como a los 28”.

Y yo sigo pensando también como a los 28, sabiendo que hay una mujer que no comparte pero respeta casi todo lo que opino y unos niños que, por alguna extraña razón, han decidido confiar en esta especie de hermano mayor que se siente desnortado muchos días, desamparado unos pocos más y desesperado cada dos o tres meses por culpa de la vida ruidosa y rápida que a veces me obliga a tirar de bastón para alcanzarla.

Dentro de tres o dos minutos alguien vendrá a buscarme y no se preguntará por qué este hombre que ya ha dado la vuelta al jamón insiste en tener un fenotipo acorde al Bodhi de Le llaman Bodhi, pese a no haber subido a una tabla de surf en su vida. Alguien que les pagará las facturas de manera efectiva y les pedirá a cambio que digan por favor y gracias y que se laven las manos antes de las comidas y los dientes después. Una especie de fábrica de comandos aburridos que un día relevó a sus padres y que en ese papel parece una Eva al desnudo pasada por el filtro de American Pie. Y que, por lo que sea, tiene legitimidad y consenso popular.

Es un raro milagro el hecho de revalidar esa confianza generación tras generación. Y da un vértigo que no veas. De verdad que los 45 me parecen los nuevos 15.

Fuente: https://www.revistavanityfair.es/articulos/el-sindrome-dorian-grey-de-los-padres-contemporaneos

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