Así trabajaban los recogedores de sanguijuelas, uno de los oficios más extraños del siglo XIX. Cuando miles de personas se dejaron la salud en los pantanos para abastecer a hospitales y boticas.

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Sarah Romero / Historia National Geographic
Imagina que te pagan por meterte en un estanque cenagoso, con las piernas desnudas, y esperar no a un pez, sino a que docenas de sanguijuelas se te adhieran a la piel y empiecen a beber tu sangre. Y esperar unos veinte minutos por ejemplar, o incluso a veces más.
Luego, cuando ya estaban saciadas y repletas de tu sangre, te tocaba arrancártelas, guardarlas en una bolsa o en un tarro y entregarlas a una botica. Esto, con pocas variaciones, era el oficio del recogedor de sanguijuelas; una figura relativamente común en el siglo XIX europeo, cuando la medicina se obsesionó con la idea de que extraer sangre podía curar casi cualquier cosa.
La fiebre de las sanguijuelas
Las sanguijuelas se usaban desde hacía milenios pero se convirtió en toda una industria en el siglo XIX en la que surgió una auténtica fiebre terapéutica por medio de ellas. Sin ir más lejos, St. Thomas’ Hospital (de Londres) pasó de usar 1.607 sanguijuelas en 1815 a más de 50.000 en 1822, un salto tan descomunal.
Entre los grandes defensores del uso medicinal de las sanguijuelas estuvo el médico francés François-Joseph-Victor Broussais (1772-1838), que sostenía que muchas enfermedades se debían a inflamaciones locales y que podían tratarse ‘descongestionando’ el organismo mediante sangrías, incluidas las realizadas con sanguijuelas.
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Es uno de los médicos que empleó un uso masivo de las sanguijuelas (aplicaba entre 5 y 50 por persona). En aquella época, la teoría de los humores de Hipócrates y Galeno seguía muy vigente. En esta teoría, del equilibrio de los cuatro humores dependía la salud, por lo que eliminar sangre del cuerpo parecía muy lógico en aquel momento.
El resultado fue un mercado voraz. Francia, por ejemplo, llegó a importar 42 millones de sanguijuelas al año en 1833. El hecho de que un hospital necesite tal volumen de animales hematófagos, obliga a contar con un sistema. Y ahí es donde entraban los recogedores de sanguijuelas.
El oficio más sucio a través de los pantanos
Si la demanda era monstruosa, la obtención también lo fue. Las sanguijuelas no se recolectaban en clínicas esterilizadas, sino en humedales, estanques, ríos y marismas. Muchos recogedores sufrían pérdidas importantes de sangre e infecciones, por lo que no extraña que este trabajo lo hiciesen, con frecuencia, personas pobres, sobre todo mujeres. Era un empleo precario fruto de la necesidad.

Y se trataba de un trabajo estacional, ya que en invierno las sanguijuelas estaban menos activas y era más difícil recolectarlas y, como toda industria desesperada, acabó rozando facetas espeluznantes. Si usar el propio cuerpo se convertía en poco eficiente, también se usaban caballos viejos como ‘imán’ de sanguijuelas, llevándolos al agua hasta que temblaban de agotamiento, para luego arrancar los animales de sus patas y de su vientre. Este maltrato animal formaba parte del ‘negocio de las sanguijuelas’.
¿Y cómo funcionaba el ‘dispositivo’?
La sanguijuela medicinal (como Hirudo medicinalis) tiene tres mandíbulas y segrega en su saliva sustancias anticoagulantes (como la hirudina) que hacen que la herida siga sangrando durante horas después de que el animal se haya desprendido, algo que permitía una sangría controlada y prolongada. Se necesitaba precisión para colocarla en el punto adecuado, y por eso se usaban tubos que guiaban al animal.
Y resultaba un método tan masivo que se aplicaba incluso a niños; se recomendaban cantidades concretas; y también aparecen usos ligados a lo que la época llamaba ‘condiciones femeninas’, con colocaciones de sanguijuelas hasta en las zonas íntimas de las mujeres. Un auténtico museo de los horrores en la actualidad, pero una práctica habitual en el siglo XIX.
Comercio y exportación
La fiebre de las sanguijuelas contagió a todo el mundo. Hubo tráfico internacional, moviéndose cifras enormes a mediados del siglo XIX, con exportaciones desde Alemania hacia América y con importaciones masivas en Francia.
Especialmente llamativo es el caso de Australia que, en la década de 1860, compañías como Negus and Co. en Melbourne, exportaban cientos de miles de sanguijuelas a Europa y América, porque la demanda en Inglaterra y el continente superaba la oferta.
¿Por qué desapareció el oficio?
Afortunadamente, con el paso del tiempo se cuestionó la utilidad médica de las sangrías y, por tanto, el uso de las sanguijuelas. También subió el precio debido a la demanda masiva que acabó disparando los costes y creó escasez.
Otro factor fue el cambió el paradigma, ya que la teoría germinal (de Louis Pasteur, desde la década de 1850) desmontó el viejo marco humoral como explicación universal de la enfermedad y la sobreexplotación y pérdida de hábitat de la sanguijuela medicinal acabó desbordando el vaso. Hirudo medicinalis disminuyó drásticamente e incluso llegó a considerarse desaparecida en gran parte de Europa y en las Islas Británicas, hasta redescubrimientos posteriores.