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El economista optimista que ganó el Nobel: «La tecnología no es el problema, el problema somos nosotros» | Papel

El padre de la más audaz explicación sobre el crecimiento económico tiene mucha fe en el futuro del ser humano a pesar de haber conocido los rigores de la posguerra y venir de una familia que sufrió el Holocausto. «Los países autocráticos tendrán menos éxito que los democráticos», dice


Jorge Benítez
/ Papel

La familia de Joel Mokyr tuvo una suerte desigual en el Holocausto. En 1942, sus padres y hermanos fueron enviados desde Holanda al gueto de Theresienstadt, situado en las proximidades de Praga. Consiguieron sobrevivir., mientras que la rama de sus tíos pereció en el campo de Mauthausen con una única excepción: su prima Ada, de tres años. Durante meses, los Mokyr supervivientes la buscaron, incluso publicando anuncios en los periódicos para dar con su paradero. Cuando fue encontrada, juraron cuidarla como a una hija y tener otro biológico para que fuera su compañero de infancia. Con ese propósito nació Joel.

La posguerra no fue menos dura para esta familia judía en su regreso a Leiden. En invierno, la falta de calefacción obligaba a que, para garantizar la supervivencia de Joel, estuviera siempre en la cama con alguien que lo abrazara para recibir calor humano con el fin de que no muriera de frío. Cuando cumplió los cinco años, nuestro protagonista quedó huérfano de padre, víctima de un cáncer fulminante. De él heredó una biblioteca que cambió su vida. La leyó entera a pesar de su edad. Las obras de Derecho le parecían áridas e incomprensibles. Sin embargo, las históricas le fascinaron. «Me encantaban porque eran historias que habían sucedido», recuerda. Sin haber llegado a la adolescencia, la familia al completo emigró a Haifa (Israel). Tras cumplir el servicio militar, Joel Mokyr se matriculó en la Universidad de Jerusalén con excelentes calificaciones.

A sus 80 años, es uno de los historiadores económicos más influyentes del mundo. Aparece en la pantalla del ordenador sentado en el despacho de su casa en un suburbio al norte de Chicago, rodeado de libros y con un cárdigan de lana lleno de bolitas. Su acento es gutural, con vocales marcadas y sonidos fricativos de quien ha tenido que manejarse en la vida en distintas lenguas, desde el neerlandés hasta el hebreo y el inglés.

«Soy muy optimista en cuanto a la capacidad humana para generar prosperidad -dice-. Creo que estamos a punto de lograr grandes avances en muchos campos. El sector energético está cambiando; también está la IA, que, aunque nadie sabe con certeza qué rumbo llevará, sí que hay un amplio consenso de que tendrá dos características: será veloz y muy potente...».

Hay quienes se muestran muy preocupados por los riesgos de su velocidad y potencia.

En ese sentido, el problema no es la tecnología, el problema somos nosotros. La tercera área cuyo desarrollo potencial no valoramos todavía debidamente es la medicina. Sólo el ARN mensajero va a tener un impacto en la salud comparable a la revolución de los antibióticos. El poder transformador de las nuevas técnicas sanitarias cambiarán radicalmente la vida de las personas. Permítame una predicción. La esperanza de vida se ha duplicado en los últimos 150 años. En su país, España, creo que ya ronda por los 82 años… Pues creo que podría duplicarse de nuevo.

¿Lo veremos nosotros?

Yo no, soy demasiado viejo, pero mis nietos y sus hijos puede que envejezcan más lentamente y lleguen a ser centenarios fuertes, capaces de jugar al golf o a los bolos.

El año pasado, la Real Academia Sueca de Ciencias otorgó a Mokyr el premio Nobel de Economía -junto a Philippe Aghion y Peter Howitt- por sus investigaciones sobre el progreso tecnológico y el crecimiento sostenido. A pesar de su incuestionable prestigio, lo cierto es que este académico no estaba en las quinielas, ya que su disciplina parecía ajena al radar tradicional del Nobel. Por eso cuando se le preguntaba por sus opciones, daba siempre la misma divertida respuesta: «Es más probable que me elijan papa a que lo gane… y eso que soy judío».

«Europa se ha quedado muy, muy atrás respecto a China y EEUU y no es consciente de ello»

En su vida, Mokyr ha demostrado ser un hombre leal a las cosas que más le importan. Una vez lograda con apenas 30 años una plaza de profesor asistente en EEUU, se volcó en apoyar la carrera académica de su mujer, Margalit, a quien había conocido mientras estudiaba Economía e Historia en Israel. Mientras ella se dedicaba a los estudios, él se encargó del cuidado de su bebé, de cocinar y de mecanografiar la tesis doctoral que ella estaba escribiendo. Leal también ha sido a la institución que apostó por su potencial siendo todavía un joven desconocido. Pese a que el sistema universitario estadounidense sea muy dado a la competencia y al mercado de fichajes de profesores entre centros, Mokyr no se ha movido del suyo, la Universidad de Northwestern, en medio siglo.

La excusa de esta conversación es su nuevo libro, Dos caminos hacia la prosperidad (Ed. Deusto), que firma con los profesores Avner Greif y Guido Tabellini, y que dedica a un tema fascinante que tiene en 2026 gran interés dada la rivalidad geopolítica entre China y Occidente.

Hace 1.000 años la china era la civilización más avanzada y sofisticada del planeta, mientras que Europa permanecía fragmentada, desangrada por guerras y políticamente atrasada. Sin embargo, contra todo pronóstico, en unos pocos siglos Europa consiguió liderar la Revolución Industrial, impulsar la democracia y reinar sobre la economía. ¿Qué es lo que sucedió para semejante vuelco? Explicar lo que se conoce como La Gran Divergencia -la gran brecha de prosperidad y poderío que se produjo entre Occidente y Asia- es una tarea compleja a la que Mokyr ha dedicado muchos años de estudio. Determinantes en el triunfo europeo fueron desde la naturaleza policéntrica del poder político y la competencia entre Estados europeos a su ambición por explorar y dominar nuevos territorios. Este profesor considera clave el papel de la Iglesia y su escala de valores, muy distinta al confucianismo con una medida que lo cambió todo: la prohibición religiosa del matrimonio entre parientes directos. Gracias a ella los europeos pudieron salirse de su entorno familiar y limitar el nepotismo habitual del sistema familiar y de clanes que regía la gobernanza china. «Gran parte de la modernidad económica implica tratar con gente desconocida, no sólo para comprarles cosas sino también para contratar a empleados».

En China todo estaba mucho más estructurado. El conocimiento y la educación fueron controlados por la Administración imperial, que funcionaba mediante un sistema de funcionarios muy competentes, pero que a su vez desincentivó la investigación y el emprendimiento, lo que a largo plazo resultó determinante. Todos los listos de cada familia querían ser altos funcionarios.

Al contrario de lo que se cree, la Gran Divergencia, que quedó clara en las Guerras del Opio del siglo XIX cuando China fue sometida, no se produjo, como se ha creído, exclusivamente por la diferencia tecnológica. Siglos antes, los chinos habían demostrado mayor capacidad de innovación, pero su ventaja no la supieron aprovechar tan bien como Europa. Tres inventos colosales en la Historia de la humanidad como la brújula, la pólvora y la imprenta nacieron en China. «Sabemos que imprimían libros siglos antes de Gutenberg», explica Mokyr. «Lo hacían de forma diferente, dado el gigantesco número de caracteres de su lengua, pero Europa, en apenas 50 años, imprimía, en términos per cápita, 10 veces más libros. La razón es que había más demanda y más curiosidad por aprender. Además, la impresión implicaba una pulsión revolucionaria, como demostró por ejemplo la Reforma, que era impensable en Oriente».

-Hoy la tendencia es muy diferente. Europa parece condenada a seguir la estela de EEUU y China.

-Podríamos tener una larga discusión sobre si Europa está perdiendo o si simplemente ha decidido que no vale la pena competir. Esto plantea un problema psicológico: ¿quieren los europeos ser realmente líderes tecnológicos? Lograrlo tiene grandes ventajas, pero también resulta muy caro. Puedes querer que los otros hagan el trabajo duro y luego beneficiarte de ello, aunque vayas rezagado. No estoy realmente seguro de que Europa esté perdiendo. Como economista, lo más importante para mí es la calidad de vida y el consumo. Los europeos viven mejor que los chinos y que la mayoría de estadounidenses. Ni que decir que los rusos.

Los trabajos de Mokyr se basan en la premisa de que cada ámbito de la economía tiene una historia, que puede narrarse desde los aranceles hasta las huelgas. Estudió durante décadas situaciones económicas que se habían producido a lo largo de los siglos para comprender cómo funcionaban tanto las personas como los mercados.

Uno de sus maestros fue Douglas North, Nobel de Economía en 1993, que teorizó sobre el papel de los derechos de propiedad como principales impulsores de la prosperidad. Pero Mokyr fue mucho más lejos. Se dio cuenta de que a lo largo de la Historia siempre se había producido una sucesión de imperios y cambios políticos, pero a su vez se registraban periodos en los que el crecimiento económico se estancaba. Eso se producía cuando el conocimiento transmitido entre generaciones no era cuestionado. O lo que es lo mismo: quienes se habían atrevido a discutir las ideas que estaban entonces vigentes habían sido olvidados o purgados. Según su investigación, para impulsar la ciencia y el pensamiento resultó necesario encontrar concepciones diferentes a lo establecido. Ser atrevidos, desafiantes. De esa manera, Mokyr articuló tres elementos claves del crecimiento económico. El primero es el conocimiento útil, que se basa en los inventos y creaciones de quienes buscan respuestas y resolver problemas. Sin él nadie habría inventado la anestesia para evitar el dolor en una operación médica ni cruzado el Atlántico en busca de nuevas rutas comerciales. El segundo es la mano de obra cualificada, que permitió una mayor competencia e impulsó la creación de las escuelas de oficios y las universidades. El último elemento de esta lista está formado por las instituciones que incentivan el avance tecnológico. Un paso que se dio cuando se dejó de quemar en la hoguera al intelectual hereje y se le permitió cuestionar lo conocido.

Hay una gran paradoja en el crecimiento económico, que vincula la mayor productividad con la libertad política. China ha puesto eso en jaque. Incluso la propia España, que de 1950 a 1975 vivía bajo una dictadura y adquirió un mayor crecimiento de productividad que el registrado durante medio siglo de democracia.

Lo que dice es correcto, pero no creo que haya una relación causal. La productividad con Franco partía de un punto muy bajo y así es más fácil crecer. Los años 30 en España son desastrosos, no sólo por el daño de la propia guerra, sino porque el país pierde a gran parte de su élite, que fallece o se marcha. Fíjese en Europa. Hasta los años 70, el crecimiento francés se conoce como los Años Gloriosos; está el milagro alemán, el auge de los Países Bajos, la industrialización italiana. Luego, con la crisis del petróleo, se ralentiza todo. Hay estudios que relacionan el crecimiento económico con la democracia y a mí esa conexión me parece débil. Ahora bien, si por ejemplo nos planteamos cómo se hubiera desarrollado China en el caso de haber sido una democracia, la respuesta es muy compleja, ya que hay muchas variables. Mi impresión, por lo que he estudiado, es que, a largo plazo, los países autocráticos tendrán menos éxito que los democráticos.

Muchos jóvenes occidentales reconocen en las encuestas que prefieren prosperidad económica a libertad política.

Sí, es un tema inquietante. Mi impresión es que las personas que no tienen libertades políticas no aprecian su importancia hasta que las pierden.

Fuente: https://www.elmundo.es/papel/historias/2026/10/19/6ad62d1be4d4d8936c8b459a.html

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