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El cetro de Catalina II de Rusia, la primera mujer que ejerció su cargo sin rendir cuentas a nadie sobre su vida íntima | Vanity Fair

Catalina II fue coronada emperatriz de todas las Rusias el 22 de septiembre en la Catedral de la Asunción del Kremlin de Moscú. La historia de su cetro protagoniza el capítulo que avanzamos en primicia de Reyes que vivieron como reyes. Monarquía y Lujo, el nuevo libro de César Andrés Baciero.

Retrato de Catalina la Grande de Stefano Torelli. Getty Images

Por César Andrés Baciero / Vanity Fair

Reyes que vivieron como reyes. Monarquía y lujo (La Esfera de los libros) es un retrato, explicado con 22 ejemplos concretos, de cómo los monarcas del pasado vivieron como reyes, en el sentido literal y metafórico de la expresión, amparados por la idea de que sus majestades debían presentarse como el espejo en el que se viera representada la magnificencia de sus reinos.

César Andrés Baciero, nuestro hombre en Palacio: “Doña Letizia no llevará mantilla, pero sí mucho encaje que es muy español»

El periodista y comunicador publica Reyes que vivieron como reyes. Monarquía y lujo, un compendio en el que revela que Carlos II se fabricó una peluca con el vello púbico de sus favoritas o que Margarita de Austria le daba al búcaro. Para escribirlo ha traducido hasta del cirílico. Así nos ilustra con conocimiento de causa sobre Catalina la Grande, “una tía chulísima”.

LLEGÓ LA MAMI, LA REINA, LA DURA, UNA BUGATTI. EL CETRO DE CATALINA II DE RUSIA

La mosquita muerta de la prinzessin Sophie Friederike Auguste von Anhalt-Zerbst resultó ser una mujer de armas tomar. Una superwoman de cómic de ciencia ficción. Hija de los príncipes Cristian Augusto de Anhalt-Zerbst y Juana Isabel de Holstein-Gottorp, nació el 2 de mayo de 1729 en Stettin, hoy Szczecin (Polonia), en el reino de Prusia. Con quince años fue elegida a dedo por la zarina Isabel I de Rusia, a la que no le hacía falta cenar sardinas para beber agua, como esposa de
su sobrino y heredero de dieciséis años, el gran duque Petya, Pedrito, bautizado previamente en la fe luterana como Karl Peter Ulrich von Holstein-Gottorp. Doña Juana daba volteretas de alegría. Les había tocado el premio gordo. Bien que se había esmerado ella en educar a la neneta para que no fuera tasada en el mercado de los partidazos únicamente como la hija del tercerón de su padre. Su prometido, al que daba sopas con ondas, no le preguntó a la premiada ni aquello que entonaban con chulería los Burning: «¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? / ¿Qué clase de aventura has venido a buscar?».

Para meterse a los rusos en el bolsillo, Sophiechen aprendió su idioma y se convirtió al cristianismo ortodoxo como Ekaterina Alekséyevna. No bailó la Kalinka porque habría cometido un
anacronismo impropio de su agudeza. Durante la luna de miel, Catalina confirmó que su primo segundo era más infantil que un sonajero, un niño en el cuerpo de un hombrecito que prefería
estar de carallada con los colegas a acostarse con ella. Cuando se encamaban, rara vez, no era para jugar a los médicos, vamos, ni con la luz apagada, sino a las batallitas con miniaturas de soldados y cañones. Catalina escribió en sus memorias: «Con frecuencia me reía, pero era aún más frecuente que me sintiese fatigada e incluso molesta: todo el lecho terminaba cubierto y desbordaba muñecos y juguetes a veces bastante pesados».

Pedrito, de origen alemán también, detestaba todo lo ruso y no hizo ni el huevo para ganarse el cariño, el respeto, la tolerancia o la indiferencia de los habitantes de las tierras de las matrioskas. Más bien al contrario. Cuando murió su tita, la Venus Rusa, el 5 de enero de 1762, con 8.700 vestidos en el armario, Karl Peter Ulrich se convirtió en zar, como Pedro III, de lo que él consideraba un pueblo de paletos. Ciento ochenta y pico días después, la consorte Katyusha, con carita de no haber roto un plato en su vida, bajó del trono a su majestad imperial de un golpe (de Estado) y lo encerró bajo llave. Caramba, carambita, carambirulí. Mira que cesar el combate
contra Federico II de Prusia, el Grande, por mucho que lo admirase, cuando lo tenía contra las cuerdas. Al nada, él solito se murió. O más bien lo murieron las hemorroides. Eso dijo Ekaterina Alekséyevna. Se acabó lo de sufrir en silencio. Mantenerlo con vida a gastos pagados en el Palacio de Ropsha era tontería. Además, teniendo un «cuñado», Alekséi Orlov (hermano de su amigo con derecho a roce, Grigori), encantado —presuntamente— de asfixiarlo, era, desde todo
punto de vista, del género bobo. Y los golpistas Orlov no eran imbéciles. Muerto, Pedro III se podía revolver en su tumba, pero no pagar con la misma moneda a su viuda alegre ni a los
acólitos de esta.

El cetro de Catalina II de Rusia la primera mujer que ejerció su cargo sin rendir cuentas a nadie sobre su vida íntima

Catalina II fue coronada emperatriz de todas las Rusias el 22 de septiembre en la Catedral de la Asunción del Kremlin de Moscú. Como era costumbre desde la subida al trono de Catalina I en 1724, las Insignias de Coronación se expusieron al público durante más de dos semanas. Los visitantes de la muestra se quedaron boquiabiertos contemplando la nueva corona. El sombrero de Katyusha, elaborado en dos meses y medio, resplandece más que una aurora boreal. No es para menos, su estructura de plata sobredorada tiene engastados 5.012 pedruscos valorados entonces en dos millones de rublos. La mayoría de los 4.936 diamantes se aprovecharon del birrete de la emperatriz Isabel. La espinela, de casi 400 quilates, es la misma que había usado en su tocado de coronación Catalina I y que sus sucesores reciclaron en los suyos. Los diamantes simbolizan poder. Mucho antes de que Marylin Monroe gorjeara aquello de «Diamonds are girl’s best friend», ya eran los mejores amigos de las Cayetanas (y de los Cayetanos). Durante el gobierno de Catalina II, la Rusia caviar se volvió completamente majareta por ellos, llegando a engarzarse en toda clase de objetos, incluidos los estuches y las fichas de los juegos de
naipes. Con el hambre que pasaban el resto de todas las Rusias.

Pero como Katy fue un mujerón de ordeno y mando —como casi todos los jefes de Estado—, no voy a regodearme en la descripción de su mitra, sino en la de su cetro, emblema de autoridad por excelencia de todo mandamás que se precie. Una vara de oro que no fue mostrada al público junto al resto de cacharros, no porque esté adornada con un chisme, sino porque todavía no existía. En su graduación, Katyusha usó la del Gran Atuendo de Miguel I, muy mona también, manufacturada
probablemente para el zar Borís Godunov a finales del siglo XVI o principios del XVII.

El cetro de Catalina II de Rusia la primera mujer que ejerció su cargo sin rendir cuentas a nadie sobre su vida íntima
© ALBUM / ALAMY STOCK PHOTO

El Cetro de Catalina fue elaborado después de su coronación por el espléndido orfebre de corte Leopold Pfisterer, un vienés al que la zarina había fichado en el mercado internacional de invierno en 1763. El bastón se divide visualmente en un mango, dos partes centrales y una superior. En la punta de lanza vigila el águila exployada (bicéfala y con las alas al viento) del escudo de armas del Imperio ruso. Los zares se reconocían herederos de los emperadores bizantinos, de los que tomaron el ave bicípite explayada, por el matrimonio de Sofía Paleóloga, sobrina de Constantino XII, con Iván III de Moscú.

Las cabezas del pájaro están rematadas con dos coronas de diamantes entre las que se aposenta otra, igualmente con imperiales, más notable. Originalmente aludían a los tres grandes kanatos —Kazán, Astracán y Siberia— conquistados por Iván IV de Moscovia, el Terrible, en la segunda mitad del siglo XVI. En tiempos de Ekaterina, personificaban la integridad y universalidad del imperio.

El Gran Principado de Moscú (Moscovia) está representado en el blasón, sobre el estómago aviar, por su patrón, san Jorge, matando el dragón, imagen resobada del bien sobre el mal. El collar de la orden de caballería de San Andrés, fundada por Pedro I el Grande en 1698 en honor del santo patrono de Rusia, el primero de los doce apóstoles llamado por Jesús a serlo, rodea la escena.

En la garra derecha, el ave rapaz apresa un cetro y en la contraria, un orbe. El plumaje sable (negro azabache), como el san Jorge ecuestre, el dragón y el collar, se consiguió con esmalte. La varita y el globo son de oro y diamantes. Catalina también mandó bordar el águila bicéfala, como habían hecho otros zares en sus mantos, en su vestido de coronación, un modelo a la francesa elaborado localmente con brocado de seda plateado y apliques de encaje de Brabante. La falda, con más de cinco metros de diámetro y una cola de tres metros y medio, fue ahuecada con un tontillo fuera de serie. No era larga ni nada la tía; una gran maestra de escena. Por algo ha pasado a la historia con el sobrenombre de Ekaterina Velikaya, Catalina la Grande.

El diamante talla rosa india con alrededor de 180 facetas, entre el asta y el águila del cetro, se incluyó, enmarcado en plata con brillantes, en 1774. El mineralogista Aleksandr Yevguénievich
Fersman lo describió en Russia’s treasure of diamonds and precious stones, publicado originalmente en 1925 en ruso, como «una piedra grande y notable, tallada de forma extraña y muy clara, salvo por un ligero matiz azul verdoso. En esta piedra también se puede observar una pequeña excavación (ángulo interno), conocida desde hace mucho tiempo y que siempre ha desconcertado a los expertos». A Catalina, que bromeó sobre su peso cercano a los 190 quilates en una carta enviada a su sesudo amigo Voltaire, se lo había regalado en el atardecer del año anterior el conde Grigori Grigórievich Orlov, general jefe de artillería y, como he adelantado unas líneas más arriba, concubino de la zarina. Entre la nobleza, a la que aseguró haberse metido en el bolsillo memorizando «los nombres de sus carlinos, de sus loros y de sus bufones», era conocida como «la catadora de amantes». Su primogénito, el futuro Pablo I, fue, según dejó caer Katy, consecuencia de su buen entendimiento con el primero de su lista de conquistas, Serguéi Vasílievich Saltikov. Que nadie piense que Pedrito no le puso los cuernos a Catalina. Como aquella gira de Ana Belén y Víctor Manuel en la que invitaban a diferentes artistas a subir al escenario con
ellos (por separado o revueltos), el biopic sobre este connubio se podría titular: Mucho más que dos.

El cetro de Catalina II de Rusia la primera mujer que ejerció su cargo sin rendir cuentas a nadie sobre su vida íntima
© ELKAN WIJNBERG / WIKIMEDIA COMMONS

Transcurrida una década desde que Grigori Orlov alzó a la Guardia Real contra Pedro III y proclamó como emperaora a su pimpolla, esta perdió el interés en él. Y es que, como piaba el irrepetible Bambino: «El amor no puede estar por siempre a nuestro lado / Y es que el amor / cambia su curso de año en año / Y es que el amor / viene y se va como las golondrinas /
Y hay que darle de beber amor / en cada esquina, amor…». A esas alturas de la película Ekaterina Alekséyevna prefería dar de beber, «en cada esquina, amor, amor», a un nuevo compañero
sentimental, otro militar de éxito y, casualidades de la vida, registrado con el mismo nombre, Grigori, Grigori Aleksándrovich Potemkin. El niño de sus ojos al que cuentan falsamente que Orlov, verde de celos, dejó tuerto con un taco de billar mientras sonaba de fondo Dos hombres y un destino de David Bustamante y Álex Casademunt: «Por el amor de esa mujer / somos dos hombres con un mismo destino / Pero yo sé que ella me quiere a mí /y que juega contigo…». Potemkin no paraba de cosechar triunfos en la guerra contra el Imperio otomano y a su majestad imperial tanta victoria le ponía como la nave espacial Vostok. «¡Eres tan apuesto, tan listo, tan alegre y tan ingenioso! Cuando estoy contigo no doy ninguna importancia al mundo. Nunca he sido tan feliz», le escribía la zari a su soldado del amor. Lo amaba tanto que se cabreaba como una mona por ello: «He dado órdenes estrictas a la totalidad de mi cuerpo, hasta el último pelo, de que deje de mostrarte el más mínimo signo de amor. ¡Oh, monsieur Potemkin! Qué broma me habéis gastado que habéis desequilibrado mi mente considerada hasta ahora una de las mejores de Europa. Qué vergüenza». Con semejante enganchón, como para dejarse impresionar por un diamante más pequeño que una pelota de hockey ruso. A Orlov no le hubiera valido ni un amarre para recuperarla.

Sobre el origen del Diamante Orlov, o Diamante Orlov Blanco (existe uno negro), hay diversas teorías. Las dos más conocidas comienzan con el clásico de la gemología: «Érase una vez en Golconda», la región india donde probablemente fue hallado, alrededor de 1650, en la mina de Kollur, en el margen derecho del río Krishna. La leyenda más novelera la hizo viral el diplomático galo Louis Dutens al incluirla en su libro Des pierres précieuses et des pierres fines… (1776), en el que cuenta que el diamante sirvió como ojo a una estatua del sonriente dios Ranganatha, en un templo de Srirangam, en el estado indio sureño de Tamil Nadu, hasta que un soldado francés lo
dejó tuerto «como Orlov a Potemkin». Según la tradición, el guerrero galo (algunos le dan el nombre de Yves Desroches) desertó del ejército durante las guerras carnáticas y se «amancebó
» con unos monjes hindúes. El rufián ya le había echado el ojo a la gema. Convertido en uno más de la comunidad religiosa, aprovechó una oscura noche de tormenta para hacerse con el botín. Cuando fue a echar mano al diamante de la segunda cuenca, le entró la paranoia (Ranganatha parecía irritado), se hizo caca en su dhoti y tomó las de Villadiego. Otras versiones dicen que el ojo que birló fue el tercero, en medio de la frente, de una figura del dios Shiva. En Madrás (actual Chennai), Desroches (o como pizda se llamara) cansado de regatear, se lo acabó malvendiendo por 2.000 libras esterlinas a un capitán inglés, quien luego lo revendió en Londres por 12.000. El diamante reapareció en Ámsterdam, en la cartera de productos de un comerciante llamado Grigori Safras, personaje secundario (otro Grisha que añadir a este carajal), en el que convergen las dos historias más extendidas, la Roma a la que llevan todos los caminos.

El cetro de Catalina II de Rusia la primera mujer que ejerció su cargo sin rendir cuentas a nadie sobre su vida íntima
©PICTORIAL PRESS LTD / ALAMY STOCK PHOTO

La biografía más probable del Diamante Orlov es igual de insólita. Como se suele decir, «la realidad supera a la ficción»; la vida de Catalina II basta para dar sentido a esta frase hecha o, como berrean los Ojete Calor, «frase de 0,60». Una vez encontrada la gema en Golconda pasó a engordar la colección del emperador mogol Shah Jahan I, quien encargó al lapidario veneciano Hortensio Borgio que la tallara. En 1665 fue estudiada por Jean-Baptiste Tavernier durante uno de sus viajes. En Les six voyages (1676), el comerciante de piedras parisino apuntó: «La primera pieza que el guardián del Tesoro me puso en las manos fue el gran diamante que está tallado en rosa, redondo y muy alto por un lado. Tiene debajo una pequeña muesca y un pequeño defecto; pero el agua [pureza] es muy hermosa. Pesa 319 ratis y medio, lo que equivale a 280 de nuestros quilates […]. Su forma es como si se cortara un huevo por la mitad». ¡Bingo! ¡El señor ha cantado bingo! La descripción del bendecido como Gran Mogol coincide con la del Diamante Orlov, aunque Tavernier calculó mal su masa. En bruto, aseveró el trotamundos, había pesado 787 quilates.

En 1739, Nader Shah de Persia conquistó Delhi, capital del Imperio mogol, y se llevó a casa las riquezas del enemigo abatido. Ocho años después el emperador fue asesinado, estallando una guerra civil, y el diamante Gran Mogol desapareció. Dicen que ningún perdido se pierde. Lo mismo sí estaba en el templo de Ranganatha, en Srirangam, a huevo para que el desertor gabacho se lo mangara al dios hindú. En 1760 fue llevado por un comerciante persa, el citado Grigori Safras (o Shafrass), de Isfahan a Ámsterdam; donde al parecer fue adquirido por el que se cree sobrino de su esposa, Iván Lazarevich Lázarev, proveedor de joyas y piedras preciosas de Katysusha, a quien,
en 1773, se lo mercó el conde Grigori Orlov por 1.400.000 florines holandeses, unos 400.000 rublos de la época según varias fuentes. No faltan los que están convencidos de que fue la zarina Catalina, quien, usando los fondos estatales, se hizo con el gran diamante a través de su ex, con el que seguía manteniendo una envidiable relación de amistad, para evitar ser acusada de manirrota.

El cetro de Catalina II de Rusia la primera mujer que ejerció su cargo sin rendir cuentas a nadie sobre su vida íntima
© Getty Images.

Fuera como fuese, el conde no volvió a ocupar un hueco en la piltra de Katy. Una lideresa a la que muchas veces han biografiado subyugada a los vaivenes de sus queridos. Federico II de Prusia, aludiendo claramente a su rival, dijo: «En el gobierno femenino, el coño tiene más influencia que una política por la razón». El Grande se podía haber metido la pulla a la Grande por donde le cupiese. Catalina II disfrutó de sus barraganes —a varios los reconoció en su autobiografía—, pero no perdió la cabeza por ninguno. No compartió la batuta con nadie. Encarnó como pocos el ideal de gobernante del despotismo ilustrado: «Todo por el pueblo, pero sin el pueblo». El apelativo
de «la Grande» se lo ganó a pulso. Durante su reinado de treinta y cuatro años logró expandir y modernizar el imperio (aunque reforzó el régimen de servidumbre) convirtiéndolo en una gran potencia europea. Nadie ha conseguido borrar su profunda huella, ni su hijo —que la tenía atravesadísima—, ni los bolcheviques con sus novelas sobre sexo equino, ni los nazis con sus fotos de gabinetes eróticos secretos. Como en conjunto no se puede atacar su legado, se exagera su apetito sexual. Al fin y al cabo, fue la primera mujer en ejercer el cargo sin rendir cuentas a nadie sobre su vida íntima. Ella se sabía diferente. En sus memorias, que como las de Cristina Ortiz la Veneno un editor con olfato para las ventas habría titulado Ni puta ni santa, aseguró: «En lo más íntimo de mi alma había algo que no me permitía dudar ni un solo instante de que tarde o temprano me convertiría en la soberana emperatriz de Rusia por derecho propio».

Todos los sucesores de Catalina II en el trono ruso fueron coronados con la regalía de esta usurpadora, incluido el cetro, que con el Diamante Orlov alcanzó una altura de 59,5 centímetros y un peso de 604,12 gramos. En un inventario de 1865 su valor fue estimado en 2.399.410 rublos, de los cuales, 2.395.750 correspondían al diamantón. Napoleón I se había vuelto tarumba buscándolo cuando entró en Moscú el 14 de septiembre de 1812 y se topó con un Kremlin fantasma. El ejército ruso del zar Alejandro I, nieto de Catalina, había llevado a cabo la estrategia de tierra arrasada o quemada. El emperador de los franceses no lo encontró cuando se extinguieron las montañas de fuego. Como simplificaba Winnie de Pooh: hay que buscar las cosas donde están. No se sabe dónde fue escondido; se especula con que se enterró en la sepultura de un menesteroso ¿Quién demonios iba a mirar ahí? Dos siglos después de que la resabiada Sophie Friederike Auguste von Anhalt-Zerbst hiciera mutis por el foro (no murió a consecuencia de una hemorragia provocada al ser penetrada vaginalmente por un caballo, sino de un derrame cerebral), el que quiera gastar 299,99 dólares se puede hacer con una réplica de la vara de Katy. La original, acreditada como Cetro Imperial, está expuesta en el Fondo de Diamantes de la Armería del Kremlin de Moscú. Aunque, como anunciaba Rocío Jurado, LA MÁS GRANDE, en un comercial de Titanlux para promocionar un nuevo esmalte acrílico de la marca barcelonesa de pinturas que podía confundirse con uno sintético: «Es lo mismo, pero no es lo mismo».

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Fuente: https://www.revistavanityfair.es/articulos/el-cetro-de-catalina-ii-de-rusia-diamante-orlov

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