«Puedes tener una discusión muy sensible y estar relajado». Es el secreto que guardan los cocos de los que bebieron Macron o Carlos III, y que representa hasta el 70% del comercio en islas como Vanuatu. La demanda es enorme: Trump no les preocupa

Gonzalo Aguirregomezcorta
En el Pacífico Sur, las cosas serias se hablan mientras se bebe kava, la ancestral planta sagrada cuyo ritual amansa a las fieras. La bebida de los dioses con la que se celebran buenas nuevas, se ofrecen bienvenidas y despedidas sin retorno. En Vanuatu, a diferencia de en Fiji, los locales la consumen cuando las raíces aún están frescas y verdes, tras cuatro o cinco años de cultivo. Después de mezclarla con agua, el aroma, el sabor y el efecto son más intensos. Dicen los isleños que los elevados niveles de relajación muscular y bienestar no afectan al aspecto cognitivo. Para ellos, beber kava es una tradición social que sirve para desconectar al final del día. También la usan cuando hay que hablar en plata. «Puedes tener una discusión muy sensible y estar relajado. Nadie se sobreexcita. Así solucionamos los problemas en el Pacífico. Los tratos se hacen con kava».
Michael Louze —propietario en South Seas Commodities y gerente en Pacificava— es responsable de exportar 30 de las 1.000 toneladas anuales que llegan desde Vanuatu a Estados Unidos. Allí se envían las raíces secas. A diferencia de las frescas, su intensidad es menor aunque suficiente para satisfacer las necesidades de una población estadounidense difícil de saciar y con ansias de ampliar el espectro de sustancias de uso recreativo.

Su consumo es cada vez más trendy en las boticas de medicina alternativa, en los llamados kava bars, un concepto en auge donde se ofrecen experiencias o rituales sedantes más light, o en productos procesados que incluyen algunos componentes activos de la kava. En EEUU adoran sus propiedades. La mezcla culmen es el café kava, donde los componentes energéticos de lo uno conviven con los sedantes de lo otro. El pulsómetro de las tarifas de Trump en el Pacífico pasa por esta planta única convertida en la auténtica joya de Vanuatu —la kava supone un 79% de sus exportaciones totales— y del resto del Pacífico. Con razón lleva el sobrenombre de oro verde.
Louze envía entre un 80 y un 85% de su producto a EEUU. Le gustaría hablar en plata con Donald Trump. Le tendería medio coco para que bebiera del brebaje salido de la raíz fresca, no de la seca. Sería el punto de partida para valorar a golpe de palabra los giros de timón del estadounidense. «Así es como se tienen la discusiones serias, alrededor de kava», bromea. «Estoy convencido de que después de varios cuencos tendríamos una gran conversación. Seguro que se pasaría a nuestro lado y pediría más sesiones de kava. Muchos problemas serían resueltos si más líderes mundiales la bebieran», puntualiza. En sus visitas a la isla lo han hecho Emmanuel Macron o Carlos III.
El primer trago de Trump sería terroso, amargo y con un regusto similar al de un detergente. Su boca y su lengua quedarían anestesiadas y los efectos relajantes llegarían después. Quizás también las buenas intenciones. No crea adicción, aunque varios países lo consideran una droga ilegal. El primer momento de gloria de la kava fue entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando los colonizadores europeos se dieron cuenta de sus propiedades medicinales, especialmente para combatir enfermedades de transmisión sexual como la gorronea. «Cuando llegaron al Pacífico Sur, vieron que los indígenas de las islas no estaban impactados por estas infecciones porque se trataban con kava», explica Louze.
Su uso fue de lo más extendido en la medicina hasta la comercialización de los antibióticos durante la Segunda Guerra Mundial. En los años noventa hubo un resurgir clínico de la planta, especialmente en EEUU y Alemania. Sin embargo, entre 2002 y 2003, Berlín relacionó algunos casos de fallas en el hígado con la kava. La prohibió. Aquello provocó un efecto en cadena que tocó pero no hundió a este sector que da de comer a más de un 8% de isleños. No sólo en Vanuatu. También en Fiji, Tonga, Samoa, la Polinesia Francesa y otras naciones del Pacífico Sur.

A pesar de que EEUU es su principal socio comercial, la dirección del pulgar de Trump al respecto de las tarifas no afecta demasiado a la frecuencia cardiaca de granjeros, agentes y exportadores de Vanuatu. El pulso es óptimo porque la demanda de kava es mayor a la capacidad de producción. «Nunca antes en la historia los precios han sido tan altos como ahora», sostiene Louze. Reconoce que el anuncio inicial de imponer una tarifa del 22% a Vanuatu le sorprendió, aunque afirma contundente que los granjeros no se verían afectados. «Lidiamos con desastres naturales todo el tiempo», recuerda, «las tarifas nos impactarían un poco pero no sería catastrófico». La pausa en las imposiciones arancelarias anunciada por Trump este miércoles ha evitado una ralentización del mercado de kava ya que «los pedidos se hubieran parado un par de meses, pero ya está», afirma. «Al final, el consumidor estadounidense sería el que notaría la subida del precio». El que Fiji tenga un arancel del 32% también beneficiaría a Vanuatu.
Las plantaciones de kava son, según Louze, como una cuenta de ahorros. «Los granjeros pueden cultivarlas el tiempo que quieran, recolectar en cualquier época del año y venderlas cuando lo necesiten: si tienen que pagar los estudios de sus hijos, gastos médicos o una camioneta. Siempre hay demanda», agrega. Principalmente porque la calidad es suprema tras un proceso de selección de miles de años. «Se plantaba, se seleccionaba, se volvía a plantar y se seleccionaba de nuevo y así generación tras generación. Se ha conseguido una planta muy perfeccionada».
Los granjeros se embolsan en la actualidad unos siete dólares por kilogramo de kava antes de llegar a manos de las compañías exportadoras, un precio récord potenciado también por la demanda del mercado local. De las islas de Vanuatu a la capital, Port Vila, van a parar 120 toneladas de kava a la semana. China, Fiji, Nueva Caledonia e incluso España son otros de los mercados que salvarían las castañas del fuego a la kava de Vanuatu en caso de que Trump aplique los aranceles prometidos en 90 días.
Fuente: https://www.elmundo.es/cronica/2025/04/19/67f9218ee9cf4a7c308b45a1.html