El nuevo Premio Princesa de Asturias de Humanidades lamenta que la visión de las migraciones esté marcada por datos falsos, relatos catastróficos y hasta errores de traducción.

Pablo R. Suanzes / PAPEL
CorresponsalWashington D.C.
Pocas horas después de que Donald Trump derrotara a Kamala Harris, Douglas Massey, profesor de Sociología en Princeton, mandó un lúgubre correo a sus amigos. «La mayoría de los votantes parece aceptar el sombrío mensaje de una nación en decadencia, con su falsa narrativa de una economía en crisis, el aumento de la delincuencia y las minorías depredadoras y la amenaza existencial de los radicales de izquierda. La campaña de Trump fue abiertamente racista, xenófoba y autoritaria y sus partidarios parecen dispuestos a abandonar la democracia en apoyo de un demagogo autocrático que promete ‘arreglarlo todo’ mientras aviva su ira, resentimiento y prejuicios», escribía. «Una vez en el poder, con un Congreso y un poder judicial controlados por los republicanos, Trump gobernará despóticamente como un populista, basándose en su comprensión desinformada y cada vez más delirante de la nación y sus desafíos, causando estragos en la economía política estadounidense y el orden político global».
Han pasado siete meses de ese mensaje y sólo cuatro y medio desde que Trump se sentó en el Despacho Oval, pero el análisis-profecía de Massey, el nuevo Premio Princesa de Ciencias Sociales, se ha hecho realidad punto por punto. La retórica es mucho más oscura que en el primer mandato Trump, los métodos son más agresivos y los objetivos, impensables en 2017. Los partidarios del presidente aplauden sus medidas, por duras o crueles que sean, y le perdonan cualquier amenaza, exabrupto o indulto pagado. El orden internacional nacido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial está saltando por los aires.
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La «falsa narrativa» es una constante, desde la situación de la economía, ya en contracción, a los acuerdos comerciales que asegura firmará con cientos de países. Del Estado de Derecho y las amenazas a aliados a la situación migratoria. El ejemplo más significativo es quizá el hecho de que Trump hable cada semana de «millones de delincuentes» llegados a EEUU con la complicidad de Joe Biden, desde cárceles e «instituciones mentales». En algún momento, hace años, Trump confundió el significado de la palabra asilo (asylum) con su homónima que se refiere a una institución mental.Desde entonces, piensa que los solicitantes de la condición jurídica de refugiado son personas con problemas mentales.
Massey, uno de los mayores expertos en migraciones del mundo y la gran referencia en lo que afecta a la frontera sur de EEUU dese hace medio siglo, se desespera con lo que ve, escucha y lee. No es sólo Trump, inventándose cifras de una «invasión de más de 21 millones de inmigrantes ilegales», sino el silencio de su oposición, incapaz de cuestionar ni las formas ni el fondo de su discurso. «Los demócratas han sido cómplices del despliegue de políticas antiinmigrantes durante dos décadas. Ha pasado mucho tiempo desde que un demócrata dijo: ‘Estados Unidos es un país de inmigrantes, siempre lo ha sido. Los inmigrantes hicieron grande a EEUU en el pasado y lo harán en el futuro. Necesitamos más inmigrantes, no menos. Nadie hace eso. Al revés, los progresistas han aceptado la tesis de los republicanos. Clinton militarizó la frontera, Obama deportó a una cantidad récord de personas. Si se acepta eso, se pierde. Es necesario articular una narrativa diferente, algo que los demócratas no logran desde Kennedy», dice con pesar.

Para Massey, el problema es de fondo, muy de fondo. Hay errores de concepto en las migraciones, en los datos y, por eso, las políticas públicas desde los años 80 han carecido de lógica, proporcionalidad y visión de futuro. «Estados Unidos no tiene una crisis migratoria. Es una crisis humanitaria que se ha convertido en crisis política», explica en una larga entrevista con PAPEL. «La crisis humanitaria surge porque el tráfico en la frontera entre México y Estados Unidos ha cambiado drásticamente. Lo que solía ser un flujo de mexicanos en busca de trabajo se ha convertido en un flujo de familias que huyen de las amenazas en su país. Ahora, cruzan la frontera y buscan trabajo, por supuesto, así que se convierten en migrantes económicos. Pero la motivación principal era escapar de una amenaza. Trump ha politizado la migración generando un nivel de hostilidad que no veíamos desde la Ley de Exclusión China, cuando los estadounidenses temían el envenenamiento racial de los extranjeros asiáticos», dice.
La cuestión migratoria es el vector principal en la política de medio planeta. Decide elecciones, tumba gobiernos, aúpa a fuerzas radicales y aúna mensajes en la izquierda y la derecha. «El rechazo es parte de una rebelión amplia contra la globalización. Puede suceder que las políticas de mano dura, represión, militarización y deportaciones masivas logren temporalmente su objetivo, pero el panorama no será alentador, será malo para todos. Piensen en la última vez que la globalización fracasó, de 1900 a 1920. Todos los países se replegaron sobre sí mismos, implementaron políticas anti inmigración y se volvieron autocráticos y violentos. El resultado fue una depresión mundial y la Segunda Guerra Mundial. No fue hasta la posguerra, cuando se estableció un nuevo marco y las organizaciones multilaterales construyeron una economía global basada en el comercio y la circulación de personas, que comenzamos a progresar de nuevo. Pero ahora ese sistema se desmorona. Y cuando sistemas así se desmoronan, nadie sale ganando».
Clinton militarizó la frontera, Obama deportó a una cantidad récord de personas. Si se acepta eso, se pierde
Douglas Massey
Massey habla pausado y tranquilo pero no oculta su frustración. Fue un pionero en su campo con el método de las etnoencuestas. Él y su equipo identificaron una serie de comunidades en el norte de México e hicieron un seguimiento preciso a lo largo de décadas que les permitió entender de forma precisa los patrones migratorios: los determinantes de salida y de retorno y el impacto de los cambios en la política de EEUU sobre las tasas de emigración desde México. Su trabajo, lento, específico y caro, lo ha convertido en una celebridad en su mundo, la figura con la que todo el mundo quiere trabajar y firmar sus artículos.
Massey se desespera al hablar del pasado y del presente. «Casi todas las medidas migratorias que Estados Unidos ha implementado han sido contraproducentes, crueles o perjudiciales», dice. «En 1965, el Congreso quería erradicar el racismo del sistema migratorio estadounidense, que en la práctica discriminaba a muchas comunidades del sur o el este de Europa y de Asia para ‘preservar la homogeneidad’. Así que implementó una nueva política de cuotas que limitaba la cantidad de trabajadores por hemisferio y la cantidad de personas que entraba. Canceló el Programa Bracero, que había funcionado durante 22 años. Nadie pensó en lo que les sucedería a los que estaban por llegar, así que la migración continuó, pero como era indocumentada, se convirtió en un problema político que condujo a la militarización de la frontera. Y la militarización de la frontera fue contraproducente, porque no impidió que la gente viniera a trabajar. Sí hizo que todo fuera más difícil todo y supuso que la gente ya no volviera a su país de origen, porque esto aumentaba los costos y los riesgos. La gente ya no quería circular de un lado a otro. Simplemente se quedaba», dice.
En 2008, con la Gran Recesión, la migración mexicana se volvió negativa durante 10 años. De 2008 a 2018 hubo una salida de mexicanos de Estados Unidos y la población indocumentada se redujo en aproximadamente 1.5 millones de personas. «Irónicamente, fue entonces cuando apareció Trump y anunció su muro».
Hemos cambiado los trabajadores por refugiados y solicitantes de asilo. Gente que no se detendrá porque su vida está en juego. Ese es el caso de Venezuela
Douglas Massey
Lo que ocurre desde entonces es otro fenómeno completamente diferente. Los mexicanos ya no son el flujo dominante porque su lugar lo han ocupado los centroamericanos. «Hemos cambiado los trabajadores por refugiados y solicitantes de asilo. Gente que no se detendrá porque su vida está en juego. Ese también es el caso de Venezuela, donde la población se va básicamente porque la sociedad se ha derrumbado, y el Gobierno es completamente criminal», avisa.
Mientras que en el pasado la migración «era estable y relativamente fácil de administrar, en la actualidad es cada vez más caótica e impredecible y plantea mayores retos a los gobiernos», prosigue. «La migración ya no sólo va en busca de oportunidades, mejores salarios, mejores empleos. Cada vez más, se debe al calentamiento global, el auge de la autocracia en el mundo, la violencia civil y militar y las dislocaciones económicas. Esos factores no van a desaparecer pronto. Al revés, van a empeorar. Habrá más migrantes forzados y personas desplazadas».
Massey sabe que no hay recetas mágicas, pero incide en que el problema es político, sociológico y a menudo psicológico, más que demográfico. «Necesitamos a los inmigrantes. Europa necesita a los inmigrantes. Si observamos la distribución por edades, la fertilidad, la desintegración de la economía global más industrializada… Ese es el tema subyacente de lo que estoy hablando y cerrar fronteras, deportar y demonizar no lo resuelve nada».
El profesor no cree que la situación vaya a cambiar, ni mucho menos a mejorar. Sueña con el día en el que surja una «contranarrativa» frente al pesimismo, el odio y el rechazo actual contra los migrantes. Pero no lo ve cerca. Explica que la mayoría de los norteamericanos, según las encuestas, «sigue estando a favor de algún tipo de reforma migratoria para resolver los problemas». Pero teme que el destrozo económico de las políticas de Donald Trump tenga el efecto contrario, que exacerbe la búsqueda de los culpables entre los más débiles. «Todas las políticas que Trump está adoptando para alimentar un sentimiento antiglobalización están destruyendo la economía global y la economía estadounidense. Una cosa es que un autócrata controle la economía política de Italia, pero otra muy distinta es que controle Estados Unidos, que es el núcleo de la economía global, y no tenga ni idea de lo que está haciendo ni de cómo lo está destruyendo. Es un ataque en toda regla contra la ciencia, las universidades; cualquier centro de poder o información independiente. La ciencia es fundamental para el avance económico en una economía postindustrial, y él quiere destruirla. Y cuando la economía se deteriora, la gente busca chivos expiatorios que expliquen el trato aún peor a los inmigrantes».
Fuente: https://www.elmundo.es/papel/2025/06/02/683c6ff8e4d4d8d73d8b457b.html