A Lady Di no le gustaban muchas de las antiquísimas tradiciones de la vida real, pero las vacaciones en Balmoral eran, según revela su exasistente y confidente, una de las que más detestaba.

Por Séraphine Roger / Vanity Fair
Había una tradición real a la que Diana nunca soportó: las vacaciones de verano en Balmoral. La reina Isabel II adoraba este castillo de piedra gris en medio de verdes praderas al norte de Escocia. De hecho, fue entre sus muros donde quiso exhalar su último suspiro. Al rey Carlos III también le encanta, y se instala allí todos los veranos con la reina Camilla.
Diana, sin embargo nunca pudo disfrutar de esta inmensa finca, que le resultaba «asfixiante». Una revelación hecha en las columnas de Marie Claire por Paul Burrell, quien fue su asistente personal y confidente. Según Burrell, desde «el primer día» la princesa de Gales encontró el lugar «lleno de fantasmas del pasado», que le impedían «encajar como una mujer moderna». «Vivía en el mundo real», explica. «Vivía en un mundo en el que había personas sin hogar, VIH y sida, y minas antipersona. Nada de eso cabía dentro de los muros del castillo de Balmoral».

La princesa de Gales aborrecía las «rutinas» inmutables a las que la familia real británica ha mantenido desde «los tiempos de la Reina Victoria». El exmayordomo cita en particular la iniciación a la caza del ciervo. Un ritual durante el cual un cazador novato debe untarse la cara con la sangre del primer animal que abata. «A ella le parecía digno de una novela victoriana», explica. En su autobiografía Spare, el príncipe Harry recordaba este rito y el «olor infernal» de la sangre que le hacía vomitar el desayuno. Una tradición que Kate Middleton habría prohibido a sus hijos, los príncipes George, Charlotte y Louis.

La princesa soñaba con unas vacaciones en Escocia «más relajadas e informales» y con cenas «en vaqueros». Pero el entorno de Balmoral no lo permitía. «El desayuno es a las 9 en punto. Si estás abajo a las 10, te lo has perdido», cuenta Paul Burrell. El almuerzo se sirve a las 13.00, el té a las 17.00 y «tenías que estar allí para tomar una taza de té». «La cena es a las 20.15. ¡Ay de ti si bajas mal vestido, a la hora equivocada, para el evento equivocado! Es muy, muy formal», insiste. Diana lidió con sus dificultades, intentando encajar y «hacer amigos», recuerda su antiguo confidente. «Quería encajar, que la quisieran, que la aceptaran», en una declaración de amor hacia su marido. “Diana intentaba complacer a Carlos, así que sus años en Balmoral estaban pensados para complacerle”.
Según este íntimo amigo de realeza, las centenarias y criticadas tradiciones de Balmoral tienen los días contados. «Guillermo es un catalizador del cambio», asegura. El futuro soberano ya está «planeando» una corona libre del peso de «la pompa, el boato y el exceso». «Será el rey del pueblo».
Artículo publicado en Vanity Fair Francia. Accede al original aquí.