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De la Iglesia al tarotista, cómo los jóvenes reinventan la espiritualidad: «El fin es el mismo pero es más fácil, más en consonancia con los tiempos» | PAPEL

La caída en las creencias religiosas de los más jóvenes trae consigo un auge de otras prácticas espirituales, que están invadiendo todos los campos. ¿Necesitamos creer en algo a toda costa?

Rebeca S. nació en 2002 y, tras graduarse en Derecho, estudió un máster en Derecho Europeo e Internacional en Hamburgo. Sus padres son católicos practicantes y por eso la matricularon en un colegio del Opus Dei. Sin embargo, la joven fue creciendo y, no sin gran enfado, perdió la fe cristiana y eligió romper con todos los valores que encarna la Iglesia. A pesar de todo, dentro de ella permaneció la necesidad de depender de algo -o alguien- más grande.

Cientos de miles de jóvenes españoles podrían verse reflejados en el cambio de valores de Rebeca, aficionada a las prácticas espirituales alternativas. Unas prácticas que están viviendo un auge inesperado entre la población menor de 30 años en detrimento de la religión tradicional. El auge de las cuentas de redes sociales que las promueven, mayoritariamente creadas por y para jóvenes y que acumulan cientos de miles de seguidores, es la prueba más visible de este fenómeno.

«Lo que me gusta de ese tipo de rituales es que la persona que lo lleva es un guía, no una figura de autoridad«, cuenta sobre su cambio de referencia espiritual. «Lo que a mí me ha destrozado de la Iglesia es su sistema jerárquico y lo que me frena de seguir la religión católica es la doctrina del deber, el prohibicionismo y el castigo como redención».

Los datos sociológicos avalan la tesis de que el Papa León XIV tiene un problema con la pérdida fe de jóvenes como Rebeca. El pasado abril, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) desvelaba que sólo el 10% de los jóvenes entre 18 y 24 años se define como católico: un 5,4% es practicante y un 4,4%, no practicante. La fe repunta ligeramente entre los adultos de 25 años con un 16,2% de católicos, ya sean practicantes o no. Y según aumenta la edad, crece el catolicismo de los españoles: en la franja de 65 a 74 años alcanza un tercio del total: el 31%.

Quizá más llamativos son los datos sobre aquello en lo que sí creen los jóvenes. El 68% de los que tienen entre 15 y 29 años, por ejemplo, confía en la existencia del karma, según un estudio de la Fundación SM de 2021. Y el resto de creencias espirituales también rondan una cuarta parte de apoyos: el 28% cree en artes mágicas como la brujería o el chamanismo, el 26% en la predicción del futuro mediante tarot o astrología y el 24% en energías curativas como el reiki o la cristaloterapia.

En definitiva, el abandono del catolicismo no implica el triunfo de la secularización. El gran combate entre religión y ateísmo no es un juego de suma cero en el que lo que gana uno lo pierde otro. Ha surgido un tercer actor: el paganismo posmoderno, que cada vez acapara más seguidores.

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La astrología, la numerología o la manifestación son algunas de las prácticas que más se estilan entre los jóvenes y que acaparan miles de reels de Instagram o vídeos de TikTok. Una de sus creadores es Triana Fernández (@tritri_fdez en Instagram), con 86.000 seguidores en esta red y cuyas publicaciones se centran en este tipo de prácticas: acumula vídeos sobre cómo intencionalizar tus cuarzos o combatir las malas energías y los dolores de cabeza.

Su explicación del fenómeno es simple: «Los jóvenes de ahora nos creemos muy independientes: que no necesitamos nada, que nosotros mismos resolvemos nuestra ansia… Y, al final, todo se convierte en una pesada carga mental. Para mí siempre ha sido un alivio pensar que hay algo más«.

María del Mar Griera,socióloga especializada en nuevas formas de espiritualidad, añade otras tres causas principales para este auge del neopaganismo. En primer lugar, que las nuevas generaciones se han criado bajo un modelo religioso mucho más laxo que las anteriores, por lo que no sienten esa rebeldía contra todas las creencias que sí vivieron sus padres. Como no les ha tocado elegir entre ser fieles seguidores de la Iglesia u oponerse diametralmente a todo lo que ella significa, han buscado su propio camino libremente y han acabado encontrando refugio en este tipo de nuevas prácticas.

«El relato del Dios Padre creador con barba, que hace al hombre y de su costilla crea a la mujer como cosa secundaria, a una persona feminista le chirría» Andrés Piquer, profesor de Magia, Ritos y Creencia en la Universidad Complutense

Por otra parte está el contexto neoliberal, donde el futuro resulta cada vez más incierto. Griera menciona la sociedad líquidadel difunto sociólogo Zygmunt Bauman. Pero, a la vez, a los jóvenes se les exige tener un relato claro sobre quiénes son y cuál es el sentido de la vida. «Muchas veces, este sentido les lleva a esas prácticas para un frenar un poco la angustia vital», dice. «No solo tratan de frenar la ansiedad como si fuera una pastilla, sino decir: ‘¿Qué sentido tiene todo esto?'».

Y, como tercer factor, la socióloga destaca la accesibilidad y la cuidada mercadotecnia de estas prácticas, como el tarot o la astrología, más atractivas que el obsoleto ceremonial cristiano para la mayoría de los nuevos creyentes: «Cada vez es más fácil encontrar una clase de yoga o un retiro que se adapte a tus gustos… Hay quien se va a hacer un retiro de ayahuasca en el monte y quien se va a un retiro más espiritual, de meditación».

Por esto mismo, la escritora feminista Jessa Crispin, autora de El tarot creativo: una guía moderna para una vida inspirada (Alpha Decay, 2019), relaciona el neopaganismo con las dinámicas del turbocapitalismo: «La espiritualidad es una especie de forma encantada de capitalismo, porque mucho de lo que la gente quiere alcanzar con estas prácticas está relacionado con el dinero: cómo construir una carrera significativa, cómo ganar más dinero…».

Crispin también considera que la espiritualidad se ha comodificadohasta convertirse en un mercado más, totalmente alejado de sus ideales originales: «Existe la idea de que la comodidad y la sabiduría vienen a través del dinero. Muchos la reducen a comprar los cristales y los mazos adecuados, pagar retiros espirituales, reunirse con gurús en balnearios y resorts internacionales, tomar clases de yoga con un baño de sonido…».

Andrés Piquer, profesor de Magia, Ritos y Creencias en la Universidad Complutense de Madrid, coincide con Crispin al subrayar la vinculación de algunos de estos nuevos movimientos con el feminismo. Es decir, la voluntad de «reescribir el relato» con una lente actualizada. Una de ellas es la influencer Triana, que se autodescribe como «brujita» y es un ejemplo de que muchos jóvenes se rebelan contra una sociedad excesivamente racional y buscan inspiración en figuras del pasado.

«Ahora muchas jóvenes reivindican que las brujas que quemaron los señores en Salem eran mujeres como ellas», dice Piquer. «El relato oficial de las grandes religiones, el del Dios Padre creador con barba, que hace primero al hombre y de su costilla crea a la mujer como cosa secundaria, tal y como aparece en Génesis, a una persona que se siente feminista le chirría… En ciertos contextos no necesitas tanto dar un sentido a tu vida como crear un relato alternativo«.

Además, dice Griera, hay un cierto encaje de estas creencias con el tipo de vida actual. Las nuevas espiritualidades no requieren una fidelidad muy fuerte, algo que las religiones tradicionales sí reclamaban durante toda la vida: literalmente, desde el principio (el bautismo) hasta el final (el entierro). A esta tesis se le suma el hecho de que el catolicismo ha apartado de su senda a la mujer y a otros colectivos como las personas LGTBI. «No solo no ha sabido apelar a esa pluralidad, sino que además ha exigido su expulsión de una forma muy autoritaria», dice la experta.

La influencer Triana Fernández no ve tanta diferencia entre estos nuevos tipos de espiritualidad y la religión tradicional –«en el fondo tienen mucho que ver», admite-, pero sí que subraya la gran distinción del dogma, las pautas y requisitos de la religión tradicional, que no existen en las creencias posmodernas. «Espiritualidad no es para nada lo mismo que religión, pero la religión sí es espiritualidad», aclara.

Lo mismo explica la psicóloga Patricia Díaz Saco, que trata principalmente a mujeres jóvenes: hasta un 80% de su cartera de pacientes encaja en este perfil. «Cuando se siguen los mandatos de estas creencias o espiritualidades se delega la responsabilidad de lo que yo hago», afirman. «La gente suele ir en piloto automático, así que si delego eso, una cosa menos que tengo que gestionar».

Sin embargo, Crispin ve lagunas en esta lógica tan pragmática: «Para mí, es como buscar un mejor trato con Dios. Quieres divinidad o una noción de infinito, pero no quieres tener que lidiar con su lado oscuro o con el potencial abuso de poder, así que buscas un atajo. Pero sin una estructura general o una base de conocimientos, lo único a lo que puedes hacer referencia con la práctica espiritual es a tu propio ego. Creo que eso puede ser peligroso».

«En la religión, para pedir, primero tienes que dar las gracias. No desde un lugar de gratitud, sino desde uno de obligación» Rebeca S., estudiante

Esa sensación de estar abrumados, de tener demasiadas cosas que resolver, explica que, según la Encuesta Nacional de Salud de 2023, el 35% de los jóvenes entre 18 y 30 años haya recibido atención psicológica en el último año, un aumento del 10% respecto a 2019. Estos datos muestran cómo ha decaído el estigma de ir a terapia, al mismo tiempo que ganan espacio prácticas con respaldo científico como la meditación: el 30% de los españoles ha practicado meditación en el último año, según un estudio de la app Petit BamBou, líder del mercado.

Es decir, las costumbres de los zetas –de entre 15 y 30 años-, muestran una curiosa paradoja. Por un lado, algunos se han deshecho de rituales como la misa o la confesión por percibirlos como anticuados. Pero, al mismo tiempo, sienten unas necesidades espirituales que acaban supliendo con otras prácticas: algunas testadas médicamente, como la terapia, pero también otras supuestas alternativas como el tarot o el reiki sin base científica de ningún tipo.

Toñi Ramiro, editora de Luciérnaga, el sello espiritual y esotérico de Planeta, apunta que las nuevas generaciones están aceptando cada vez más el tema de la muerte, tratándolo con más naturalidad. Por eso les resulta más sencillo acercarse a según qué prácticas. Y muchos autores de este tipo de libros dan conferencias o hacen talleres, algo que ayuda a difundir su mensaje también. Algunos ejemplos son Daniel Ramos AutóRaúl Ravelo o Félix Torán, autor este último del superventasLa respuesta del Universo, sobre la Ley de la Atracción.

Ramiro asegura que en la editorial les resulta complicado alcanzar al público más joven con libros que profundizan en estas prácticas. «Llegamos habitualmente a millennials«, dice en referencia a los lectores de entre 30 y 45 años. «Los zetas buscan libros cuquis«, con ilustraciones de lectura de manos o tarot. Y esos libros sólo «dan pinceladas» de estos ritos, no ahondan en las prácticas.

Además, numerosos expertos apuntan a la pandemia como acelerador de una tendencia que se llevaba gestando desde hace décadas: «Las personas se dieron cuenta de muchas cosas, dejaron de dar por hecho cosas que tomábamos como que nos pertenecían, como salir a la calle, poder ver un amanecer… A partir de ahí, la verdad es que hubo más inquietudes a nivel puramente espiritual», asegura Ramiro. Y añade que en aquel momento se produjo un bum de los libros de autoayuda que se ha consolidado a lo largo del último lustro.

En su caso, la joven Rebeca S. ya sintió antes esa inquietud y empezó a darse cuenta de la diferencia entre las antiguas creencias y su actual forma de vivir la espiritualidad: «Para mí era casi imposible usar el rezo como meditación por la cantidad de tabúes y barreras en los que se basa. Sin embargo, las prácticas espirituales están basadas en la libertad, nada es imposible. Manifiesta y pide sin límites, rechaza creencias limitantes. En la religión, o por lo menos como me enseñaron a percibirla a mí, puedes pecar de avaricioso y, para pedir, primero tienes que dar las gracias. No desde un lugar de gratitud, sino desde uno de obligación».

Aquí aparece un fenómeno interesante: la fusión entre espiritualidad y psicología. Decíamos que las generaciones jóvenes son las que más acuden a terapia y han eliminado parte del estigma que había en generaciones anteriores. Pero además, muchas veces la terapia se mezcla con ritos espirituales. «La salvación del alma moderna (2010), de la socióloga Eva Illouz, ya contaba cómo la expansión de la terapia es una forma de religiosidad moderna«, dice Griera.

En el citado libro, Illouz defiende la tesis de que la expansión de la cultura terapéutica en las sociedades occidentales modernas ha sustituido muchas de las funciones que antes cumplía la religión, convirtiéndose así en una forma de religiosidad secular o actualizada. «La religión te pide que dirijas tu atención hacia el exterior, mientras que la espiritualidad contemporánea te da permiso para preocuparte, ante todo, de tu propia comodidad y placer», dice Jessa Crispin, quien ve un mayor hedonismo en estas nuevas prácticas.

El problema es que éstas, en muchas ocasiones, sonpseudoterapiascoaching, reiki, tarotistas… «Yo he encontrado clientes que llegan después de haber ido a gastarse el dinero y no haber conseguido nada, porque les ofrecen cambios mucho más espectaculares que los que les puedo ofrecer yo, que soy muy realista», dice la psicóloga Patricia Díaz Saco.

Otro factor a tener en cuenta es la estética. Algunos jóvenes admiten que lo que les atrajo -al menos en un primer momento- de este tipo de prácticas fue que eran visualmente agradables, envueltas en ese halo de misterio e ilustraciones altamente atractivas. La influencer Fernández también lo valora, pero matiza: «A mí, por pura estética, me atraen las tallas de la Virgen que hay en Montserrat, y sin embargo no practico la religión. Yo creo que la apreciación de la estética es una cosa y que la práctica y la información son otra muy distinta».

Pero esto también sucede en la religión católica. «Muchas personas no creyentes sienten que si no se casan por la Iglesia no es una boda de verdad«, dice el profesor Piquer. «Esa frase la oímos un montón de veces entre los jóvenes e indica que, de algún modo, esa persona necesita el ritual».

«Los jóvenes necesitan conectar por la saturación de información, la exigencia creciente, la sensación de crisis permanente, de inestabilidad…» María del Mar Griera, socióloga especializada en nuevas formas de espiritualidad

Lejos de ver esta necesidad estética como superficial, Piquer la vincula a la simple experiencia de apreciar el arte. «La experiencia de sentirte a gusto viendo un cuadro, o escuchando un concierto de música, las sensaciones que produce… Es una forma de espiritualidad que no hay que perder de vista», recalca.

Pilar Soler fue comisaria de La torre invertida. El tarot como forma y símbolo, una reciente exposición en La Casa Encendida de Madrid que atrajo a decenas de miles de espectadores, principalmente jóvenes y de estética ultramoderna. «El arte refleja un momento y ahora se están buscando componentes simbólicos, como recuperar algún tipo de significado», dice Soler, para quien la crisis mundial hace que los artistas tomen vías más emocionales, irracionales y espirituales para expresarse.

De hecho, Griera concede que en el bando religioso existe también un fenómeno de jóvenes creyentes y practicantes que eligen reafirmarse en su catolicismo por el mismo hecho de sentirse minoría. Entran aquí eventos como los retiros de Effetá o los conciertos del grupo Hakuna, que han destacado en los últimos años entre los jóvenes españoles.

Todos ellos, tanto ateos como practicantes, comparten la búsqueda de una sensación de conexión. «La necesitan por la saturación de información, la exigencia creciente, la sensación de crisis permanente, de inestabilidad…», explica Griera. «Estas espiritualidades la ofrecen de una forma mucho más fácil. Y lo hacen más en consonancia con el modo de ser de los jóvenes y con el espíritu de los tiempos. De cualquier manera, vemos un hilo común. Es cada vez más importante darnos cuenta de que va muy vinculado, y en cualquier caso representa esa especie de expansión de un estilo de vida con tintes espirituales».

¿Será esta una nueva moda pasajera? «Bueno, lleva dos décadas siendo moda…», dice Griera, que lleva todo ese tiempo respondiendo la misma pregunta. Sin embargo, la editora de Luciérnaga matiza esta tesis: «Una parte sí va por modas, pero por otro lado los libros más espirituales, más serios, yo creo que han venido para quedarse».

Quizá no haya cambiado tanto lo que buscamos, sino el lenguaje con el que lo pedimos. Donde antes había rezos, ahora hay mantras. Donde se encendía una vela ante un altar, hoy se carga un cuarzo a la luz de la luna. Los nombres han cambiado, los rituales también, pero el deseo sigue siendo el mismo: encontrar un sentido en medio del ruido, algo que nos ate a la tierra o al cielo. Y mientras el mundo se descompone y recompone, los jóvenes, con una vela o con una app, siguen eligiendo creer.

Fuente: https://www.elmundo.es/papel/2025/05/23/68230d75e85eceb7598b459a.html

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