Gabrielle Chanel transformó la miseria y el abandono de su infancia en una revolución estética sin precedentes.

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Sarah Romero / Historia National Geographic
Chanel es sinónimo de lujo absoluto: collares de perlas inmaculadas, la icónica chaqueta de tweed, frascos de perfume de líneas geométricas y la elegancia atemporal del blanco y negro. Sin embargo, detrás del glamur y de su icónico logo, se esconde una historia de supervivencia y superación. Así pasó de ser una niña marginada a la diseñadora más influyente del siglo XX.
El 19 de agosto de 1883, en la localidad francesa de Saumur, nacía una niña que, por un error del registro civil, fue inscrita como «Chasnel«. Hija de un vendedor ambulante, Albert Chanel, y de una campesina, Jeanne Devolle, los primeros años de Gabrielle estuvieron marcados por la miseria extrema; algo que solo empeoraría cuando con apenas once años, su madre falleció de tuberculosis, una enfermedad trágicamente frecuente en la época (la mayor amenaza de salud pública de ese siglo).
Incapaz (o poco dispuesto) a hacerse cargo de sus cinco hijos, su padre abandonó a los varones en granjas y envió a Gabrielle y a sus hermanas al orfanato de la abadía de Aubazine, regentado por monjas católicas. Fue entre aquellos muros de piedra donde la joven forjó su carácter de hierro. Allí, rodeada de un estricto rigor monacal, aprendió el oficio que cambiaría su vida: la costura.

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En vez de estar triste o autocompadecerse de su sino, su mente absorbía el entorno como una esponja. La austeridad del orfanato, el contraste absoluto entre los hábitos negros y las cofias blancas de las religiosas, y las líneas puras de la arquitectura románica se convertirían, años más tarde, en el sello inconfundible de su imperio de alta costura.
El nacimiento de «Coco» entre cabarets y soldados
Al cumplir los 18 años, Gabrielle abandonó el convento y se instaló en la ciudad de Moulins. De día, trabajaba como humilde costurera; de noche, buscaba los aplausos en un cabaret local frecuentado por oficiales de caballería. Su voz no era prodigiosa, pero tenía gran carisma. Su repertorio incluía una popular canción titulada «Qui qu’a vu Coco dans l’Trocadéro?» (¿Quién ha visto a Coco en el Trocadero?). Y fue así, entre el humo y las risas de los soldados, como nació el apodo que la acompañaría hasta la tumba: Coco.

En aquel ambiente conoció a Étienne Balsan, un rico heredero textil y oficial de caballería. Convertida en su amante, Coco se trasladó a su castillo, donde descubrió los lujos de la élite francesa, pero también la hipocresía de una sociedad que la miraba por encima del hombro. Sin embargo, su estancia allí le permitió aficionarse a la equitación, inspirando su gusto por la ropa deportiva y las líneas ecuestres, prácticas y sin adornos superfluos.
Boy Capel y la revolución de la aguja
El verdadero catalizador de su carrera fue el inglés Arthur «Boy» Capel, un apuesto aristócrata amigo de Balsan que se convirtió en el gran amor de su vida. Capel creyó en el talento de Coco y financió su primera tienda de sombreros en París en 1910, seguida de boutiques en los exclusivos centros turísticos de Deauville (1913) y Biarritz (1915).
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, el mundo cambió, y la moda necesitaba adaptarse. Las mujeres, ahora incorporadas a la fuerza laboral mientras los hombres luchaban en el frente, no podían moverse con los asfixiantes corsés de la Belle Époque. Con gran audacia, Chanel compró punto de jersey -un tejido barato y elástico usado hasta entonces solo para la ropa interior masculina- y confeccionó vestidos de una caída fluida y elegante.
Había nacido el genre pauvre (el «estilo pobre»). Coco bajó el talle, subió los dobladillos enseñando los tobillos y liberó físicamente a la mujer. Su éxito fue tan arrollador que pronto devolvió a Capel cada franco prestado. La trágica muerte de este en un accidente de coche en 1919 destrozó el corazón de Chanel, quien canalizó su dolor volcándose obsesivamente en su trabajo.
El resurgir de una pionera
La década de 1920 coronó a Chanel como la reina absoluta de París. En 1921 revolucionó la industria cosmética con el Chanel Nº5, el primer perfume abstracto que no olía a una sola flor, envasado en un frasco de líneas puras y farmacéuticas. Poco después, en 1926, la revista Vogue publicaba el boceto de su petite robe noire (el pequeño vestido negro), comparándolo con el automóvil Ford por su universalidad y democratización de la elegancia.
Sin embargo, su biografía no está exenta de sombras. Durante la Segunda Guerra Mundial, cerró sus tiendas y residió en el Hotel Ritz de París, conviviendo con la cúpula nazi. Su romance con el oficial alemán Hans Günther von Dincklage y las acusaciones de espionaje y colaboracionismo mancharon severamente su reputación, obligándola a exiliarse en Suiza tras la liberación de Francia.
Pero las leyendas nunca mueren en el exilio. En 1954, a sus 70 años, Coco regresó a París. Y para contrarrestar la moda que había lanzado Christian Dior, que ella consideraba un retroceso imperdonable, presentó su icónico traje de tweed de dos piezas y el bolso acolchado 2.55. Aunque la prensa europea fue dura al principio, las mujeres americanas abrazaron la comodidad y el empoderamiento de sus diseños, consolidando su estatus de icono global. Gabrielle «Coco» Chanel falleció sola en su suite del Ritz el 10 de enero de 1971, a los 87 años.
Fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/coco-chanel-asi-nacio-leyenda-moda_26693