El antropólogo francés analiza en su nuevo libro cómo el móvil liquida el deseo humano. «Nos adentramos en una sociedad fantasmal donde, incluso en las calles, los ojos se clavan en las pantallas en un gesto de adoración perpetua», denuncia.

Elisabeta Rosapina (Corriere della Sera) / PAPEL
Si hubiera que señalar a un único culpable de la desaparición del deseo, el antropólogo y sociólogo francés David Le Breton, de 71 años, no dudaría en apuntar al asesino más deseado del mundo: el teléfono móvil. Y, con él, sus cómplices inmediatos: las redes sociales e internet. Una sobredosis digital tan invasiva como letal.
Especialista en las representaciones y usos del cuerpo humano, Le Breton no ha pasado por alto la nueva postura dominante del homo sapiens: encorvado sobre la pantalla, en todo momento, en todo lugar, desde la infancia. A partir de esa imagen cotidiana, analiza consecuencias profundas, incluso extremas: «Nos adentramos en una sociedad fantasmal donde, incluso en las calles, los ojos están clavados en las pantallas en un gesto de adoración perpetua, ya no abiertos al mundo que nos rodea», escribe. «Nunca hemos comunicado tanto, pero nunca hemos hablado tan poco entre nosotros».
Nacido en Le Mans, en el norte de Francia, Le Breton es profesor de Ciencias Humanas en la Universidad de Estrasburgo, miembro del Laboratorio Interdisciplinar de Estudios Culturales y del Instituto Universitario de Francia. Autor de una treintena de ensayos, como La sociología del cuerpo o Elogio del caminar (ambos en Siruela) acaba de publicar La desaparición del deseo, aún sin traducir al castellano.
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- Redacción:RODRIGO TERRASA Madrid
PREGUNTA: De acuerdo, el deseo ha desaparecido: pero exactamente, ¿de qué deseo estamos hablando?
RESPUESTA: Admito cierta ambivalencia en la noción de deseo. Yo lo entiendo como el gusto por vivir, por hacer cosas que nos satisfacen. La reconquista de uno mismo, el permanecer atentos al mundo y a nosotros mismos. Por ejemplo, el randonnée, la práctica de caminar juntos, permite reencontrarse en la naturaleza y en un espacio de conversación: nos miramos, hablamos, aunque sea solo sobre la belleza del paisaje y de los animales.
P: ¿Y eso ya no es posible?
R: Sí, pero el deseo hoy está arruinado por la colonización digital y del smartphone. Nos devora. La mayoría de nuestros contemporáneos avanza en la hipnosis del teléfono, en el goteo constante de notificaciones de las redes. El móvil nos persigue, nos sigue, nos rastrea. Hasta que aparece el deseo paradójico de ser absorbidos por lo digital.
P: ¿Tal vez de desaparecer?
R: Exactamente, se llega a un punto de saturación de responsabilidades personales y profesionales, a la consciencia de no tener más tiempo para uno mismo. Hay quien se adapta a esta situación, pero en otros crece la necesidad de no tener que estar siempre localizables. De desaparecer. Muchas personas lo hacen realmente, de un día para otro, sin dejar rastro. Pero también hay otras formas de desaparición: huir de uno mismo.
P: En sus escritos define esta fuga como una «huelga de la existencia». ¿Cómo se manifiesta?
R: En los casos extremos, el alcohol y las drogas ofrecen un medio para desaparecer al menos temporalmente. En una botella entera de vodka, muchos, demasiados jóvenes, no buscan la euforia o el vértigo de la borrachera, sino el coma etílico, para dejar de estar presentes. Muchos treintañeros y cuarentones ya no tienen ganas de entregarse a un mundo en el que no se reconocen. En los mayores, el declive cognitivo, incluso el Alzheimer, pueden interpretarse como una forma de exilio interior, aunque soy consciente de que hay componentes genéticas en esa enfermedad.
P: Ha definido como «blancura» este estado de ausencia. ¿Por qué?
R: En francés se dice ‘j’ai un blanc’ para expresar «no recuerdo», «no sé». O ‘blanc sur blanc’ para indicar una página en blanco. Y blanca era la ballena de Herman Melville, metáfora de lo impensable. Resbalar hacia la blancura significa desvincularse socialmente, salir cada vez menos, hablar cada vez menos
«Las comidas familiares parecen reuniones de zombis, cada uno concentrado en su móvil»
PREGUNTA: Los ‘hikikomori’, esos jóvenes -ya no solo japoneses- que, pegados a sus pantallas, no salen de sus habitaciones, ¿son los nuevos ermitaños?
RESPUESTA: Podríamos llamarlos monjes posmodernos, porque eligen el encierro, pero no buscan la espiritualidad y, a través de internet, permanecen en comunicación constante con el resto del mundo, desde Tokio hasta Roma o Toronto. Es otra forma de narcótico. Uno puede desaparecer detrás de las pantallas.
P: Cuando se popularizaron los televisores en los hogares, se decía lo mismo: matarán la conversación familiar durante la cena.
R: Fue el comienzo. El comienzo del fin de la vida vecinal, de las charlas en las plazas de los pueblos. Pero, aunque se cenara viendo la televisión, al menos se comentaban los programas. Ahora, las comidas familiares parecen reuniones de zombis, cada uno concentrado en su tablet o móvil. Así ha desaparecido también el gusto.
P: ¿El gusto?
R: Sí, la atención a los sabores. Esto explica, en mi opinión, también el éxito de los fast food. La sensorialidad se ha reducido. Centrados en los teléfonos, por la calle tropezamos con los demás porque no miramos por dónde vamos. Los otros desaparecen de nuestra vista.
P: ¿Hay una moraleja en todo esto?
R: No, yo no soy un moralista. Aunque, a veces, me han acusado de serlo. Y tampoco soy un nostálgico. Describo y hago un análisis antropológico y sociológico, pero me mantengo neutral. Se lo repito también a mis estudiantes: nuestra tarea no es juzgar el mundo, sino comprender sus transformaciones.
«Cuando veo a tanta gente en las plazas durante festivales literarios o de filosofía, me conmuevo: el mundo está delante de nosotros, nunca detrás»
PREGUNTA: Sin embargo, parece haber cierto pesimismo en sus observaciones.
RESPUESTA: Al contrario. Cuando veo a tanta gente en las plazas durante festivales literarios o de filosofía, me conmuevo: el mundo siempre está delante de nosotros, nunca detrás. Somos los actores de nuestra vida. Siempre lo he creído.
P: En sus conferencias habla de «existir entre la fuerza y la fragilidad». ¿Qué quiere transmitir?
R: Es un elogio de la precariedad existencial. La condición humana es siempre inacabada. Si todo estuviera ya escrito, si supiéramos lo que va a ocurrir en uno o dos años, la vida sería mucho menos interesante. Vivimos tomando decisiones sin saber si son correctas. Pero la vida, en sí misma, es un premio infinito.
Fuente: https://www.elmundo.es/papel/cultura/2025/07/09/686cff9de9cf4a914b8b45b0.html