Una década después de vivir una semana de retiro en Silos volvemos a experimentar la fuerza del sigilo y la clausura ingresando en otro de los espacios más imponen

Antonio Lucas Texto Monasterio de Leyre (Navarra)
Alberto Di Lolli / Fotografías
TextoMonasterio de Leyre (Navarra)
A media mañana un sol pagano hace guardia en el camino que lleva al Monasterio de San Salvador de Leyre, icono de la Orden de San Benito en Navarra y con señales de vida desde el siglo IX en una carta de san Eulogio. La construcción, imponente, casi fortaleza, casi castillo, casi altar de roca levitando en la falda del monte, desprende una serenidad lejana, una inmediatez de piedra rubia con diversas cicatrices calcáreas. Está quieto desde hace 1.300 años y, sin embargo, parece navegar a la deriva con dulzura extrema. En el párking de tierra la quietud ya es otra, balanceada en la claridad de este día de agosto del que es imposible escapar. Una bandada de turistas revolotea alrededor de los muros esperando turno para acceder a la cripta, la estancia más antigua de los espacios de visita. Protegidos por la sombra de los árboles, en medio de un aura asfixiante, echan miradas grandes a la puerta de acceso de la zona privada del monasterio, por si cazan la salida de algún monje de los 16 que ahora mantienen esta comunidad. Una señal de madera en forma de flecha advierte de lo que dentro sucede: Clausura. A la derecha del quicio del gran portalón hay un telefonillo con un solo pulsador. Es una de las entradas al monasterio. Las otras son más discretas y están fuera del radar forastero.
Hace 10 años me adentré en otro monasterio mítico, el de Silos (Burgos). Conviví durante una semana con aquellos benedictinos que cerca estuvieron de saltar por la borda de la fe cuando la grabación de su canto gregoriano les echó encima todos los focos y casi los degrada a estrellas del pop. Traté de imaginar los sueños, desvelos, certezas, dudas, alegrías y daños de alguien que entrega la existencia a la oración intramuros, deja fuera de esa jurisdicción lo vivido, lo amado, lo gozado, lo por venir, y no vuelve a mirar atrás cuando a su espalda se cierran las puertas del monasterio: una vez que se entra verdaderamente nunca se sale. El íntimo esplendor de Silos podría ayudar a dar el paso, pero para acceder a la última escala de la vida de encierro hay que saber mandar al fondo del mar demasiados placeres, y familia, y amigos, y certezas, y emociones.
Aquella experiencia de entonces fue reveladora porque concede acercarse a un mundo estanco y normativo, estricto y callado, alejado de mí aunque no lejos de la curiosidad. Un ateo en Silos, titulamos las seis entregas en este periódico. Y si es cierto que salí con las mismas certezas, alguna duda nueva y los viejos fantasmas de siempre a mi entera disposición, aprendí que existe una espiritualidad vibrante (aunque no sea la mía) que aloja un cargamento de asombros y tiene algo de travesía procelosa. No promete nada que no seas capaz de concederte a ti mismo, y tampoco necesita báculos, ornamentos, mitras, baldaquinos, pero se puede captar en algunos versos de san Juan de la Cruz o desde las iluminaciones alcaloides de santa Teresa de Jesús.
Presiono el botón del telefonillo y pronto suena un campanilleo de llaves y el inquietante girar de la cerradura -así es como se abre y se cierra el destino-, un primer ruido de gozne que remata en la presencia del padre Óscar Jaunsaras, navarro de Etxaurri, prior y ecónomo de esta abadía. La cabeza pelada, la sonrisa confortable, el hábito negro, el escapulario bien ajustado, las manos blancas que en otro tiempo acariciaron la arena de las playas de Río de Janeiro y levantaron caipiriñas y rodearon caderas bendecidas por la samba. La voz bien timbrada. «Bienvenido a Leyre. Acompáñame, te muestro el camino a tu celda. ¿El viaje fue bien? ¿De dónde vienes? Sígueme, por favor. Antes de explicarte las rutinas, toma estas llaves. Verás que hay dos: la de tu cuarto y la de algunas puertas del monasterio. La cuadrada es la de este portón, para que puedas salir y regresar cuando quieras en tus días con nosotros». Aquí nadie pregunta «quién es usted».
La estancia de acceso está en penumbra. Sobria. Al fondo, un aparador de madera con cierto remordimiento castellano. A la derecha, una pecera de conserje y dos sillas incómodas. Algunas imágenes religiosas. El silencio de los próximos días se explica bien desde aquí. «Al final de este pasillo está el refectorio, el comedor comunitario. Ahí desayunamos, comemos y cenamos todos juntos y callados«, explica. Subimos por una escalera ancha hasta la puerta de acceso de los monjes a la iglesia principal de la abadía. «Aquí se hacen los rezos, siempre cantados. Siete al día. La primera (Vigilias), a las 6.00 de la mañana. La última (Completas) a las 21.10. Nuestra vida, siguiendo la Regla de San Benito, se ciñe al ora et labora». Los pasillos desiertos albergan los espectros de una vida.
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Un piso más, en la parte alta del claustro, una pequeña capilla abierta las 24 horas (casi farmacia devocional), permite rezar a monjes y huéspedes (10 como máximo en la zona de clausura) en cualquier momento del día o de la noche. La puerta de al lado conduce, después de otro tramo de escaleras, a las celdas de alojados. «La tuya es la 16. Sobre la mesa tienes un tríptico con algunas instrucciones para la estancia. Si puedes evitar el pantalón corto, mejor«. (No tengo costumbre de pantalones cortos). «Está prohibido fumar dentro del monasterio. No debes hablar alto por teléfono, aunque lo mejor es mantenerlo en el cuarto. No pongas música si no es con auriculares. Evita los portazos. Y cuando estés con los demás no olvides que el silencio es otra de nuestras razones». La habitación es sobria. Una cama de 90, una mesita de noche, un escritorio severo, una silla difícil, una mecedora y un sillón de lectura tapizado en verde, también un ventilador de techo que mueve un aire de fuego. La ventana da a la sierra de Leyre, portentosa de hayas, pinos royos, robles peludos, encinares, carrascales, quejigos. Y en lo alto asoman soberbios los cortados donde anidan las rapaces y los parapentes. En el tríptico de normas advierten de esto: «Se procurará no herir la sensibilidad de otros huéspedes con discusiones por iderencias ideológicas (religión, política, género…)». Así están las cosas. «Aquí tienes la Biblia y algunos libros de oración, por si los necesitas».
Óscar Jaunsaras es un monje tardío. Ingresó a los 38 años, cuando algunas vocaciones están muy consolidades o ya nunca habrá vocación. Hasta esa edad disfrutó de viajar, de vivir en todas direcciones, de tener la enviadada libertad de quienes hacen de su vida un festival. Vivía la mitad del año en Río de Janeiro y la otra mitad de un lado a otro con remansos en Pamplona. «Era un hombre de fe, pero nada apuntaba a que podría acabar en un monasterio. Estaba enamorado de Río de Janeiro. De la vida de allí. Y la exprimí bien», informa con fulgor y sin nostalgia. «Por un accidente que me averió una pierna regresé a Pamplona y tuve que hacer reposo durante un par de meses. Al final de esa recuperación un amigo me trajo a Leyre. Lo conocía, como navarro que soy, pero no había estado hospedado. Esos días removieron algo en mí, pero pasé demasiado frío (era diciembre), las comodiades eran escasas y aún tiraba de mí Brasil, así que regresé. Tenía alquilado un apartamento a dos pasos de la playa. La vida iba bien, pero dos años después de la visita a Leyre ocurrió algo dentro de mí mientras estaba en la playa de Río de Janeiro: una revelación, una llamada, una extrañeza… Días después regresé a Pamplona y solicité el ingreso en el monasterio. Dejé en orden mis cosas de afuera y empecé mi noviciado. Llevo casi 33 años dentro y no vuelvo la vista atrás. Lo vivido está vivido. Entré aquí con una fuerte experiencia y aquí he sumado otra: el amor a Dios».

Todos los días son iguales en Leyre. Cada uno de estos monjes, entre los 24 y los 80 años, tiene reglada cada hora de su existencia. Un martes de agosto de 2026 será igual a cualquier martes de agosto de 2032, si es que aún habitan este perro mundo. Han cosagrado la existencia a rezar, al silencio, a la labor encomendada: biblioteca, lavandería, cocina, limpieza o la confección de la ginebra que destilan estos monjes siguendo una receta del 800 d.C... Se manejan por estos pasillos con las emociones terrenales enterradas. Nada suena aquí dentro. A veces el encajar de una puerta, las campanas anunciando, algunos pasos amortiguados… Si te cruzas con alguien el saludo se concreta en una ligera inclinación de cabezas. Puedes escuchar con nitidez el rumor a cortocircuito que produce el aleteo nervioso de un moscón en combate contra el cristal de una de las ventanas del claustro. La comida es frugal y rápida, en riguroso sigilo. A las 13.30 dos monjes sirven los platos: verdura, tortilla, algo de carne, fruta, yogur, agua y vino. Otro de ellos lee fragmentos del Evangelio desde un pequeño atril. Después toca la retirada a las celdas hasta la oración de Nona (15.30, hora novena desde la salida del sol). La tarde se dilata. Las horas pasan lentas. Conviene afinar la maña de organizar los pensamientos, que no se agolpen, que no giren en bucle. Para ellos los muros no son muros, sino una rampa a Dios. Para mí es un largo tiempo sin fondo, una explanada que compartir con nadie. A veces sientes un empacho de ti mismo, pero también hay momentos de alta plenitud, de naturaleza equilibrada.
En un intenso eslalom, deslizándome entre la realidad y otros asuntos, desatendido el móvil, ajeno a los recados de la actualidad, el cuerpo se acostumbra a esta amortiguación o a este otro equilibrio lleno de vacíos, ausente de ruido. Dos de los monjes más jóvenes, fray Eduardo y fray Ignacio, de Barcelona y de Pamplona, estudiaban Derecho cuando les atravesó la llamada. Ellos dicen «llamada» para indicar el impulso que los trajo. No tienen acceso a internet. Se comunican con alguna llamada de vez en vez, alguna carta. Aquí uno aprende a desprenderse, a soltar lastre, a no reclamar.

A las 20.00 la cena transcurre igual que la comida, como fue anteayer y como será de nuevo mañana, como sucede todo en este lugar: sin sobresalto, sin novedad. La última misa del día, Completas, es a las 21.10. El gregoriano sale de las gargantas de los monjes y hace nube en las bóvedas irregulares de la recia iglesia de tres naves con arcos de medio punto mal apuntados. Suena el órgano de 44 registros con 2.750 tubos, fabricado en 1966 por Organería Española y reconstruido en 2009. La tarde de agosto se deja enfriar un poco. A las 22.00, el monje asignado tranca a cal y canto las puertas de Leyre como quien manipula un destino cifrado. La sierra pierde el contorno y el silencio tiene ahora algo desvariado mientras la noche se cierra.
No digo que este sea un método de salvación, pero está al alcance de cualquiera que busque desintoxicarse por un rato de la basura política constante o limar algún daño. No hace falta creer en dioses ni quedarse encerrado en el milagro para apreciar una sensación única de bienestar según pasan los días y convives con lo solamente pensado.
El padre Óscar recibe y despide a los huéspedes, supervisa la venta de ginebra, pone en contacto a los huéspedes que requieren conversación con algún monje. «Al monasterio puede venir cualquiera que busque una experiencia de recogimiento», dice. A las 5.50 suena la campana que advierte de las Vigilias de las 6.00, cuando el coro lo inician el mirlo y el ruiseñor cuando el aire aún es dulce. Todo vuelve a empezar con la precisión de lo que no acepta azares.El gregoriano compacto va impregnando la atmósfera como un pequeño oleaje que ondula el ánimo. Al día no le pides más de lo que tienes, que es la manera natural de vivir dentro de Leyre. Y eso a veces pasa por observar cómo la sombra de tu cuerpo se proyecta sobre las baldosas y un insecto reina en medio del espesor humano. Estos monjes de abadía atraviesan un bullicio distinto al nuestro, en un retiro completo y con la meta instalada en ese más allá que justifica su minimalismo, la vida en comunidad, el voto de su pobreza, la extrema calidad de su callada mansedumbre. Cuando salgas después de varios días intenta tomar de regreso el camino más largo.
Fuente: https://www.elmundo.es/papel/historias/2026/08/19/6a8497b1fc6c83236a8b45b4.html