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Cómo nació la cocina moderna: las mujeres que la transformaron desde el cansancio | El País

Antes de ser un espacio de diseño y esparcimiento, la cocina era un problema de tiempo, esfuerzo y desorden. A finales del siglo XIX, varias mujeres empezaron a medir pasos, reorganizar tareas y repensar la casa como un lugar de trabajo. De ahí nacieron la encimera, el orden moderno y la forma en que hoy entendemos este espacio

Fotografía de análisis de movimientos, Frank and Lillian Gilbreth Archive Purdue University College of Engineering, Estados Unidos, c. 1920.

Fuego, zona de corte, fregadero. Hoy cuesta imaginar una distribución en la que estos elementos no se organicen en torno a una encimera, ya sea dispuesta en línea o en forma de L. Pero esa lógica es relativamente reciente. La cocina moderna no surgió del gusto, sino del cansancio: de moverse demasiado, de limpiar mal, de trabajar en posiciones incómodas. De sostener una tarea interminable en un entorno que no estaba pensado para quien lo habitaba.

Fueron las mujeres —que pasaban allí buena parte del día, casi siempre sin alternativa— quienes empezaron a transformarlo. No desde la estética, sino desde la necesidad de hacer la jornada un poco menos agotadora. El Museo Nacional de Artes Decorativas recorre ahora esa transformación en una exposición dedicada a las llamadas “ingenieras domésticas”, mujeres que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, sentaron las bases del diseño actual de las cocinas.

Una de las primeras en intentar ordenar el caos fue Catharine Beecher. Escritora y educadora estadounidense, dedicó buena parte de su vida a enseñar a gestionar el hogar como si fuese un sistema organizado. En su Tratado de Economía Doméstica (1841), que durante décadas funcionó como manual en escuelas femeninas, desglosaba las faenas con una precisión casi obsesiva: qué hacer, cuándo hacerlo y cómo distribuirlo. Llegó incluso a organizarlas por días de la semana. Sus teorías perseguían dignificar el trabajo doméstico y equipararlo al de los hombres. Si había un sistema, era porque se trataba de un trabajo importante.

Alzado del banco de cocinera de Catherine Beecher para almacenaje, preparación y limpieza, Boston, 1869.

Unas décadas después, en torno a 1912, Christine Frederick recogió el testigo y convirtió su vivienda en un laboratorio —la Estación Experimental Doméstica Applecroft—. Aplicó al hogar los principios del taylorismo midiendo distancias, cronometrando quehaceres y analizando recorridos como si buscase optimizar una cadena de montaje. La conclusión fue que gran parte del esfuerzo se perdía al desplazarse mal dentro de la cocina.

Para evitarlo, replanteó esta estancia bajo lo que llamó una “cocina eficiente”. Ahí aparece una de sus aportaciones clave: una superficie continua a partir de muebles alineados a la misma altura, el germen de la encimera. A eso sumó zonas específicas para cada tarea, utensilios al alcance de la mano y una mesa con un orificio para los residuos, además de un taburete regulable que permitía hacer muchas de esas labores sentada. Una idea que se extendería en las décadas siguientes.

Armario de cocina, Christine Frederick para Hoosier Manufacturing Co., Estados Unidos, c. 1910.

Si Frederick mide el espacio, Lillian Gilbreth mide el cuerpo. Ingeniera y psicóloga, y una de las primeras mujeres en obtener un doctorado, llevó el análisis a un nivel casi coreográfico. Junto a su marido, Frank Gilbreth, estudió los movimientos mediante fotografía y filmación, trazando recorridos que permitían eliminar gestos innecesarios. De sus investigaciones surge la idea que sigue vigente de organizar la cocina en torno a un circuito lógico —fregadero, cocción y almacenamiento— que minimice desplazamientos. Es lo que se conoce como triángulo de trabajo.

Estas ideas, que nacen en Estados Unidos sobre el papel —en manuales, artículos y experimentos domésticos—, acaban tomando forma en Europa. Allí, arquitectas y diseñadoras empiezan a traducir esa obsesión por la eficiencia en planos, muebles y viviendas reales. Al mismo tiempo, la tecnología entra en casa. Aparecen utensilios mecánicos que facilitan las labores, nuevos materiales y electrodomésticos. Empresas como AEG empiezan a incorporar diseño a estos objetos, que dejan de ser solo funcionales para convertirse también en símbolos de modernidad dentro de los hogares.

Las cocinas empezaban a llenarse de elementos procedentes de la gran industria. Desde los cubos de basura con pedal hasta los portarrollos de papel anclados a la pared, estas mujeres introdujeron mejoras que en la actualidad parecen evidentes, como añadir baldas en la puerta de los frigoríficos o diseñar cocinas perfectamente funcionales que podían ocultarse en armarios para aprovechar cada centímetro en los hogares más pequeños.

El culmen de este proceso es la cocina de Frankfurt, diseñada por Margarete Schütte-Lihotzky. Un modelo compacto, ajustado a las dimensiones de la vivienda social alemana, que bien podría encontrarse en los catálogos de muebles de diseño contemporáneo. Tablas escamoteables que permitían ampliar la encimera al cubrir el fregadero; cajones dispensadores metálicos perfectamente etiquetados para almacenar arroces, harinas, pastas y otros ingredientes secos. Todo en una estética sorprendentemente familiar, muy cercana a lo que ahora se asocia con el orden visual de las cocinas más cuidadas.

El azul oscuro de los muebles tampoco era decorativo. Respondía a los estudios de la época, que sostenían que ese tono ayudaba a repeler a las moscas. Un detalle que resume bien el espíritu del momento, donde diseño, higiene y eficiencia formaban parte de una misma lógica.

Fotografía de la cocina de Frankfurt, autor desconocido, 1926.

Muchas de las soluciones que ahora parecen innovadoras nacieron hace más de un siglo. La preocupación por el orden y por hacer la rutina más llevadera ya estaba ahí. Cambian los materiales, cambian las modas, pero la idea se mantiene. Al final, se trataba —y se trata— de no dar tantas vueltas. Esa es la historia que recorre la exposición Las ingenieras domésticas y la revolución de la cocina del Museo Nacional de Artes Decorativas, a partir de la colección Alfaro Hofmann, que podrá visitarse hasta mediados de septiembre.

Fuente: https://elpais.com/gastronomia/2026-05-11/como-nacio-la-cocina-moderna-las-mujeres-que-la-transformaron-desde-el-cansancio.html

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