La psicóloga y sexóloga Ana Sierra reflexiona sobre las manifestaciones públicas de amor, que no siempre responden a un sentimiento verdadero, sino que más bien son una forma de redención.

ANA SIERRA / YoDona
ana una medalla olímpica. Llora. Se emociona. Y en plena celebración, confiesa en directo que ha sido infiel a su pareja. El gesto del biatleta noruego Sturla Holm Lægreid fue interpretado por muchos como valentía. Como honestidad y amor desesperado.
Primero pensamos: ¡qué bonito! Ojalá alguien me quisiera tanto que hiciera esos actos de valentía por mí, dando la cara ante el mundo. Dos segundos después: ¿por qué me parece bonito algo que invade la intimidad de otra persona? Ahí empieza la reflexión.
El mito del amor épico
Nos han educado en una narrativa concreta, donde se valora y premia el amor romántico, que hace locuras por la persona que ama. Frases como «si lo grita al mundo, es porque te quiere», «si sufre por ti, es amor verdadero», «si lucha hasta el final, merece otra oportunidad», se nos han grabado a fuego. Algo bastante lógico si tenemos en cuenta la cantidad de inputs con este mensaje que hemos recibido a lo largo de nuestra historia de vida.
Recuerdo el día en que el encantador Totó de Cinema Paradiso, una película maravillosa de Guiseppe Tornatore, hacía guardias callejeras en la ventana de su amada, bajo la lluvia, un día sí y otro también, hasta que ella decidiera darle el tan esperado ok para que fuera su novia. Yo, emocionadita, deseaba un amor así.
Ahora, si hacen eso sentiría miedo, llamaría al 112 y al 016, además de pedir ayuda en mi entorno y denunciar el acoso. Porque desde la psicología social, que es relacional, y la neurociencia, sabemos algo clave: la intensidad no es sinónimo de amor, el cerebro responde a la épica con dopamina, el drama activa el sistema de recompensa y la emoción intensa genera sensación de significado.
Pero, por desgracia, la dopamina no distingue entre vínculo sano y una escena espectacular. Sólo registra activación. Por eso confundimos impacto con profundidad y algo puede parecernos romántico… aunque no lo sea.
Amor idealizado vs. realidad humana
El relato romántico tradicional sostiene que cuando amas no fallas, pero la realidad afectiva es más compleja. Según el estudio sobre hábitos sexuales 2025 de Diversual, realizado con 4.794 personas, un 28,9% reconoce haber sido infiel al menos una vez en una relación estable. Casi tres de cada 10 personas. Esto no normaliza la infidelidad, pero sí desmonta la fantasía de que el amor elimina automáticamente la ambivalencia, el deseo externo o la contradicción humana. Porque muchas personas que han sido infieles declaran seguir queriendo a su pareja.
Es decir, el amor y el error pueden coexistir. Pero eso no exime de responsabilidad. Lo que diferencia el amor adulto no es la ausencia de error, es la forma en que se asume, se repara y se respeta a la otra persona.
Confesar no siempre es reparar
Confesar puede ser un acto de honestidad, pero hacerlo en un escenario público introduce un elemento nuevo: la audiencia. Y cuando hay audiencia, cambia la dinámica considerablemente. Y cabría preguntarse: ¿se está buscando reparar o aliviar culpa?, ¿hay consentimiento para convertir una historia íntima compartida en contenido mediático? y ¿se está respetando el espacio emocional de la otra persona?
Cuando alguien expone un conflicto privado sin que la otra parte esté presente ni haya dado su consentimiento, está tomando una decisión unilateral sobre algo que pertenece a dos. Eso genera asimetría y el amor sano no es asimétrico. El amor no es un mecanismo para limpiar conciencia en directo.
Cuando el romanticismo invade
A lo largo de la historia humana hemos romantizado conductas que merecen revisión. Declaraciones públicas sin consentimiento; por ejemplo, pedir matrimonio sin conocer qué querrá o dirá la otra parte. Insistencias que ignoran un «no», o gestos grandilocuentes que colocan presión social sobre la otra persona. Así como, exposiciones emocionales que priorizan el propio dolor sobre el respeto.
Debemos entender que amar no es pasar por encima de las decisiones privadas de tu pareja. No es presionarle públicamente para que vuelva contigo o te de un «sí quiero». No es convertir la culpa en espectáculo.
La insistencia no es nunca una prueba de amor. Es, muchas veces, incapacidad para tolerar el rechazo. Pero culturalmente hemos aplaudido esa incapacidad como si fuera romanticismo.
Entonces, ¿qué es amar realmente?
Amar es respetar un límite incluso cuando te rompe. No utilizar el espacio público para resolver conflictos privados. No exponer a la otra persona para aliviar tu dolor. Elegir libremente y permitir que la otra persona también pueda no elegirte.
Porque el amor adulto necesita tres pilares: consentimiento, libertad y respeto por la intimidad compartida. Sin eso, lo que hay es intensidad, que llamamos pasión, en un nefasto control de impulsos; pero no necesariamente amor.
Preguntas incómodas (pero necesarias)
Antes de hacer un gesto romántico, conviene preguntarse si lo hago para reparar o para aliviar mi culpa, si la otra persona querría que esto fuera público, si estoy respetando su decisión o intentando hacer que doblegue con presión social.¿Estoy buscando amor o redención?
Y sí, los actos románticos desde los cuidados, el amor del bueno, el que desean ambos, los detalles y el consentimiento, que sean siempre bienvenidos y bien melosos. Que una cosa no quita la otra, y quedarse atontada haciendo feliz a la persona que amas es maravilloso.
En la vida, como en San Valentín, quizás no necesitamos tanta épica, sino más conciencia emocional. Porque amar no es dramatizar para ser perdonado, es asumir sin exponer, reparar sin presionar y sostener el límite del otro, aunque nos duela. Y eso, aunque no tenga aplausos ni medallas, sí es profundamente romántico.
Fuente: https://www.elmundo.es/yodona/lifestyle/2026/02/27/699f199421efa015388b4571.html