
Carlos Álvarez /
Carlos’s Substack
Un paso, otro paso, uno más… Me doy cuenta de que llevo caminando durante mucho tiempo, pero ¿serán minutos, horas? ¿Habrá avanzado siquiera el tiempo? ¿Qué es el tiempo?
Recientemente me reencontré —o quizá me encontré por primera vez— con el caminar, con el arte de caminar. Le llamo arte porque, cuando se realiza de manera consciente, se vuelve una expresión sutil de creatividad. No hace mucho tuve la oportunidad de habitar una nueva casa que poco a poco empiezo a llamar hogar y, afortunadamente, está dentro de un complejo residencial muy hermoso, con calles de adoquín y múltiples jardines comunales llenos de plantas y flores de todos los colores y tamaños.
Hace poco terminé una relación breve pero intensa; como toda ruptura, trajo sus claroscuros, sus matices de luz y de sombra. Una relación bien vivida, de algún modo, siempre cobra factura. Tras ese suceso, opté por una sobriedad prolongada —quizá indefinida— para aclarar mis pensamientos y emociones, y darle más sentido a mis acciones.
Los primeros días me sentía atascado, inmóvil, sin ganas de nada. Le daba vueltas y vueltas a todo: ¿fui yo?, ¿fue ella?, ¿fuimos los dos? Ese diálogo interno lacerante no me llevaba a ningún lugar. Un buen día, con muchas más preguntas que respuestas, decidí salir a caminar. Un paso, otro paso, uno más… y algo comenzó a cambiar. Primero de manera sutil, luego más evidente: la mente se aquietó, el ruido bajó, el cuerpo se relajó. ¿Paz? Creo que ya no recordaba qué era aquel estado lejano, pero ahí estaba, otra vez presente.
Nunca se fue; siempre estuvo ahí. Somos nosotros quienes la perdemos de vista. El ritmo acelerado de nuestro siglo —caminar para moverse de A a B, pero rara vez con detenimiento y presencia— parece imparable por momentos. Y, por el otro lado, el agotamiento extremo nos empuja al sedentarismo: después de un día largo, lo único que uno quiere es tumbarse en la sala y no existir, difuminarse con el ruido de una serie de fondo, algún estímulo vacío en redes sociales o cualquier cosa que “apague” el ruido.
Tal vez no estoy descubriendo nada nuevo. Quizá caminar sea una forma antigua de recordar. Antes de que el pensamiento se sentara a la mesa y se encerrara en la quietud de los muros, hubo quienes pensaron con el cuerpo en movimiento. Hay saberes que no se entregan a quien los persigue, sino a quien avanza sin prisa; como si ciertas verdades solo se revelaran al cuerpo cuando este recupera su ritmo natural. Los peripatéticos, seguidores de Aristóteles, eran llamados así porque paseaban por los jardines del Liceo mientras discutían sobre la vida, el Ser, la filosofía.
Me imagino, por momentos, como un estudiante más del maestro, respirando el aire fresco ateniense, que invita la brisa desde el Pireo, el mar Egeo y el sempiterno mar Mediterráneo. Caminando con parsimonia, primero como entrando en un estado meditativo. Y desde ahí, poder acceder desde la presencia a estados más elevados de consciencia. Vislumbrar respuestas del Ser, del Uno. Y culminar en una quietud, acompañada de un estado de profunda paz.
Pero no camino por los jardines del Liceo ni escucho la voz del maestro entre columnas antiguas. Camino hoy, entre banquetas irregulares, autos que pasan rápido y pantallas que nos reclaman atención a cada instante. Aun así, algo de aquella enseñanza antigua subsiste: no en la forma, sino en el gesto. El cuerpo sigue sabiendo lo que la mente olvida. Basta salir a caminar para que, por un momento, el tiempo se vuelva menos avasallador y el pensamiento recupere su respiración. No es Atenas, pero el movimiento es el mismo. No es el mismo mundo, pero el cuerpo sigue siendo el cuerpo.
No tengo grandes conclusiones. Caminar no ordena la vida ni resuelve todos los nudos. A veces ni siquiera trae respuestas. Pero devuelve algo más básico: presencia. En estas últimas semanas recordé —quizá como un recuerdo del ser— que el caminar nos hace volver al cuerpo, al paso, a la respiración, a uno mismo. Salir sin distracciones, sin prisa, sin rumbo claro. Caminar no para llegar a ningún lado, sino para habitar el trayecto. Quizá no encontremos nada extraordinario en el camino. Pero, de vez en cuando, el simple hecho de volver a caminar con atención basta para que el ruido baje y el mundo —por un momento— deje de pesar tanto.
Escrito después de caminar sin buscar respuestas, una tarde cualquiera.