La anexión de Canadá a Estados Unidos, las noticias presentadas en pantallas y los aviones personales fueron algunas de las muchas predicciones sobre las que informó el Times hace un siglo.

Por Armando Arrieta / The N ew York Times
Este artículo forma parte de la serie Puntos de inflexión, que analiza momentos críticos para este año y el próximo.
“Canadá terminará por unirse a Estados Unidos”, dijo un editor londinense en 1926, según The New York Times. Ahora, si tal unificación sería beneficiosa o desastrosa, apuntó el editor, “es imposible saberlo”.
En artículos similares de hace 100 años se pueden encontrar algunos de los mismos debates —y esperanzas— que la gente tiene de cara a 2026. La próxima generación prestará atención a las lecciones de la guerra y creerá en la paz. Algunas enfermedades mortales serán erradicadas. Las economías podrán ser prósperas indefinidamente.
El año 1926 estuvo lleno de predicciones formuladas en medio de avances tecnológicos colosales y momentos culturales transformadores, y aquí nos hemos sumergido en los archivos del Times para ver cómo se veía el futuro hace un siglo, y qué ocurrió en realidad.
Además del debate sobre la expansión de Estados Unidos hacia el norte (que no ha ocurrido; al menos no todavía), los artículos del Times se preguntaban si el jazz estaría muriendo (desde luego no era así: John Coltrane y Miles Davis, futuros iconos de esta forma de arte, nacerían ambos en 1926).
Un científico del MIT predijo que durante el próximo siglo se produciría una grave escasez mundial de alimentos, planteando que el reno y el caribú podrían convertirse en fuentes importantes de sustento, a menos que se desarrollaran métodos más eficaces de producción y conservación de alimentos (afortunadamente, así fue).
Una reseña del libro The Future de A. M. Low señalaba una profecía sobre el metro que parecía poco seria, pero era reveladora, hecha por Low: “Los asientos de los trenes subterráneos tendrán forma de cómodos sillones, habrá libros al alcance de la mano y camareros que sirvan refrigerios ligeros mientras en una pantalla se proyectan las últimas noticias e imágenes recibidas de todo del mundo vía inalámbrica”. (¿Noticias en pantallas? Eso ya. Seguimos esperando los refrigerios).

La era de la ciencia

La radio en una pantalla. En diciembre de 1926, un ingeniero de General Electric dijo en una reunión de ingenieros eléctricos que una innovación sumamente fantástica que se creía que estaba a siglos de distancia en realidad podría ser desarrollada pronto. El televisor —“imágenes en movimiento e imágenes pintadas por haces de luz”, como dijo el Times— ya no era un sueño lejano. Los investigadores estaban cada vez más seguros de que tenían todo lo que necesitaban para crear una tecnología en la que las imágenes pudieran moverse en una pantalla con sonido. Y los científicos predecían que, junto con el televisor, con el tiempo llegaría la posibilidad de “ver al telefonear”.

La promesa de la insulina. Cuatro años después de que se lanzara la insulinoterapia como tratamiento para la diabetes, y luego de que surgiera mucha propaganda y desinformación atacándola, diciendo que se trataba de una práctica peligrosa, en 1926 se comunicó a los médicos que las muertes por la enfermedad se habían vuelto raras para quienes recibían el tratamiento adecuado. “La duración de la vida se ha prolongado indefinidamente”, anunció John Ralston Williams a la Sociedad Médica del Estado de Nueva York. Un siglo después, más de ocho millones de estadounidenses con diabetes dependen de la terapia diaria con insulina.

Un futuro sintético. “La era sintética está cerca y no está lejano el día en que el mundo se liberará de la tiranía de las materias primas”, proclamaba el Times en el verano de 1926. Se preveía que el cobre, el plomo y el estaño se agotarían en pocas décadas, y la energía atómica aún era una solución lejana a los problemas energéticos del mundo. Pero no era necesario que cundiera el pánico, pues los científicos estaban descubriendo que podían idear soluciones sintéticas para absolutamente cualquier cosa que necesitara la sociedad, desde sustituir la madera en la construcción hasta fabricar caucho a partir del petróleo. Sin embargo, un obstáculo les molestaba: la nutrición sintética. “Se niegan a predecir que llegará el momento en que la humanidad se trague tres píldoras al día como sustituto de tres comidas completas”, informaba el Times.

Una cura para el sueño. En septiembre de 1926, el industrial químico Irénée du Pont habló sobre la posibilidad de desarrollar un fármaco sintético que con el tiempo sustituyera la necesidad de dormir. Tal fármaco podría “neutralizar de inmediato los venenos de la fatiga, que en la actualidad solo se destruyen mediante el derrochador método de dormirlos, a un costo de siete u ocho horas de las veinticuatro”, informaba el Times.

Un futuro urbano hacia arriba

La ciudad de Nueva York. “No daría cinco centavos por el Edificio Woolworth”, dijo Robert Reidt, el llamado “profeta del desastre”, a una audiencia radiofónica el 12 de febrero de 1926, dado que una bola de fuego estaba a punto de descender de los cielos y consumir la ciudad de Nueva York. O al menos, eso había profetizado él. Más adelante, ese mismo año, el Times publicó algunas predicciones un poco más optimistas sobre el futuro de la ciudad, incluido un editorial que describía el trabajo de Thomas Adams, pionero de la planificación urbana moderna. Según Adams, Nueva York y otras ciudades del futuro serían “más bellas y cómodas y menos congestionadas que las grandes ciudades actuales”. Adams predijo una suburbanización generalizada con cierta exactitud, al afirmar que en las próximas décadas surgirían nuevos tipos de regiones bucólicas y frondosas entre ciudades americanas como Nueva York y Filadelfia, mientras que “solo las industrias que pueden desarrollarse económicamente en terrenos muy cotizados”, como la banca, permanecerían en Manhattan.

Por las nubes. Luego de que en 1926 se anunciaran los planes para construir el edificio más alto del mundo, la Torre Larkin de 108 pisos en el centro de Manhattan, el Times informó sobre las preocupaciones que suscitaba su construcción y los inconvenientes de levantar una estructura semejante. ¿No supondría un edificio tan alto y congestionado una carga imposible para los sistemas de transporte? ¿Llegar a los pisos superiores no requeriría “viajes extensos y elaborados”, por no mencionar cantidades colosales de cables de ascensor y maquinaria? ¿Deberían construirse torres tan altas? Al final, la Torre Larkin nunca salió de la fase de planificación, mientras que el Empire State, un edificio de 102 pisos, se inauguraría cinco años más tarde.

Edison, el opositor. Alguien que en 1926 ya se había cansado del furor estadounidense por los rascacielos era Thomas Edison. Según el Times, el famoso inventor dijo en una entrevista en noviembre de ese año que la construcción de rascacielos probablemente estaría “prohibida en el futuro” en las zonas congestionadas de las ciudades, pues las desastrosas aglomeraciones causadas por edificios tan altos terminarían por estrangular el tráfico en las calles de abajo.

A los cielos

Los albores de la aviación comercial. Para 1926 los primeros días de la aviación habían quedado atrás, y una nueva era de aviación comercial mundial había llegado. “Volar no conoce fronteras”, proclamaba un artículo de The New York Times Magazine, y Estados Unidos, Europa, Rusia, India y Australia se sentían un poco más cerca gracias a las líneas aéreas. En 1926, unos siete años después de que el primer vuelo exprés diario transportara a un piloto y dos pasajeros entre Londres y París, las compañías aéreas podían llevar hasta 20 pasajeros en la ruta, y ni siquiera tenían que hablar a gritos en la cabina. Los nuevos motores permitían que los pasajeros conversaran en el aire “solo levantando ligeramente la voz”. El transporte aéreo, según el Times, se estaba modernizando tan rápidamente que, en un futuro próximo, los viajeros ultramodernos podrían dar la vuelta al mundo en “no más de 10 días”.

Un avión en cada casa. Según un artículo publicado en el Times en septiembre de 1926, los avances en la seguridad de la aviación harían que un día volar fuera infalible. Tanto, que “los aviones serán tan seguros y tendrán un precio tan razonable que el hombre promedio que tenga un automóvil podrá comprar un avión”, aseguró un fabricante de aviones.
Fuente: https://www.nytimes.com/es/2026/01/02/espanol/cultura/futuro-1926-2026.html