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Así es el libro de política más influyente del año: «La escasez que padecemos es una elección» | La Lectura

‘Abundancia’, que llega ahora a España, empuja a la izquierda a reinventarse para construir más casas, chips, redes… «Vivimos en una escasez elegida y admitir que podemos obrar de otra forma es emocionante», dice Derek Thompson, coautor del libro junto a Ezra Klein

Patricia Bolinches

Cuando se rompe el hechizo de un orden político, ideas que antes se consideraban inverosímiles e inaceptables se vuelven posibles, incluso inevitables. Ocurrió en la década de 1930 en Estados Unidos, cuando la Gran Depresión creó el espacio necesario para el auge del «colectivismo socialdemócrata» de Franklin Delano Roosevelt. Ocurrió tras la década de 1970, cuando el auge del individualismo cambió la forma en que la gente pensaba sobre los impuestos y el gasto, la regulación de la economía y la libertad, lo que consolidó un «neoliberalismo sociológico». Y puede que, mientras usted lee estas líneas, esté ocurriendo de nuevo.

«Nos encontramos en un período poco común en la historia en el que el declive de un orden político da paso a otro. No es algo repentino, sino que el colapso se ha ido gestando durante décadas. Comenzó con la Gran Recesión, que destrozó la creencia generalizada en los mercados desregulados. La crisis climática reveló todo lo que la filosofía de sólo búsqueda de beneficios ocultaba. Las consecuencias de la normalización del comercio con China demostraron que los profetas del libre comercio no entendían ni a China ni a Estados Unidos. A lo largo de la década de 2010, una lenta recuperación económica alimentó el resentimiento público por la desigualdad. En 2020, la pandemia aniquiló la confianza de muchos en el gobierno, o lo que quedaba de ella. Y entre 2021 y 2024, la inflación atrajo la atención hacia una oleada de crisis interconectadas, de escasez, oferta y asequibilidad. Durante años, los límites de la política se habían percibido como fijos, incluso inmutables. Pero ahora se están derrumbando».

Este párrafo tan poderoso, tan vivo y provocador, está en las páginas de Abundancia, el libro escrito por los periodistas Ezra Klein y Derek Thompson que ha generado un enorme debate en EEUU y que ahora llega a España (Capitán Swing). Subtitulado en inglés La nueva izquierda y el futuro del progreso, el libro no es un tratado de ciencia política o una crónica de actualidad, sino un ensayo centrado en algo mucho más concreto. En una situación que España también está experimentando, pero no acaba de definir.

Se trata del problema de la escasez y de la abundancia. De cómo necesitamos más pisos y menos smartphones, más energía asequible y menos ropa de cinco euros. De cómo las decisiones de una generación, por muy bienintencionadas, útiles e incluso necesarias que fueran, tienen consecuencias enormes sobre la siguiente y crean brechas profundas. Un fenómeno que empezamos a abordar aquí, desde ángulos distintos, gracias a obras recientemente publicadas, como Tres millones de viviendas, del sociólogo Jorge Galindo, o La vida cañón. La historia de España a través de los boomers, de la periodista Analía Plaza.

Abundancia arranca con una declaración concisa y potente: «La escasez es una elección. Para tener el futuro que deseamos, necesitamos construir e inventar más». Eso es todo. Esa es la tesis. Parece demasiado simple y simplista. «Y, sin embargo, la historia de EEUU en el siglo XXI es la historia de una escasez elegida. Reconocer que podríamos obrar de otra manera es emocionante, pero enfrentarse a las razones por las que elegimos lo contrario es desesperante», explica Thompson en una charla con Papel en Washington.

Construir, construir, construir. Vivienda, infraestructuras, redes. Algo que en el pasado se hacía a lo grande, pero que ahora se ha vuelto lento, cuando no imposible. En parte por la acumulación de crisis, en parte por ideología, en parte por cabezonería, en parte por las reglas que nos dimos para evitar el fraude, la corrupción, la contaminación o la discriminación. Reglas necesarias y loables en sus objetivos, pero ineficientes para el siglo XXI y con efectos no deseados mucho más profundos de lo que imaginamos.

Ezra Klein, columnista estrella de The New York Times, y Derek Thompson, reportero de The Atlantic, son dos periodistas jóvenes, progresistas, que llevan lustros escribiendo sobre políticas públicas, tecnología y economía. Han sido blogueros y analistas, curtidos en mil batallas digitales. Están a favor del estado de bienestar y la distribución. De las políticas públicas que ayuden a los más necesitados y que corrigen desequilibrios sistémicos.

Ahora ocupan una posición de éxito en el corazón del establishment, y precisamente por eso han querido lanzar un mensaje a sus propias filas. Uno amargo, muy difícil de tragar, que arranca con reproches: «Los Demócratas, acobardados por la revolución de Ronald Reagan y temerosos de ser calificados de socialistas, se autoconfinaron a trabajar sólo la parte de la oferta en la economía. Cuando los americanos escucharon decir en 1978 que ‘el Gobierno no puede resolver nuestros problemas, sólo fijar nuestros objetivos’, las palabras no venían de los conservadores, sino de Jimmy Carter. En 1996, Bill Clinton anunció a bombo y platillo que «la era de los grandes gobiernos ha terminado», apuntan. Y desde entonces, ha ido a peor.

Las palabras ‘oferta’ y ‘desregulación’ se codifican como de derechas y por eso la gente de izquierdas siente una alergia instintiva. Pero, ¿cómo ayuda a los pobres la escasez de vivienda o de vacunas?Derek Thompson

En uno de sus primeros vídeos, antes de convertirse en polemista nacional y luego en político, Pablo Iglesias explicaba a su audiencia que «el comunista que pierde es un mal comunista». Luego añadía que él estaba harto de perder, así que era hora de empezar a hacer las cosas de otra manera para salir del rincón olvidado de la historia. En la primera escena del primer episodio de la serie The Newsroom, de Aaron Sorkin, el protagonista, un periodista cínico y pasado de vueltas, deja en shock al público naíf de un panel en una universidad cuando afirma que «EEUU no es el mejor país del mundo» y que «a la gente no le gustan los progresistas porque pierden». «Si son tan jodidamente listos, ¿por qué pierden siempre?», se preguntaba.

Los autores de Abundancia, emblemas de ese progresismo educado y leído de las élites, pero hartos de perder batallas en la práctica, fusionan ambos planteamientos, o algo parecido, en su ensayo, que ha recibido tanta atención mediática como críticas a su contenido, atacando que no se centren en los ricos, las empresas, los monopolios, las leyes de competencia o que no sea un manual sobre una teoría completa del poder.

«No hay ninguna contradicción entre el libro y los objetivos de la izquierda», dice Thompson. «Alcanzar los objetivos de la izquierda moderna no es siquiera posible sin la reforma del Estado que imaginamos. Pero he llegado a apreciar las tensiones entre Abundancia y las formas más puras de populismo, porque simplemente tenemos diferentes teorías del poder».

Klein y Thompson son cualquier cosa salvo radicales y subversivos. Usan un lenguaje siempre medido y pocos calificativos. Pero dicen que en realidad su libro sí es una teoría del poder, pero una que no le gusta a la izquierda. Sugieren que si los progresistas y socialistas no ganan es porque han renunciado a la batalla de las ideas o se han obsesionado con ellas, respectivamente. Se han replegado y se han obsesionado tanto con los procedimientos y la filosofía que se ha olvidado de los resultados. Les importa más tener razón que conseguir objetivos. Han sido incapaces de darse cuenta de cuáles son las prioridades de la gente y de aceptar que a menudo «las soluciones de una generación se pueden convertir en los problemas de la siguiente», escriben. «La política no va de los problemas que tenemos, sino de los que vemos», añaden lamentando que dentro de las teorías populistas del poder, las malas políticas (policies), las que no funcionan y fracasan, a menudo se justifiquen como buena política (politics) porque son ideológicamente puras.

EEUU, como Europa, padece un drama de escasez y de mala regulación, pero la izquierda, sostienen, tiene demasiado miedo, o inhibiciones, para romper los tabúes a los que se ha aferrado. Las soluciones requieren arrojo, exigen políticas económicas sobre la oferta y no sobre la demanda y necesitan desregulación. «Pero no del mercado, sino del Gobierno», puntualiza Thompson. «El problema es que esos son términos asociados desde hace década a la derecha que el progresismo no quiere tocar por miedo. Por diversas razones las palabras ‘oferta’ y ‘desregulación’ se codifican como de derechas y por eso la gente de izquierdas a menudo siente una alergia instintiva. Pero, ¿cómo ayuda a los pobres la escasez de vivienda? ¿O la escasez de vacunas que pueden salvarles la vida? ¿O que el Gobierno esté tan atado de manos que no pueda funcionar mientras intentamos añadirle responsabilidades? No proponemos desregular el mercado, sino al propio gobierno para que logre sus propios fines. ‘Desregulación’ debería ser una palabra con la que nos sintamos cómodos si las normas que obstaculizan al gobierno le impiden alcanzar sus objetivos».

«Quiero ver más redistribución, pero quiero que ésta cumpla lo que promete», ha escrito Klein. «Si los demócratas están cobrando impuestos para construir trenes de alta velocidad, ese tren de alta velocidad debería existir; si están cobrando impuestos para construir cargadores de vehículos eléctricos, esos cargadores deberían construirse; si prometen precios más bajos para los medicamentos, esos precios más bajos deberían materializarse rápidamente.

Los autores sostienen que las empresas y los millonarios tienen demasiado poder sobre la economía y la política. Defienden que sí hay problemas que se pueden remediar o paliar dando dinero, cheques, mediante transferencias y estabilizadores automáticos en momentos de crisis. Pero hay otras, como la falta de viviendas, que no. Y admitirlo, explican desesperándose, no es ser de conservador, reaccionario, vendidos al capital y los promotores. «Tenemos abundancia de los bienes que llenan una casa y escasez de lo necesario para una buena vida», explica Thomson. «Hay muchas teles, electrodomésticos y ropa. No estamos en contra, pero lo que queremos son los cimientos de una buena vida, y estos empiezan no sólo por una vivienda, sino por vivir donde quieres vivir. No sólo hablamos de tener cuatro paredes y un techo, sino de que estén donde quieres estar y trabajar. Si los costes energéticos se descontrolan, todo lo que define la economía moderna, ya sean nuestros coches o la calefacción, sube de precio y la vida se vuelve imposible. Las últimas décadas han sido las de una economía del consumo, pero los pilares de la abundancia no son televisores de pantalla plana y móviles pequeños con internet».

EEUU construyó menos casas en los años 70 que en los 60. Menos en los 80 que en los 70 y así hasta nuestros días. El bum posterior a la Segunda Guerra Mundial provocó una expansión sin precedentes. Pero la falta de regulaciones medioambientales o laborales provocó contaminaciones brutales de aguas y aire. Los gobiernos, tarde y mal a menudo, reaccionaron. «Pero esas leyes bienintencionadas para proteger la naturaleza en el siglo XX hoy bloquean los proyectos para tener energías limpias en el XXI», afirma el libro.Y ahí llega el grueso de la controversia, hasta el punto de que alguna publicación ha dicho que el libro es combustible «para las guerras civiles de los Demócratas» y «neoliberalismo camuflado».

Es demasiado difícil construir viviendas. Es demasiado difícil generar energía limpia. Es demasiado difícil construir transporte públicoDerek Thompson

Los autores son muy cautos. No rechazan del todo las regulaciones y protecciones, todo lo contrario. Pero constatan que el celo administrativo hace imposible en la práctica lo necesario para cubrir las necesidades, lo que provoca precios disparados, procesos eternos y enorme frustración. Conseguir los estudios, los permisos y las licencias cuesta cientos de miles de euros y años de trabajo. Las leyes destinadas a corregir discriminaciones históricas tienen efectos no deseados sobre el terreno. Y al final, sólo unos pocos se lucran y millones pagan las consecuencias. Literalmente.

«Se ha vuelto demasiado difícil construir y demasiado caro vivir en lugares donde gobiernan los demócratas», escriben. «Es demasiado difícil construir viviendas. Es demasiado difícil generar energía limpia. Es demasiado difícil construir transporte público. El problema no es técnico porque sabemos cómo construir complejos de apartamentos, paneles solares y vías de tren. El problema radica en las normas, las leyes y la cultura política que rigen la construcción en muchos estados demócratas». Construir casas cuesta 2,3 veces más en la progresista California que en la conservadora Texas. Y se tarda casi dos años más.

Klein y Thompson llevan años recopilando ejemplos y datos. Insisten que no es cherry-picking, que no han ido a por lo más extremo o lo más fácil. Por ejemplo, en 2019, la legislatura de Nueva York aprobó un plan de tarificación por congestión de coches para la ciudad. El plan era bastante simple, parecido al de Londres y otras ciudades europeas: que conducir por las zonas más concurridas de Manhattan costara dinero y usar los ingresos para mejorar el transporte público en toda la región.

El problema es que algunas calles se construyeron con fondos federales, y la ley establece que un estado no puede imponer por su cuenta un recargo de ese tipo. Nueva York necesitaba a Washington. Trump se oponía frontalmente, pero Joe Biden no, ya que parecía el clásico objetivo de un Ejecutivo progresista: reducir contaminación con una tasa progresiva que afecta, en general, a quienes tienen recursos suficientes para conducir por Manhattan. Aun así, la medida se atascó entre abogados, lobistas, cámaras legislativas, comités y en 2024 seguían esperando.

Hay mucho más en el libro (y en sus columnas y podcast). Un baño público para un parque en el barrio de Noe Valley, en San Francisco, costaba 1,7 millones, porque la construcción requería una licitación muy lenta, sueldos muy por encima de la media por trabajar para el ayuntamiento, nueve agencias diferentes para aprobar el proceso, una revisión de diseño, varias sesiones para escuchar la opinión de la comunidad…

La lectura no es que la única manera de construir cosas en EEUU es romper todas las reglas, sino que que la única manera de construir cosas es entender qué reglas nos sirvenDerek Thompson

En Chicago o Washington se están haciendo viviendas protegidas para vecinos de rentas bajas, y construir cada piso supone entre 1,1 y 1.3 millones. En San Francisco, la única manera de hacerlo por menos de medio millón es esquivar de mutuo acuerdo al Gobierno, mediante una inversión privada enorme y permisos especiales que permitan evitar parte de las normativas, como el número de plazas de aparcamiento exigidas por ley. O que ciertas obras sólo las hagan empresas con menos de siete millones de facturación. O que pase por media docena de comités. Al final, hay muy pocos contratistas que cumplan todos los requisitos, y son muy caros y por esa demanda, muy lentos. Y cuando ya saben hacer el trabajo, dejan de cumplir las exigencias, así que no pueden hacer más.

Los ejemplos hacen hervir la sangre. El proyecto del metro de la Segunda Avenida en la ciudad de Nueva York fue el más caro por kilómetro que el mundo haya visto jamás. Nada ha cambiado desde entonces. California tiene el peor problema de vivienda de EEUU. Acoge al 12 % de la población del país, pero al 30% de las personas sin hogar y al 50 % de la población sin hogar sin refugio. «¿Ha llevado este fracaso innegable a que California construya hoy más viviendas que hace una década? No», sentencian.

En 1982, el gobernador Jerry Brown firmó un proyecto de ley para estudiar el diseño de un tren de alta velocidad en California y creó una autoridad para planificar su construcción. En 2008, los votantes aprobaron la Proposición 1A, que reservó 10.000 millones para iniciar la construcción de una línea para conectar Los Ángeles y San Francisco, en dos horas y 40 minutos. Costaría, estimaban, 33.600 millones, y los californianos podrían utilizarla para el año 2020. En 2018, la previsión era que no habría ningún tramo transitable hasta mínimo 2020, y el costo estimado ya no era de 33.000 millones, sino de 77.000. «El proyecto se encuentra atrapado en un extraño limbo entre la fantasía política y la realidad. La agencia no tiene ni de cerca el dinero ni el capital político que necesitaría para completar la línea de Los Ángeles a San Francisco y el coste ahora se estima en 110.000 millones».

El libro expone otro caso revelador. Cuando un camión con combustible volcó sobre un puente de la autopista I-95, en Pensilvania, explotó y el calor fundió un puente por el que circula más de 160.000 vehículos al día. Repararlo siguiendo las normas habría llevado años. El gobernador, demócrata, declaró el estado de emergencia, y las rodeó, dando el trabajo a empresas que ya estaban en la zona o conocidas, permitiendo turnos de trabajo de 24 horas, acelerando cada paso. El nuevo puente estuvo listo en semanas.

«La lectura no debería ser que la única manera de construir cosas en EEUU es romper todas las reglas. Yo diría que la única manera de construir cosas es entender qué reglas nos sirven. El gobernador Shapiro entendió que no podía depender de una ley de hacía 53 años para construir este puente. Hoy tenemos que tener una conversación honesta sobre qué reglas tienen sentido para la década de 2020. Me niego a entrar en una narrativa que diga que construir y tener aire limpio, leyes laborales justas son incompatibles», recalca Thompson. «Cada época tienen que reconocer diferentes problemas y resolverlos tal y como son ahora en lugar de aferrarse a paradigmas que tenían sentido hace 60 años».

Ahora mismo EEUU, pero también Europa, viven en medio de polarización, furia e incapacidad de los partidos de trabajar juntos. Obsesionados por las luchas identitarias e incapaces de trabajar para solucionar los problemas palpables. «Como sostiene Gary Gerstle, historiador de Cambridge, la política avanza no por los desacuerdos entre los partidos, algo muy evidente, sino por los acuerdos discretos. Lo que vivimos ahora es un interregno, un período entre órdenes políticos», sostiene Thompson. «En EEUU tenemos una izquierda que avanza velozmente hacia el socialismo y una derecha que avanza velozmente hacia esta extraña combinación de autoritarismo corporativo o corporativista. Y a medida que los partidos se distancian, hay menos espacio para que la gente realmente se ponga de acuerdo y avance en las políticas de forma sostenible».

Como avisó Antonio Gramsci, cuando el viejo mundo está muriendo y el nuevo mundo lucha por nacer, «es el tiempo de los monstruos»

‘Abundancia’, de Ezra Klein y Derek Thompson, ya está a la venta (Capitán Swing)

Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2025/10/03/68de5afee9cf4a9e218b45ae.html

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