La Academia prefiere pecar de conservadora antes que de innovadora, por eso, una palabra puede permanecer décadas en esas dependencias funerarias del idioma

Rafael del Moral / VozPópuli
El DLE (Diccionario de la lengua española), ese que consultamos en la web, acoge las palabras vivas, aquellas que la RAE considera vigentes o que aún respiran en la literatura que un lector medio frecuenta: del Quijote a la obra de García Márquez. El DHLE (Diccionario histórico de la lengua española), en cambio, es la necrópolis. Allí acuden, sin desvío posible, las palabras que han agotado su aliento, enterradas con lápidas que, dentro de un proyecto monumental, reconstruyen sus vidas a modo de semblanza para dejarlas al alcance de investigadores y curiosos.
El tránsito de una palabra hacia ese archivo funerario no es irreflexivo. No hay arrebato ni improvisación en la Real Academia Española, sino un ceremonial de exequias lingüísticas lento, burocrático y deliberadamente cauteloso. La Academia prefiere pecar de conservadora antes que de innovadora. Por eso, una palabra puede permanecer décadas en esas dependencias funerarias del idioma sin que nadie la convoque en el habla, antes de que se le retire, por fin, su documento de identidad.
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La RAE no dicta sentencia de muerte porque una palabra resulte fea, incorrecta o políticamente incómoda —aunque este último motivo haya suscitado debates—. El criterio decisivo es la desaparición de su uso. Para acreditarla, los académicos recurren a dos grandes instrumentos tecnológicos: el CORDE, para los textos históricos, y el CREA y el CORPES XXI para los contemporáneos. Si una voz no deja rastro en estas fuentes durante cincuenta o cien años, comienza a figurar como candidata al fallecimiento.
Conviene advertirlo: el proceso no es automático. Exige atravesar tres umbrales. El primero es la propuesta: un académico o una comisión técnica sugiere que un término ha perdido vigencia o se ha convertido en un estorbo. El segundo es la consulta: la RAE no decide en soledad, pues está obligada a recabar la opinión de las veintitrés academias de la ASALE, las de América y la Academia Filipina. Basta con que una palabra conserve vida en un rincón de los Andes o en una comarca de Honduras para que se le conceda el indulto y permanezca en el diccionario. La unidad de la lengua prevalece. El tercer filtro es el pleno: si todas las academias coinciden en que la palabra es ya un cadáver, se vota su defunción. Entonces desaparece de la siguiente actualización del diccionario.
Han sido retirados términos que ya no aportan significado alguno o que nacieron de errores en ediciones pasadas: tecnicismos obsoletos que nombraban piezas de carruajes del siglo XVIII o remedios medicinales de raíz alquímica; variantes ortográficas extrañas que en otro tiempo se toleraban y que hoy se tienden a suprimir para fijar una sola forma, la más extendida; palabras de un único uso, surgidas en un libro concreto de un autor olvidado, que nunca lograron incorporarse al habla común.
No obstante, la muerte no siempre es definitiva. Algunas palabras, al borde de la desaparición, regresan por efecto de modas o rescates literarios. En tales casos, la RAE las conserva en el DLE con la marca desus. (desusada). Es una señal de alerta, aunque no siempre un presagio de expulsión: hay términos marcados como desusados que llevan décadas en el diccionario y probablemente permanezcan en él mientras sigan apareciendo en los textos clásicos de referencia. Podría decirse, con todo, que se trata de voces en una sala de espera de duración incierta.
El DLE reúne más de 93.000 palabras o lemas, que ascienden a cerca de 195.000 si se cuentan sus acepciones. Su revisión es constante: cada año se añaden, se modifican o se eliminan términos. Sin embargo, las supresiones no suelen anunciarse con la misma visibilidad. Muchas voces atraviesan primero el estadio de desuso antes de desaparecer por completo. Aun así, estudios lexicográficos y exposiciones recientes han llamado la atención sobre voces hoy prácticamente desaparecidas del uso o relegadas a un papel testimonial: gaudio, sinónimo de gozo o alegría; acocharse, que significaba agacharse o agazaparse; jacarear, que aludía a deambular por las calles cantando y alborotando; liróforo, voz poética aplicada al poeta; terribilísimo, superlativo de terrible abandonado por falta de uso; durindana, nombre de espada que llegó a emplearse como símbolo de justicia; o bajamanero, el ladrón que robaba con astucia y disimulo. En ocasiones, lo que se extingue no es la palabra en sí, sino alguno de sus usos o acepciones.
En última instancia, el diccionario no es sino el guardián de un cementerio y, al mismo tiempo, el cronista de una herencia. Pero la verdadera soberanía no reside en sus páginas, sino en el aire. Son los hablantes, con su aliento cotidiano, quienes deciden qué palabras merecen la gracia de la memoria y cuáles, por el peso silencioso del olvido, deben descansar en la paz de los archivos.
El veredicto final no lo dicta una comisión, sino el tiempo. Mientras una palabra conserve la capacidad de evocar una idea o de despertar un sentimiento, hallará la forma de esquivar su funeral y persistir, vibrante, en los labios de quienes la pronuncian.
Fuente: https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/asi-decide-la-rae-cuando-una-palabra-debe-morir.html