La tensión latente que cualquiera detecta en la calle destruye una de las cosas más valiosas de la vida: las relaciones sociales. «Hay torpeza, rapidez, prisas, dejadez, agobio, presión, exigencia extrema… pero maldad, maldad es lo que menos hay», dice Ana Asensio, autora de El cerebro necesita abrazos, con quien hablamos de cómo preservar el amor en tiempos de agitación.

LAURA RODRIGÁÑEZ / TELVA
Hay días en los que el mundo entero parece empujarte hacia fuera de ti. Te subes al coche con prisa después de una intensa jornada de trabajo, te tragas un atasco, recibes un mensaje que te remueve… Y sin darte cuenta llegas a casa con el cuerpo en tensión y el alma en vilo. Abres la puerta de casa y esa alteración sale a borbotones: una frase más brusca de la cuenta, un suspiro más largo, un gesto que no coincide con tu intención… Y quienes más quieres se convierten en receptores de una tormenta que ni siquiera era para ellos.
Ana Asensio, psicóloga y doctora en neurociencia, analiza esa escena con la delicadeza que no tienen los malos entendidos: «Llegamos desencajados y empezamos a ver amenazas donde solo hay cansancio. Convertimos a nuestra gente en enemigos cuando en realidad son nuestro vínculo seguro», cuenta mientras hablamos con ella con motivo del lanzamiento de su nuevo libro El cerebro necesita abrazos (Roca Editorial). Y mientras lo dice, cualquiera se puede reconocer en esos miles de pequeños momentos en los que faltó una pausa, una palabra o un abrazo a tiempo.
La distorsión tiene un origen muy simple: vivimos desconectados. «El cerebro siempre va a la amenaza. Si no tiene información suficiente —si no hay comunicación, si no hay mirada—, se activa la supervivencia», explica. Y desde ahí es fácil que una mala tarde se convierta en un conflicto, que un mal gesto se interprete como un ataque, que un silencio abra la puerta al miedo y no a la ternura. Falta escucha, comunicación y responsabilidad afectiva y emocional.
«La medicina de la vida es el amor», afirma Ana Asensio. No quiere que sea un eslogan moñas. Al revés, su tono tiene ese cariz de conclusión científica basado en datos contrastados como que las relaciones de calidad reducen cortisol, aumentan la oxitocina y devuelven al cuerpo a un estado de seguridad fisiológica. La falta de ellas, en cambio, lo deteriora. «La soledad no deseada es más agresiva para el cuerpo que fumar», recuerda.
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Conectar con amor: un asunto biológico, no romántico
Cuando Asensio habla de amor no se refiere a enamoramientos ni a escenas de película, sino a la conexión cotidiana: contar cómo estás, reconocer el cansancio, pedir perdón, mirar a los ojos. «No hay mayor gozo que una amiga que te entiende y te escucha. No hay mayor gozo que alguien que te ofrece su ayuda o que te mira y te ve».
Poner palabras a cómo estamos sería suficiente para evitar gran parte de los conflictos que se generan por malos entendidos. «Imagínate que alguien llega al trabajo y dice: ‘Hoy no tengo mi mejor día. Si no estoy muy amable, no me lo tengas en cuenta’. Eso sería maravilloso», dice la experta. Pero tendemos a no comunicar ni hacernos cargo de lo que nos pasa como también tendemos a no poner el oído al corazón de quien tenemos enfrente. Estamos poco entrenados en responsabilidad emocional y social. «Nos falta educación para digerir lo que nos pasa antes de volcarlo en el otro. Y cuando no lo digerimos, el otro lo nota en la energía, en la falta de comunicación, en la falta de consideración».
Esa conexión empática, dice, no es una habilidad opcional, sino un mecanismo de ajuste del cerebro: necesitamos a otro para regularnos. «El cerebro necesita mucha comunicación para estar tranquilo», dice Ana Asensio. No es casual que las personas hiper empáticas, «las que se fusionan con el otro», sufran más, ni que quienes viven rodeados de malentendidos acaben con la sensación de no pertenecer. La incomodidad también se sostiene mejor en compañía. «Sostener el dolor no quiere decir que no duela. Quiere decir que puedes seguir con tu vida porque te sientes acompañado», apostilla.

el primer deber de toda relación
Para Asensio, si hay un punto de partida imprescindible para que una relación se defina como saludable es escuchar: «El primer deber del amor es escuchar, en sentido de oreja-corazón, es decir, más allá de las palabras. ¿Cuántas veces viene alguien con una protesta y lo que está diciendo es: ‘Me siento terminalmente sola’. Poder hacer sentir a la otra persona que igual no la entiendes, pero la ves y la respetas. Porque detrás de un enfado muchas veces hay una tristeza profunda o detrás de un ataque, la sensación de no ser visto».
En su libro, la autora detecta mucho mitos a derribar y uno de los más dañinos tiene mucho que ver con esto de la comunicación (decir y escuchar). «Uno de los grandes mitos es ‘si alguien me quiere, debería saber lo que necesito sin que yo lo diga’. O sea, no. Deberíamos, por responsabilidad afectiva y social, convertirnos en un manual de instrucciones de aquellas cosas que nos importan. Deberíamos poder explicarle al mundo como es nuestra forma de sentir y de pensar, no para que nos complazcan, sino para hacer ver que soy así cuando te interesa que alguien te conozca. Presuponer es un error». Porque la conexión no nace de la adivinación, sino de la comunicación clara.

el mejor predictor de la felicidad a partir de los 50
Hacia el final de nuestra conversación, Ana Asensio cita uno de los estudios más sólidos y emocionantes de la ciencia contemporánea: el estudio de Harvard que lleva más de ocho décadas analizando qué hace que una vida sea buena. Y su conclusión, lo repite con una convicción casi serena, lo cambia todo: «A partir de los 50 el mayor indicador de felicidad, longevidad y éxito no es el dinero, ni el físico, ni cuántas cosas tengas… sino la calidad de tus relaciones». Y remata, para que no haya dudas: «No es lo guapa que te veas, es con quién te vinculas y cómo te vinculas».
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Con la experiencia, solemos volvernos más selectivos: elegimos menos personas pero más hogar. «A esa edad ya sabemos con quién nos sentimos en casa, con quién su mirada nos da paz, quién nos quiere bien y quién no». Esa selección fina del entorno que va desde el amigo que te recibe al vecino con quien conversas dos minutos o al compañero de trabajo que te escucha tu minuto del odio, predice no solo tu felicidad, sino tu salud física.
El estrés, esa gran pandemia silenciosa que, según me confirma Ana Asensio durante la conversación, causa con el 90% de las enfermedades, tiene cura en las relaciones. «El amor es lo único que elimina el estrés», dice. ¿No será entonces que la solución a todos esos males que aquejan a la sociedad moderna que está mucho más cerca de lo que creemos? Mirar más, escuchar más, comunicarnos mejor, pedir ayuda sin pudor y volver a abrazar (literal y simbólicamente) como si la vida dependiera de ello. Porque, de verdad, no nos queda ninguna duda después de hablar con la experta: nuestra vida depende de las relaciones que tengamos. Hagamos porque sean de las que nutren.