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Amor en la cama, higiene en el baño, soledad en el salón, educación en la alcoba: lo que nuestros hogares cuentan de la historia de la Humanidad | PAPEL

En ‘Si las paredes hablaran’, la historiadora del arte y filósofa británica Lucy Worsley hace un recorrido por la vida doméstica a lo largo de los siglos para descifrar cómo ha cambiado la sociedad en paralelo a la transformación de nuestras casas, desde el baño con cisterna a la librería del salón

Madrid

En realidad, Si las paredes hablaran, de Lucy Worsley (Capitán Swing), es uno de esos libros que son una-historia-de-todo al estilo de Sapiens, sólo que enhebrado con la idea de lo doméstico, con la historia de las casas en las que los humanos han vivido desde la cueva hasta el loft. Un ejemplo: ¿qué podemos decir del concepto de infancia y de sus mutaciones a lo largo de los siglos? Que la paulatina expulsión de los niños desde el lecho conyugal hasta otros rincones del hogar (un jergón individual al principio, un cuarto propio después) expresó y a la vez extendió la idea de que los padres aman a los niños y son responsables de ellos durante periodos cada vez más largos.

¿Cómo explicarlo con un ejemplo preciso? Meter a un bebé a la cama tiene su encanto para sus padres, pero hacer lo mismo con un muchacho de 12 años no lo tiene, es una pesadez. Como las familias medievales eran numerosas y dormían juntas, los niños grandes eran invitados a marcharse de casa pronto mejor que tarde. Buena suerte, chaval. Pero cuando esos niños tuvieron un sitio en la casa para ellos empezó a ser posible que su crianza se alargara y que el sentido del amor familiar se ampliara, se convirtiera en uno de los centros de la experiencia humana.

¿O fue al contrario, fue el descubrimiento de la educación y el cariño lo que llevó a sacar a los niños de las camas de sus padres? Da igual, los dos procesos son verosímiles y lo interesante es que se pueden llevar más allá. ¿No podríamos explicar la historia de la sexualidad en función de la intimidad que han tenido los amantes para desarrollar el amor, la dulzura y el deseo? ¿Qué es el baño en suite que tienen hoy los pisos de clase media sino una demanda y un invitación a las parejas con hijos para que se amen como si fueran veinteañeros atolondrados?

Un retrete de acabado arts and crafts aparece en la ilustración de la portada de Si las paredes hablaran. A su lado hay dibujos de llaves, coladores, tenedores, rollos de papel higiénico, lámparas de aceite, sartenes, corpiños, divanes, relojes de arena, espejos, molinillos para el café… Una historia íntima del hogar es el subtítulo del libro.

Vamos con otro ejemplo que explique cómo funciona Si las paredes hablaran: la literatura, el conocimiento y el espacio doméstico.

PREGUNTA: Hace poco vi una película española, ‘Las bicicletas son para el verano’. Aparecía una familia madrileña de clase media, gente más bien educada de los años 30. Y me fijé en que la biblioteca familiar no estaba en el salón sino en el trastero del ático, entre los cacharros viejos. Hoy, nuestras bibliotecas son nuestra gran vanidad doméstica.

RESPUESTA: No conozco el caso específico de España, pero en Gran Bretaña, la idea de la biblioteca privada está ligada al auge del protestantismo y a la Reforma del siglo XVI. En la religión católica, el creyente se comunica con Dios a través del sacerdote. En la religión protestante, el creyente puede hablar con Dios directamente, no necesita al sacerdote. Puede rezar si tiene a su lado una Biblia o un libro de oraciones. Así que empezaron a aparecer habitaciones pequeñas, los llamados gabinetes, que eran poco más que armarios y que permitían estar a solas, rezar, leer. Pronto empezaron a valer para guardar joyas valiosas e instrumentos musicales. Representaban una idea muy atractiva, la de la habitación para la soledad. Sus propietarios empezaban por tener algunos libros de oraciones pero luego quieren más y más, y al final tienen una cosa llamada biblioteca privada. Y el gabinete se convierte en el lugar en el que guardar las esperanzas y sueños. La tradición del gabinete desapareció en Gran Bretaña, pero los pioneros la llevaron a América, donde aún perdura. ¿Ha visto la serie Sexo en Nueva York? Carrie guarda sus zapatos en un gabinete que sigue representando sus esperanzas y sueños, como un inglés de la época Tudor.

Lucy Worsley, historiadora del arte, filósofa y divulgadora, lleva el hilo de las bibliotecas privadas más allá: «¿De verdad que a todo el mundo le gusta tener libros en casa? No estoy segura. A mí me gusta, quizás a usted también, pero no a todo el mundo. Yo diría que el deseo de mostrar nuestros libros, de presentarnos como personas cultas y con conocimientos, es tan antiguo como el Renacimiento, digamos que viene del siglo XV y que está relacionado con la invención de la imprenta. Pero la idea de que mis libros puedan expresar algo único e individual sobre mí es quizás una idea del siglo XVIII y está relacionada con el éxito de la novela como género literario. La novela enseña algo que va más allá del conocimiento: la novela trata sobre la sabiduría. Y hubo otro giro en esta historia. Cuando el mundo empezó a leer novelas escritas por mujeres, las mujeres empezaron a verse reflejadas en el mundo de los libros y los usaron para crear un retrato sentimental de sí mismas».

Continúe, por favor. ¿Cuándo empezaron los europeos a pensar que sus casas eran un retrato íntimo de sí mismos? «Vuelvo a hablar de Gran Bretaña: el rey Enrique VIII, en el siglo XVI, pudo construir un palacio como Hampton Court, inspirado en la arquitectura romana. Su mensaje era: ‘¡Mirad qué cosmopolita y qué culto soy! Mi hogar es como Italia’. Claro, un campesino de esa época no tenía recursos para permitirse un retrato doméstico de su alma. Todo es una cuestión de clase social. En el siglo XVIII, los comerciantes y la clase media urbana se empezaron a interesar por el arte y el mobiliario más refinado porque permitían expresar su individualidad. A partir del siglo XIX, muchos trabajadores llegaron a esa idea. Enrique VIII mandó exhibir retratos al óleo de sus familiares en las largas galerías de sus palacios. En el siglo XIX, prácticamente cualquiera podía permitirse una fotografía de sus familiares para exhibirla en su sala de estar. Era el mismo fin con tecnologías diferentes y precios diferentes».

De entre todos los temas que aparecen ligados a la historia de lo doméstico en Si las paredes hablaran, hay dos que son el nervio del libro: la historia del amor y la historia de la higiene. Las casas cambian y hacen que nuestra idea de la pareja, la familia, el deseo y la amistad cambien. Y las condiciones de higiene progresan y eso hace también que nuestras casas sirvan para cosas diferentes y ofrezcan placeres nuevos. ¿Por qué tardó dos siglos en popularizarse el inodoro con cisterna?, lanza Worsley en su libro. ¿Por qué la gente de la Edad Media dormía sentada?

Vamos primero con el amor: «Creo que hemos visto un gran cambio en la naturaleza del amor. En el siglo XVI, una pareja hablaba de dinero antes que nada. El acuerdo matrimonial era lo importante de las bodas. Luego tenían hijos y, si había suerte, la pareja se enamoraba. Ahora, en Occidente, mucha gente se enamora, tiene hijos y luego habla del dinero en el acuerdo de divorcio. El hogar pasa de ser un lugar donde la economía era el sentido primordial a un lugar donde el amor es la prioridad. Claro que a veces el amor se tuerce. ¿Quizás la gente medieval era simplemente más honesta que nosotros?», se pregunta Worsley.

¿Y la historia de la soledad? ¿No se supone que es ese el gran tema de nuestro mundo? «Cuidado: privacidad, libertad y soledad pueden ser diferentes nombres para la mismo idea. En la Edad Media nadie quería vivir solo. Era extraño. Los únicos que deseaban la soledad eran algunos religiosos, los ermitaños, y algunas personas consideradas malas: las brujas y los forajidos, por ejemplo. El resto de la gente estaba feliz de compartir habitaciones y camas con compañeros de trabajo e, incluso, con desconocidos. Con el paso del tiempo, surgió el individualismo. La gente deseaba ser diferente en lugar de igual a los demás. Ese sentido estuvo ligado al auge de la lectura, de la educación y a la aparición de la conciencia de las diferentes culturas. Así que la privacidad comenzó a cobrar cada vez más importancia en los hogares. La soledad es solo la otra cara de la moneda. Pero, como tantas otras cosas a lo largo de la historia, la forma en que uno experimenta la soledad, ya sea como privacidad o como aislamiento, puede depender de su estatus social. La vida de un rico en la Edad Media tiene mucho en común con la de las personas ricas en otros momentos de la historia. La vida de un pobre en cualquier época se parece».

PREGUNTA:Estaba pensando en esos edificios de viviendas soviéticos en los que las familias tenían espacios privados y compartían cocinas y baños… Podría haber tenido sentido pero la realidad es que no conozco a nadie que quiera eso.

RESPUESTA: Si lo pensamos, existían muchas comunidades exitosas así. Monasterios, asilos, colegios femeninos… Pero en el siglo XIX, con la Revolución Industrial, al menos en Gran Bretaña, un hombre podía aspirar a ganar suficiente dinero en una fábrica o una tienda para que su esposa no tuviera que trabajar y pudiera quedarse en casa. Se convirtió en el ideal de éxito. Así, se produjo el repliegue desde las comunidades hacia las familias. Luego, en el siglo XX, con el control de la natalidad, surgieron las familias nucleares compuestas por un hombre, una mujer y dos hijos. Era una idea muy poderosa. Mucha gente cree que es la única forma de vivir. ¡No lo es!

¿Y respecto a la higiene? «Me sorprende descubrir que los cambios en la higiene personal no están tan determinados por la tecnología. En la antigüedad ya existían las tuberías, el agua corriente y los baños de vapor. El progreso en el ámbito de la higiene está determinado principalmente por la evolución de las ideas médicas sobre lo que es saludable, y también por el coste de la mano de obra doméstica. Nadie tenía motivos para instalar tuberías mientras pudieran contar con mano de obra barata, a menudo femenina, para llevar agua a sus habitaciones y asearse», contesta Worsley. Cuando la criada se convirtió en asistenta y su trabajo se encareció, apareció la lavadora.

Una pregunta más: en español hay dos palabras para lo que los ingleses como Worsley llaman living room: está la palabra estar, que tiene un sentido un poco más relajado; y está la palabra salón, que tiene un sentido más tradicional y formal. Y, sorprendentemente, la palabra anticuada y rígida, salón, no ha desaparecido, se sigue usando más que estar. ¿Qué le dice esta paradoja? «Quizás sea una respuesta sensata a un mundo tan incierto. En el mundo en general, parece que vivimos en un caos constante y sin reglas. Al menos podemos tener reglas y sentirnos seguros y al mando de nuestras vidas en el hogar», responde Worsley.

Lo doméstico, en el fondo, es un tema conservador.

Fuente: https://www.elmundo.es/papel/historias/2026/04/17/69d77a20fdddfff3058b459b.html

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