La gran reportera mexicana, Premio Princesa de Asturias en 2018, reúne un tercer volumen de crónicas y reportajes sobre la difícil realidad de América Latina en este primer cuarto de siglo bajo el título Esta improbable tierra prometida (Debate)

Antonio Lucas / Texto / La Lectura
Sebastián Carrillo Fotografía
Fue el día en que el bailarín y coreógrafo estadounidense Merce Cunningham, al terminar una clase en Nueva York, le informó de que estaban buscando profesores de danza en Cuba. Alma Guillermoprieto tenía 20 años y era bailarina profesional de danza contemporánea, como Martha Graham, a quien tanto admiraba. Entendió el mensaje de su maestro, voló hacia la isla y a los pocos días ingresó en la Escuela Nacional de Danza de La Habana. Durante tres años mantuvo el baile y las clases a compás. Hasta 1973, cuando fue alejándose de la docencia. Entonces fue asomando en ella el periodismo, en el Caribe de su juventud. De una manera imprevista, puro instinto, como de golpe o sin saber, Alma Guillermoprieto comenzó a reportear a lo grande.
En 1978 prendió la revolución sandinista en Nicaragua. A los pocos días estaba allí cubriendo el acontecimiento para The Guardian. «No había hecho nada de periodismo así antes. Llegé a Managua y me propusieron escribir para el Guardian porque su corresponsal para Centroamérica se había ido a pescar», explica Guillermoprieto. Tenía 29 años. Había nacido en Ciudad de México en 1949. La primera crónica fue en inglés y así continuó por más de 40 años. Hoy es una maestra. Reportera de referencia para dos generaciones. Ha colaborado con The New Yorker, The New York Times y algunas de las casas del mejor periodismo en occidente. Corajuda, inteligente, osada. Arriesgó la vida en ocasiones, pero logró contar lo que ocurría donde estaba ocurriendo.
En un volumen necesario reúne ahora algunas de las crónicas realizadas en el siglo XXI. El título del conjunto es formidable: Esta improbable tierra prometida. Lo publica Debate. 19 reportajes precisos y robustos. Otro ejercicio iluminador. Piezas que dan cuenta de la convivencia de Guillermoprieto con «los chiquitos de la droga en Sinaloa», también el testimonio desolador del regreso a Managua; la reflexión sobre el asedio de EEUU en Nicaragua… Porque en este periodismo vibrante, sólido y bien vivido es una forma de repensar América Latina. Una manera de buscar razones, motivos, porqués de realidades feroces. «A veces me dicen que siempre escribo de cosas duras, pero cómo obviar que están ahí y hay que contarlas». Por eso ahora, con el reporterismo quizá cumplido, Alma Guillermoprieto defiende la alegría.
PREGUNTA: América Latina, como afirma en el título, ¿es «una improbable tierra prometida»?
RESPUESTA: Siempre. Y me gusta cómo lo ilustra la imagen de portada, del fotógrafo mexicano Pablo Ortiz Monasterio, pues a pesar de todo seguimos empujando el autobús destartalado. En esa estampa se aprecia un autobús desvencijado y algunos de sus ocupantes empujándolo en medio del desierto. Ese autobús se volverá a descomponer, una y otra vez, pero nosotros seguiremos empujando.
Esa improbable tierra prometida, pese a tanta injusticia y desigualdad, no pierde su potencia estimulante, su efervescencia cultural, incluso su alegría.
Le he dedicado a la alegría en mis crónicas mucho menos tiempo del que quisiera. Las cosas tan graves que suceden en nuestros países exigen ser contadas. Para mí es un acto de cobardía no presentarse ante esos hechos y dar cuenta de ellos. Pero incluso en momentos realmente horribles he encontrado alegría y cortesía en gente absolutamente vulnerada. Alegría y cortesía son aspectos muy presentes también en América Latina. Pienso en el reportaje que hice sobre los muchachos presos por el narcotráfico en Sinaloa, en quienes hallé valores importantes. Fueron exquisitos conmigo. Quizá hay que vivir situaciones de tristeza y pérdida enormes para encontrar la alegría en toda su importancia.
Con esta reunión de reportajes cierra un ciclo de crónicas realizadas desde la primera línea de ‘fuego’.
Así es. Ya no tengo la fuerza que requiere el reporterismo que he hecho hasta ahora. Demasiadas incomodidades, demasiados viajes, peligros, fatigas… Ahora me propongo observar América Latina desde otro lugar. He pasado 40 años haciendo un tipo de reportería que hoy no puedo permitirme. Las historias que hice al principio en Centroamérica implicaban muchos inconvenientes, aunque debo aclarar que soy una más. Muchos colegas han hecho lo mismo en circunstancias tremendas. Estoy rodeada de colegas que han reporteado así y asumen mucho más riesgo trabajando para medios latinoamericanos, que no ofrecen la misma protección que tengo yo. Mi valor es que soy terca. Y eso es indispensable.
¿Con todo lo que ha visto, ve más cerca el apocalipsis?
Es que el apocalipsis, por muy difíciles que sean las cosas por aquí, sucederá antes en los países desarrollados. Latinoamérica será el refugio de la vida frente a los desastres que irá imponiendo el imperio de EEUU -que sigue siendo imperialista, y de qué manera-. Lo digo muy en serio, aunque ahora suene extravagante una afirmación así.
«Soy de aquella generación que soñó con un mundo mejor y no supo cómo construirlo. Ahora estoy entre esa mayoría que siente un gran miedo del futuro»
Algunos de estos textos dan cuenta del regresos a lugares donde estuvo en momentos de mejor ilusión. Pienso en el reportaje sobre la Revolución Sandinista en Nicaragua, que usted visitó en 1978…
La revolución en Centroamérica, sobre todo la de Nicaragua, nos hizo sentir a muchos que era posible conseguir el cambio radical de una manera festiva y alegre. Y ese ánimo caracterizó los primeros dos años de la Revolución Sandinista… Regresar cuatro décadas después al mismo lugar obliga a repensar. Volver allí fue mi obligación de plantearme qué sucedió en Nicaragua. Obviamente el cambio no resistió. El poder del país lo ocupa un matrimonio que encabezó la revolución y desde hace años impuso un régimen terrible. La mayoría de revoluciones suelen fallar por lo mismo: la dificultad de articular instituciones funcionales. El reportaje de regreso me permitió preguntar lo que importa: ¿cómo cambiamos? ¿Cómo es posible cambiar como sociedad? ¿Cómo podemos hacer para estar mejor? Y cómo evitar ser las sociedades fallidas que hoy somos.
¿Considera el periodismo todavía un espacio favorable para la reflexión?
Así lo creo. El periodismo, más allá de sus urgencias, permite tener memoria y hacer memoria entre todos. Yo a los 30 años no habría sido capaz de pensar así de tantas cosas que ahora veo con claridad. Me faltaba experiencia, me faltaba memoria.
¿Y la corriente extremista que recorre América Latina?
Estos gobiernos radicales de extrema derecha y populismo delirante son resultados de fracasos. Sus electorados, profundamente necesitados y desilusionados, se voltean hacia alternativas extremas y simplistas por desesperación. ¿Pueden dar solución a los problemas? Pues me temo que alguno sí. Pienso en el gobierno de Nayib Bukele, en El Salvador. Éste va a durar muchos años.
¿Cómo?
Pues como ha hecho hasta ahora: dando remedio a un problema de inseguridad que afectaba a los salvadoreños y, más específicamente, a los jovencitos. La sociedad de El Salvador está dispuesta a soportar lo que sea con tal de poder lograr una seguridad duradera. Igual dan los abusos de los derechos humanos gravísimos con tal de que se pueda transitar por las calles y los niños y niñas puedan acudir a la escuela sin ser violadas, ellas, y reclutados, ellos, por organizaciones criminales.
«No me interesa la política, lo que me interesa es el teatro, el drama, y la farsa. Y en eso, Trump es el gran provocador»
Para eso ha generado centros de concentración de presos sin garantías…
Es una respuesta monstruosa, sin duda. Pero a la población no le importa esa parte. Esos campos de concentración son la respuesta y el precio que la sociedad está dispuesta a pagar por su tranquilidad. Tremendo, lo sé, pero es así.
Muchos de estos nuevos gobiernos extremistas son en verdad frágiles y no dan solución.
Es que a la derecha le sucede lo mismo que a los revolucionarios del siglo XX. Descuidan fortalecer las instituciones para lograr los cambios que pretenden. Entonces, irremediablemente, fracasan. Tenemos el antecedente de Bolsonaro en Brasil.
¿Pertenece a una generación más traicionada o más desengañada?
Soy de la generación que soñó con un mundo mejor y no tuvo mucha idea de cómo construirlo. Demasiadas personas de mi generación siguen aferradas al sueño aquel. Es muy intimidatorio vivir sin esas ilusiones. Es tremendamente difícil ser atea. Es complicado no creer que el progreso trae un mundo mejor…
¿Cómo se podría llegar del punto en el que estamos a ese «mundo mejor»?
Me cuesta trabajo imaginarlo. Y tampoco entiendo demasiado este momento del mundo. Pertenezco a esa mayoría que siente miedo del futuro.
«Con la emergencia de la IA, los periodistas vamos a pasar por una crisis profesional casi aniquiladora, pero soy optimista: sobreviviremos, el oficio no se extinguirá»
Un futuro de orden virtual…
Es que antes la guerra, por ejemplo, se hacía con un cuchillo, una lanza o una metralleta. Existía un cierto orden de la guerra, pero ahora con los drones todo se despersonaliza. Ahí está la inteligencia artificial, que no sabemos en verdad qué es ni cómo someterla. Tampoco tenemos voz ni voto frente a su avance. Y no debo olvidar la crisis ambiental, mucho más grande de lo que comprendemos. La ciudadanía está sola frente a los grandes poderes que miran hacia otro lado mientras esquilman la realidad.
¿El periodismo qué hace en medio de todo este desconcierto?
Pues ahí, en ese pequeño aunque importantísimo territorio del periodismo, soy optimista.
Cómo es eso.
Claro que sí. Creo que vamos a pasar por una crisis profesional casi aniquiladora. Con los nuevos e incesantes avances tecnológicos quién sabrá en cinco o diez años qué quedará, pero apuesto a que sobrevivirá el oficio de reportear hechos comprobables. La sociedad no puede subsistir sin una fuente permanente de esos hechos. Los negocios no pueden operar, la política no puede operar, la sociedad no puede operar sin ese bien fundamental. Entonces soy optimista. Lo vamos a pasar mal, pero sobreviviremos y el periodismo no se extinguirá.
Entre los retratos que recoge en este volumen está el de Evo Morales, una de las decepciones de Bolivia.
Evo era una personalidad frágil, yo creo. No resistió el peso de la presidencia de su país, pero llegó a ella decidido a hacer cambios muy importantes. Que no me oigan mis amigos reporteros bolivianos porque su sentimientos sobre la figura de Evo y sus hechos es terrible.
¿Y los entiende?
Cómo no los voy a entender. Evo es un hombre que se hizo a sí mismo a machetazos y que se confeccionó como figura política también en esa guerra contra las drogas que desató EEUU. Evo cambió el lugar que se le daba a los indígenas en la sociedad boliviana. Ese es un cambio tremendamente importante. Por fin podían decir: «Aquí nosotros mandamos»…
«Los gobiernos radicales de extrema derecha y populismo delirante en América Latina son resultados de fracasos. ¿Pueden dar soluciones? Me temo que alguno sí»
Pero lo acorralan algunas causas judiciales feas.
Lo sé. Y debe responder por ellas, pero por alguna perversión mía Evo me sigue cayendo bien.
¿Y Venezuela? Uno de sus reportajes, ‘No llores por mí Venezuela’, no deja mucho sitio para un horizonte mejor en ese país.
Y fíjate ahora, qué desastre sobre el desastre trajeron los terremotos. Venezuela nos duele en el alma. Qué horror. Este es el momento en que Trump va a demostrar si tiene el más mínimo compromiso con esta colonia que se ha apropiado. Hasta el momento [la entrevista se desarrolla el 30 de junio] no ha dicho una sola palabra de compromiso con el padecimiento de los venezolanos. Para colmo, al frente del país está una traidora, Delcy Rodríguez. ¿Cuál va a ser la legitimidad que va a tener a partir de ahora esa presidenta, tan absolutamente incapaz de hacer frente a este desastre? En Venezuela se tambalea el castillo de palillitos chinos que construyó Marco Rubio, secretario de Estado de Trump.
¿Y el papel de María Corina Machado?
Con todas mis reservas sobre cómo es ella y cuál sería su política, es la persona que los venezolanos eligieron y aun así, Trump no le permite entrar en el país. Una mujer de gran coraje que se ha roto la garganta manifestándose contra Maduro y los hermanos Rodríguez (Delcy y Alberto). Siempre digo que no me interesa la política, aunque nadie me crea. Lo que me interesa es el teatro, el drama y la farsa. Trump ha sido el provocador de los dramas y farsas peores de este continente en lo que lleva en el poder. Y María Corina, aunque algunos no lo crean, es una de sus víctimas.
¿Sería mejor administradora del caos en Venezuela que Delcy Rodríguez?
No lo sé. Pero, insisto, fue la candidata que escogió el pueblo venezolano. Para Trump favorecer ahora ese país es una molestia. Está demasiado metido en intentar disimular su fracaso en Irán. Es más, Irán es una consecuencia de lo que él percibió como un triunfo en Venezuela. Se envalentonó, como buen abusón, pero le salió todo catastrófico. No tiene la menor capacidad estratégica. Qué se puede esperar de él más que un desastre tras otro. La invasión de Venezuela eliminó la posibilidad de una verdadera autonomía no sólo allí, sino en América Latina y en todo el mundo. El uso caprichoso de la violencia es una fórmula que durante su mandato nos tendrá aterrados a todos. Lo de Groenlandia, por ejemplo, no está acabado ni olvidado. Continúa en los planes de EEUU.
Ha generado el caos como estado natural del mundo.
Él, personalmente, prospera en el caos, se siente cómodo, pero una parte de la ultraderecha no está en ese afán caótico. Es más: prefieren el lema de orden y progreso. Otra cosa es el nuevo presidente de Colombia, De La Espriella, que sí está en esa tradición caótica trumpiana.
Las crónicas, para regresar al libro, tienen una estructura muy robusta. ¿Qué trabajo hay detrás?
Mi adorado editor en et, Robert Gottlieb, que falleció para desgracia de todos sus colaboradores, decía algo hermoso: «El escritor suele estar en medio de la neblina de la creación». Y es cierto. No tengo idea de hacia dónde voy cuando empiezo un reportaje, pero es cierto que si logro un buen arranque de crónica (a lo que dedico la mayor parte de mi tiempo) y alcanzo después un buen final, lo demás es caminar.
Este libro, escribe, «va dedicado también a Néstor, con la esperanza de que en algún rincón del mundo haya encontrado paz». ¿Quién es Néstor?
Uno de esos muchachitos asesinos de los tantos que he conocido. Alguien de vida terrible. Cómo estará Néstor. Ya pasó la pena máxima de prisión, así que lo imagino muerto o quién sabe qué. Es otro hijo de la violencia. Tienen la vulnerabilidad y el alma infantil de los desamparados.
¿Intentó rescatar a alguno?
Si fuera por mí, claro que habría repartido hasta los calcetines, pero mi obligación es mantener la distancia y no crear en mis entrevistados la ilusión de que les puedo ayudar. Sería terrible. Tienen tanta necesidad de ayuda que hay que hacer un esfuerzo constante para evitar la ilusión de que estás ahí para rescatarlos.
¿Tienen alternativa?
Muy pocos de ellos. Estos muchachos son también parte de la consecuencia de esa guerra sin cabeza de EEUU contra el narcotráfico. Ahora mismo, después de dos millones de muertos en el combate gringo contra la droga en América Latina, hay más sustancias que nunca, más negocio que nunca, más comercio que nunca.
Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2026/07/23/6a54a588fdddff3f5a8b458f.html