El triángulo de Dora Carrington, las amantes de Picasso, la devoción de Sorolla hacia Clotilde, los disparos de Saint Phalle a su amante, el deseo lésbico de Lempicka, el amor platónico de Botticelli… En ‘El amor a través del arte’ Nick Trend repasa los sentimientos íntimos que laten en los cuadros

Vanessa Graell / La Lectura
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El nacimiento de Venus (1485) de Sandro Botticelli no es (solo) uno de los cuadros más bellos sobre mitología clásica. Ni siquiera es solo el primer desnudo erótico (y no bíblico) que se pintaba desde la Antigüedad en un evocador homenaje a la Afrodita de Cnido de Praxíteles. Es un cuadro sobre un amor imposible, sobre una fascinación que va más allá de la muerte. Al menos ese es el mayor rumor de la Historia del Arte. La impresionante Venus casi a tamaño natural no es otra que el amor platónico de Botticelli: Simonetta Vespucci, casada a los 16 años con el aristócrata Marco Vespucci. Aunque no existen documentos ni registro alguno en el que Botticelli confesara su pasión, las especulaciones -reforzadas por las propias obras del italiano- apuntan a un pintor secretamente prendado de la «bella Simonetta», como se la conocía en la corte de Florencia, donde deslumbró hasta a los Médici. ¿Por qué sino seguía pintándola lustros después de su prematura muerte a los 23 años? ¿Por qué la mayoría de sus madonas y diosas parecen tener el rostro de Simonetta?
El nacimiento de Venus, creado casi 10 años después del fallecimiento de la joven por una fatal tuberculosis, es una clara declaración de amor cortés con una coartada mitológica más que literal: Simonetta nació en Porto Venere [Puerto de Venus], en la costa de Ligura, «donde el furioso Neptuno golpea las rocas / Ahí, como Venus, nació entre las olas», escribió el poeta Angelo Poliziano. «¿Fue una mujer que lo obsesionó o lo fascinó hasta el punto de convertirla en diosa?», se pregunta, algo retóricamente, el historiador del arte y periodista del Daily TelegraphNick Trend, autor de El amor a través del arte (Cinco Tintas), un delicioso volumen que, como reza su subtítulo, es Un paseo por los amores eternos, secretos, encadenados, ardientes y no correspondidos.

Por si cabían dudas en el caso de Botticelli: de todas las iglesias de Florencia pidió ser enterrado en la de Ognissanti, a los pies de la tumba de Simonetta. Habían pasado 34 años desde que ella murió.
«¿Cuántas canciones habrá inspirado el amor? ¿Pero qué hay del arte? ¿Qué nos dicen las imágenes acerca del amor? No es algo de lo que se hable mucho…», pregunta, de nuevo retóricamente, Trend. Ese fue el punto de partida de un original libro con más de 70 pinturas que esconden los sentimientos de Rafael, Caravaggio, Georgia O’Keefe, Leonora Carrington, Frida Kahlo…
«Las canciones de amor tratan de expresar sentimientos. Pero gran parte de la Historia del Arte visual versa sobre el erotismo, con el desnudo como un género en sí mismo. Sin embargo, hay muchos ejemplos de pinturas que expresan sentimientos reales, porque son artistas retratando a sus amantes o amadas. Y eso hace que la imagen sea aún más poderosa«, compara Trend. ¿Cómo pinta un artista enamorado a su modelo? ¿Hay más pasión, turbación o delicadeza en sus pinceladas? Las respuestas son tantas como las personalidades y los egos. Pero lo interesante, incide Trend, es que al ver un desnudo erótico el espectador adopta un papel de voyeur, mientras que ante el retrato de una amante se pone en la piel del artista: «Se reflejan los sentimientos más profundos del pintor. De alguna manera, te conviertes en el artista porque estás mirando a la modelo y ella te devuelve la mirada».
Todo empezó con Rembrandt.
Nick Trend, que durante años formó parte del equipo curatorial de la National Gallery de Londres, trabajaba en un texto sobre la pintura holandesa del siglo XVII. Un día, a solas en la sala 22 de la National Gallery, le llamó la atención el Retrato de Hendrickje Stoffels (c. 1654-1656), que Rembrandt pintó en una de las épocas más terribles de su vida, en plena bancarrota. «Hay deseo y admiración… Sentí esa conexión que Rembrandt debió tener cuando pintó el retrato. Esa sala está llena de algunas de sus mejores pinturas pero siempre fue ese cuadro el que desprendía una presencia y un poder diferentes», cuenta el historiador.

¿Quién fue Hendrickje? El segundo gran amor de Rembrandt, la que le devolvió la ilusión años después de la muerte de su esposa Saskia. Sin embargo, nunca se casó con su joven amante (20 años menor que él) porque, según el testamento de Saskia, perdería la herencia si volvía a contraer nupcias. Sí tuvieron una hija. «Ella iba a ser madre soltera en la Holanda del siglo XVII, lo que la convertía en una paria social y religiosa. Pero permaneció al lado de Rembrandt, incluso en su peor momento», explica Trend. Se refiere a la quiebra económica, a la pérdida de clientes, a la mudanza forzosa a una casa barata… Pero Hendrickje abrió una tienda para vender sus pinturas y grabados, junto a Titus, el hijo de Rembrandt y Saskia. Y en ese retrato de la National Gallery, él la pinta con una dignidad y compostura dignas de una reina. Su reina.
«A partir de ese cuadro empecé a investigar otras historias de amor. Forzosamente muchas se han quedado fuera, como la de Dalí y Gala. He procurado que hubiese la mayor variedad posible, tanto geográfica como temporal», admite Trend. Eso sí, los españoles están muy presentes en su ensayo, casi como la cara y la cruz de una misma moneda: Joaquín Sorolla (1863-1923), fiel y amante esposo de Clotilde, con la que se casó a los 25 años hasta que la muerte les separó, versus Pablo Picasso (1881-1973), muy amante de sus muchas mujeres. «Solo Picasso daría para un libro entero… Pintó a todas sus amantes pero decidí resumirlo en dos: Olga Khokhlova y Marie-Thérèse Walker«, apunta Trend.
¿MUJERIEGO O MARIDO FIEL?
Olga fue la primera esposa de Picasso, a la que conoció en 1917 cuando bailaba en los Ballets Rusos de Diagilev. Pronto se casaron y tuvieron un hijo. Picasso no dejó de pintarla con intensidad y pasión: una Olga bellísima, a la española, con el mantón de Manila y el abanico que él mismo le regaló en Barcelona, cuando le presentó a sus padres. Pero… apenas una década después transforma a Olga en un ser monstruoso, informe, devorador. Con un cubismo despiadado y lacerante (porque se clava, el cuadro duele), el Gran desnudo en un sillón rojo (1929) estremece a pesar de su colorismo. Sobre todo cuando, al girar la página, aparece otra Mujer desnuda en un sillón rojo (1932), esta vez dulce, suave, armoniosa. Es Marie-Thérèse, su amante desde hacía un lustro, cuando un Picasso de 45 años se fijó por la calle en una chiquilla de 17 años. «Probablemente sea el mismo sillón rojo… Resulta bastante visceral ver esas dos pinturas juntas. La pobre Olga aparece completamente destrozada y Marie-Thérèse luce hermosa», suspira Trend.
¿Y qué hay de Sorolla? «Los affaires hacen correr más tinta que los matrimonios felizmente casados. La relación de Sorolla y Clotilde fue profunda y duradera, la pintó tantas veces…», ahora Trend sonríe. Clotilde como poderosa bailaora, como santa, como Venus… Terrenal y divina, la devoción de Sorolla por su mujer era total. Si La Venus del espejo (c. 1647-1651) de Velázquez está considerado como uno de los mejores desnudos de la Historia del Arte, la versión que hizo Sorolla casi tres siglos después no se queda atrás. Tras viajar a Reino Unido para ver el lienzo de Velázquez (entonces, en la mansión de Rokeby Park;hoy se conserva en la National Gallery), Sorolla también pintó a Clotilde de espaldas, pero sin espejo y sin Cupido. Tan solo ella recostada sobre unas evanescentes sábanas rosas que potencian la sensualidad (y carnalidad) de su esbelto cuerpo. Se titula, simplemente, Desnudo de mujer (1902).

ADÁN AL DESNUDO (O NO TANTO)
Habrá que esperar al siglo XX para que las mujeres pinten -y desnuden- a sus amantes. Si Botticelli hizo el primer desnudo erótico desde la Antigüedad, la francesaSuzanne Valadon (1865-1938) fue la primera en quitarle la ropa a un hombre en su revolucionaria versión de Adán y Eva. Era 1909. Ella es Eva y Adán el joven amante con el que acabaría casándose, André Utter. En este caso fue la mujer, una Valadon de 43 años, la que le sacaba 20 años al hombre, un amigo de su hijo Maurice Utrillo (que concibió con el pintor español Miguel Utrillo, aunque este tardó años en reconocerle y darle su apellido, pero ese es otro de los culebrones de la genial Valadon, que también enamoró a Erik Satie).

«Valadon transgredió las reglas del arte occidental, invirtió los roles tradicionales en todos los sentidos. Pasó de ser la modelo de Renoir, Degas o Toulouse-Lautrec a convertirse en pintora», resalta Trend. Cuando expuso su Adán y Eva en el Salón de París de 1920 tuvo que cubrir los genitales de Adán-André con una casta hoja de parra. Sin embargo, la desnudez de Eva-Suzanne no escandalizaba.
Otra artista que invirtió roles y tradición fue la británica Sylvia Sleigh (1916-2010) en El baño turco (1973), la respuesta femenina del clásico harén de Ingres, de finales del XIX, con decenas de odaliscas sin ropa alguna, en provocativas poses propias de una fantasía masculina. «Son huríes sin individualizar», criticó Sleigh. Dos siglos después de Ingres, la artista desnudó a seis de sus amigos, con rostros reconocibles, nombres y apellidos. «No los pinté como objetos sexuales, sino como retratos, de manera simpática y como a personas inteligentes y admiradas», reivindicó entonces Sleigh. En un primer plano, recostado cual odalisca de Ingres, aparece su marido Lawrence Alloway, pintado con la misma ternura, naturalidad y vulnerabilidad que los demás.

«La de Valadon y la de Sleigh son dos obras canónicas, el otro lado de la Historia, así en mayúsculas. Porque no muestran solo un cambio en el arte, sino en la propia sociedad», considera Trend.
Otro hito en sí misma: Tamara de Lempicka (1894-1980), la mujer que amó, deseó y desnudó a otras mujeres. También a hombres. En 1927, paseando por el Bois de Boulogne, Lempicka conoció a La Belle Rafaëla, así tituló su voluptuoso desnudo, tan elegante y glamouroso como sexy, sugerente y… ¿orgásmico? La propia Lempicka explicó así el encuentro con Rafaëla, que seguramente fuese una de las meretrices que rondaban por el parque, al estilo Belle de jour: «Es la mujer más hermosa que haya visto jamás. Enormes ojos negros, boca sensual y hermosa, cuerpo hermoso. La detengo y le digo: ‘Mademoiselle, soy pintora y me gustaría que posara para mí. ¿Lo haría?'». La pintó seis veces en un año. «Sabemos que el último cuadro en que Tamara estuvo trabajando antes de morir en 1980 era una copia del cuadro de Rafaëla de 1927″, cuenta Trend. Habían pasado más de cinco décadas, pero Lempicka aún recordaba a la chica del parque.
DISPARA A TU EX
La fantástica Niki de Saint Phalle (1930-2002) fue una de las artista más radicales del siglo XX. Su icónico Retrato de mi amante es más que explícito (1961): una camisa de hombre atacada con pintura y clavada sobre una pizarra, con una diana a modo de cabeza. «En realidad, estaba muy enfadada con mi novio de entonces y disfrutaba lanzando dardos a su imagen», admitió la artista, que invitaba a los espectadores a tirar dardos sobre aquel amante no identificado.

De Saint Phalle llevó la catarsis aún más lejos en sus series de Shooting Paintings (Pinturas de disparos) en las que disparaba con un rifle bolsas de pintura para pintar/manchar/maltratar el lienzo. «Disparaba a papá, a todos los hombres, a los hombres importantes, a los hombres gordos, a los hombres, a mi hermano, a la sociedad, a la Iglesia, a la escuela conventual, a mi familia, a mi madre…», explicó De Saint Phalle, que en sus memorias de 1994, tituladas Mi secreto, confesó haber sufrido abusos sexuales por parte de su padre cuando tan solo tenía 11 años.
«El amor comprende muchas emociones diferentes. Hay mucha inseguridad, ansiedad, rechazo, dolor… También una buena dosis de lujuria, obviamente. Pero no es una única emoción, se mezclan muchos sentimientos cuando estamos enamorados», incide Trend. Quien vivió toda la complejidad del amor fue, sin duda, Dora Carrignton (1893-1932). Por resumir: primero se enamoró de un homosexual (Lytton Strachey, del círculo de Bloomsbury), luego de una transgresora bisexual (Henrietta Bingham) y fue rechazada por ambos, pero se casó con un hombre al que no amaba (Ralph Parridge, objeto del deseo de Strachey: de hecho, vivieron los tres juntos durante años), aunque sí deseaba a su mejor amigo (Gerald Brenan, que se había instalado en un remoto pueblo de las Alpujarras y con quien mantuvo un romance platónico y epistolar). Todos esos amores están plasmados en sus cuadros. Entre acantilados amenazantes, noches estrelladas y plácidos rincones de lectura laten la pérdida, lo inalcanzable, lo prohibido… El lado oscuro y doloroso del amor.

El amor a través del arte
Nick Trend
Cinco Tintas. Traducción de Montserrat Asensio. 208 páginas. 24,95 euros
Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2025/07/09/685d5fc6fdddff2a968b4582.html