Los Periodistas

A las monjas yo las vi primero | YO DONA

Mi hermana quería ser santa y tocar el arpa. Yo imaginaba retirarme a un convento en mi jubilación. Ahora ser monja –mejor, hablar de monjas– está de moda. Ver para creer.

FOTO: GETTY IMAGES
  • SILVIA NIETO / YO DONA

Hay gente que tiene lo que yo llamo el Síndrome de Yopri. Tú dices que has hecho algo o has conocido a alguien y ellos se apresuran a contar que lo hicieron antes que tú. O si no, que han conocido a alguien –dónde va a parar– mucho más interesante que ése de quien tú estás hablando. Ellos siempre primero. Siempre antes. Además, es que no falla. Algo en su interior les impide callarse la boca, entender que a ti igual te está haciendo ilusión contar algo y que no hace falta competir para demostrar que están a la altura. Que a veces toca escuchar.
Bueno, pues yo voy a proceder aquí y ahora a hacer un Yopri mundial, me ha llegado la vez y no me voy a conformar con poco. Allá va: ahora que todo el mundo habla de monjas (nosotras mismas en YO DONA publicamos un testimonio fascinante a cargo de Charo Lagares y después Rodrigo Terrasa entrevistó a alguien del mismo gremio en El Mundo) tengo que decir que YO LAS VI PRIMERO. Que las monjas me interesaron a mí antes que a Rosalía. Que la excelencia conventual la imaginé yo antes que las Hijas de Felipe (entre otras cosas porque ellas no habían nacido aún). Lo digo y me quedo así de ancha. Y ahora lo desarrollo.
Es verdad que la fe no andaba por casa cuando yo llegué, y que lo más cerca que estuve de algo parecido a una monja en mi tierna infancia fue de Sor Citroën en Sesión de tarde y una estampita en mi cabeza, la de mi hermana Espe, que de pequeña quería ser santa y tocar el arpa, qué fantasía. Tampoco pese al roce brotó mi interés por lo monjil durante mi asistencia, entre cuarto y sexto de EGB, al colegio de las Carmelitas en Alicante (donde una sor me informó de que «nuestro señor» era «pero vamos, mucho más guapo» que Ted Nelly, aka Jesucristo Superstar en la versión cinematográfica del musical, con quien yo tenía empapelada mi carpeta colegial).
Tendría yo 21 años cuando la vocación impactó en mi vida. Por delegación. A punto de iniciar unas vacaciones de camping con mi novio y una pareja amiga nos enteramos de que se sumaba al planazo la hermana de ella. Nos la endosaban sus padres, preocupados porque la chica había anunciado su intención de meterse monja. A otros igual les hubiese alegrado casar a una vástiga con Jesucristo, pero a esta familia no, porque el padre era del PCE de toda la vida y andaba quemadísimo. Así que ahí estábamos, cinco en el R5 para supuestamente iniciar a esta carne de novicia en los atractivos de la vida loca. No creo que lo lográsemos, pero a mí aquello me hizo pensar un montón en los motivos que podía tener alguien con toda la juerga por delante para querer encerrarse en un convento más allá de llevarle la contraria a su familia. No sería hasta 1998, en Ayllón (Segovia), cuando daría con la respuesta.
Cada día pasaba yo por delante del convento de la Purísima Concepción (hoy hotelizado), con mi Seat Panda azul. Tras su tapia se atisbaba, en ciertos puntos, un césped verde esmeralda jalonado de árboles y apacible umbría. Nada como un paraíso (textual: en su origen persa, la palabra se refiere a un jardín cercado) en la acera de enfrente de tus problemas conyugales para echar a soñar con cultivar lechugas en un huerto, elaborar huesos de santa, relajantes sesiones de rosario, costura de ajuares y lecturas sin complicaciones. Pensaba que aquélla podía ser una buena jubilación: apartarse del mundanal ruido, simplificar y ordenar la existencia, centrarse en cuatro cosas en vez de en cuatro mil, dejar la complejidad de las relaciones con los hombres para otras… Esta ensoñación me acompañaría un tiempo, en una estilización de lo conventual que pecaba de naíf, pero que a mí me funcionaba, fíjate, incluso si sacaba la religión de la ecuación. Vida contemplativa + trabajos manuales – hombres = como Dios.
Hace unos años Siruela publicó La mirada interior. Escritoras místicas y visionarias de la Edad Media, ensayo de Victoria Cirlot y Blanca Garí que tardé en arrancar pero que al final me generó dependencia. Tanta, que cuando lo terminé me llevé tal disgusto que tuve que volver atrás y leerme de nuevo las historias de Margarita Porete y Juliana de Norwich. El libro me confirmó lo que se intuía en Ayllón, que a veces libertad y aventura se viven intramuros en lugar de extramuros. Intramuros e intrapiel. Blackie Books acaba de publicar Instrucción de novicias, donde Ana Garriga y Carmen Urbita vuelcan su sabiduría barroca con la misma gracia que vendían las bondades conventuales en su podcast. La fotógrafa Ana Amado (con textos de Lara Moreno) acaba de publicar con La Fábrica Sancti Spiritus, sobre cómo es la vida en un convento de clausura. Las monjas están en la agenda setting porque intuimos que bajo esos hábitos feos arde algo… y no es precisamente cera. Ya lo decía Santa Teresa: «Andamos buscando fuera lo que tenemos dentro». Qué sea fuera y qué dentro hoy en día ya es otro asunto, hermanas.

Fuente: https://www.elmundo.es/yodona/actualidad/2026/03/26/69b4026bfdddff1f498b4594.html

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