La estrella de Dying for Sex, la nueva serie de Disney+, habla sobre explorar los kinks, trabajar con coordinadores de intimidad y experimentar “una suerte de extraño renacimiento terapéutico”.
Por David Canfield / Traducido y adaptado por Darío Gael Blanco / Vanity Fair
La primera vez que Michelle Williams supo de la existencia de Dying for Sex, el aclamado podcast presentado por Nikki Boyer sobre el despertar sexual de Molly, su mejor amiga (y enferma terminal), su reacción fue tan tan fuerte que ni siquiera la pudo entender. “Me dejó atónita, me puse a lloriquear. No podía explicar por qué me conmovió tanto», cuenta la actriz. Años después, tras haber firmado un contrato como actriz protagonista de una adaptación al formato de serie limitada dirigida por la nominada al Emmy Elizabeth Meriwether (The Dropout: Auge y caída de Elizabeth Holmes) y Kim Rosenstock (GLOW), Williams volvió a escuchar el podcast, esperando recibirlo con “una mentalidad más racional con la que hablar sobre él”. Lo que sucedió: “Otra vez lloriqueando”.
La serie producida por FX que se empieza a emitir hoy 4 de abril en Disney+ fue el primer proyecto en años de la ganadora del Emmy y cinco veces nominada al Oscar. Al ver a la actriz sientes un nuevo tipo de chispa; su interpretación desprende alegría y nuevos descubrimientos, incluso a pesar de que el personaje se enfrente a una realidad devastadora.
Dying for Sex analiza la manera en que, tras su diagnóstico de cáncer de mama metastásico, Molly decide dedicar la vida que le quede por delante a una búsqueda del placer y a su despertar sexual. Así que deja a su marido (Jay Duplass), investiga sus kinks (fetiches o gustos sexuales no normativos) y sus deseos, así como su procedencia, y no le importa lo que piense el resto de la gente. La serie sitúa en paralelo este proceso de autodescubrimiento sin remordimientos con un profundo retrato de la amistad femenina junto a Jenny Slate en el papel de Nikki, que pasa a convertirse en la cuidadora de Molly.
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Williams se ha labrado una carrera conocida por sus interpretaciones sensibles y audaces, por lo que tal vez la ligereza de Dying for Sex se perciba como la más radical. Tal y como revela la estrella a lo largo de nuestra conversación, no se trata de una coincidencia: se estaba abriendo en canal junto a Molly.
Vanity Fair: Se tomó un descanso de actuar durante unos años. ¿Por qué ha decidido romper esa racha con este proyecto?
Michelle Williams: Liz y yo empezamos a hablar sobre esto proyecto hace como cuatro años. Parecía que las cosas se ponían emocionantes y nos dirigíamos hacia algún compromiso. Después me quedé embarazada y por un breve instante tuvimos la ridícula idea de que tal vez podríamos modificar mi estómago con efectos especiales en las escenas sexuales [ríe]. Nos dimos por vencidas, tuve un bebé, estuve de posparto y luego amamantando, y cuando cumplió un año o por ahí, llamé a mi agente para preguntarle qué había pasado con la serie y si alguien la había hecho. Seguía pensando en ella, y me dijeron que no. Así que pensé: “Oh, entonces sin duda debe de ser para mí”.
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Conectó muchísimo con el podcast original. ¿Llegó a comprender por qué, a medida que iba rodando la serie?
Uno de los motivos fue la valentía de Molly. Cuando juegas con niños y construyen algo elaborado con bloques de Lego o algo por el estilo, les lleva muchísimo tiempo y se sienten muy orgullosos, pero luego van, le sueltan un porrazo y todo se derrumba. Y lo hacen sin dudarlo. Así es como rompen las cosas. No las van retirando pieza a pieza: las arrasan. No sueles hacer eso a menudo como adulto, pero eso es lo que hizo ella cuando le dieron su diagnóstico terminal. Solo mantuvo una cosa: a su mejor amiga.
Estamos hablando de una persona real. ¿Puedes imaginarte lo que la gente pensó sobre lo que hacía y lo que andaban diciendo? “Oh, Molly está en plan…”. Le daba igual lo que la gente dijese. No le importaba lo que pensaban. Esa es una de las cosas que de veras me atrapó; reescribió todas las reglas.
Hay auténtica alegría en su interpretación, en ver cómo cobra vida esta persona. ¿Puede contarnos más sobre eso?
Se trata de una persona que quiere experimentar cada sensación, cada placer disponible, quiere sacar lo más posible de cada cosa como si intentara contrarrestar la parte médica de su vida, donde le hacen cosas, todo son procedimientos e incomodidad. Como cuando tenía que usar un bastón y le preguntan si forma parte de su kink: convirtió todos estos aspectos negativos en positivos. La Molly de la vida real siguió encontrando maneras de explorar su sexualidad, de sentirse bien con su cuerpo a pesar de dirigirse al final de su vida. Le encantó comprarse lencería bonita y sacarse fotografías preciosas, pero tapaba de manera creativa las cicatrices de su quimioterapia o el catéter. Halló maneras de seguir queriéndose a sí misma.
Esta es su segunda serie limitada. La primera fue Fosse/Verdon. ¿Qué le resulta atractivo de este formato?
En este momento diría que es casi mi manera favorita de trabajar porque puedes meterte de lleno en la cama con el personaje, sientes que compartes una vida entera con él. Y eso es muy gratificante. Sientes que puedes acercarte un poco más, te calan un poquito más hondo.
Nikki y Molly son dos mejores amigas que llevan juntas desde los 18 años y han tenido muchísimas experiencias en común y todo eso se ensambla de nuevo como un acordeón al final. Dicen que tienes esa experiencia antes de morir; aquello de que tu vida aparece ante tus ojos. Pero cuando haces una serie limitada vives eso como personaje. Todas esas escenas, todos esos recuerdos, todo eso se reduce a este momento final en el que dices adiós a alguien.
¿Eso hace que sea aún más difícil de dejar atrás?
Sí, es horrible. Pero es genial levantarse de la cama de un hospital en la que te has tumbado para despedirte de la gente, la gente se despide de ti y tú tratas de ralentizar tu respiración para que no se vea cómo se mueve tu pecho. Es una sensación muy estimulante la de levantarte y salir de un plató en un estudio de sonido para encontrarte al aire libre, en tu vida real y, con suerte, poder seguir adelante con salud pero con una especie de experiencia cercana a la muerte y una suerte de extraño renacimiento terapéutico.
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Cuando empecé era muy joven y me quedaba destrozada cuando se acababa, fuese lo que fuese en lo que estuviera trabajando. Pensaba que había construido una familia y que los vería todo el tiempo, que siempre estaríamos en contacto. No sabía que la profesión era así, que la gente vuelve a sus vidas y nunca más vuelves a saber de ellas. Me tiraba días llorando. Me quedaba desconsolada porque todas esas personas ya no estarían en mi vida. Aún siento punzadas con eso.
En el caso de Dawson crece duró años, ¿cierto? Imagino que sería como una auténtica dinámica familiar.
Completamente. Es la gente con la que sales en pantalla y luego un equipo de 120 personas con las que interactúas muy de cerca a diario durante cuatro o seis meses o, en ese caso, años y años. Lo bonito de haberlo hecho desde tan joven es eso. Que ves que alguna gente sí permanece en tu vida y aunque no consigas mantener a todo el elenco y el equipo de 120 personas, sí que te quedas con unas pocas.
¿Puede contarme cómo fue conocer a Jenny Slate? Su química con ella en la serie es de una riqueza increíble.
Es facilísimo enamorarte de ella, así que ándate con cuidado: si hablas con ella podrías enamorarte, dejar a tu marido y plantearte morir a su lado, ten muchísimo cuidado [ríe]. Nos enamoramos la una de la otra y coincidimos en muchísimas cosas, somos como una frase que no deja de construirse. Esa es nuestra dinámica y nuestra relación. Aportamos nuestra propia experiencia con nuestras mejores amistades, esas tan profundas que resultan difíciles de articular. No solemos ver mucho de eso, de lo apasionada que puede ser una gran amistad. Es más apasionada de lo que la gente cree. Se parece más a un romance profundo sin el componente sexual, sino de apego amoroso, que a quedar para tomar tranquilamente un café.
¿Entonces no es algo que haya interpretado en muchas ocasiones?
No, la verdad es que no. Puede que Dick fuese la última amistad de la que formé parte en un proyecto. Cuando le mencionaba Dying for Sex a mi mejor amiga le decía “ay, estoy pensando en hacer esta serie sobre una mujer a la que la dan un diagnóstico terminal, deja a su marido y le dice a su mejor amiga que quiere morir a su lado” y se le ponían los ojos llorosos. Habla de algo que no hemos visto tan reflejado, que es la manera en la que las mujeres quieren a otras mujeres. Pensé que debía ir en esa dirección porque me tocaba una fibra sensible.
¿Cómo abordaron las escenas de sexo tanto usted como la producción?
Utilizamos una coordinadora de intimidad, una experiencia que nunca antes había tenido. Lo mejor de eso es que en realidad es como trabajar con un coreógrafo. Igual que en un baile te enseñan a trazar una línea más bonita o cómo hacer un giro, pero la coordinadora de intimidad puede enseñarte cómo hacer mejor una mamada. Existe una técnica para fingirlas, de la misma manera en que la hay para hacer claqué. Ella me la enseñó.
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“Tanto si sientes que necesitas una coordinadora o coordinador de intimidad como si no, tu la persona que te acompaña en la escena —y con quien compartes muchas— podría valorar mucho su presencia”.
¿Disponía de parámetros personales o de cierto nivel de comodidad en lo que exploraba sexualmente en pantalla?
No, la verdad. Me presto muchísimo. No me sorprendió verme adoptando varias posturas distintas. Todo el mundo dice que lo malo de las escenas de sexo es que en realidad no tienen mucho de sexy. Y tienen razón, no lo tienen. Estás intentando no cargarte el maquillaje del otro y tapar eso que se supone que no se puede ver mientras trabajas con el ángulo de la cámara. Por suerte o por desgracia es tan técnico como estar en posición frente a la cámara.
¿Qué le diría a otros actores que tienen más reservas a la hora de trabajar con coordinadores de intimidad, como algún que otro caso reciente?
Solo es un shock; supone un cambio. Llevo mucho tiempo haciendo esto y es algo a lo que acostumbrarse. Pero tanto si sientes que necesitas una coordinadora o coordinador de intimidad como si no, la persona que te acompaña en la escena —y con quien compartes muchas— podría valorar mucho su presencia. Podrían necesitar cierta privacidad con respecto a cierta sensibilidad. Eso es válido y es el tipo de cuidado que te pueden ofrecer. Así que si a ti no te sirve, podría servirle a otro. Eso hace que valga muchísimo la pena.
Me encanta esta cita suya, espero que le parezca bien que la traiga de nuevo a colación por un momento. En una ocasión, dijo que “todas las mujeres que he interpretado me han enseñado cosas sobre mí y cómo expandirme”. Tengo curiosidad por saber cómo ha seguido dándose esta experiencia.
He tenido que interpretar a gente con campos magnéticos más grandes que el mío, como Mitzi Fabelman o Marilyn [Monroe]. Forzaron cierto crecimiento doloroso para proyectarme más en ese espacio, y eso a mí me resulta difícil. En este caso, la experiencia de levantarme y salir de la cama de un hospital se me ha quedado grabada.
Diría que de Molly he aprendido esa aceptación radical de lo que quiere el cuerpo. Quiso sanar algo a pesar de que su final estuviese tan cerca: no quería irse sintiéndose rota. Tenía una idea sobre cómo conseguirlo y emprendió un camino de lo más inusual. Lo concibió ella misma, lo hizo suyo, hizo que fuese extremadamente personal. Pienso en ello y en cómo todos podemos apoyarnos en nuestra intuición. Hay mucha información y muchas fuentes de información que te dicen “esta es la manera de criar” y “así es como tienes que vestirte”, ese tipo de cosas. Lo que se pierde ahí es la intuición.
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Pienso mucho en ello en relación con la crianza. Cuando crie a mi hija apenas había unos pocos libros y ahora hay muchísimas cosas que te dicen “hazlo así, y luego así”, así que me alegro de haberlo vivido hace 20 años porque ahora me abrumarían tantas opciones. Esta respuesta divaga mucho, pero ella tomó decisiones muy personales con respecto a cómo vivir su vida, y eso es algo muy difícil de hacer en estos tiempos. Corres el riesgo de que se te humille, avergüence o cotilleen sobre ti.
Habla de la aceptación radical de Molly hacia sus propios deseos. Si es que se siente cómoda contándolo, ¿Qué le pareció especialmente inspirador o instructivo al respecto?
¿Te refieres a la parte sexy?
Sí.
Obviamente, me encanta [la psicoterapeuta] Esther Perel. Cuando me enseñaron su trabajo, que precede a esta serie, me explotó la cabeza. Jamás había tenido que hablar así sobre el tema del sexo. Me crie en Montana y San Diego en los años 80. Era muy diferente. Así que tuve mucha información nueva sobre cómo podemos pensar de manera diferente sobre el sexo, el placer, la identidad, y concebirlo como un acto creativo. Sí, puede crear. No paraba de pensar en que el sexo es nuestro derecho de nacimiento. Nuestros cuerpos fueron diseñados para el placer. No somos robots. La creatividad también requiere de mucha energía y es escasa para todos. No es como una varita mágica, pero su obra y la manera en que habla sobre el sexo a lo largo de tu vida y que no es algo relegado a quedarte embarazada o a tu etapa fértil me ha emocionado mucho.
Así que cuando surgió esta serie, pensé “vaya, esto ya conecta con algo que me conmueve a nivel personal”. Lo que Liz y yo no sabíamos de antes, como buen par de mujeres blancas de mediana edad, es que tuvimos la oportunidad de consultar a varias personas que se dedican profesionalmente al BDSM y lo que aprendimos es que todo esto sucede, o al menos es lo ideal, en un contexto seguro y sanador, en última instancia. Todo lo que conlleva son sacudidas de electricidad, y renuevan los cables de un circuito de masa.
Esta entrevista ha sido editada y condensada para mayor claridad.
Artículo original publicado por Vanity Fair US. Accede aquí.
Fuente: https://www.revistavanityfair.es/articulos/michelle-williams-entrevista-serie-dying-for-sex