Tras una fuerte discusión, hay parejas que acaban en la cama, lo que puede ser un arma de doble filo a largo plazo, según una experta en sexología clínica

Laura Peraita / ABC
La escena no es ajena muchas parejas, ya sea por experiencia propia o por haberla visto mil veces en el cine: una pareja discute, se dicen cosas horribles, que duelen, dan un portazo… y horas después acaban enredados entre las sábanas con una intensidad sexual que llevaban meses sin sentir. Es el llamado sexo de reconciliación, y genera una pregunta que muchas parejas se hacen sin atreverse a pronunciarla en voz alta: ¿arregla esa noche de pasión la discusión o solo la aplaza?
Según Bárbara Montes, especialista en sexología clínica y terapia de pareja de Diversual, la respuesta honesta tiene varios matices, ya que en su opinión depende de qué tipo de conflicto hay detrás de esa discusión y de qué se hace después del sexo.
Asegura a ABC que el sexo de reconciliación no es casualidad ni un cliché sin base real. «Durante una discusión, el cuerpo entra en un estado de activación fisiológica en el que sube la adrenalina, el cortisol y la sensación general de urgencia. Cuando esa tensión se canaliza hacia el deseo en lugar de hacia el enfado, el cerebro puede vivirlo como una descarga especialmente intensa. A esto se suma el efecto de la reconciliación en sí. El bálsamo del ‘hemos vuelto a conectar’ libera oxitocina, la hormona vinculada al apego, lo que explica esa sensación de cercanía repentina tras el sexo. No es que el acto sexual arregle el conflicto, es que el propio cuerpo interpreta la reconciliación emocional como algo digno de celebrar».
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Advierte que el problema llega cuando se confunde ese alivio con la solución. Es decir, el sexo puede convertirse en una trampa si se usa como atajo para evitar la conversación incómoda que realmente hace falta tener. «Y es que sentir alivio y cercanía no es lo mismo que haber resuelto el problema de fondo -matiza-. Hay parejas que discuten, tienen sexo, sienten que ya está todo bien y semanas después se dan cuenta de que el motivo original de la discusión nunca se llegó a hablar. El problema en cuestión nunca desapareció, solo quedó enterrado bajo una sensación temporal de conexión».
Esto suele ser especialmente delicado en patrones recurrentes. Cuando una pareja discute y mantiene una relación íntima como forma habitual de cerrar los conflictos, sin abordar nunca la causa, se puede instalar un ciclo poco saludable en el que el sexo sustituye a la comunicación en lugar de complementarla.
Entonces ¿puede ser positivo el sexo de reconciliación? «Sí, y es importante no demonizarlo -afirma-. De hecho puede tener un papel positivo cuando ocurre después de haber hablado del conflicto, no en lugar de hacerlo. En ese contexto, actúa como un cierre simbólico, confirmando físicamente que la reconciliación emocional es real y refuerza, además, el vínculo».
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Insiste en que no se trata de prohibir el sexo de reconciliación, pero antes de dejarse llevar por esa intensidad postdiscusión recomienda preguntarse (o cuestionar a la pareja) si el conflicto se ha hablado de verdad, o si simplemente ha bajado la intensidad emocional lo suficiente como para que apetezca el sexo. Para Bárbara Montes la clave está en el orden: primero reparar la conexión emocional en una conversación, validando lo que ha sentido cada persona, buscando acuerdos…, y dejar que el deseo físico sea la consecuencia de esa reparación, no un atajo para evitarla.