Casi 80 años y tres generaciones sabiendo “domar” la potencia natural de estas tierras de Zamora, Bodegas Fariña es todo un referente en su zona vínicola

Enrique Calduch / VozPópuli
Son un referente claro en su zona vinícola, donde han visto de todo. Han estado solos, han impulsado la constitución de la denominación de origen Toro y presidido su primer Consejo Regulador. Han visto llegar, sin inmutarse, a las decenas de bodegas que, a partir del año 1997, corrieron a instalarse en la zona pensando que era la tierra prometida. Realmente fue que muchas seguían los pasos de firmas tan poderosas como Vega Sicilia, Mauro, la multinacional del lujo LVMH (Louis Vuitton Möet, Hennessi), la familia Eguren, el actor francés Gerard Depardieu…, que aparecieron de repente allí. Han mantenido su línea de trabajo de toda la vida y con éxito; y ahí siguen, después de casi 80 años, levantando la bandera de los buenos vinos de Toro.
La historia de esta casa merece ser contada. Fue en 1949 cuando Salvador Fariña, apareció en el pueblo zamorano de Casaseca de las Chanas. Venía emigrando de muy cerca, de Porto de Sanabria, donde regentaba la pequeña tienda del pueblo que se estaba quedando vacío. Con los ahorros compró un par de viñas, alguna vaca, elaboró vino, que le enseñaron a hacer, en unas modestas instalaciones; y se dedicó a ir a venderlo por los pueblos vecinos. No le fue mal. Su hijo, Manuel Fariña, gracias a una beca de la revista La Semana Vitivinícola, hizo enología en la escuela de Requena. La Sevi, como llaman a la revista, ubicada en Valencia, es la decana de la prensa especializada en España, que lleva desde 1945 informando a bodegueros, viticultores y aficionados, y que en la actualidad sigue gozando de una excelente salud.

Colegiata
A su vuelta, en el año 70, padre e hijo, montan una nave nueva con depósitos de cemento, y se instalan en Toro. Empiezan a ser reconocidos enseguida. Entonces en la zona había tan solo dos bodegas más, y dos cooperativas: la de Morales y la de Toro. En 1980 ya se introducen las primeras barricas y envejecen vino. En la ciudad de Toro hay un monumento impresionante, su Colegiata, que empezó a construirse en el Siglo XII, románico de transición, gótico posterior y que tiene un pórtico extraordinario, que conserva las figuras policromadas originales. De ahí Fariña saca su marca más emblemática, los tintos Colegiata y Gran Colegiata. Enseguida se hacen famosos, tanto dentro como fuera de España. Manuel Fariña se empeña en que es necesaria una denominación de origen y lo consigue en 1987, ejerciendo, además, como primer presidente.
La D.O. Toro, situada a orillas del Duero, en la provincia de Zamora, tiene como base la uva “Tinta de Toro”, que no es otra que la tempranillo. Tiene un clima de veranos duros, calurosos y soleados, e inviernos muy fríos. Las características climáticas hacen que sus uvas maduren mucho antes que las de sus vecinos de más arriba del río, en Ribera del Duero. Tradicionalmente sus vinos salían con mucho color, grado y potencia. Manuel Fariña lucha desde el primer día por domar, rebajar esa potencia en busca de menos grado y más acidez, para equilibrar y hacer más ricos los vinos. Y lo consigue.
A finales de los noventa, la entrada en secreto de grandes firmas, a las que siguen otras, cambia totalmente el panorama de la denominación de origen. Se pelea por comprar buenos viñedos, a ser posible de cepas viejas, en vaso. El precio de los viñedos sube como la espuma, algo que no afecta a Fariña que por entonces era propietario, ya, de 300 hectáreas en la zona.

El Primero
En 1995 se les abre una línea de negocio, que no esperaban. Francia realiza pruebas nucleares en el Atolón de Mururoa, y en ese año las protestas internacionales, boicots, se extienden por todas partes. Holanda es uno de los sitios. El importador holandés de Fariña compra todos años una importante partida de “beaujolais nouveau”, un vino francés elaborado de una forma muy sencilla, aunque el nombre parezca que no, porque se llaman de “maceración carbónica”. Sale en noviembre, y es el primer vino del año, que en Francia y en muchos países más se celebra en bares y restaurantes. En España se ha hecho mucho y se sigue haciendo este tipo de vino, sobre todo en la Rioja Alavesa, y que es el famoso vino de “cosechero”.
El caso es que el importador holandés les propuso hacer un maceración carbónica a Fariña. “Vamos a probar un año, dijeron. La mitad de la producción se enviará a Holanda y la otra se intentará vender en España”. El resultado fue absolutamente exitoso en los dos países. Desde entonces, todos los años, aparece en otoño el Primero de Fariña, un vino que les recomiendo, igual que los bien hechos en otras latitudes, de esos vinos super jóvenes. Con un color violeta chispeante, más florales que frutales, llenos de aromas y de frescura, son una delicia, baratos y riquísimos. Probablemente el Primero de Fariña realmente sea el primero que sale en España, y su etiqueta cambia todos los años tras un concurso pictórico.

Tercera generación
La vida sigue, y en 2014 Manu Fariña, la tercera generación, aparece en casa con su flamante título de ingeniero agrónomo, especialista en enología por la Politécnica de Madrid y con un año de prácticas en Australia. Arrancan con nuevas líneas como los “modernos tradicionales”, donde mantiene la línea de su padre. “Mi padre vendimiaba veinte días antes, para conseguir grados que no pasaran de 13´5 y una mayor acidez para equilibrar el vino, explica Manu. Cuando el consumidor admitía más grado, tampoco lo aumentábamos, y buscamos el equilibrio combinando el tipo de suelo y la vejez del viñedo”, concluye. Esa filosofía coincide con las nuevas tendencias actuales, que buscan más la elegancia sobre la potencia; y la frescura en boca, más que la rotundidad.
Conseguirlo en Toro es tener mucha habilidad, y en esta casa se tiene. Elaboran varias gamas, pero vamos a probar dos de sus más emblemáticos, de la gama alta. En primer lugar, el Fariña Gran Colegiata Original 2020. Tempranillo con 18 meses de crianza en barrica. Sólido en nariz con mucha fruta negra madura de moras y ciruelas, recuerdos balsámicos. Presencia de la madera de la crianza, pero bien engarzada, no preeminente. La boca sabrosa, golosa, pero con una frescura muy bien lograda. P.V.P. 20 euros.

El segundo es el Fariña Campus Gothorum 2021. Pasa por tinos de roble y una crianza de 15 meses en barricas de roble y 36 en botellero. Expresivo, elegante, de nuevo frutas negras y rojas maduras, pero aquí domina mucho en la nariz la pimienta negra, tinta china, monte bajo. En boca es redondo, equilibrado, de muy buen paso. Fresco. P.V.P. 38´50 euros.
Casi 80 años y tres generaciones haciéndolo bien. Habrá una cuarta, seguro.

Fuente: https://www.vozpopuli.com/gastropoli/bodegas-farina-la-bandera-de-los-grandes-vinos-de-toro.html