El Partido Republicano abandona el estigma de la contracultura ‘hippie’ e impulsa la investigación de estas sustancias como tratamiento estratégico de salud pública

Lucas Méndez / VozPópuli
A mediados de la década de 1960, las drogas psicodélicas (encabezadas por el LSD y la psilocibina) pasaron de los laboratorios de psiquiatría a las comunas hippies, impulsando un movimiento contracultural basado en el pacifismo, la desobediencia civil y la oposición frontal contra la guerra de Vietnam. Las consignas de figuras como la del escritor y activista Timothy Leary: “Turn on, tune in, drop out” (enciende, sintoniza, abandona) convirtieron estas sustancias en el símbolo de una ruptura radical con el sistema que cuestionaba ideas como la nación, la autoridad y los valores tradicionales.
Hoy, casi seis décadas después del Verano del Amor (1967), la causa psicodélica en Estados Unidos ha cambiado de bando. Aquellos a los que la alteración química de la conciencia les parecía poco menos que un invento demoníaco, son los mismos que han pasado a defender su aplicación médica como solución a la crisis de salud pública que vive actualmente el país.
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“Enemigo público número uno”
En junio de 1971, Richard Nixon hizo de la hostilidad contra las sustancias psicodélicas una causa política, al declarar las drogas como el “enemigo público número uno”. Con la aprobación de la Ley de Sustancias Controladas de 1970, el Gobierno federal situó a los alucinógenos como el LSD y la psilocibina en la Lista I, la categoría más restrictiva y sin utilidad médica reconocida. Aquella decisión clausuró la investigación científica alrededor de estos compuestos durante más de tres décadas y estableció el estigma de que, quien consumía psicodélicos, se convertía automáticamente en un desertor del sistema.
De esta forma, la guerra contra las drogas quedó integrada en una política de defensa de la “ley y el orden” en un momento de fuerte conflicto social. “Sabíamos que no podíamos ilegalizar el hecho de estar en contra de la guerra o de ser negro, pero al conseguir que el público asociara a los hippies con la marihuana y a los negros con la heroína, y luego penalizar duramente a ambos, podíamos desestabilizar esas comunidades”, llegó a reconocer décadas después John Ehrlichman, uno de los principales asesores de Nixon.
La ibogaína como punto de inflexión
El cambio de paradigma de las drogas psicodélicas en los círculos conservadores no nace de una excéntrica reivindicación sobre los usos recreativos de estas sustancias, sino de la aparición en escena de la ibogaína. Este potente alcaloide, extraído de la raíz de un arbusto africano y utilizado en rituales espirituales milenarios en África central, no promete alucinaciones fantásticas, sino una especie de “interruptor de adicciones”. Su atractivo reside en su capacidad para eliminar los síntomas del síndrome de abstinencia y mitigar secuelas neuropsiquiátricas. Es decir, se ha convertido en un potencial medicamento para aliviar la salud mental de sectores castigados como los veteranos de guerra y también una posible solución para los afectados por la crisis de los opioides.
Los conservadores que apoyan la ibogaína suelen defender un acceso médico estrechamente regulado, pero no necesariamente la despenalización amplia ni el uso recreativo. Por tanto, no es que hayan abandonado del todo la lógica de la guerra contra las drogas, la han vuelto selectiva. El psicodélico ha dejado de ser una herramienta de liberación colectiva y se ha convertido en una tecnología terapéutica para reparar al individuo.
La coalición conservadora a favor de los psicodélicos
El principal embajador político de la causa de la ibogaína ha sido el exgobernador de Texas, Rick Perry, tras conocer los testimonios de excombatientes que viajaban a clínicas extranjeras para someterse a terapias con esta sustancia. Perry ha liderado la propuesta que ha logrado aprobar la asignación de 50 millones de dólares en Texas para financiar ensayos clínicos con ibogaína.
A este esfuerzo institucional hay que sumar la influencia política de Robert F. Kennedy Jr. Desde su puesto como secretario de Salud y Servicios Humanos ha situado las terapias psicodélicas en el centro de su agenda. El hijo de Bobby Kennedy sostiene que sustancias como la ibogaína, la psilocibina y el MDMA podrían ofrecer alternativas para tratar la depresión, el estrés postraumático, las adicciones y otros problemas de salud mental. En una comparecencia ante el Senado llegó a describir la ibogaína como el tratamiento más prometedor que había visto para la depresión y el trauma.
El megáfono decisivo lo aporta Joe Rogan, a través de su podcast The Joe Rogan Experience, quien se ha convertido en un gurú mediático de ‘la nueva derecha’, al que siguen millones de oyentes de ideología libertaria y conservadora. Rogan normalizó el debate al presentar la psicodelia como una cuestión de biohacking (optimización biológica)y resiliencia masculina. Tras entrevistar precisamente a Rick Perry y a Bryan Hubbard —líder de Americans for Ibogaine—, el comunicador intercedió directamente ante la Casa Blanca para que la Administración Trump adoptase esta causa como prioridad.
Después de hablar directamente con el presidente, el 18 de abril de este año, Donald Trump firmó una orden ejecutiva histórica en el Despacho Oval, titulada formalmente ‘Aceleración de tratamientos médicos para enfermedades mentales graves’. Se trata de una directiva federal destinada a abrir vías de urgencia para investigar y aprobar terapias asistidas con psicodélicos, especialmente la ibogaína y la psilocibina, sin legalizar su uso recreativo
La directiva instruyó a la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) a agilizar la evaluación de tratamientos innovadores, facilitó el acceso mediante leyes de derecho a probar (Right to Try) y destinó 50 millones de dólares a través de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada para la Salud (ARPA-H), para cofinanciar proyectos de investigación con los estados.
También fijó el mandato de que, en cuanto un fármaco psicodélico supere con éxito la Fase III de ensayos clínicos y obtenga el aval de seguridad y eficacia de la FDA, el Gobierno federal inicie de forma expedita su salida de la restrictiva Lista I para permitir su prescripción médica en hospitales.
Sanar a los veteranos en tiempos de guerra
El argumento definitivo para derribar las reticencias de las bases conservadoras ha llegado desde los cuerpos militares de élite. Veteranos condecorados, como el congresista republicano Morgan Luttrell y su hermano Marcus Luttrell (ambos antiguos Navy SEALs), han relatado públicamente cómo la ibogaína ha logrado erradicar los síntomas incapacitantes del estrés postraumático severo, la depresión refractaria y las lesiones cerebrales provocadas por explosiones en combate.
Para el movimiento republicano, apoyar la investigación ha dejado de ser una concesión a las drogas para transformarse en una deuda hacia quienes han arriesgado su vida por el país. Esta urgencia cobra todavía mayor relevancia si se tiene en cuenta que la guerra de Irán iniciada el pasado 28 de febrero ha supuesto el mayor despliegue de tropas en Oriente Medio desde la invasión de Irak en 2003. Una situación que ha vuelto a situar las secuelas del combate en el centro del debate público.
Esperanza frente a la crisis de los opioides
El segundo pilar que ha consolidado la esperanza salvadora en la ibogaína responde a la crisis de salud pública causada por la epidemia de opioides que atraviesa las grandes ciudades de Estados Unidos, pero también en el corazón rural, obrero y tradicional del país.
En estados como Kentucky y Ohio, castigados por decenas de miles de muertes por sobredosis de fentanilo, los tratamientos convencionales de sustitución, como la metadona, son vistos a menudo como dependencias crónicas impuestas por las mismas farmacéuticas que han provocado esta situación.
En cambio, la capacidad de la ibogaína para suprimir la abstinencia física y modular los receptores de dopamina supone una nueva oportunidad para acabar con una de las peores crisis de salud pública en la historia del país.
La sombra de la cardiotoxicidad
Pese a las expectativas políticas y terapéuticas que despierta este nuevo paradigma con respecto a las sustancias psicodélicas, la comunidad médica ha encendido las alarmas ante el estrecho margen de seguridad que presentan estas sustancias, especialmente para el sistema cardiovascular.
La ibogaína, a diferencia de otros alucinógenos más estudiados, altera de forma severa el sistema electrofisiológico que coordina los latidos. Investigaciones clínicas publicadas en The New England Journal of Medicine y revisiones forenses en el Journal of Forensic Sciences han vinculado el consumo de la sustancia con decenas de casos de parada cardíaca y muerte súbita, un peligro que se dispara si existen cardiopatías previas no detectadas o ante interacciones con restos de alcohol y opioides en sangre.
Por lo que más allá de su capacidad para trascender el estigma ideológico y sus prometedoras aplicaciones médicas, lo cierto es que los beneficios terapéuticos de esta sustancia siguen siendo una cuestión discutible.