El miércoles 24 de junio, la selección nacional de México pasó a la siguiente ronda del Mundial de futbol 2026. Ante la alegría y entusiasmo de los aficionados, los obispos del país compartieron un mensaje que recuerda a los cientos de miles de desaparecidos

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Mónica Alcalá / Aleteia
México volvió a abrazarse gracias al futbol. El pase de la Selección Nacional a la siguiente ronda del Mundial 2026 llenó de entusiasmo plazas, hogares y pantallas, recordando que todavía existen acontecimientos capaces de unir a millones de personas bajo una misma camiseta. En medio de esa alegría compartida, los obispos mexicanos enviaron un mensaje celebrando el logro deportivo, pero también recordando las heridas que ningún marcador puede borrar
Con frecuencia se piensa que la fe mira con sospecha las celebraciones humanas. Sin embargo, el cristianismo siempre ha reconocido el valor de la auténtica alegría. Jesús participó en fiestas, compartió la mesa con amigos y convirtió el agua en vino durante una boda. La alegría forma parte de la experiencia humana y, cuando nace del encuentro y la convivencia, también habla de Dios.
El deporte posee esa capacidad. No sólo reúne a millones de personas frente a una misma emoción; también inspira el sueño de las jóvenes generaciones. Detrás de cada futbolista que salta a la cancha hay miles de niños y jóvenes que descubren el valor de la disciplina, la perseverancia, el esfuerzo cotidiano y el trabajo en equipo. El futbol enseña que el talento necesita constancia y que las victorias nunca son fruto del individualismo.
Por eso los obispos reconocen que acontecimientos como el Mundial tienen un enorme potencial para fortalecer la esperanza de un pueblo: «El deporte tiene la capacidad de reunir a personas de distintas edades, regiones e historias en torno a un mismo ideal», y añaden que la disciplina, la confianza y el trabajo en equipo son justamente valores que México necesita fortalecer también fuera de las canchas.
Compartir también las tristezas
El mensaje de los obispos mexicanos da un giro que recuerda uno de los textos más bellos del Concilio Vaticano II: Si la Iglesia comparte los gozos y las esperanzas de la humanidad, también hace suyas las tristezas y angustias.
Por eso, después de felicitar a la Selección, los obispos hablan de quienes están viviendo otra realidad muy distinta:
«No escapa a nuestra mirada el esfuerzo de las madres buscadoras por hacer visible durante los eventos del Mundial una herida que sangra en nuestro pueblo: sus hijos desaparecidos”.
La frase resulta particularmente fuerte porque no contrapone una realidad con la otra. No invita a dejar de celebrar. Invita más bien a ampliar el corazón pues, mientras millones de personas festejan el logro deportivo, miles de familias mexicanas siguen esperando noticias de un hijo, una hija, un hermano, un padre
Las cifras ayudan a dimensionar esta herida. De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, México supera ya las 130 mil personas desaparecidas. A ello se suman más de 30 mil homicidios dolosos registrados cada año durante los últimos años, una violencia que ha dejado profundas cicatrices en numerosas comunidades.
Detrás de cada número hay un nombre, una familia y una historia que continúa esperando justicia.
No dejar que la fiesta nos vuelva indiferentes
Quizás el pasaje más esperanzador del comunicado sea aquel donde los obispos expresa el país que sueñan:
«Queremos familias completas celebrando a México y jóvenes que realicen sus sueños sin que peligren sus vidas”.
El Mundial puede despertar orgullo nacional, pero también puede recordarnos aquello que todavía falta para que todos los mexicanos puedan celebrar con la misma tranquilidad. Por eso la Iglesia no pide apagar la fiesta, pide que la alegría se transforme en compromiso; que el entusiasmo colectivo nos recuerde que seguimos siendo responsables unos de otros.
Que el mismo país que hoy se una para apoyar a una selección de futbol sea también capaz de unirse para acompañar a quienes siguen buscando a sus seres queridos.
El verdadero triunfo
Al concluir su mensaje, los obispos confían a México y a todos los pueblos de América a la protección de la Virgen de Guadalupe, pidiendo «el don de la esperanza, la fraternidad y la paz».
El futbol puede regalarnos momentos inolvidables y alegrías compartidas, y hay que celebrarlos, pero la esperanza cristiana nunca consiste en olvidar el dolor del otro, sino en permitir que, incluso nuestras alegrías, nos hagan más sensibles hacia quienes siguen sufriendo.
Tal vez el mayor triunfo que México pueda alcanzar no sea únicamente avanzar en un Mundial, sino lograr que esto lo celebren familias completas, que no lloren a sus desaparecidos; cuando ninguna madre tenga que recorrer el país buscando a su hijo y cuando los sueños de nuestros jóvenes puedan cumplirse sin que su vida corra peligro.
Ese sería realmente, un triunfo que debemos celebrar entre todos.
Fuente: https://es.aleteia.org/2026/06/26/la-alegria-del-mundial-y-la-herida-que-mexico-no-puede-olvidar/