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Opinión | Política simbólica vs. protocolo institucional

La ausencia de la presidenta en la inauguración del Mundial 2026 en el estadio de la Ciudad de México, se puede interpretar como una decisión táctica para evitar abucheos en escenarios de alta visibilidad, en un contexto de desgaste de su gobierno y su partido morena, por el caso de los políticos sinaloenses acusados por el departamento de justicia de los Estados Unidos.

Adicionalmente, se presentaron tensiones sociales por las manifestaciones y exigencias de la CNTE y madres buscadoras.

No es ajeno a la realidad social que diversos líderes enfrentan costos políticos simbólicos al exponerse, sin estrategia, en eventos masivos justo cuando sus gobiernos han pasado por crisis severas de gobernabilidad.

La narrativa se apoya en precedentes históricos del siglo pasado, en ocasión de la inauguración de los juegos olímpicos de 1968 y el mundial de futbol de 1970, en donde fue abucheado largamente el presidente Díaz Ordáz, por los hechos de represión sucedidos en la plaza de las tres culturas.

Después, en la inauguración del mundial de 1986, el presidente De la Madrid fue abucheado y se interpretó como un rechazo a su lenta y errática actuación tras el sismo de 1985.

Más recientemente el presidente López Obrador fue abucheado en un partido de beis bol en la ciudad de México, deporte al que le destinó millonarios apoyos, pero que no logró el objetivo de ser reconocido y aplaudido.

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Los eventos globales amplifican el juicio público sobre liderazgos en crisis y el protocolo institucional no neutraliza el descontento ni la memoria social y si desmantela la política simbólica.

La ausencia de la presidente de la república en el acto inaugural se puede interpretar como una descortesía institucional que proyecta “silla vacía” hacia el exterior, pero que fue minimizada al no asistir el presidente de Estados Unidos y el primer ministro de Canadá a sus respectivas inauguraciones, “empatando” los cartones, en términos futboleros.

La decisión puede ser políticamente racional para evitar costos inmediatos, pero rompe expectativas de protocolo y proyecta un vacío simbólico del Estado porque refleja un desdén al peso internacional del evento y miedo a la reacción, es decir, refleja un México descompuesto entre la cara que se presenta al mundo y la realidad de las protestas por el incumplimiento de las promesas.

Es cierto que la presidente había anunciado que no iría al estadio, utilizando el argumento económico-social de que los boletos son muy caros y que solo los ricos los pueden pagar y el argumento populista de que iba a regalar su boleto, a una mujer que le gustara el futbol, cuando todo mundo sabe que a los jefes de estado no les cobran los boletos y que, a esa mujer, no se le dio el lugar que le correspondía.

Sin duda, la estrategia utilizada fue la minimización del riesgo reputacional inmediato en plazas abiertas y masivas, donde la desaprobación es más probable que se presente, porque, además, iba a ser transmitida por la televisión al mundo.

Se reconoce que, a corto plazo, la efervescencia futbolera puede absorber el reclamo de una parte de los mexicanos, dejando intacto el problema de legitimidad y protocolo.

Si ella descartó asistir al Fan Fest en el zócalo de la ciudad por las manifestaciones de la CNTE y optó por una presencia controlada, en la delegación Gustavo A. Madero, arropada por militantes de su partido, es válido, pero la realidad es una: quiénes tenían bloqueados los accesos a la plancha del zócalo capitalino y al estadio de la Ciudad de México, eran los grupos policiales, no los manifestantes.

*Es politólogo


+ OPINIÓN : Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor

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