El «gobierno de las cortesanas» es uno de los periodos olvidados de la historia del Papado a causa del poder que ejercieron dos poderosas mujeres: Teodora y Marozia.

Carlos Serrano Lorigados / Historia National Geographic
El término «pornocracia» proviene del griego y significa «gobierno de las cortesanas», una definición que puede aplicarse a los hombres y mujeres que, gracias a su relación con un gobernante, lograban establecer sus propias redes políticas y clientelares hasta el punto de superar, e incluso sobrevivir, al propio gobernante.
La palabra «pornocracia» fue utilizada por los historiadores protestantes para definir el siglo X como el periodo más oscuro de la iglesia de Roma: el llamado Seculum obscurum. Sus tesis se encontraban inspiradas por las crónicas de Luitprando, obispo de Cremona, contemporáneo a los hechos y que vivió aquellos tiempos en los que Roma estaba controlada por dos mujeres: Teodora y Maroza.
El papado en manos de la nobleza romana
Luitprando de Cremona era completamente contrario al poder que estas dos mujeres, Teodora, esposa del senador romano Teofilato y su hija Maroza, ejercían sobre el Papado. Su crónica se encuentra cargada de un evidente machismo, y no dudó en definir a Teodora como «una prostituta que ejerció su poder en Roma peor que cualquier hombre». Pero nada más lejos de la realidad.
Para llevar la contraria a Luitprando, debemos conocer el contexto de la Roma del siglo X. Teodora y Marozia no eran simples cortesanas, sino una madre y una hija pertenecientes a la familia más poderosa de la aristocracia romana: los condes de Tusculum. El senador Teofilacto I, marido de Teodora y padre de Marozia, era el superista, general de las mesnadas papales, y junto con Teodora, decidieron entregar a su hija Marozia al papa Sergio III.

La moral eclesiástica durante el siglo X estaba muy lejos de parecerse a la que conocemos hoy en día, y era corriente que los obispos fundasen sus propias dinastías a pesar del veto del matrimonio. El papel de Marozia como cortesana del papa Sergio III era similar al que ostentaba una reina, pues el pontífice no era sólo el señor espiritual de Roma, sino un auténtico monarca feudal.
Pero, ¿a quién debía obediencia el Papa? En teoría, sólo a Dios, pero en la práctica, la elección papal dependía del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, protector de la Santa Sede desde tiempos de Carlomagno. La mejor forma que la nobleza romana ideó para controlar al Papa era literalmente, inmiscuyéndose en su alcoba: y aquel fue el papel de Marozia.
Un «juego de tronos» en la roma del siglo x
La Roma de los años 900-950 era una de las ciudades menos pobladas de Italia, y su población se concentraba en la colina del Celio en torno a San Juan de Letrán, residencia de los Papas medievales. El resto de la ciudad lo ocupaban las ruinas y las torres de las familias nobles que luchaban por el control de la Curia Pontificia, y todos se esforzaban por colocar a su propio Papa en la cátedra de San Pedro.
El pontificado de Sergio III comenzó bajo el recuerdo del truculento «Sínodo del cadáver», uno de los episodios más oscuros de la Roma medieval. Los Papas eran peones al servicio de los nobles romanos, y Sergio III nunca hubiese resultado electo sin el apoyo de los dos verdaderos reyes de Roma: Alberico I, conde de Spoleto y esposo de Marozia, y Teofilacto de Tusculum, padre de la joven y marido de Teodora.

Marozia ejerció como amante y concubina del papa Sergio III hasta la muerte del pontífice en el año 911. Después pasaron dos papas ancianos, Anastasio III y Lando, meras herramientas en manos de los condes de Tusculum, hasta que fue electo Juan X, un papa opuesto a las intenciones de Teodora y Marozia que pretendía eliminar el poder de las cortesanas.
La propia Marozia intrigó para asesinar al Papa hasta que logró encerrarlo en el Castel Sant’Angelo, donde Juan X fue ejecutado en 929. El poder de Marozia había crecido hasta convertirla en la auténtica reina de Roma con el apoyo del pueblo y de la aristocracia romanas. Ella fue quien eligió a los siguientes papas, León VI y Esteban VII, y por dichos motivos, Luitprando de Cremona no dudó defenestrarla para la posteridad.
La derrota de marozia y el final de la pornocracia
El suceso que iniciaría la decadencia de Marozia fue la elección papal de su propio hijo, Juan, único fruto de su unión extramatrimonial con el papa Sergio III y que pasaría a la historia como Juan XI. Marozia obtuvo el control absoluto de la Curia y, junto con su nuevo marido, el conde Guido de Toscana, continuaron luchando por la independencia política de Roma frente a las ambiciones de los emperadores del Sacro Imperio y de los reyes de Italia.

Pero la caída de Marozia avendría por obra de su propia familia. Su primer hijo Alberico, fruto de su primer matrimonio con el duque Alberico de Spoleto, se sintió ultrajado por partida doble cuando su hermanastro Juan fue coronado Papa y su madre volvió a casarse, esta vez con el rey de Italia, Hugo de Provenza. Indignado por los juegos de poder de Marozia, Alberico y decidió acabar con la «pornocracia» instalada en la Ciudad Eterna.
Hugo de Provenza y Marozia planeaban ser coronados emperador y emperatriz del Sacro Imperio por el papa Juan XI y culminar así un recorrido hacia el poder que Marozia había iniciado como cortesana del papa Sergio III. Alberico, sin embargo, supo leer las intenciones de su madre y sublevó al pueblo de Roma para que se alzase contra Hugo y Marozia.
Marozia abandonó para siempre la Ciudad Eterna en 932 y Alberico encerró a su hermanastro, el papa Juan XI, en el Palacio de San Juan de Letrán. La «pornocracia» llegó a su fin y Alberico, decidido a cambiar la imagen de la Iglesia, elevó al solio papal a León VII, promotor de la reforma benedictina promovida por la Orden de Cluny. La Iglesia debía renovarse y reformarse: y tras la «pornocracia», comenzó un nuevo renacimiento: el Siglo del Románico.