Decía el psiquiatra y psicólogo Carl Gustav Jung (Suiza, 1875-1961) que la tarde de la vida (a partir de la madurez) tiene su propio significado y no debería ser una ampliación de la mañana (la juventud). Hablemos de la teoría psicológica que desmiente que la vida sea una línea ascendente al principio y decadente al final.

LAURA RODRIGÁÑEZ / TELVA
partir de la madurez, que hace un siglo estaba en torno a los 40 años (y quizá hoy no ande mucho más lejos, pero si más tarde), se suele producir un giro decisivo que transforma la segunda mitad de la vida en una mejor etapa que la primera. Con más sustancia. Una tarde cualquiera, de repente, estás que no te encuentras. Literal. Un pensamiento incómodo, no invitado, libera una idea rompedora: «No sé si quiero seguir como hasta ahora». No se refiere a nada y hace alusión a todo: el trabajo, el hogar, las relaciones… ¿Algo falla? ¿Es todo? ¿Nada en realidad?
No es un drama. No es una crisis. Es un vértigo repentino pero maduro. Carl Gustav Jung diría que ese instante es una frontera invisible. La vida, sin previo aviso, deja de pedirte que demuestres y empieza a preguntarte quién eres cuando ya no tienes nada que demostrar. Es un cambio sutil pero decisivo, como girar el timón apenas unos grados para descubrir, tiempo después, que el barco entero tomó otra dirección. Comienza entonces lo que el psicólogo y psiquiatra suizo llamaba «la tarde de la vida», un tiempo con significado propio (más profundo que la mañana). No un declive ni un camino cuesta abajo hasta el final. Mas bien se trata de una metamorfosis que enriquece y es decisiva.

Carl Gustav Jung
En la primera mitad de la vida, explicaba Jung, nos dedicamos a construir. Trabajo, pareja, familia, estatus, pertenencia… Es la etapa del ego, de levantar estructuras y de sostenerlas. Hasta que llega el momento en que ese edificio empieza a pesar.
No porque esté mal hecho, sino porque deja de parecer suficiente. Se empieza a cocer ese malestar silencioso en versión murmullo interno por el que te cuestionas todo: desde quién eres hasta qué haces. «¿Quién soy más allá de mis roles?». Madre, empleada, hija, hermana, vecina… «La tarde de la vida debe tener un significado propio y no puede ser una mera ampliación de la mañana», escribía el psicólogo y psiquiatra.
No se pueden seguir las mismas reglas. Ya no se construye hacia afuera, ahora se pule lo de dentro. No hace falta competir, demostrar o acumular. La tarde pide otra cosa: dejar de mirar afuera y girar la mira a ti misma. Se busca encontrar sentido. A este proceso, Carl Gustav Jung lo llamó individuación: la integración de nuestras sombras, talentos ocultos, deseos postergados y posibilidades dormidas. Es una tarea radicalmente adulta: no se basa en empujarnos hacia el mundo, sino en permitir que emerjamos desde dentro.
Precisamente por eso, el suizo creía a pies juntillas que esta segunda etapa puede ser mejor: sin animo de asumir pretensiones ajenas llega el momento de elegir quién queremos y vamos a ser. Paradójicamente, cuando dejamos de esforzarnos en ser alguien, empezamos a ser nosotras mismas.
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La madurez no es un ocaso
El psicólogo Erik Erikson habló de algo muy parecido. Para él, en la adultez se juega una partida a cara o cruz entre la integridad y la desesperación. La primera llega al aceptar la vida vivida en su totalidad mientras que la segunda es esa extraña sensación de traición a algo esencial que no acabas de comprender ni localizar. De lo que se trata, pues, es de alcanzar la serenidad que aparece cuando, por fin, dejamos de pedirnos ser perfectas y empezamos a ser verdaderas. Abrazar la integridad y despedir la desesperación.
El edadismo se empeña en negar que la realización personal no pertenece a la juventud, sino al diálogo con uno mismo que aprendemos a tener más tarde. Lo que necesitaríamos hoy es empezar a dejar de decirnos que llegamos «tarde» a nosotras mismas, porque en realidad llegamos cuando estamos preparadas.
Vale la pena hacerse preguntas que den perspectiva. Por ejemplo, alguna vez te has cuestionado si hay alguna parte de ti que no has vivido y que has ido ocultando porque no era el momento. Si la segunda parte de tu vida fuera una oportunidad creativa, ¿qué harías? ¿Qué estoy viviendo que pueda dejar ir para quedarme más ligera? ¿Hay algún deseo de juventud que merezca ser rescatado y no archivado? No vayamos a negar la edad, pero quizá si convendría dejar de temerla. Entender que el tiempo no es un enemigo, sino un maestro exigente que nos invita a afinar, elegir y profundizar.
Una segunda mitad decisiva
El edadismo se empeña en que el valor vital declina a partir de la madurez porque se sostiene en medidores efímeros y sin sentido vital. La estética, la apariencia, la velocidad, la productividad o la novedad no guían ni aportan valor. Son indicadores superficiales que no alcanzan lo esencial. Y mientras el psicoanalista suizo (y más pensadores) se empeñan en dar otro punto de vista, no es hasta que llega esa década mágica que nos damos cuenta de ello. Que si, que se puede vivir con sentido y más liviana.
El tiempo no resta, revela. Y llega el día que sabes discernir qué merece tu energía y qué no. A veces porque has tenido un pequeño gesto, que ni siquiera tenías pensado, pero te obliga a detenerte diez minutos para dar rienda suelta a ese malestar que pide salir. Aparece la pregunta incómoda, te sale un «no» a algo que antes habrías aceptado por inercia, retomas algo que te habías convencido que no importaba. Y ahí empieza el giro. Entiendes que todavía estás a tiempo de no ser la que dicen otros. Y libre, eres, por fin, tu misma.
Fuente: https://www.telva.com/bienestar/psicologia/2026/04/11/69d81ebc01a2f13e0f8b4584.html