Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente analizan en ‘España macabra’ las muy diversas representaciones de la muerte desde el Medievo y el propósito con el que se crearon

Mónica Arrizabalaga / ABC
Treinta años antes de que la Canina saliera por primera vez en procesión por las calles de Sevilla, causando «verdadero pavor» entre los que se cruzaron con este impresionante paso del Triunfo de la Cruz, según recoge un manuscrito de la época, otro esqueleto aún más escalofriante por ser real ya recorría la localidad aragonesa de Ateca en Semana Santa. «Está estudiado y datado en el siglo XVII, pertenecía a una mujer que sufría de artrosis», señala la criminóloga y divulgadora Miriam Beltrán Valiente. Al menos desde 1661, estos huesos humanos engarzados con alambres y colocados de pie en un pequeño paso, tras una sencilla cruz y una guadaña, participan en la procesión del Santo Entierro de la población zaragozana.
Beltrán y el historiador del arte Gorka López de Munain explican en ‘España macabra’ (Desperta Ferro Ediciones, 2026) que antiguamente hubo más esqueletos humanos subidos a andas procesionales, «pero no todos lograron generar el necesario espíritu de recogimiento» y terminaron desapareciendo. Cuentan, por ejemplo, que en Cádiz y en pleno siglo XIX, la Facultad de Medicina donaba todos los años una osamenta para componer el paso, pero aquello acabó convirtiéndose «en objeto de mofa y de especulaciones por saber la identidad del finado».
Aún hoy varios esqueletos con variados nombres salen a las calles como símbolos del triunfo de Jesucristo sobre la muerte. La Canina, en Sevilla; La Chacha, en Jerez de la Frontera; la Muerte Pelá, en Jerez de los Caballeros… pero todos ellos esculpidos por artistas, como Antonio Cardoso de Quirós en el caso sevillano. Solo en Ateca procesionan unos huesos reales y no hay visos de que la costumbre se vaya a perder. «No creo que en el pueblo consintieran que se sustituyera ese esqueleto real por uno de mentira, por así decirlo. Es una tradición que tienen allí ya muy arraigada», constata Beltrán.
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En estas representaciones de la muerte vencida y el espectacular catafalco de La Torre de Esteban Hambrán, una obra de Luis Cosón (1753) plagada de esqueletos con vestimentas de clérigos, nobles, obispos o caballeros, los autores de ‘España macabra’ creen que se condensa «ese carácter paradójico» que tienen este tipo de imágenes que se prodigaron desde el Medievo a la Edad Moderna. «Cuando aprendes a contextualizar y a discernir el sentido de estas obras te das cuenta de que esto no es espanto, sino todo lo contrario, es esperanza», resume la criminóloga.
Cuando surgió esta estética de lo macabro en la Edad Media, una época atravesada por guerras y epidemias, «no buscaban recrearse en las angustias», según López de Munain, sino «canalizar» ese dolor, contrarrestar la ansiedad que provocaba la muerte, tan presente y cercana, con un horizonte más luminoso. En un contexto cristiano y una sociedad creyente, «la exaltación de lo macabro fijaba la atención sobre las pautas morales a seguir y ponía el peso en la esperanza de un juicio justo que favoreciese el acceso a la gloria», indican los investigadores.

Con el tiempo, la estética macabra llegará a adquirir unos tintes que hoy sorprenden, «pero siempre cumplía una función para las personas de la época, se hacía con un objetivo y eso es lo que hemos tratado de buscar en el libro: los distintos propósitos que en cada época han estado detrás de la ejecución de estas piezas», comenta el profesor de la Universidad del País Vasco y de la UNED.
«Las representaciones macabras cumplen una función para las personas de la época, se hacen con un objetivo» | Gorka López de Munain, Profesor en la UPV y la UNED
Huyendo del morbo y de los mitos que rodean a lo macabro, estos expertos relatan cómo y por qué surgieron representaciones como las del ‘Encuentro entre los tres vivos y los tres muertos’ y las danzas de la muerte, presentes, por ejemplo, en el oratorio del Castillo de Javier, en Navarra. Analizan las vanitas de Antonio de Pereda o los famosos cuadros que Juan de Valdés Leal pintó para la Iglesia de la Hermandad de la Caridad de Sevilla y se adentran en osarios, criptas y pudrideros, como el del monasterio de San Lorenzo de El Escorial. En las más de 200 páginas del libro, no faltan referencias a la momia de Carlos V, que se convirtió durante un tiempo en atracción turística, a la colección de reliquias de Felipe II o al ‘Espejo de clarisas’ del Monasterio de las Descalzas Reales, con una tétrica monja oculta tras un poema.
Rescate de reliquias
La mirada de estos autores alcanza también a otras imágenes poco estudiadas y lugares menos conocidos, como la remota ermita vasca donde se custodia el cráneo de san Vítor de Gauna o las reliquias de Martioda, cuya restauración e investigación ha proporcionado interesantes datos sobre este tesoro olvidado durante años en la sacristía de la iglesia de esta localidad alavesa. «Las reliquias son piezas que en su momento tuvieron un prestigio enorme y cada vez se están estudiando más, pero no en paralelo a la destrucción que ha habido en las últimas décadas y sigue habiendo», constata el historiador vasco.

López de Munain cree que el caso de Martioda puede inspirar otros rescates de conjuntos y piezas que forman parte de la historia de tantos pueblos por toda España «porque realmente lo merecen». Señala el caso, por ejemplo, de Vergüenza, en Álava, «que tiene otro conjunto absolutamente extraordinario, similar al de Martioda, que está siendo investigado también por Aintzane Erkizia y ojalá pueda ser restaurado».

Un hallazgo inesperado
El arqueólogo italiano Antonio Fornaciari se preguntaba en un artículo si existía algún paralelo fuera de Italia de los pudrideros de Sicilia o Nápoles, donde algunas órdenes religiosas colocaban a los difuntos un tiempo, mientras continuaba el duelo y los cuerpos se liberaban de impurezas, antes de sepultarlos definitivamente. «Aquí en España hemos localizado unos cuantos», le responde Beltrán. En 2023 localizaron uno en Medina Sidonia, perteneciente a un convento franciscano hoy desaparecido y desde entonces han estudiado otro «perfectamente conservado en el Museo de Historia de la Ciudad de Girona, que ha sido un hallazgo inesperado y muy feliz, y alguno más en Palamós y Figueras», según la investigadora. «Estamos muy contentos porque damos a conocer algo que en España está muy poco estudiado».
Los análisis a los huesos de Martioda pusieron de manifiesto el comercio de reliquias que, según explica el historiador, tuvo dos focos principales, uno el centro y noreuropeo, con huesos procedentes de necrópolis alemanas que se revestían en Flandes y se distribuían por mar, y otro el italiano, a partir de las catacacumbas que se redescubren en el siglo XVI. Algunos de estos restos humanos fueron tratados con la técnica de la ceroplastia y hoy ni siquiera se identifican como tales. «En España tenemos muchísimas reliquias de esta tipología interesantísima, pero la gente ve esos cuerpos que parecen como de cera sin saber que tienen huesos dentro, que en realidad son relicarios».
Sobre la exposición de restos humanos y cuerpos momificados, hoy tan controvertida, Beltrán y López de Munain creen que hay que poner el foco en su contexto y en si se pensaron para ser exhibidas y tradicionalmente se han expuesto. «En mi opinión, lo que aporte conocimiento y enriquezca cultural y artísticamente está bien expuesto», subraya la criminóloga.
Desde la publicación de su libro, son muchos los que les hacen llegar otros relicarios o pinturas de las que no tenían noticia y que se suman a las numerosas piezas que ya conocían, muchas de las cuales han tenido que dejar fuera por falta de espacio. «Es imposible hacer un catálogo de todo lo que hay», señalan los investigadores, esperanzados en que su lectura de este fenómeno provoque una reflexión.
Fuente: https://www.abc.es/cultura/curioso-esqueleto-real-sale-procesion-semana-santa-20260326185533-nt.html