LD entrevista al prestigioso psicoanalista estadounidense por su último libro, Trabajos de amor (Debate, 2026).

Jesús Fernández Úbeda / Libertad Digital
Stephen Grosz (Indiana, EEUU, 1952) sostiene, como la escritora Iris Murdoch, que el amor es «el descubrimiento de la realidad». Este psicoanalista, formado en UCLA, Berkeley y Oxford, con cuatro décadas de experiencia, y profesor en el Instituto del Psicoanálisis del University College de Londres, responde en su último libro, Trabajos de amor (Debate, 2026), a dos preguntas que tienen su miga: ¿qué nos impide enamorarnos?, ¿qué debemos hacer para permanecer enamorados? Su labor consiste, como Orfeo, en hallar un camino de bajada al inframundo en las palabras, los recuerdos y los sueños de mis pacientes. Aprovechando que ronda por España para promocionar su reciente ensayo, LD conversa con este hombre sabio que huye de la respuesta prefabricada y que, tras cada pregunta, conjuga en presente de indicativo un verbo urgente, necesario y agradecido: pensar.
P: Leonard Cohen cantaba que el amor no tiene cura.
R: Me encanta esa canción. Debería buscarlo para ti: hay un poema de Wendy Cope que se llama «Dos curas para el amor». No recuerdo la primera cura (risas), pero la segunda era «conócele mejor».

P: ¿Qué ha aprendido sobre el amor en sus cuarenta años de experiencia con pacientes?
R: ¿Sabes que nos engañamos acerca del amor? Muchas veces nos engañamos a nosotros mismos. Pero también tenemos el poder de ver las cosas claras y de trabajar para entendernos a nosotros mismos, quiénes somos, y a las personas a las que amamos. Ese es el trabajo del amor: intentar ver el mundo tal y como es. No verlo como queremos que sea ese mundo. O como tememos que va a ser ese mundo. Debemos vernos a nosotros mismos y a los otros de la forma más realista posible.
P: ¿Sigue aprendiendo cosas nuevas sobre el amor?
R: Sí, por supuesto. Sí, sí. (Piensa) Una de las cosas maravillosas de mi trabajo, y quizá de tu trabajo también, es que estoy en contacto con nuevas personas todos los días. Entonces, hay personas nuevas que entran en mi consulta que me sorprenden. Los acuerdos a los que llegan las personas, las soluciones a las que recurren…, sí, yo, por lo menos, sí aprendo cosas nuevas.
P: ¿Cuál es el amor más hermoso?
R: Vaya…, ¡qué pregunta más interesante! Es muy buena pregunta… Creo que cuando las personas están siendo verdaderamente realistas, cuando se ven a ellos mismos con sus defectos… Yo tuve un paciente que se peleaba con su mujer. Un día, discutiendo, dijo: «¡Pobre mujer, me tiene que aguantar, soy terrible! ¡No soy malo: soy mucho peor de lo que me está diciendo ella!». Cuando se dio cuenta de que, realmente, la trataba mal, fue el comienzo de un cambio en los dos. Eso me pareció hermoso: él la quería y pudo renunciar a esa superioridad que él sentía para con ella. Se permitió acercarse a ella y se fue ablandando. Y ella también fue ablandándose hacia él: pudo ver lo que él había hecho.
P: ¿Y cuál es el amor más peligroso?
R: El último capítulo del libro incluye una historia acerca de un hombre cuya pareja se suicidó para demostrar que todo el amor es peligroso. Nunca sabes cómo va a acabar o cuándo. Cuando te enamoras, no sabes cuál es el futuro. No sabes lo que va a ocurrir, lo que vas a sentir, lo que estás empezando…, el amor es peligroso siempre si realmente te entregas a alguien.

P: En ese último capítulo, escribe: «Mi labor consiste en encontrar –en las palabras, los recuerdos y los sueños de mis pacientes– un camino de bajada. Un viaje al inframundo es una parte necesaria de todo psicoanálisis: para ver la luz, has de descender a la oscuridad». ¿Alguna vez se ha visto arrastrado o ha quedado atrapado en ese inframundo?
R: Yo no lo veo de esa manera. Creo que existe una larga tradición de escritura, de literatura, hasta Orfeo: ese viaje al inframundo en el que vas, coges algo y lo traes de vuelta. Eso es parte de la buena escritura: entras en ti mismo y encuentras algo. Mis pacientes tienen que buscar dentro de ellos, tienen que sentir que han sido vistos, que han sido conocidos de verdad. Es muy buena pregunta: aunque no se lo digo, los pacientes saben que una terapia es buena cuando ambos hemos tenido que enfrentarnos a algo dentro de nosotros mismos, que yo he tenido que acompañarles. En esa historia, el hombre se siente tan avergonzado que tarda diez años en contarme lo que realmente ocurrió con su novia. Me cuenta que se suicidó, pero no me cuenta los detalles porque se siente humillado. Cuando tuvimos que entrar en esa fase los dos, hicimos ese viaje conjuntamente y, luego, algo cambió. En cierta manera, pienso que lo que diferencia a un buen psicoanálisis de la autoayuda o algo parecido es que, en el psicoanálisis, son dos personas que piensan las cosas juntos, que se enfrentan a las cosas juntos: él no hubiera podido hacer ese viaje solo.
P: ¿La autoayuda es un placebo?
R: No. Creo que hay un valor en la autoayuda. En los últimos cuarenta años, han cambiado las cosas. Yo soy de la época de Oprah Winfrey (risas). Hasta entonces, en la década de los ochenta, no había muchos libros de autoayuda. Había algunos, pero no muchos. Ahora, la IA puede ofrecer muy buena información: ChatGPT, Google Cloud… «¿Debería tomar melatonina o no?», «No duermo bien…». Todas esas cosas pueden ser de gran utilidad, pero también aclaran cómo la terapia es distinta. Porque la terapia no ayuda de esa manera: la terapia trata de que te escuchen, de que te vean. La IA hace una performance, es una mascarada del entendimiento. Tú y yo tenemos algo en común y hemos vivido una experiencia. Un día, Jesús, puede que te separes de tu mujer, o ella te querrá y tú la querrás y uno de los dos morirá…, y así es como acaba. La IA no hace eso. Y eso crea un sentimiento distinto: cuando están dos personas en una consulta, mis pacientes saben que yo he tenido que enfrentarme a las cosas a las que ellos tendrán que enfrentarse. A su propia mortalidad, incluso.

P: En sus pacientes, ¿ha hallado algún mal de amor general, algún patrón, o cada uno es de su padre y de su madre?
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R: (Piensa) No lo describiría como mal de amor. Tampoco hablaría de amor positivo o bueno. En mi opinión, el tipo de amor más problemático se da en aquellas personas que no son capaces de renunciar a su superioridad. No pueden ver el punto de vista de otras personas. Se sienten muy importantes, ven inferiores a sus parejas y tienen el placer de sentir indignación. Tuve una paciente hace unos años, una mujer joven que se casó, tuvo un hijo, y había algo que no marchaba bien en cuanto a cómo estaba ella con su pareja, o incluso con su hijo. Sentía que había una ausencia de empatía. Tardé mucho en descubrir que, realmente, sufría de autismo. Ella no veía las cosas debido a que, neurológicamente hablando, le resultaba muy difícil mostrar empatía. Tardé mucho en averiguarlo. Una vez que le diagnosticaron, ella pudo empezar a mostrar más empatía. Creo que la gente se comporta de forma diferente por distintas razones. Incluso si no hubiera sido por el autismo, sino por cosas de su niñez, no sería algo negativo, necesariamente. El psicoanálisis trata de la curiosidad: ¿por qué alguien es de esta manera y no de otra? Incluso alguien bastante cruel: ¿por qué necesita ser así, por qué actúa de esta manera?
P: ¿El narcisismo es una de las grandes plagas de nuestros días?
R: Erich Fromm, en El arte de amar, lo consideraba el principal problema del amor. Hay que renunciar al narcisismo para poder amar. La gente es reacia a dejarlo a un lado y se plantea las preguntas equivocadas: ¿soy atractivo?, ¿soy interesante para otro? Son las preguntas que se hacen los narcisistas. Creo que el narcisismo, en muchas ocasiones, es una defensa porque la persona teme lo que conlleva el amor.
P: ¿Es la máscara del inseguro?
R: Puede serlo, sí. Nos sucede a todos nosotros. En el caso de los hombres, por ejemplo: durante los dos primeros años de vida, si yo te hubiera preguntado «qué quieres ser cuando seas mayor», hubieras dicho: «Quiero ser como mi mamá». Todos los niños, hasta los dos años y medio, dicen eso. Luego aprenden que no, que quieren ser piloto, conductor, futbolista, bombero…
P: Influencer…
R: (Risas) Quieren ser más masculinos. Empezamos la vida amando a una mujer, es nuestra relación más cercana. En cierto sentido, la masculinidad es la inseguridad, porque empezamos con una performance, actuando. Y se utiliza todo el tiempo. Trump, por ejemplo, es muy bueno recurriendo a ello. Él feminiza a sus oponentes: no son hombres, son débiles, no tienen poder…, y, como acosador, muchas veces dice estas cosas. Incluso en Inglaterra es la manera de ganar las elecciones: feminizas a tus oponentes. ¿Cómo Arnold Schwarzenegger se hizo gobernador de California? ¿O Jesse Ventura, que se convirtió en gobernador de Minnesota? No son solo hombres que votan a estos hombres: las mujeres también buscan esa masculinidad. Cuando has preguntado sobre el narcisismo, existe un tipo de actuación en la masculinidad. Y en la femineidad, también. Lo que intento decir es que, cuando nos enamoramos, tenemos miedo de que se va a ver nuestro ser verdadero. Y que se vea la parte de nosotros de cuando éramos pequeños y queríamos ser mujer. Y que no somos como aparentamos. Quizá no lo sepamos incluso nosotros mismos, pero sentimos que hay algo que no queremos que los otros sepan. Es una inseguridad. Ocultamos estas cosas de nosotros mismos y de nuestras parejas.

P: ¿Se puede amar al prójimo sin amarse a sí mismo?
R: Creo que el amor verdadero es una disposición hacia la curiosidad. Tienes curiosidad por tu pareja, pero también tienes que sentir curiosidad por ti mismo. Creo que empieza en nosotros mismos. Las personas que vienen a terapia son muy duras consigo mismas. Siempre estamos hablándonos en nuestra cabeza. Siempre nos hablamos. En la gran mayoría de los que vienen a verme, esa voz que tienen dentro es muy crítica: «No deberías haber hecho esto». Es como una tiranía. Yo espero que la terapia les cambie eso, que se vuelva más: «¿Y por qué has hecho esto? ¿Por qué has actuado así?». No es: «No deberías haber hecho…», sino «¿por qué lo has hecho?». Entonces, empiezas a mostrar curiosidad por ti mismo. Esa disposición luego la muestras con las personas a las que amas. Pasas del «mi mujer no debería haber hecho eso» al «¿por qué lo ha hecho?, ¡me ha hecho daño!». Es un movimiento hacia la curiosidad, no hacia el juicio.
P: Entonces, ¿el gran enemigo del amor es la ausencia de curiosidad?
R: Sí. Nunca lo habría dicho así, y a lo mejor lo vas a leer en mi siguiente libro (risas).
P: ¡Me he quedado con su correo!
R: ¡Lo reconoceré, está muy bien! Te voy a contar algo, es muy personal. La madre de un gran amigo mío murió recientemente. Ella era una mujer impresionante, tenía noventa y algo años. Era refugiada judía de Alemania. Durante toda su vida, le había interesado el budismo. Estaba en el hospital, al final de su vida, consciente, y sentía dolor. La enfermera le dijo: «¿Quieres que te dé un poco más de morfina, para agilizar las cosas un poco?». Y la mujer dijo: «¿Por qué iba a querer eso? Quizá haya algo que pueda aprender todavía». Es increíble. ¡A un día de morirse, básicamente! Para mí, esa es la mejor actitud que se puede tener hacia nosotros mismos, nuestras familias y aquellos a los que amamos.
P: Para acabar, cuando ha mencionado a Trump, me he acordado de la autobiografía de Klaus Kinski, Yo necesito amor. ¿Trump necesita amor?
R: Escribí un artículo para el Financial Times sobre Trump, cuando fue elegido. Cogieron una cita como titular que decía: «Quien no está en el corazón de nadie quiere estar en todas las cabezas».
P: Normal que la cogieran: es muy buena.
R: Pienso que él, más que narcisista, es imperialista psicológico. Sin hablar de lo que hace en Irán y en Venezuela: tiene que estar en las cabezas de todo el mundo, en todo el mundo y a todas horas. Estar en nuestras cabezas: es lo que quiere en todo momento.