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Marta González-Freire, investigadora del envejecimiento y la longevidad:  «Si no nos vamos a dormir antes de esta hora nos saltaremos una de las fases más importantes del sueño y no la recuperaremos aunque nos levantemos más tarde» | YoDona

Frente a la confusión y el ‘ruido’ de las redes sociales, esta científica Marta Gon-zález-Freire se circunscribe a la biología y los datos contrastados: «El mayor riesgo de la longevidad hoy no es envejecer, sino el negocio del antienvejecimiento sin evidencia. La longevidad no es magia: es biología, datos y cambios de hábitos»

González Freire es investigadora titular del Instituto de Investigación Sanitaria de Illes Balears ( IdISBa) y del Translational Research in Aging and Longevity Group ( TRIAL group).


GEMA GARCÍA MARCOS / YoDona

Para una investigadora del envejecimiento con la trayectoria de Marta González-Freire ver, oír y leer todo lo que circula hoy en día en los medios y redes sociales sobre el campo al que ha dedicado toda su vida profesional resulta delirante. «Antes se decía que todos llevábamos un seleccionador nacional dentro; hoy, más bien, yo diría que es un especialista en longevidad», afirma.

Azote de los vendehúmos de un sector que cada vez mueve más dinero, González-Freire quiere dejar las cosas muy claras desde el principio: «La longevidad no se vende en cápsulas: el verdadero negocio es prometer hacer lo que la ciencia aún no puede», sentencia esta investigadora titular del Instituto de Investigación Sanitaria de Illes Balears ( IdISBa) y del Translational Research in Aging and Longevity Group ( TRIAL group).

Hasta hace nada se decía que nuestra esperanza de vida dependía un 70% del estilo de vida y el 30% restante del ADN, pero parece que este argumento ha cambiado. «Varios estudios epidemiológicos grandes que han salido recientemente demuestran que los genes influyen incluso más que nuestras costumbres, pero, al final, es el equilibrio de ambas cosas. Todos nacemos con una carga genética y es verdad que podemos jugar mucho con los cambios de hábitos, pero lo que está claro es que la mayoría viene con un menú básico y solo una minoría privilegiada cuenta con uno más desarrollado que incluye genes protectores«.

El objetivo ya no es tanto vivir muchos años (que también), sino vivirlos bien. «Para la comunidad científica, ‘lifespan’ (esperanza de vida) y ‘healthspan’ (esperanza de vida con buena salud) siempre han ido de la mano, aunque quizás en los medios de comunicación o en el ámbito divulgativo se ha tendido hasta hace nada hacia el ‘vamos a ser centenarios’. Actualmente ya somos muy longevos pero la realidad es que a partir de los 50 años empezamos a acumular enfermedades, alguna de ellas, como por ejemplo el Alzheimer, absolutamente incapacitantes».

A esos dos conceptos se les une ahora otro que emerge con fuerza en redes. «El ‘peakspan’ es el periodo en el que mantenemos, al menos, el 90% de nuestra capacidad máxima en una función específica, ya sea física o cognitiva». ¿A qué edad nos encontramos en nuestro máximo esplendor? «Alrededor de los 30 o 40 años, nuestros sistemas están en su culmen y, a partir de ese momento, comienza la caída. Lo que se anhela es la compresión de la morbilidad: que las enfermedades aparezcan lo más tarde posible y ralentizar su desarrollo».

Según todo esto, ¿cuándo deberíamos empezar a cuidarnos para gozar de una vida larga y saludable? «Desde la infancia. Lo suyo es que empezáramos a cuidarnos lo antes posible, porque nuestra reserva funcional se reduce con la edad. Cuanto más jóvenes empecemos, mayor capacidad de mejorar las cosas tendremos».

Y, para conseguirlo, «lo que deberíamos hacer como sociedad es mejorar la salud pública partiendo desde la educación. O sea, que, desde pequeños, se nos enseñe a comer bien o a comprender por qué es bueno mantenerse activo física y cognitivamente. A mí me cuesta entender cómo es posible que, a estas alturas, todavía haya gente que no sea capaz de distinguir qué es un hidrato de carbono, qué es una proteína o qué son las grasas, por citar lo más básico. Esto es una muestra más de que nuestro sistema educativo está fallando».

A pesar de que, especialmente tras la pandemia, «cada vez hay más gente haciendo ejercicio -sobre todo mujeres que han derribado las barreras frente a los entrenamientos de fuerza- se está agravando la epidemia de obesidad, especialmente, la infantil que en España está alcanzando unos niveles muy preocupantes».

Nuestro estilo de vida no ayuda. «Nos pasamos el día corriendo y no tenemos tiempo para nada. Muchas veces, acabamos comiendo el primer plato preparado que nos encontramos en el supermercado. Otro factor importante es el económico, pero ahí soy de las que piensan que comer sano no es tan caro si se saben elegir los alimentos adecuados. Pero aquí, otra vez, nos topamos con la falta de educación nutricional«

En lo que más ‘pinchamos’, además de en la dieta, es en el descanso. «Dormir es lo más importante de todo. Cualquiera de nosotros puede comprobar cómo, tras una mala noche, nos sentimos más tristes, nos cuesta más mantener la concentración e, incluso, tenemos hambre a todas horas. La falta de sueño, a la larga, puede provocar alteraciones en el sistema metabólico y deterioro cognitivo».

Más importante que las horas que dormimos es el momento en el que arrancamos nuestro descanso. «Todos los sistemas de nuestro cuerpo están regulados por los ritmos circadianos, nuestro reloj interno. Está más que demostrado que si no nos vamos a dormir antes de las 22 horas (y en España esto no suele ocurrir) nos vamos a saltar una de las fases más importantes del sueño y no la podremos recuperar, aunque nos levantemos más tarde al día siguiente. Para nuestro reloj biológico, no es lo mismo dormir de cero horas a siete que de 22 a cinco. ¿Por qué? Porque, a partir de las cero horas se tiene menos fase REM, es decir, menos fase profunda. O, dicho de otra manera, nuestro sueño es más ligero y, por lo tanto, más susceptible de verse alterado».

Lo ideal, prosigue, «sería cenar dos o tres horas antes de irnos a la cama y, si es posible, antes de las 21 horas. ¿Qué pasa? Que, al final, hay que encontrar un equilibrio entre ese afán por cuidarnos y la vida social, sobre todo si tenemos en cuenta que el componente social es uno de los grandes predictores de calidad de vida y longevidad«.

«El veneno está en la dosis», subraya, y esto se aplica a todo: «El problema de intentar controlarlo todo tanto siempre es que terminamos desarrollando patrones de dependencia y de ansiedad por sentir que no hacemos lo que idealmente deberíamos hacer. No podemos vivir angustiados por hacer todo perfecto».

Gafas amarillas, luces infrarrojas, suplementación, tratamientos carísimos solo al alcance de una minoría… ¿Se nos está yendo de las manos esta búsqueda? «La obsesión actual es contraproducente. Se leen, escuchan y ven cosas en las redes sociales que son auténticas barbaridades. Ha llegado un punto en el que el mayor riesgo de la longevidad hoy no es envejecer, sino el negocio del antienvejecimiento sin evidencia. La longevidad no es magia: es biología, datos y cambios de hábitos». Amén.

Fuente: https://www.elmundo.es/yodona/vida-saludable/2026/03/23/69bd0d5cfdddffc71a8b4571.html

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