Durante dos años, el ejército de Espartaco marchó por Italia saqueando haciendas y aterrorizando a las autoridades. Estos son algunos episodios de la guerra que puso en jaque a Roma.

Arturo Sánchez Sanz / Historia National Geographic
Doctor en Estudios del Mundo Antiguo
Según Plutarco, los gladiadores implicados en la fuga fueron 200, lo que da una idea de las dimensiones del negocio de Batiato y del ludus donde estaban confinados. Pero el plan de fuga se malogró: «Se produjo una delación y hubo 78 que se enteraron de ello a tiempo, cogieron de una cocina cuchillos y pinchos [los espetones en los que se asaba la carne] y lograron huir».
Los fugitivos, cuyo número varía según las fuentes, arrollaron a los guardias de Batiato. «Por el camino –sigue Plutarco– se encontraron con carros que transportaban armas de gladiadores a otra ciudad, se apoderaron de ellas y se armaron». Eligieron a tres jefes, el primero de los cuales «era Espartaco, un tracio de la tribu meda que no solo poseía gran valor y fuerza, sino que incluso, por su inteligencia y buen carácter, merecía mejor suerte que la que corría».
Después «rechazaron a las tropas procedentes de Capua, se hecieron con muchas armas de guerra y con estas sustituyeron, satisfechos, las armas de gladiadores, de las que se despojaron como de algo deshonroso y bárbaro».
Combates incesantes del norte al sur de Italia
El ejército acaudillado por Espartaco derrotó hasta a siete generales romanos, para caer finalmente ante las fuerzas combinadas de tres comandantes. Una de las razones que explican la duración de la revuelta es el hecho de que cuando estalló, hacia el verano de 73 a.C., la mayor parte de las fuerzas romanas se hallaban en el exterior: unas, encabezadas por Cneo Pompeyo, combatían en Hispania contra el general rebelde Sertorio; otras, al mando de Lucio Licinio Lúculo, luchaban contra Mitrídates el Grande, rey del Ponto, en Asia Menor.

Otras razones que explican las victorias de los esclavos son el menosprecio de los comandantes romanos hacia los esclavos, que les hizo ser imprudentes, y el genio táctico de Espartaco, capaz de poner en práctica ardides como tejer escalas con sarmientos de vid para sorprender por la espalda a Glabro; crear un falso campamento con muertos atados a estacas como si fueran centinelas y con hogueras encendidas para despistar a Varinio mientras los esclavos huían por otro lado, o el ataque por sorpresa en una tormentosa noche de invierno que permitió a Espartaco cruzar el muro levantado por Graco en el sur de Italia.
¿Por qué Espartaco no traspasó los Alpes? No hay respuesta a esta cuestión. Tal vez por la falta de víveres, o porque a la mayoría de sus seguidores no les aguardaba ninguna patria a la que regresar más allá de los pasos alpinos y preferían seguir saqueando Italia. Pero la revuelta no podía triunfar: el regreso a Italia de las tropas romanas en el exterior redujo el margen de maniobra de Espartaco, que sucumbió en el sangriento choque del Silario.


El pacto imposible con Craso
Cuando Espartaco supo que Pompeyo había sido llamado a Italia para luchar contra los esclavos rebeldes, puso en práctica una iniciativa brillante, aunque condenada al fracaso de antemano. Sabía que si se unían los ejércitos de Craso y Pompeyo sus posibilidades de éxito eran escasas, pero también sabía que Pompeyo era el rival político de Craso, y que su presencia impediría que este último se adjudicara en exclusiva la gloria de haber liquidado la revuelta encabezada por el gladiador. Entonces propuso a Craso un acuerdo de paz, pidiéndole que solicitara a Roma que lo aceptase bajo la fides o protección del propio Craso, un pacto habitual en las relaciones de los romanos con otros pueblos. Ello significaba que Craso se convertiría en patrón de Espartaco y, como tal, debería velar para que quienes se habían entregado a él pudieran vivir sin ser atacados, aunque sometidos a Roma. Naturalmente, Craso rechazó la propuesta, ya que convertirse en protector de esclavos y gladiadores rebeldes supondría una deshonra para él.

La decisiva traición de los piratas
Ante la ofensiva de Craso, Espartaco marchó al sur de Italia para pasar a Sicilia. Plutarco da cuenta de sus intenciones: «Espartaco se retiró hacia el mar a través de Lucania; se encontró en el estrecho con las naves de unos piratas cilicios y se propuso atacar Sicilia. Pretendía desembarcar en la isla con dos mil hombres y reavivar allí la guerra de los esclavos, apagada no hacía mucho tiempo todavía, por lo que necesitaba solo una pequeña llama para inflamarse de nuevo».
La «guerra de los esclavos» alude a la segunda guerra servil protagonizada por los esclavos de los latifundios sicilianos entre los años 104 y 100 a.C. (hubo otra rebelión anterior, entre 135 y 132 a.C.). Espartaco no quería pasar con todos sus seguidores a Sicilia, sino enviar allí a dos mil para incitar a los esclavos a la rebelión y establecer una cabeza de puente que le permitiera desembarcar a su ejército. La traición de los piratas –a los que quizá también sobornó Cayo Licinio Verres, gobernador de Sicilia– abortó el plan, que Espartaco intentó ejecutar fabricando unas balsas que naufragaron.


Este artículo pertenece al número 265 de la revista Historia National Geographic.
Fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/edicion-impresa/articulos/luchar-utiles-cocina_25101