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100 años de ‘La deshumanización del arte’: el día que Ortega iluminó (y cabreó) al mundo | El Grito

Se cumplen cien años de la publicación de La deshumanización del arte, un título con el que Ortega sintetizó primero y movilizó después un gran debate intelectual con ramificaciones a todas las disciplinas artísticas y efectos que duran hasta la actualidad. Lo recuerda, desde el 19 de septiembre, una exposición en la Fundación Ortega-Marañón de Madrid

Retrato de José Ortega y Gasset | Fundación Ortega y Gasset Argentina

No decía nada nuevo el libro que apareció hace ahora cien años en las ediciones de la Revista de Occidente: casi todos los textos que componen La deshumanización del arte e ideas sobre la novela —ese es su título completo— se habían publicado anteriormente en prensa. Llevaban la firma de Ortega y Gasset y a Ortega lo leía todo el mundo de modo que eran conocidos, pero, bueno, también se llevaban cayendo manzanas del árbol muchos siglos y un buen día Newton descubrió la gravedad.

“Él tampoco tenía esa idea de construir el libro, sino que surge en un contexto en donde se está hablando mucho de arte y él decide reunir los artículos que ya tenía publicados”, explica la profesora de la Universidad de Málaga Azucena López Cobo. Es investigadora del Centro de Estudios Orteguianos y comisaria de la muestra que desde el 19 de septiembre le dedica la Fundación Ortega-Marañón a ese texto, a su significado, a sus repercusiones y a su legado. “Lo más importante es el gran debate que genera en ese momento entre los artistas. Y eso es lo que queremos mostrar”, afirma la comisaria, “cómo el libro supone una revelación para artistas de todo tipo. Porque una cosa muy interesante es que, aunque se le puede enfocar desde la perspectiva del arte, no está dirigido exclusivamente al arte, sino que está dirigido a las artes, incluyendo muy decididamente una apuesta por la novela, la literatura y la música”.

Y va más allá. Ortega elige el arte como piedra de toque de los cambios de una época que está cambiando drásticamente y de un futuro desconocido, pero no como lo es siempre el porvenir: el futuro que entrevé es un futuro que no quiere expresamente saber nada del pasado, que ha roto todas las amarras con él. Esto lo demuestra el arte nuevo y Ortega lo explica en su obra.

Portada de La Deshumanización del Arte, José Ortega y Gasset

 “La obra de arte crea dos grupos antagónicos, dos castas diferentes de hombres”

“Actúa, pues, la obra de arte como un poder social que crea dos grupos antagónicos, que separa y selecciona en el montón informe de la muchedumbre dos castas diferentes de hombres”, se lee en La deshumanización del arte. Son quienes lo entienden y quienes no. Ya no son aquellos a quienes les gusta y a quienes no. Ortega desactiva la cuestión del gusto como argumento: “Lo que él está pretendiendo es que precisamente el concepto de gusto no se base en si es bello o no es bello el objeto artístico, sino en analizar estéticamente el objeto artístico y que los artistas reflexionen sobre eso”, explica Azucena López Cobo.

La consecuencia es que gran parte del público (y buena parte de la crítica) se sintió expulsado, desairado y deslegitimado frente a un arte nuevo que obligaba a pensar y a mirar de otra manera. Se venía de una herencia artística larga y poderosa —la del romanticismo y el naturalismo— con profundas raíces en la realidad. En sus representaciones, mal que bien —ya fuera con matices o con distintas capas de profundidad— todo el mundo podía decir algo. El arte nuevo literalmente dejaba a la gente sin palabras (o con balbuceos y palabrotas), al haber “cortado el puente y quemado las naves que podían transportarnos a nuestro mundo habitual”.

La deshumanización —en algunos puntos del libro va más allá y habla de “asco a lo humano”— sería la “nota más genérica y característica de la nueva producción”. Una producción que no es fácil, como advierte Ortega, ya que “la realidad acecha siempre al artista”. Este ha de emplearse a fondo con lo suyo, pero… ¿y los demás? También hay un papel para ellos, para todos y todas, en la gran empresa del arte nuevo.

“Invitación a comprender”

Ese es el título de uno de los textos más sorprendentes y conmovedores del libro, en el que Ortega se desprende de su imagen asociada en ocasiones a la vieja guardia, a un elitismo rancio o caduco para escribir: “¿Por qué han de tener siempre hoy razón los viejos contra los jóvenes, siendo así que el mañana da siempre la razón a los jóvenes contra los viejos? Sobre todo no conviene indignarse ni gritar”. Ortega está convencido de que esa nueva sensibilidad artística que cultivan los jóvenes quiere decir algo, es sintomática y expresiva de un mundo de nuevos valores que aún no se comprenden bien, pero que son relevantes: hay que prestar atención.

Un Ortega volcado con el oficio de pensar escribe líneas que van más allá del arte o la sociología de su época, por mucha relevancia que sus reflexiones hayan tenido en estos campos. Un Ortega comprometido con la duda, la curiosidad y la sabiduría escribe, dirigiéndose a cada persona que se acerque a leerle: “Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros límites, nuestros confines, nuestra prisión […]. Se vive en la proporción en que se ansía vivir más. Toda obstinación en mantenerse dentro de nuestro horizonte habitual significa debilidad, decadencia de las energías vitales”.

Es posible que las nuevas formas de expresión, tomadas de forma singular, no le dijeran nada a Ortega y Gasset, pero al juntarlas vio en ellas una ventana a lo aún no conocido por la que se dispuso a entrar, por la que quería acceder a un mayor conocimiento. Y, como era habitual en él, no quería ir solo, quería que en la senda del saber lo acompañase cuanta más gente, mejor. Por eso escribía en los periódicos.José Ortega y Gasset, Joaquín Sorolla, 1918

“Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas”

José Ortega y Gasset, Joaquín Sorolla, 1918

El libro suscitó debate, mucho debate y, en ocasiones, bronco. A Ortega se le pedían explicaciones y él rechazaba darlas. Por rechazar, rechazó incluso la misma palabra “deshumanización”, que seguramente le trajo mayores dolores de cabeza de lo que había previsto. “Lo único que dijo —señala la comisaria— es que a él le interesaba más la parte teórica que los elementos o las producciones concretas. Lo que quería conocer eran los cambios que se estaban dando dentro del arte para que se evolucionara de esa manera entre finales del XIX y principios del XX, pero no tanto los resultados”.

Hablando de cambios, tal y como se ha mencionado, uno de los puntos fuertes del ensayo fue tomar al arte como avanzadilla de los nuevos tiempos. Explica este punto Ignacio Blanco, catedrático de la Universidad CEU San Pablo y director del Centro de Estudios Orteguianos: “Básicamente Ortega viene a decir que es en la ciencia y el arte donde, de un modo más anticipatorio, se muestra el cambio de sensibilidad. Él ve precisamente en las manifestaciones artísticas que llama el arte deshumanizado un síntoma de que algo está cambiando en Occidente y él cree que ese cambio de la sensibilidad histórica está dando la cara a través del arte”.

Abundando en este punto, tiene importancia el concepto de generación, que en la producción de Ortega es muy relevante, y La deshumanización del arte no es una excepción: “Ortega apela a los jóvenes, al arte joven, al arte de los jóvenes… Utiliza permanentemente esas expresiones. Percibe que a los creadores no les sirve el mundo heredado y están inventando un mundo nuevo. El arte nuevo le interesa a Ortega como síntoma de eso que está cambiando y que revela cambios más profundos. Por ejemplo, en la primera parte de La deshumanización en la que Ortega habla, en realidad, de sociología del arte, y dice que el gran público queda fuera de este arte deshumanizado porque no lo entiende y lo desprecia, lo que en realidad está poniendo de manifiesto son tensiones sociales más profundas que tienen que ver con el lugar que cada grupo social ocupa en la sociedad”, señala Ignacio Blanco.

Sobre las relaciones del filósofo con los artistas de la época, comenta el profesor Domingo Hernández Sánchez: “Ortega los conoce a todos, son del ámbito de Revista de Occidente y, en numerosas ocasiones, trabajan o colaboran con ella. Él ve lo que están haciendo. Es decir, no es ningún estúpido ni un extraño en el ámbito artístico. Lo que quiere es intentar explicar con palabras no eruditas algo que quizá fuera demasiado complejo, en mi opinión, para hacerlo con esos términos. Así es como provoca un debate muy bonito”.

Pero curiosamente, explica Hernández Sánchez, “los artistas se ven reflejados en las palabras de Ortega no tanto cuando habla de arte, sino cuando habla de política, de Europa, o de la técnica”.

Cartel de una exposición de expresionismo abstracto en NY, 1949

La exposición abría con un texto de Ortega y Gasset

La exposición

Conciertos, diálogos, simposios, danza han formado parte de este centenario, al que se incorpora desde el 19 de septiembre la exposición de la Fundación Ortega-Marañón. Estará organizada en tres espacios. Centrándonos, en el ámbito de las artes plásticas, en el primero, que abarca de 1907 a 1924, se reúnen reproducciones y referencias vinculadas a las figuras que más le interesaban al filósofo en esos años, como Tiziano, Leonardo da Vinci, El Greco, Velázquez, Zuloaga, los hermanos Ramón y Valentín de Zubiaurre, y Gustavo Bacarisas, entre otros. Por supuesto, muchos materiales provendrán de su archivo, ya que, como explica la comisaria Azucena López Cobo: “Ortega toma notas —ideas que se van ocurriendo sobre estética y que tendrán su reflejo en el libro— en invitaciones, folletos de música o en los de los ballets rusos; asistió a todos”, comenta.

El segundo espacio (1925-1955) abarca las tres décadas que van desde la salida de los artículos y el ensayo La deshumanización del arte e ideas sobre la novela en la editorial Revista de Occidente en 1925, hasta el fallecimiento del filósofo en 1955. Se hace hincapié en la mencionada aparición del ensayo orteguiano, la celebración de la Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos en mayo de 1925 y la publicación de la monografía Literaturas europeas de vanguardia sobre los movimientos literario-artísticos en gestación, desarrollo y desaparición de la mano del ultraísta entonces y crítico siempre, Guillermo de Torre. Ambos protagonizaron una especie de elegante enfrentamiento, que más que eso, era la asunción y expresión de un punto de vista distinto.

En ese segundo espacio, la muestra no olvidará la labor de promoción que fue la propia Revista de Occidente para las nuevas corrientes y creadores como José de Almada Negreiros, Rafael Barradas, Norah Borges, Wladyslaw Jahl, Salvador Dalí o Benjamín Palencia. Presente estará también la única exposición plástica organizada en los espacios de la editorial de Revista de Occidente en 1928, dedicada a Maruja Mallo. Para ello se mostrará el ejemplar conservado en el archivo del filósofo del volumen que la editorial Losada de Buenos Aires le dedicó en 1942, con prólogo de Ramón Gómez de la Serna.

El 14 de septiembre de 1949 la galería neoyorquina Kootz reunió por primera vez obras de Pollock, De Kooning, Mark Rothko, Joan Mitchell y Robert Motherwell, entre otros representantes del expresionismo abstracto. Su título fue The Intrasubjetives. El origen de ese nombre se encuentra en Ortega y Gasset, que en su texto Sobre el punto de vista en las artes, escribió: “Desde él [Cézanne] la pintura solo pinta ideas —las cuales, ciertamente, son también objetos, pero objetos ideales, inmanentes al sujeto o intrasubjetivos”. Esas líneas presidían la exposición. Y como explica el profesor Hernández Sánchez: “Es un párrafo de Ortega. Y los americanos abrieron esa exposición con unas palabras de Ortega de hacía 25 años. Es decir, 25 años después, superadas completamente las vanguardias de comienzos de siglo, se siguen utilizando sus palabras, en este caso, en Estados Unidos, para explicar cómo se pasa de un arte del objeto a un arte de ideas.

Eso es La deshumanización del arte, un libro que, en un momento determinado, en España, es entendido por unos, cabrea a otros, define fenomenal a otros… Pero que no se detiene; pasan dos décadas y más y sigue generando efectos e ideas”.

La vida del libro, más allá de la de su propio autor, protagoniza el tercer espacio de la exposición y quiere ser una selecta representación de los tentáculos que La deshumanización del arte tuvo y sigue teniendo. Acogerá las traducciones del libro, completando así una especie de árbol genealógico, cuyas ramas y frutos no han dejado de crecer y florecer en los últimos cien años.

Fuente: https://www.elconfidencial.com/el-grito/2025-08-29/aniversario-deshumanizacion-arte-ortega_4198231/

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